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Como lidiar con la vergüenza

Como lidiar con la vergüenza. La vergüenza es una de aquellas emociones que nos es difícil de gestionar, como consecuencia del malestar que suele traer consigo. A diferencia de otras emociones básicas, como la alegría o la tristeza, que son innatas en el ser humano, la vergüenza es una emoción aprendida, es decir que aparece a raíz de nuestro proceso de socialización en los primeros años de vida.

como lidiar con la vergüenza


Como toda emoción, la vergüenza tiene su razón de existir, al ser un mecanismo de adaptación y socialización del ser humano. La vergüenza aparece para indicarnos aquello que es aceptable y correcto en el grupo social del cual formamos parte. Esta emoción nos permite adaptarnos al entorno social, lo que nos da una sensación de pertenencia, a la vez que nos aporta una identidad propia y nos habilita para vivir en sociedad.

En su vertiente saludable, la vergüenza nos señala aquellos recursos o aptitudes de los que carecemos para enfrentar una determinada situación social. Por ejemplo la vergüenza aparece cuando tenemos que hablar en público, y sentimos que no disponemos de experiencia en ese campo.

Sin embargo, cuando esta emoción nos bloquea y nos genera malestar, afectando nuestro bienestar y nuestra autoestima, la vergüenza puede convertirse en algo patológico y perjudicial para nuestra vida. En este caso estaríamos hablando de una vergüenza disfuncional.

La vergüenza disfuncional parte de uno de nuestros miedos más ancestrales, el miedo a ser desterrados o abandonados por la tribu, así como de nuestra necesidad que como seres humanos tenemos de pertenecer a un grupo, y en consecuencia de ser reconocidos por éste.

La motivación de este exilio forzado por parte de la tribu a la que pertenecemos, procede de no cumplir con aquellas características, o aptitudes que el grupo exige a sus miembros. El miedo que surge a ser desterrados por la tribu, parte de una mirada pobre hacia nosotros mismos, a través de la cual no nos sentimos adecuados para formar parte del grupo. En consecuencia, internamente sentimos que hay algo malo, o defectuoso en nosotros que no nos hace dignos de ser. Recordemos que nuestro sentimiento de dignidad está estrechamente relacionado con nuestra identidad, la cual se forma a partir de nuestra interacción con el entorno social.

Por norma general, la reacción al sentir vergüenza es querer escondernos o pasar desapercibidos ante el grupo, para que así el resto de personas no descubra como de imperfectos somos. Ante la vergüenza nos encogemos, nos hacemos pequeños, deseamos ocultarnos y nos sumergimos en pensamientos limitantes sobre nuestra persona, lo que perjudica seriamente nuestra autoestima.

La vergüenza disfuncional suele originarse en la infancia y está condicionada por el tipo de educación recibida. Por norma general esta emoción suele formarse a partir de experiencias de desvalorización vividas por el niño.

Infancias donde se ha sufrido maltrato, padres muy exigentes y críticos con sus hijos, padres que se relacionan con sus hijos desde la comparación con otros (en las que el hijo siempre acababa perdiendo), o entornos excesivamente sobreprotectores, pueden todos ellos favorecer el desarrollo de un pobre autoconcepto en el niño, lo cual aumentará las posibilidades de que éste sufra de problemas con la vergüenza en el futuro.

A nivel patológico, una manifestación típica de este tipo de vergüenza es el Síndrome del Impostor. Este síndrome se caracteriza porque individuos competentes se sienten incapaces y no creen en su valía, a pesar de que existen evidencias que les dicen todo lo contrario.

El individuo que sufre de este cuadro psicológico desconfía de sus posibilidades, pues siente que es un fraude y que está engañando al resto de personas, las cuales no ven su verdadera y defectuosa forma de ser. La creencia de este tipo de personas viene a decir algo así como; “Si los otros supiesen que en realidad soy un fraude, no me querrían y me abandonarían”.

El Síndrome del Impostor suele darse en personas muy exigentes consigo mismas, las cuales se juzgan de una forma excesivamente severa. Asimismo suelen ser individuos con una baja autoestima, y con un pobre autoconcepto sobre su persona, pues creen que nunca llegarán a cumplir con las expectativas externas.

La tendencia de quién sufre de este tipo de fenómeno es la de esconder aquellas partes de sí mismos que creen pueden generar rechazo ante el grupo. Debido a este miedo, suelen ser personas que viven en una ansiedad y una tensión constante, con un profundo temor a ser desenmascarados por el resto.

Este síndrome suele partir de creencias limitantes sobre uno mismo, así como una visión subjetiva muy crítica, y excesivamente perfeccionista, que una vez contrastada con la realidad objetiva, puede constatarse que no tiene razón de ser. Obviamente, y como todo fenómeno psicológico, requiere de un acompañamiento terapéutico que ayude a la persona que sufre de este síndrome a adoptar una nueva visión sobre sí mismo, y sobre el mundo que le rodea; un proceso que requiere de tiempo y constancia para desmontar los patrones caracteriológicos limitantes, sustituyéndolos por otros de más realistas y saludables.


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A continuación, te dejo algunas pautas que pueden ayudarte a lidiar con la vergüenza. No obstante, en caso que sientas que la vergüenza es un problema en tu vida, no dejes de consultar con un profesional de la terapia. Puedes CLICAR AQUÍ para más información.

1.  Acepta tu persona. Acéptate tal y como eres, con tus virtudes y tus defectos. No busques la perfección, pues no existe, ni tampoco es deseable.

2. Deja de complacer. Evita mostrarte complaciente con todo el mundo con el objetivo de ser aceptado. Curiosamente, como más libres nos sentimos para mostrarnos tal y como somos, más aceptación recibimos del entorno. Por norma general, mostrarse desde la esencia es percibido por el resto como un acto de autenticidad, lo que también ayuda a esas personas a relacionarse de la misma forma contigo.

En cambio cuando nos comunicamos desde la falsedad, ésta es captada por el resto, lo que genera un distanciamiento con otras personas. Recuerda que por mucho que quieras ocultar una parte de ti mismo/a, o aparentar una determinada forma de ser, la mayor parte del mensaje que comunicamos a otras personas es comunicación no verbal, es decir a través de gestos y lenguaje corporal, la cual no podemos controlar.

3. No des tanta importancia a lo que otros opinan de ti. Debes tener claro que no podemos gustar a todo el mundo, intentarlo requiere de un gran esfuerzo, y la realidad es que más pronto o más tarde, vas a topar con alguien al que no gustarás, por lo que tu ilusión se va a ver frustrada. Seguramente tú también sientes que hay personas que te desagradan, o con las cuales no sientes afinidad, y siendo así, por qué tendría que ser diferente contigo.

En tal sentido, es importante que fijes límites respecto a las opiniones externas. En primer lugar identifica el origen de esos comentarios; pues no es lo mismo recibir el comentario de tu pareja, que el mensaje proceda de un compañero de trabajo. En segundo lugar, plantéate si esos comentarios que recibes pueden ayudarte a mejorar en algún sentido, en caso contrario recházalos. Es muy importante que no dejes que las opiniones externas te hagan dudar sobre tu valía, o sobre el amor hacia ti mismo.

4. Identifica aquellas situaciones que te generan más vergüenza. Toma conciencia de aquellas circunstancias en las que puede aparecer la vergüenza, y toma nota de los pensamientos que aparecen en tu mente en ese momento. Posteriormente, revisa estos mensajes y plantéate las siguientes preguntas:

¿Aquello que te dices te aporta o te ayuda en algo?

¿Qué tono utilizas para hablarte a ti mismo?

¿En que experiencias pasadas te basas para emitir esos juicios sobre tu persona?

¿Cómo te limita el mensaje que te dices a ti mismo/a?

¿Qué le dirías a un amigo que se dice ese tipo de mensajes?

¿Sientes que te estás tratando con respeto cuando te hablas a ti mismo/a?

¿Sientes que eres realista con aquello que te exiges a ti mismo/a?

¿Puede ser que estés siendo demasiado duro/a con tu persona?

¿Aquello que te preocupa está bajo tu control?

¿Del 1 al 10, cómo de importante es el mensaje que te estás enviando en tu vida?

Una vez hayas contestado a estás preguntas, plantéate cambiar el sentido de tus pensamientos. Por ejemplo si te dices; “No puedo, no vale la pena intentarlo”, sustitúyelo por; “Yo puedo y voy a intentarlo”. Toma conciencia de cómo te sientes a nivel corporal y emocional después de decirte cada una de estas afirmaciones.

5. Evita la comparación. Cuando nos comparamos, normalmente es para sentirnos inferiores al resto. Por este motivo, evita hacer comparaciones, y si lo haces, pregúntate qué tiene esa persona que a ti te gustaría, y en este sentido qué puedes hacer tú para alcanzarlo. Utiliza la comparación como una forma de motivación, y no como una vía para castigarte y desvalorizarte.

6. No te avergüences de tu vergüenza. Todos en algún momento u otro sentimos vergüenza, de hecho es más común de lo que podrías pensar. Por este motivo no te avergüences de ella, incluso cuando la sientas, en vez de querer huir o esconderte, comparte como te sientes con otras personas, pues este acto te ayudará a perder el miedo a la vergüenza.

Por último, os dejo con una charla de Brené Brown, una escritora e investigadora estadounidense, especializada en emociones. En este video nos habla sobre la vergüenza.





 

Leslie Beebe

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La Gestión Emocional

La gestión emocional. Identificar, comprender y saber gestionar nuestras emociones es un tema básico para nuestra felicidad. El conocimiento de nuestras emociones nos aporta un mayor grado de satisfacción en nuestra vida, pues nos permite sentirnos mejor, no solo a nivel psicológico, sino también físico. El desequilibrio emocional, y los pensamientos tóxicos son dos de las principales causas de malestar en nuestra vida. En este sentido tomar conciencia de aquello que nos daña es fundamental para poder actuar, y así cambiar patrones de funcionamiento nocivos, por otros de más saludables.

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A continuación voy a comentar una serie de pautas que nos pueden ayudar a mejorar nuestra gestión emocional.

1. Conocerse. El primer paso para conseguir el equilibrio emocional es conocerse, siendo capaces de responder a la pregunta; ¿Quién soy?. En este sentido es importante tomar conciencia de las tres facetas o imágenes de nosotros mismos. La primera es la imagen que mostramos a los demás, es decir cómo nos ven el resto de personas. La segunda es el autoconcepto. El autoconcepto es la imagen que yo quiero que los otros vean de mí, es por tanto aquello que yo creo que soy. La tercera y última es lo que verdaderamente soy, sería nuestra esencia personal.

El proceso de conocerse no es sencillo, ni tampoco corto, es un camino largo que difícilmente podremos transitar solos, es por este motivo que el acompañamiento terapéutico es recomendable. A nadie le gusta reconocer sus errores, sus puntos débiles, aquello que nos avergüenza de nosotros, pues siempre deseamos estar iluminados bajo la mejor luz posible, aquella que deseamos vender al mundo sobre nosotros mismos. Esa es la imagen propia de nuestro ego, pero como tal solo es parcial. La terapia es un proceso que nos permite conocer aquello que se encuentra escondido en nosotros, transitando por nuestras zonas oscuras, en la sombra, pero también descubriendo la luz que se encuentra en nuestra esencia. Una visión más profunda, y a la vez más realista sobre nuestra persona.

Conocerse uno mismo significa comprenderse, aceptarse en su totalidad, pues únicamente de esta forma es posible llegar a la superación. No podemos llegar a la mejor versión de nosotros mismos si no empezamos por conocernos primero.

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2. Evitar la autocrítica y el perfeccionismo. El segundo paso para mejorar la relación que mantenemos con nuestras emociones es tomar conciencia de nuestro diálogo interno. Si nos dejamos un espacio para escuchar aquello que nos decimos, veremos que la mayoría de mensajes que nos enviamos están relacionados con dos tipos de pensamientos. El primero son aquellos pensamientos que nos exigen la perfección en todo aquello que hacemos, sin dejarnos margen para el error; algunos de estos pensamientos son del tipo: “no puedes equivocarte”, “debes hacerlo perfecto”, “no puedes fallar”… El segundo tipo son aquellos pensamientos relacionados con la desvalorización personal, los cuales nos limitan y bloquean. Algunos de estos mensajes son del tipo: “no lo vas a conseguir”, “eres inútil”, “no puedes”, “no sabes”, etc…

En ambos casos el resultado es el mismo, nos boicoteamos para no conseguir alcanzar aquellas metas que deseamos. Asimismo, decirnos estos mensajes una y otra vez favorece a mantener un estado anímico apático, que nos conduce a la inactividad y perjudica seriamente nuestra autoestima.
Una vez tomamos conciencia de qué nos decimos, y cómo nos lo decimos, es importante cambiar estos pensamientos tóxicos por otros que favorezcan el crecimiento personal y la autoestima.

3. Realizar ejercicio físico. La práctica habitual de ejercicio físico nos permite liberar tensiones, eliminar el cortisol de nuestro organismo y generar endorfinas, entre otros muchos beneficios. Todos estos factores no solo contribuyen a tener una mejor salud física, sino también emocional. El ejercicio físico nos ayuda a poder gestionar mejor nuestras emociones, no dejándonos llevar por ellas. También contribuye en el proceso de toma conciencia de aquello que nos pasa, para así evitar reaccionar por impulso ante los estímulos externos.

4. Fijarnos metas y objetivos. Es importante mantener la llama de la ilusión viva en nuestra vida, y para ello es importante plantearnos retos y metas. Para conseguir alcanzar nuestras metas es importante establecer objetivos a corto plazo, los cuáles poco a poco nos llevarán hasta la meta que deseamos conseguir. De esta forma debemos evitar fijarnos metas inalcanzables, pues eso solo nos llevará a la frustración y al desánimo.

5. Desarrollar nuestra inteligencia emocional. La inteligencia emocional está relacionada con los siguientes aspectos: la habilidad de comprender nuestras emociones, la capacidad de empatizar con el estado emocional de otras personas, y por último la aptitud de expresar nuestros deseos y necesidades de una forma asertiva.

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6. Ser Proactivo. La proactividad significa adoptar una actitud activa ante la vida, tomando la iniciativa para conseguir aquellos objetivos y metas que nos hemos planteado. La proactividad nos saca del inmovilismo e irresponsabilidad propias de la pasividad, y también nos aleja de la impulsividad característica de una actitud reactiva. La proactividad conlleva una actitud de responsabilidad, ilusión y alegría ante la vida. Este tipo de actitud tiene múltiples beneficios, por ejemplo favorece la segregación de dopamina y serotonina en el organismo, así como también aumenta el riego sanguíneo en aquellas zonas del cerebro destinadas a la resolución de problemas. De esta forma se explica como la actitud que adoptamos para enfrentarnos a los contratiempos de la vida, tiene una gran incidencia en el grado de éxito que tendremos a la hora de superarlos.

Las circunstancias externas pueden despojarnos de todo menos de una cosa; la libertad de elegir cómo responder a esas circunstancias”. Victor Frankl

Si quieres desarrollar tu inteligencia emocional y recuperar tu equilibrio emocional, la terapia es la vía perfecta para hacerlo. Pide información sin compromiso en ESTE ENLACE.

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Emociones (IV) El Miedo


Emociones (IV). El Miedo. En el artículo de hoy analizamos la última de las cuatro emociones básicas; el miedo. El miedo es una emoción pasiva, de recogimiento y retirada. En este sentido es parecida a la tristeza, no obstante mientras el objetivo de la tristeza es la aceptación de una pérdida, la finalidad del miedo es replegarnos y protegernos ante un estímulo que sentimos nos amenaza.

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En su faceta saludable el miedo es un mecanismo adaptativo del entorno, el cual ha permitido la supervivencia de la especie humana. Sin miedo viviríamos de forma temeraria, sin apreciar el valor de nuestra existencia,  y en consecuencia poniendo en riesgo nuestra vida y la de personas cercanas.

Junto con la tristeza, el miedo es una de esas emociones que no gustan. Nos disgusta sentir el miedo en nuestro cuerpo por las sensaciones desagradables que nos provoca; frío, temblores, sensación de nudo en el estómago, sudoración, etc… Asimismo desde pequeños se nos enseña que no debemos tener miedo, el mundo es para los valientes que no sienten el miedo. De esta forma crecemos reprimiendo esta emoción y evitando mostrarla al resto de personas.


"Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor". Nelson Mandela

Es importante no juzgar las emociones entre buenas y malas, o entre positivas y negativas, lo importante es conocer la funcionalidad de la emoción. Desde esta diferenciación podemos hablar de un miedo funcional, y otro disfuncional.

El miedo funcional es aquel que nos permite reaccionar ante un peligro que nos amenaza en el presente, por ejemplo el miedo nos permite huir si un tigre entra en este momento en nuestra habitación. Este miedo también nos permite actuar con cautela y prudencia cuando aparecen acontecimientos nuevos, ante los cuales quizás no disponemos aún de la experiencia necesaria. Por ejemplo cuando aprendemos a nadar el miedo nos advierte que nademos poca distancia, pues aún no dominamos la técnica y no tenemos las aptitudes necesarias para nadar la piscina entera. El miedo funcional reduce el riesgo de que podamos salir lastimados en nuestra relación con el entorno.

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El miedo disfuncional es aquel que nos limita y nos provoca sufrimiento. Por norma general el miedo disfuncional parte de nuestra historia personal y de la forma como cada uno de nosotros percibimos el mundo. Por ejemplo si hemos crecido en un entorno inseguro, donde no recibimos el apoyo y la protección de nuestros padres, es probable que en la edad adulta sintamos el mundo como un lugar lleno de amenazas y peligros, por lo que nuestros miedos estarán en estado de alerta constante. El miedo disfuncional parte mayoritariamente de creencias limitantes y pensamientos desvalorizadores, los cuales derivan de una baja autoestima y de un pobre autoconcepto de nosotros mismos.

El miedo disfuncional nos invita a quedarnos en nuestra zona de confort, en aquello que sentimos como conocido y seguro. Esta actitud pasiva nos impide crecer con las experiencias de la vida. Esto significa que cuando algo nuevo y desconocido aparece en nuestra vida, nuestro impulso es la retirada, por lo que perdemos la oportunidad de aprender de ello. En muchas ocasiones desearíamos hacer cosas, sin embargo nos dejamos llevar por nuestros pensamientos limitantes y nos mantenemos en una actitud pasiva, imaginando todo lo malo que nos puede llegar a suceder si nos atrevemos a actuar y dar el paso. Si lo miramos con perspectiva, veremos que muchos de estos miedos disfuncionales son temores ante situaciones que no son reales, sino imaginarias.

Si nos dejamos llevar por el miedo disfuncional, lo que conseguimos es que cada vez nos sintamos menos capaces de enfrentarnos a los retos que surgen en nuestra vida. En estos casos el miedo se va extendiendo a más áreas de nuestra vida, hasta llegar a obtener un protagonismo único en nuestro día a día. A consecuencia de ello llegamos al punto que ya no tenemos miedo a algo, sino que tenemos miedo al propio miedo. En estos estados es cuando pueden aparecer trastornos de salud como la ansiedad, los ataques de pánico y en mayor grado las fobias.

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Cuando somos prisioneros de nuestros miedos vivimos en la negatividad y en la desconfianza hacia el mundo. Desde esta posición anulamos nuestra capacidad de decisión y resolución de problemas, por este motivo es de vital importancia poder gestionar nuestros miedos de una forma saludable.

A continuación veremos algunas pautas para relacionarnos de forma saludable con nuestros miedos:

El primer paso es definir a qué tenemos miedo. Debemos determinar si es un miedo a algo real, que se encuentra en nuestro presente, si está relacionado con un trauma del pasado, o bien si es un miedo relacionado con un evento futuro. Por ejemplo puedo tener miedo a alguien que me está amenazando con una arma, o bien tener miedo a un suceso futuro como un examen. Aunque ciertamente hacer un examen me puede generar nerviosismo y cierto miedo, como me posiciono yo ante ello tiene mucho que ver con el nivel de miedo que acabaré sintiendo, y es aquí donde la imaginación juega un papel fundamental. Si me dejo llevar por pensamientos catastróficos del tipo; “voy a suspender”, “no me lo voy a saber”, “me voy a quedar en blanco”, mi nivel de miedo va ser mayor, entrando en el que denominamos como miedo disfuncional.

Una vez definido nuestro miedo, el segundo paso es analizar su origen. Quizás veremos que nuestro miedo está relacionado con una experiencia pasada, o bien con un suceso futuro, o  incluso con un miedo primario que se originó en nuestra infancia. Si tu miedo parte de una experiencia pasada piensa en la forma como actuaste entonces, y plantéate qué está en tu mano cambiar para obtener un resultado diferente ahora. Asimismo si tu miedo está relacionado con el futuro, pregúntate si puedes hacer algo al respecto. En caso contrario, no malgastes tu tiempo en preocuparte por algo sobre lo que no tienes el control.

Una vez focalices cúal es tu miedo y conozcas un poco más sobre él, te será más fácil encontrar recursos para enfrentarlo. Cuando enfrentes tus miedos, debes tener en cuenta los siguientes principios:

1. El miedo es inherente a estar vivo, esto significa que nunca va a desaparecer. No puedes impedir sentir miedo, pero sí la forma cómo te posicionas y lo que haces con él.

2. Únicamente podrás superar tus miedos si te enfrentas a ellos. Piensa que puedes actuar y alcanzar aquello que te propongas a pesar de sentir miedo. Quizás la primera vez te cueste mucho conseguirlo, pero una vez hayas pasado a la acción, verás cómo la intensidad del miedo se reduce en el futuro. Ten en cuenta que la evitación y la huida nunca son caminos eficientes para superar tus miedos.

“La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio” Antoine de Saint Exupéry

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3. No te juzgues ni castigues por sentir miedo. Todos tenemos miedo cuando nos adentramos en terreno desconocido.

4. Date la libertad de expresar tu miedo, sin tener en cuenta lo que otros vayan a pensar, pues como hemos dicho todos sufrimos de miedo en algún momento. También puedes buscar ayuda en familiares y amigos para que te apoyen a enfrentar tus miedos, piensa que no estás solo en la superación del miedo.

“El miedo es una muralla que separa lo que eres de lo que podrías alcanzar a ser” David Fischman

Si quieres conocer más sobre las emociones, aquí te dejo otros artículos sobre el tema:

La Rabia.

La Alegría.

La Tristeza.

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Emociones (II) La Alegría

Emociones (II) La Alegría. Mientras que en el artículo anterior hablábamos sobre la tristeza como una emoción de recogimiento, que busca la aceptación de una pérdida, hoy trataremos su polo opuesto, la alegría.

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La alegría produce una energía expansiva, cálida, la cual nos genera una sensación placentera que nos invita a abrirnos y a compartir esa vivencia de bienestar con el resto del mundo. Es fácil ver la alegría en otras personas a través de señales tan características como son las risas, los abrazos, el contacto físico, los saltos, etc…

Social y culturalmente existe una presión para mostrarnos siempre alegres a ojos del resto de personas, confundiendo ser feliz con estar alegre. La alegría es una emoción, por tanto temporal y no duradera, mientras que la felicidad es un estado. Tener momentos de alegría no implica ser feliz. Tampoco la felicidad conlleva permanecer en una situación de alegría constante, sino más bien encontrar un estado de equilibrio y paz con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. La persona feliz es aquella que acepta su existencia como un cúmulo de momentos, tanto tristes como alegres.

Desafortunadamente existen múltiples corrientes positivistas que nos venden la idea de que es posible vivir en un mundo de felicidad constante. Son escuelas que promueven el concepto de que si pensamos en positivo todo aquello que deseamos se materializará ante nosotros. Aunque estoy de acuerdo que la actitud personal para conseguir alcanzar una meta es fundamental, tampoco lo es todo, pues existen multitud de factores en nuestra vida que escapan de nuestro control. La verdadera realidad es que deberemos enfrentarnos a la decepción en más ocasiones de las esperadas, alejándonos así del ideal de felicidad.

Otras fuentes como la publicidad también buscan vendernos la idea engañosa de que comprando un determinado producto llegaremos a ser felices. Existen multitud de personas que pasan la vida esperando alcanzar aquello que supuestamente les ha de hacer feliz; un trabajo, una casa, un coche, una pareja… sin embargo cuando consiguen aquello que tanto desean se dan cuenta que siguen siendo infelices, y reaccionan proyectando su deseo de felicidad en otra meta, pasando así los años . La única forma de romper con esta tendencia es tomar conciencia que la verdadera felicidad solo puede encontrarse en uno mismo, y no en el exterior.

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Volviendo a la emoción de la alegría, y como he dicho anteriormente, debido al imperativo social que nos alienta a vivir en un mundo en que debemos mostrarnos alegres a todas horas, se produce toda una serie de efectos negativos en las personas.

En primer lugar porque por más esfuerzos que la persona haga por querer mostrarse siempre feliz, no puede dar la espalda a una realidad, y es que vivimos en un mundo cambiante, que nos demanda adaptación. Este sobreesfuerzo por actuar desde una máscara de felicidad, para así ser aceptado y querido por el resto, lo único que provoca es cansancio y frustración ante la imposibilidad de alcanzar una meta tan deseada, pero a la vez tan irreal. En estos casos es habitual utilizar la alegría en sustitución de otra emoción, como puede ser la tristeza o el miedo, generándonos malestar al no ser consecuentes con nosotros mismos.

En segundo lugar la idea de una felicidad perpetua favorece a que cada vez nos cueste más aceptar que la realidad no siempre se adecua a nuestras expectativas, lo que deriva en una baja tolerancia a la frustración
Cuando la realidad o las personas no se corresponden con lo que nosotros esperamos de ellas, reaccionamos enfadándonos con el mundo y diciéndonos a nosotros mismos que no es justo, como si existiese una justicia divina, que curiosamente siempre debería estar de nuestro lado.

En tercer lugar, porque vivir en una alegría constante significaría permanecer en un estado de euforia. La euforia es una manifestación extrema de la alegría, un estado egoísta, donde no vemos ni empatizamos con el resto de personas, lo que nos puede conducir al aislamiento del mundo.  

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Una correcta gestión de la alegría pasa por disfrutar de ella cuando emerge, aceptando que alegría y tristeza son dos polos de una misma realidad, y que por tanto la vida nos exige transitar por la distancia que las separa. Existirán momentos en que las circunstancias de la vida nos llevaran a la tristeza, y otros a la alegría, sin embargo lo importante es no quedarse anclados a ellas. Hay personas que desean vivir en una alegría permanente, como una forma evasiva para no contactar con el dolor o la tristeza. Otras personas adoptan el rol contrario, viviendo en una tristeza constante porque no se creen merecedoras de sentirse alegres en sus vidas. En ambos casos estas actitudes derivan en sufrimiento. 

Para alcanzar nuestro equilibrio emocional debemos encontrar el punto medio de la polaridad, que en este caso lo denominamos como serenidad. La serenidad es una actitud que nos permite fluir con libertad entre la alegría y la tristeza, lo que nos conduce a una gestión emocional saludable.

"Las emociones y los sentimientos son el lenguaje universal que debe ser honrado.Son la expresión auténtica de quiénes somos". Judith Wright 

Si quieres conocer más sobre las emociones, aquí te dejo otros artículos relacionados con el tema:

La tristeza.

La rabia.

El miedo.

Leslie Beebe

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Emociones (I) La Tristeza

Emociones (I) La Tristeza. En nuestra sociedad occidental un gran porcentaje de la población recibe una amplia formación intelectual y académica, sin embargo no ocurre lo mismo con nuestras emociones y sentimientos. Llegamos a la edad adulta con una profunda carencia en lo que se refiere al conocimiento y gestión de nuestras emociones, básicamente porque ni en el ámbito escolar ni en el familiar se nos ha educado para ello. Aunque actualmente existen proyectos escolares y padres que empiezan a valorar la importancia de las emociones en la educación de los niños, aún queda mucho camino por hacer en este sentido.

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“Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto” Aristóteles

Este desconocimiento de nuestras emociones lleva implícito la desconexión de nuestro centro emocional, por este motivo en más de una ocasión las emociones nos desbordan, nos paralizan o incluso nos conducen a perder el control ante una situación determinada, lo que nos produce sufrimiento y malestar.

Con el objetivo de saber un poco más sobre las emociones y descubrir la mejor forma de relacionarnos con ellas, empiezo una serie de artículos sobre las cuatro emociones básicas; miedo, tristeza, alegría e ira. Hoy veremos la tristeza.

La tristeza es una emoción de intimidad, recogimiento e introspección y está relacionada con la pérdida. Gestionar correctamente la tristeza significa  poder llegar a la aceptación de una situación nueva y diferente, después de haber sufrido una pérdida o haber experimentado un fracaso en nuestra vida. La tristeza nos permite desapegarnos y soltar aquello con lo que manteníamos un vínculo, pero que en el momento actual ya no se encuentra presente.

La tristeza, junto con el miedo, son dos de las emociones más demonizadas y por ello más rechazadas por nuestra sociedad. Los motivos de esta mala imagen son principalmente dos; en primer lugar la sensación desagradable que nos provoca la tristeza. En segundo lugar el posicionamiento de la sociedad respecto a esta emoción, que nos alienta para estar siempre positivos y felices, lo que significa no dar espacio a la tristeza.

Esta actitud de rechazo ante la tristeza provoca que cuando la sentimos, nuestra reacción automática sea querer huir de ella. La realidad es que tenemos una gran dificultad para dejarnos sentir la tristeza, aspecto que deriva en nuestra resistencia para acompañar a otras personas en sus momentos tristes. En este sentido es común decir u oir frases del tipo; “tranquilo, esto se pasará rápido”, “piensa en positivo”, “no es para tanto”, “sé feliz”, etc…

La realidad es que debemos tener la libertad, así como el derecho, de estar tristes, y esto significa abrirnos a la tristeza sin enjuiciarla ni criminalizarla. La tristeza está relacionada con el dolor, por eso nos disgusta, no obstante cuando la reprimimos y la rechazamos el sufrimiento se hace mucho mayor. Dar un espacio y contactar con nuestra tristeza nos permitirá ver que no es tan mala como habíamos imaginado.

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Contrariamente a lo que mucha gente opina, cuando nos sentimos tristes, por ejemplo ante la muerte de un ser querido, o la pérdida de un trabajo, no necesitamos a nadie que nos anime a salir de esa situación, que nos diga que no hay para tanto, o bien que nos intente distraer con actividades varias. En los momentos de fragilidad en los que nos sentimos tristes, únicamente necesitamos tener a alguien al lado que nos escuche, y que nos ofrezca su apoyo y compañía. La presencia del otro, así como sentirnos libres para expresar el dolor vinculado a la tristeza, son dos elementos claves para poder transitar esa emoción y llegar así a la aceptación de una nueva realidad.

Admitir la pérdida vinculada a la tristeza nos permite aflojarnos, soltar lo que ya no tenemos, así como reconocer lo que sí tenemos. Cuando nos resistimos a reconocer la pérdida nos quedamos anclados en el pasado, nos negamos a aceptar la nueva realidad, y es entonces cuando pueden aparecer otras manifestaciones menos saludables de la tristeza como la nostalgia, la apatía el resentimiento y la culpa. Si nos quedamos fijados en la tristeza, podemos acabar sufriendo los denominados duelos patológicos, así como ciertos trastornos de tipo depresivo.


Existen también otros ejemplos que demuestran una gestión incorrecta de la tristeza, por ejemplo: cuando nos recreamos en la tristeza y la utilizamos de forma instrumental para conseguir algo del resto de personas, o bien cuando la usamos en sustitución de otra emoción que mantenemos reprimida, como la ira. En todos estos casos la tristeza nos conduce al aislamiento y la desconexión emocional, no sólo con el resto de personas, sino también con nosotros mismos.

A continuación os dejo un video sobre uno de los proyectos educativos que utilizan las emociones como un elemento básico en la formación de los niños.


Si quieres conocer más sobre la tristeza y las emociones, aquí te dejo otros de mis artículos.



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¿Tristeza o Depresión?

¿Tristeza o depresión?. La depresión, junto con la ansiedad, se han convertido en dos de los temas de consulta más habituales en los centros médicos y de psicoterapia. Según datos de 2015 procedentes de la OMS (Organización Mundial de la Salud), 2,4 millones de personas sufren de depresión en España, es decir aproximadamente un 5,2% de la población. Asimismo, el consumo de fármacos para tratar la depresión se ha triplicado en los últimos 10 años, según cifras de la  Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

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Antes estas cifras nos podemos preguntar qué ha pasado últimamente para que se haya producido este aumento tan significativo. En parte el motivo se explica por la crisis que hemos vivido en los últimos años, la cual ha provocado una situación económica crítica para muchas familias. Sin embargo no creo que ésta sea la única explicación.

Aunque pueden influir múltiples factores dependiendo de las circunstancias de cada persona, en mi opinión existe otro motivo para haber llegado a esta situación; la inmadurez emocional que presenta un gran porcentaje de la población. Un ejemplo de esta inmadurez emocional lo encontramos en la forma como a veces oímos hablar de la depresión. Es frecuente escuchar frases del tipo; “estoy depre”, “tengo una depresión”… cuando realmente lo que sucede es que la persona es incapaz de gestionar de forma saludable su tristeza. Estar triste, o pasar una época de apatía y baja energía, no debería  confundirse con estar sufriendo de un trastorno depresivo. Es muy importante tener en cuenta que el trastorno depresivo es una psicopatología, y que por tanto no debe ser banalizado ni tomado a la ligera, como a veces hacemos.

En mi opinión la falta de habilidades en la gestión de nuestras emociones, este analfabetismo emocional presente en nuestra sociedad, procede de dos fuentes; la primera es un sistema educativo que hasta el momento ha dedicado muy pocos recursos a la formación emocional de los niños, pues se ha centrado únicamente en el campo intelectual. 

La segunda de las fuentes es una sociedad que nos vende la idea que debemos estar siempre contentos y felices, viviendo en un estado donde emociones  atribuidas como desagradables, como el miedo y la tristeza, no son toleradas ni aceptadas. La sociedad de consumo nos alecciona para que seamos “compradores de felicidad”, nos enseña que como más bienes materiales tengamos, mayor felicidad obtendremos, y en consecuencia menos tristes y asustados estaremos.

Desde pequeños se nos enseña que emociones como la tristeza y el miedo no son bien recibidas por el mundo que nos rodea. Cuando de niños expresamos nuestra tristeza y nuestro miedo, la respuesta del mundo adulto es que no les debemos dar mucha importancia. Se nos intenta aliviar con frases del tipo: “pasará rápido”, o “no es nada”, para que no le concedamos mayor relevancia al tema, y de esta forma acabamos reprimiendo nuestras emociones. En otras ocasiones se nos censura por sentirlas; quien no ha escuchado frases como; “llorar es de niñas” o “mamá no te va a querer si lloras”, y otras por el estilo.  

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En esta línea la sociedad en la que vivimos también contribuye a nuestra desconexión emocional, al intentar vendernos a todas horas productos para estar distraídos, y así alejarnos de lo que estamos sintiendo en el aquí y ahora. Una sociedad que nos empuja a un hacer constante, a vivir de forma frenética y que por tanto nos dificulta el contacto con nosotros mismos.

Por todos estos motivos, al llegar a la edad adulta nos sentimos con una gran torpeza emocional, pues disponemos de muy pocos recursos para lidiar con este tipo de emociones. Cuando el miedo o la tristeza emergen en nuestra vida nuestra reacción suele ser de negación y rechazo. Como tenemos la convicción que son emociones inaceptables, la forma como las gestionamos es a través de la distracción. Si nos abstraemos con elementos como la comida, la televisión, o el móvil, entre otros, dejaremos en un segundo plano esa emoción emergente. Sin embargo esa emoción quedará latente, y más pronto o más tarde acabará manifestándose, y no siempre de una forma agradable para nosotros. 

Cuando aparecen los típicos dolores psicosomáticos derivados de esta represión emocional, la persona acude al médico, para que así le dé una medicación que le quite ese malestar, cuando realmente lo necesario sería que aprendiese a gestionar sus emociones de una forma saludable; es lo que denominamos como desarrollar la inteligencia emocional. Esta ineficiente gestión emocional es una de las principales explicaciones del aumento de cifras al que nos referíamos al principio.

Una de las vías para desarrollar nuestra inteligencia emocional, siendo más conscientes de aquello que nos pasa, y de cómo gestionarlo es empezar un proceso terapéutico.

A continuación, y para acabar de aclarar conceptos, os voy a comentar algunas de las diferencias básicas entre una emoción como es la tristeza y una psicopatología como es el trastorno depresivo.

1. La principal diferencia entre la tristeza y la depresión es que la tristeza es una emoción momentánea y transitoria. La tristeza surge ante situaciones de pérdida o de decepción en nuestra vida, como una forma de recogimiento y elaboración de la pérdida. La tristeza permite retirarnos, reflexionar y aceptar los posibles cambios que se hayan producido en nuestra vida. La depresión en cambio es un trastorno que perdura en el tiempo, el cual se manifiesta a partir de diversos síntomas como son: la pérdida o el aumento de apetito, la fatiga, el insomnio o el sueño excesivo, la falta de disfrute con actividades que nos gustan, los sentimientos de desvalorización personal, etc… Podemos decir que la tristeza como tal sería una sintomatología de la depresión, pero no la única.

Para conocer más en detalle los síntomas a partir de los cuales se puede diagnosticar un trastorno depresivo, aquí os dejo un enlace:


2. Por norma general podemos asociar la tristeza con algún hecho o situación determinada; como la ruptura de una relación de amistad, la muerte de un amigo, la pérdida del trabajo, etc… En cambio detectar el origen de un trastorno depresivo puede ser más difícil, pues aparte de los aspectos emocionales, también pueden influir otro tipo de factores, como factores genéticos, ambientales y neurobiológicos.

3. Una de las sintomatologías propias de la depresión es la abulia. La abulia se caracteriza por la falta de voluntad e iniciativa para enfrentarse a la vida diaria. Esto significa que tareas rutinarias como salir a comprar, ir al trabajo o hacer cualquier tipo de gestión se convierten en obstáculos muy difíciles de superar para la persona depresiva. Aunque la abulia puede aparecer en estados de tristeza, en la depresión se intensifica y perdura en el tiempo.

4. Un estado de tristeza es pasajero y no reviste de una mayor importancia. Simplemente con el apoyo de amigos y familiares, y adoptando una actitud positiva, la persona suele salir de ese estado, recuperando así la ilusión por su vida y sus proyectos. Sin embargo la depresión es un trastorno serio, que requiere de ayuda profesional, pues afecta y limita de forma significativa la vida de la persona. En muchos casos también es necesaria la toma de medicación como complemento de la terapia para superar la depresión.

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5. La depresión tiene un carácter expansivo, y por tanto llega a afectar a todos los ámbitos de la persona; el familiar, el personal, el social y el laboral. La persona que sufre de depresión vive su día a día con una gran pesadumbre y un malestar generalizado en todas las áreas de su vida. La tristeza en cambio puede estar ubicada en un único ámbito, no limitando de forma significativa el resto de ellos.

6. Los niveles de seratonina son más bajos en las personas que sufren de depresión. La seratonina es una sustancia que funciona como un neurotransmisor, afectando el funcionamiento de la mayoría de las células del cerebro. Una de sus principales funciones es la de mantener el equilibrio en nuestro estado de ánimo. Las personas que sufren de un estado de tristeza no tienen alterados los niveles de seratonina.

Por último recordaros que si os habéis sentido identificados con los síntomas vinculados a la depresión, os aconsejo que en primer lugar vayáis al médico para que realice el diagnóstico oportuno. Como he comentado anteriormente, la depresión es un trastorno expansivo, que poco a poco va a ir afectando a más áreas de la vida, por lo que como más se tarde en abordar el problema, más difícil y más tiempo se necesitará para recuperar el bienestar perdido.

Si quieres conocer más sobre la depresión y la tristeza, aquí te dejo otros de mis artículos sobre estos temas:




Leslie Beebe
Terapia y Coaching Personal

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