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¿De qué va la terapia?

¿De qué va la terapia?, ¿Qué hace un terapeuta?.  Estas son preguntas que muchas personas me preguntan en nuestra primera entrevista. De hecho, es normal que en una primera sesión surjan múltiples preguntas respecto al mundo de la terapia, y más cuando no existe una experiencia previa al respecto.
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En este artículo comentaré algunas cuestiones que con frecuencia aparecen en estos primeros momentos de contacto, para de esta forma disipar dudas y aclarar conceptos. En una entrada anterior ya hablé sobre el papel del terapeuta, respondiendo también a algunas preguntas sobre la terapia;  podéis leer el artículo clicando en el siguiente enlace:


La hora de terapia es propiedad del cliente. Esto significa que el terapeuta no va a preparar la sesión como si fuese una clase, ni tampoco va a anticipar temas a tratar con el cliente. El terapeuta trabaja con el estado en el que llega el consultante a la sesión; con lo que surge en el aquí y ahora. Asimismo el cliente es el que tiene la libertad, a la vez que la responsabilidad, de abrir aquellos temas que considere oportuno en la hora de sesión, pues como ya hemos comentado, la hora es de su propiedad. Esto no significa que en alguna ocasión el terapeuta no pueda proponer un tema, sobre todo cuando éste percibe que es un asunto que el cliente está evitando desde hace un tiempo, o bien sea un tema que intuye está afectando el estado actual de la persona. De esta propiedad, también deriva el hecho de que la sesión es confidencial, por tanto “aquello que aparece en la sesión se queda en la sesión”.

El posicionamiento en la terapia. Tanto cliente como terapeuta se posicionan ambos en un mismo nivel, por tanto la relación terapéutica no es una relación de jerarquía, sino más bien de complementariedad. El terapeuta trabaja desde la humildad de que no sabe ni conoce todo, y es desde aquí donde mejor puede ayudar al cliente a encontrar sus verdades, a la vez que también aprende sobre sí mismo. Un buen terapeuta nunca trabaja desde la vanidad o la arrogancia de saber más que su cliente. Personalmente me gusta llamar a la persona como cliente o consultante, en vez de paciente. En primer lugar, porque la mayoría de personas que acuden a terapia no están diagnosticadas de ninguna enfermedad o trastorno mental. En segundo lugar porque el término de paciente me resulta incómodo, pues posiciona al terapeuta en una posición superior, de responsabilidad de tener que curar al cliente, cuando realmente la cura, si es que realmente puede denominarse así, surge del encuentro entre ambos, terapeuta y cliente.

La terapia es el encuentro entre dos seres humanos. Es verdad que existen multitud de técnicas y ejercicios para trabajar en la sesión de terapia, así como también es cierto que el terapeuta debe ser un profesional que disponga de unos conocimientos teóricos, a la vez que prácticos, sobre la materia. Sin embargo todo este conocimiento no debería prevalecer sobre el fundamento de la terapia, que para mí es el contacto entre dos seres humanos. El psiquiatra Carl Jung describía muy bien este punto con la siguiente cita:

“Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana”. Carl Jung.

No se trata de hacer nada. Muchos clientes me preguntan si deben adoptar alguna posición determinada, o hablar de ciertos temas en la sesión de terapia. Mi respuesta es que la terapia va fluyendo según vayan pasando las sesiones, sin tener que forzar nada. Los asuntos a tratar son aquellos que la persona se sienta en conflicto, los cuales van a ir apareciendo para ser resueltos. Como he comentado anteriormente el terapeuta trabaja desde cómo llega el cliente a la sesión de terapia, sin tener que imponerle ni obligarle a tratar ningún tema en cuestión.

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La terapia como laboratorio. Me gusta equiparar la hora de terapia a un lugar de experimentación, como un laboratorio donde la persona pueda probar, en un ambiente seguro y de confianza, aquellas conductas y formas de funcionar que aún no ha implementado en su vida diaria. Se trata que la persona amplíe la visión sobre sí mismo en todos sus centros; el centro mental, el emocional y el instintivo, para así acceder a nuevos puntos de vista que le ayuden a superar obstáculos y limitaciones en su vida diaria.

El terapeuta no es un depósito de quejas o penurias. Tanto terapeuta como cliente establecen un vínculo en que las dos partes van a tomar parte activa en el proceso terapéutico. No se trata de ir a la sesión para desahogarse, mientras el terapeuta adopta un papel de simple oyente, asintiendo a todo aquello que le explica el cliente. El papel del terapeuta es el de ayudar a la persona a ampliar su toma de conciencia sobre todo aquello que vive fuera de la hora de terapia, y que en la mayoría de ocasiones le provoca sufrimiento o malestar. Para conseguir esta ampliación de la conciencia, el papel del terapeuta no puede ser únicamente el de receptor, sino que también debe formar parte activa en la comunicación con el cliente; esto significa escuchar su mensaje, pero también escucharse a sí mismo, para de esta forma ir reflejando, como si fuera un espejo, la imagen que el cliente está proyectando en el terapeuta. 

El feed-back que el cliente recibe del terapeuta es muy importante para que éste pueda ver más allá de su propio punto de vista, facilitándole una ampliación en su toma de conciencia, y en consecuencia un mayor nivel de conocimiento sobre su persona. Asimismo las preguntas del terapeuta pueden ayudar a que el cliente acceda a nuevos conocimientos sobre su persona, permitiéndole llegar a conclusiones y acciones que no hubiese podido llegar por sí mismo.

El terapeuta no es un mago ni un amigo. El terapeuta es un ser humano, como cualquier otro, por este motivo no tiene las respuestas para todo, ni posee ninguna varita mágica para solucionar los problemas. La función del terapeuta es la de guiar a la persona para que encuentre su propio camino. Guiar no significa dar consejos, como lo podría hacer un amigo, guiar es el arte a partir del cual el terapeuta acompaña y apoya a la persona en el proceso de descubrimiento de sí mismo. Un terapeuta no dice aquello que uno debe o no debe hacer con su vida o con su persona.

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La terapia no es una medicina. Relacionado con el punto anterior, el terapeuta no dispone de un discurso milagroso que funcione como una medicina para el cliente. Como todo en la vida, si el consultante quiere sacar algo de la terapia, deberá dedicarle un tiempo y un esfuerzo. Por este motivo los resultados en terapia dependen en gran medida del compromiso y la constancia del cliente. Puedo constatar que cuando la persona se compromete con el proceso los resultados van apareciendo progresivamente.

El terapeuta no es un juez. El terapeuta se posiciona en una posición de apertura y empatía con el cliente, por este motivo no realiza juicios sobre si aquello que el cliente hace o piensa está bien o mal; como hemos dicho anteriormente su trabajo consiste en acompañar al consultante a descubrir su propio camino.

El terapeuta no es un vendedor. El terapeuta no está para convencer, ni mucho menos para manipular al cliente hacía una determinada línea de acción o pensamiento. El terapeuta actúa como un catalizador, ayudando a la persona en su proceso y apoyándole para que encuentre su camino, siempre en coherencia con sus valores y creencias.

Si quereis saber más sobre la terapia aquí os dejo un par de artículos sobre el tema.

Terapia Gestalt y Darse Cuenta

Fundamentos de la Terapia Gestalt


Leslie Beebe
Terapia Gestalt y LifeCoaching Barcelona
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Como superar la vuelta de las vacaciones


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Para la mayoría de nosotros septiembre significa la vuelta de las vacaciones, el retorno al trabajo, y en consecuencia volver a las obligaciones y responsabilidades que dejamos atrás al marcharnos de vacaciones. Después de unos días de desconexión y relax, así como de no seguir horarios, toca volver a nuestra rutina diaria. Es en este momento del año que puede aparecer el denominado Síndrome Postvacacional. Según estudios de mercado el 65% de la población va a sufrir alguno de los síntomas relacionados con este trastorno. El Síndrome Postvacacional es considerado por los profesionales de la medicina como un trastorno, más que una enfermedad, y suele durar de una a dos semanas. El síndrome surge como una resistencia que surge al tener que volver a nuestra rutina diaria, y puede manifestarse a través de diferentes síntomas;  uno de los más habituales es la dificultad para conciliar el sueño.  Una buena prueba de ello es la gran cantidad de anuncios que aparecen en televisión durante esta época, y que hacen referencia a productos cuya finalidad es facilitar el descanso. Otros síntomas que pueden aparecer son: sensación de cansancio, falta de apetito, molestias digestivas, irritabilidad y falta de concentración, entre otros. Por norma general estos síntomas desaparecen en unos días, cuando los horarios de trabajo y de descanso vuelven a regularizarse. En caso de que los síntomas perduren más de dos semanas es recomendable consultar al médico al respecto.

El Síndrome Postvacacional suele afectar más a las mujeres que a los hombres, y en él influyen tanto aspectos personales como del entorno. Personas que se caracterizan por una baja tolerancia a la frustración o bien son muy exigentes consigo mismas, así como entornos laborables conflictivos y poco amigables, pueden  ambos favorecer  la aparición de este trastorno.

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Como es imposible cambiar el calendario, o vivir siempre en unas vacaciones continuas, lo mejor que podemos hacer es cambiar la forma como nos afecta esta vuelta al trabajo. En palabras de Gerardo Schmedling; “La mejor defensa no es un buen ataque sino no sentirse atacado”. A continuación os dejo algunos consejos que pueden minimizar los efectos negativos de esta vuelta:

Sería recomendable, en la medida de los posible, fragmentar las vacaciones y no alargarlas más de tres semanas. Los humanos somos seres de hábitos; estos hábitos como pueden ser las horas que dormimos o el horario de las comidas, tardan aproximadamente 21 días en fijarse. Por este motivo,  si alargamos nuestro período vacacional por encima de las tres semanas, nos será más difícil volver a adaptar nuestro cuerpo a las rutinas que dejamos atrás al marchar de vacaciones. Si se ha viajado o hemos estado fuera, es también aconsejable volver dos o tres días antes de empezar el trabajo a nuestro domicilio habitual, para de esta forma facilitar la adaptación a la rutina y a los hábitos.

Es aconsejable una transición paulatina en el regreso laboral; se recomienda empezar el trabajo de forma gradual para ir cogiendo el ritmo de trabajo y no querer correr ni presionarnos para ponernos al día en el menor tiempo posible. Deberíamos evitar dejarnos llevar por nuestro juez interior que nos invade con frases del tipo; “debo ponerme al día”, “no puedo desaprovechar ni un minuto”, “he de acabarlo para hoy” y otras de similares que únicamente nos provocan más ansiedad y lo único que consiguen es el efecto opuesto al buscado, pues reducen considerablemente nuestra eficiencia.  Sobre todo a nivel laboral sería aconsejable adoptar las siguientes actitudes:

1.Priorizar las obligaciones, no quererlo hacer todo de vez.

2. Delegar o pedir ayuda cuando sea necesario, no somos superhombres o supermujeres capaces de hacerlo todo en el menor tiempo posible. Las vacaciones tienen sus efectos beneficiosos, pero no hasta ese punto.

3. Ser flexibles e indulgentes con nosotros mismos, no juzgarnos negativamente, ni tampoco culparnos ni castigarnos por ello. Es normal que después de una época de desconexión se nos pueda pasar algo por alto, o bien no ser tan rápidos en acabar una tarea como cuando ya llevamos unos días de rodaje.

4. Escucharnos a nosotros mismos y saber decir no cuando así lo sintamos, así como poner límites cuando percibimos que algo o alguien nos está vulnerando de alguna forma. Cuantas veces por miedo al juicio de los demás y para mantener nuestra auto imagen, hacemos o aceptamos cosas que no nos son saludables. La vuelta de las vacaciones puede ser un buen momento para tomar conciencia de todos estos aspectos que nos intoxican emocionalmente, para así cambiarlos por otras actitudes más sinceras y saludables.
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Por último es importante que dentro de la idea negativa que supone volver a la rutina, podamos encontrar nuevos estímulos y retos motivadores; ya sea tanto a nivel profesional, como personal y familiar. No debemos enfocarnos únicamente en las obligaciones, sino también en buscar nuevas actividades y aficiones que nos estimulen; algunos ejemplos pueden ser estudiar un idioma nuevo, aprender a tocar un instrumento o bien aficionarse a la jardinería. Ahora es una época ideal para empezar con algo nuevo, pues volvemos con energía, relajados y descansados.  Si nos centramos únicamente en las obligaciones, corremos el riesgo que en unos días volvamos a estar igual de estresados que cuando marchamos de vacaciones.

Espero que estos consejos os sean de utilidad en vuestro retorno a la rutina diaria.
Aquí os dejo otro artículo sobre como superar la vuelta al trabajo:

La vuelta al trabajo

Leslie Beebe
Terapia Gestalt y Life Coaching Barcelona

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Terapia Gestalt y Coaching

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La Terapia Gestalt es una corriente de la psicología denominada como humanista, donde se concibe que el bienestar de la persona se fundamenta en un equilibrio de nuestros tres centros; el mental, el corporal y el emocional. La Terapia Gestalt nos permite entender mejor nuestra forma de ser y actuar en el mundo. En las sesiones se focaliza el trabajar con lo que nos pasa en nuestro presente, por tanto en ver qué nos impide estar bien con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Poco a poco la terapia nos permite superar estos obstáculos para recuperar nuestro bienestar.
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El Coaching es un proceso que incita al cambio personal, que permite descubrir dónde estamos y hacía dónde queremos ir. Es un entrenamiento que nos permite descubrir nuestras potencialidades, para de esta forma conseguir alcanzar los objetivos y metas deseados. En el proceso se diseña un plan de acción, que coincida con nuestros valores, y a través del cual podemos tomar responsabilidad sobre nuestra vida y nuestras acciones, para así conseguir aquello que deseamos.
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Seguidamente os presento algunos de los beneficios de ambos procesos, pues aunque diferentes en su forma, los dos conducen a un objetivo común, nuestro bienestar:
  • Mejorar la autoestima y la seguridad en mí mismo.
  • Descubrir mis recursos y potencialidades para obtener aquello que deseo.
  • Un mayor conocimiento de mi persona, de quién soy y lo que realmente quiero en esta vida.
  • Una gestión más saludable de mis emociones.
  • Superar estados que me hacen sufrir, como la depresión y la ansiedad.
  • La resolución de conflictos personales y familiares, así como el cierre de asuntos pendientes del pasado.
  • Superar miedos y fobias que me limitan en mi vida.
  • Conocer aquello que quiero obtener en mi futuro y como conseguirlo.
  • Superar los obstáculos y bloqueos que no me dejan avanzar, ya sea a nivel personal como profesional, descubriendo aquellos recursos personales que aún están por explorar.
Leslie Beebe



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El miedo al cambio

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El miedo al cambio es una de los principales manifestaciones del miedo como emoción.
La pregunta a la que me gustaría responder es;  ¿Por qué tenemos tanto miedo al cambio en nuestra vida?

La clave está en que cambiar significa salir de nuestra zona de confort. Denominamos como zona de confort aquella área de nuestra vida en la que nos sentimos cómodos, que conocemos y donde nos da la sensación que de alguna forma controlamos. Sin embargo, comodidad no siempre es sinónimo de bienestar. Muchos de nosotros vivimos esta zona de confort como una zona de seguridad, en la que no estamos mal, pero en la que tampoco acabamos de sentirnos plenamente satisfechos.

Cambiar significa dejar lo conocido, por algo desconocido, término que por definición, significa que no tenemos conocimiento de ello, y en consecuencia tampoco sabemos si será mejor o peor que nuestra situación actual. Asimismo, en un gran número de ocasiones relacionamos cambiar con la posibilidad de perder aquello que ya hemos conseguido hasta el momento. De esta forma aparecen preguntas del tipo; “Y si cambio y es peor de lo que tengo ahora?”, “Y si cambiar significa poner en riesgo aquello que ya tengo?”. Preguntas limitadoras, que favorecen la aparición del miedo en nuestro interior.

Os pondré un ejemplo de un cliente que tuve hace un tiempo en terapia, en el que se refleja esta dicotomía entre conservar lo que uno tiene (aunque no sea aquello que se desea), o bien cambiar. (Por motivos de confidencialidad se ha modificado la información personal del cliente.)

Luís tiene 42 años y lleva trabajando como arquitecto en una empresa desde hace 15 años. Es un profesional reputado, y tiene un nivel salarial elevado, sin embargo siente que en los dos últimos años la insatisfacción en su puesto de trabajo ha ido en aumento. Un día, de forma casual, en su tiempo libre, empieza a practicar la jardinería. Una actividad que siempre le había atraído, y que en su momento había querido estudiar, pero que por presiones familiares no pudo. A medida que pasan los meses, Luís retoma el gusto por la jardinería, se apunta a cursos de fin de semana y empieza a plantearse la posibilidad de dejar su trabajo, y empezar una nueva actividad empresarial en el sector de la jardinería. A medida que pasan los días, Luís se siente cada vez más insatisfecho en su trabajo, incluso empieza a somatizar este malestar a través de  insomnio y síntomas de ansiedad.

Luís empieza a vivir un conflicto interno; donde se debate una parte más instintiva, y a la vez más genuina, que le incita a realizar un cambio profesional, y otra más mental, que constantemente futuriza sobre los posibles peligros que comportaría dejar su trabajo actual. De esta forma surge en Luís el miedo al cambio. Me comenta que su miedo principal estriba en adentrarse en un sector empresarial desconocido para él hasta ese momento, así como el miedo a perder el estatus social y económico que había conseguido en sus últimos años como arquitecto. Se despiertan en él multitud de preguntas catastrofistas del tipo ¿y si….?, que le inmovilizan y hacen que la tensión en su interior vaya en aumento.

Os preguntaréis como acabó la historia. Como terapeuta estuve guiando a Luís en su proceso de decisión, aunque tenía claro el cambio, multitud de miedos le impedían realizarlo; tenía miedo a su futuro económico, a la opinión del resto de personas, a perder su estatus social…  Con la terapia Luís fue capaz de tomar conciencia de sus miedos, así como también darse cuenta de su gran dificultad para tomar una decisión. Finalmente un hecho lo cambió todo; una noche sufrió una crisis de ansiedad que le llevó a urgencias. A partir de ese momento su percepción de la situación cambió radicalmente. Únicamente deciros que al cabo de dos meses dejó el trabajo y empezó su proyecto empresarial en el sector de la jardinería. Hace un año que acabamos la terapia con Luís, cuando lo dejamos él estaba empezando en su nuevo negocio. Hace unas semanas me pidió hacer un par de sesiones, en las cuales me comentó que aunque tuvo unos primeros meses duros, actualmente su negocio va bien. Me dijo que se encuentra muy satisfecho con su trabajo actual y que ojalá hubiese tomado la decisión antes.

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Para mí el ejemplo de Luís refleja perfectamente este miedo al cambio, tan común en nuestra sociedad. A raíz de este caso, quizás la pregunta a responder sería  ¿por qué hemos de llegar hasta situaciones tan extremas para realizar cambios en nuestra vida?.

En mi opinión la respuesta se encuentra en que no estamos acostumbrados a tomar decisiones, así como a responsabilizarnos de ellas, de hecho no se nos educa para ello. Desde pequeños nuestro entorno social y educativo condiciona nuestro pensamiento;  no se nos incentiva a pensar por nosotros mismos, sino más bien a seguir un modelo colectivo y social determinado. De esta forma construimos nuestra vida, más movidos por el miedo a obedecer las exigencias externas, es decir cumplir con aquello que supuestamente debemos hacer, que a confiar en nosotros mismos y dejarnos ser. Desde estas máscaras creamos una zona de confort, en la que sentirnos a salvo, con el fin de salvaguardarnos al máximo de la incertidumbre que nos genera el futuro, y para así también poder ejercer el máximo control sobre nuestras vidas.

Desde estos condicionamientos, se genera en nosotros una gran inseguridad y un bajo nivel de autoconfianza. De esta inseguridad deriva nuestro miedo a perder aquello que hemos conseguido hasta el momento (ya sea un trabajo, un estatus social, una pareja…), pues eso supondría para nosotros un gran dolor, pues en cierta forma significaría perder parte de nuestra identidad, perder aquello que nos define, y eso aterroriza a nuestro ego.  Sentimos miedo ante los cambios, pues nadie nos asegura que el cambio nos dejará en una posición mejor de la que estamos ahora; en definitiva no nos gusta sentir la inseguridad en nuestra vida.

Esta inseguridad que sentimos ante la vida, no deja de ser más que la inseguridad que sentimos hacía nosotros mismos, derivada de nuestra falta de confianza. Ante esta situación de inseguridad personal, donde uno se encuentra limitado por el miedo a emprender acciones que le lleven al cambio, el miedo únicamente puede ser vencido cuando el nivel de sufrimiento es superior al miedo al cambio. En el caso de Luís, el sufrimiento vivido durante su crisis de ansiedad, fue superior a su miedo a cambiar su situación laboral. A partir de ese momento Luís fue capaz de realizar el cambio profesional que tanto anhelaba.Ante este nuevo paradigma, aparece un cambio de mentalidad en el que uno ya no se pregunta;  “¿Cómo puedo saber si el cambio me traerá algo mejor”, sino que uno se dice a si mismo; “en esta situación no puedo seguir” . Esta nueva perspectiva es la que facilita el cambio. 

Las crisis y las situaciones extremas, aunque duras, nos conectan con el presente, nos obligan a transitar por aquello que tanto nos duele,  generando en nosotros un nivel elevado de sufrimiento. Una vez transitamos el dolor, pensamos que aquello que venga, aunque desconocido y generador de miedo, no será tan malo como el sufrimiento por el que hemos pasado. Desde este nuevo punto de vista, también podemos tomar conciencia de otro aspecto importante, y es el de darnos cuenta que la zona de confort en la que nos habíamos posicionado durante años, no era ni tan segura ni tan controlable como siempre habíamos creído. Esta experiencia nos enseña que limitarnos a nuestra zona de control nos priva de experimentar y aprender sobre nosotros mismos, en definitiva de crecer como personas.

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Debemos pues dejar de juzgar al sufrimiento como algo negativo, pues aunque a nadie nos gusta sufrir, a veces es la única vía para facilitar el cambio en nuestras vidas. Del sufrimiento pueden surgir grandes aprendizajes.


Leslie Beebe


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Bases Fundamentales de la Terapia Gestalt


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Los creadores de la Terapia Gestalt fueron el matrimonio de psicoterapeutas Laura y Fritz Perls. Ambos enriquecieron el conocido Psicoanálisis Freudiano con otras disciplinas como la Filosofía Existencialista de Kierkegaard, el Pensamiento Diferencial de Friedlander, el Zen Oriental, el Psicodrama de Jakob Levy Moreno y el Análisis del Carácter de Wilhelm Reich, entre otras fuentes.

La Terapia Gestalt cree firmemente en la capacidad humana de la autorregulación organísmica, es decir, la fe en la capacidad biológica del ser humano para tomar conciencia de la necesidad pendiente de satisfacción. El término “Gestalt” es una palabra alemana, sin traducción directa al castellano, pero que aproximadamente significa "forma", "totalidad", "configuración". La forma o configuración de cualquier cosa está compuesta por una "figura" y un "fondo". Por ejemplo, si tomamos como ejemplo este artículo, las letras que estamos leyendo constituyen la figura y los espacios en blanco forman el fondo; aunque esta situación puede invertirse y lo que es figura puede pasar a convertirse en fondo. 

Perls toma esta  idea de la Psicología de la Gestalt sobre la figura y el fondo, para relacionarla con el ciclo de satisfacción de necesidades. En este sentido, la figura se entiende como aquella necesidad que aparece en la conciencia para ser satisfecha. Mientras que el fondo se define como aquella fuente de necesidades que se encuentran en un segundo plano, fuera de nuestra conciencia presente. Perls orientará su terapia a la detección y resolución en el presente de las situaciones inacabadas, es decir, aquellas necesidades que toman forma en la conciencia, pero que por múltiples motivos y a causa de diferentes mecanismos de defensa neuróticos, el individuo no acaba de cerrar, por lo que éstas vuelven a aparecer sucesivamente en su vida. Esta no resolución de las necesidades que toman forma, produce un estancamiento de la energía, por tanto un aumento del estado neurótico de la persona.

La imagen que inicia este artículo nos muestra esta relación entre figura-fondo. Únicamente una de las imagenes aparece como figura, mientras que la otra permanece en el fondo. En la medida que satisfacemos la necesidad (en términos gestálticos, “cerramos la Gestalt”), ésta vuelve al fondo, para emerger una nueva necesidad que debe ser tomada en cuenta y cerrada por el individuo. Cuantas más necesidades no atendemos ni cerramos, más aumenta el nivel de neurosis, al tener cada vez más gestalts inconclusas o temas por cerrar. El Enfoque Gestáltico es un enfoque holístico; es decir, que percibe a los objetos, y en especial a los seres vivos, como totalidades. En Terapia Gestalt decimos que "el todo es más que la suma de las partes". Todo existe y adquiere un significado en un contexto específico; nada existe por sí solo, aislado.

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El foco del proceso terapéutico en la Gestalt gira en torno a lo que el cliente hace en su vida presente, en como lo hace y para qué lo hace, en vez de querer responder al por qué de sus acciones. Únicamente tomando conciencia de estos aspectos, abriéndose al denominado “darse cuenta gestáltico”, el individuo podrá producir cambios en su vida.

La Terapia Gestalt aboga por un equilibrio entre los tres centros de la persona; el centro emocional, el mental y el corporal. En otras palabras, su finalidad es que aquello que la persona piensa, su discurso ante el mundo y sus acciones sean lo más armónicas posible.
El objetivo de la terapia es que la persona adopte un rol activo en su vida, es decir una progresiva responsabilización de su persona y de su vida. Este aspecto conduce también a pasar de la búsqueda de un apoyo exterior, propio del estado neurótico, a un apoyo personal y una confianza en sí mismo. Una vez el individuo gana en autoapoyo, también favorece a aumentar el amor hacía su persona y hacía su propia vida. Aquí os dejo una enseñanza Zen relacionada con el tema de adoptar un rol activo y de responsabilización de la propia vida:

“ Relata un cuento Zen que en un monasterio había un discípulo que desafiaba siempre a su maestro. Cierta vez, ocultando a sus espaldas a un pájaro que sostenía en las manos, el discípulo se paró desafiante ante el maestro y le preguntó: “Maestro, aquí detrás de mí tengo un pájaro. Dígame usted que lo sabe todo; ¿está vivo o está muerto?.” (De tal modo, si decía que el pájaro estaba vivo lo ahogaba y si decía que estaba muerto abriría sus manos y lo dejaría volar). El maestro lo miró a los ojos con respeto y compasión, respiró profundamente y con mucho amor le respondió: “Eso depende de ti. La solución… está en tus manos!”.

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Leslie Beebe


Convivir con la depresión

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La depresión es un trastorno difícil de explicar para aquel que la sufre. La pena, la desesperanza, la angustia, la baja energía y la sensación de impotencia en las que se encuentra inmersa la persona deprimida, difícilmente son comprensibles para familiares y parejas que conviven con ellos. Sin embargo ante una situación de depresión, la familia adopta un papel fundamental como apoyo y acompañamiento para la persona que sufre este trastorno. Como es un tema que habitualmente trato en mis sesiones de Terapia Gestalt, mencionaré algunas de las pautas que la familia puede adoptar en su rol de acompañamiento de la persona depresiva.

Ponerse en manos de profesionales. La depresión es un trastorno grave que no debe menospreciarse y por tanto debe ser tomado en serio.  Cuando estados como la tristeza y la melancolía perduran en el tiempo, afectando la capacidad para relacionarse con otros, trabajar o simplemente afrontar el día, pueden ser síntomas de la aparición de un trastorno depresivo. Ante estos indicios, los familiares deben de actuar expresando al deprimido la necesidad que pida ayuda y se ponga en manos de profesionales de la terapia. Convencer a una persona en este estado no va a ser fácil, pero es imprescindible que la familia mantenga una actitud firme y persistente al respecto, acompañándole si fuese necesario al terapeuta o profesional en cuestión.

Ayudarle a aceptar la depresión. La familia debe transmitir a la persona que nadie es culpable de padecer depresión. Es muy importante que la persona depresiva reconozca y asuma la situación que está atravesando, así como las limitaciones que de ésta puedan derivarse. No es tarea fácil, tanto para uno mismo como para la familia que le acompaña, pues antes del reconocimiento aparecerán otras etapas de difícil gestión, como la negación, el enfado, la rabia y la tristeza. En este proceso de integración es recomendable que la familia reevalúe la relación emocional con la persona, modifique las expectativas que pudieran tener en él y le ayude en su progresiva aceptación de la nueva situación. Si eso se consigue, y se mantiene a la vez el propósito de colaborar con el terapeuta, será un paso importante para reducir las consecuencias de la enfermedad.

Estar a su lado y respetar sus silencios. Para aquellos que nunca han experimentado un episodio de depresión les es difícil entender el grado de sufrimiento y desamparo en que queda sumido el depresivo. Sin embargo es importante que ante esta dificultad, la familia adopte un rol de acompañamiento y respeto. Es importante que la familia entienda que el depresivo no necesita de recomendaciones piadosas, ni invitaciones a hacer cosas o a levantar el ánimo, pues no es una cuestión de falta de voluntad por su parte. También es absurdo presionarle para que se muestre sociable, como si eso fuese algo que estuviese a su alcance. Estas actitudes contribuyen negativamente en el proceso, pues el depresivo se siente presionado a estar bien y aumenta su sensación de que los que le rodean no comprenden su situación. La familia debe respetar los silencios y los momentos de solitud que acompañan al proceso depresivo, y simplemente hacerle llegar que se está dispuesto a ayudarle, a escucharle y a hablar de ello cuando la persona así lo estime oportuno.

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Si alguien de tu entorno o tu mismo sufres de depresión, puedo ayudarte. LLámame o WhatsApp al 645 368 714 o escribe a lesbcn13@gmail.com


No pedirle explicaciones ni presionarle. Exigir explicaciones a una persona que está sufriendo este trastorno únicamente va a provocarle irritación, malestar e incluso culpa, así como aumentar su sensación de que aquellos a los que quiere no le entienden. Es imposible que el depresivo de explicaciones sobre su estado, pues muchas veces ni el mismo sabe lo que le pasa, y el porqué ha llegado a quedar sumido en este estado. La depresión es algo que uno no elige y su superación no depende de la libre voluntad. Presionarle para que realice actividades con las que no se siente cómodo en este momento, como salir y sociabilizar más, son contraproducentes. Pues en estos casos el efecto va a ser totalmente el opuesto. Por ejemplo si se le obliga a salir con amigos, la percepción del deprimido va a ser la dificultad que siente a salir de casa y a interactuar con los demás. El depresivo va a estar comparándose con el resto, focalizándose en aspectos negativos, como lo mal que está él y lo bien que se lo está pasando el resto del grupo.

Transmitirle esperanza. Como ya hemos dicho es importante que la familia acompañe al deprimido en este duro proceso. La familia puede comunicarle que aunque ahora está pasando por un duro trance, y le sea difícil entenderlo, hay una salida a esta situación, y por tanto luz al final del túnel. También es importante hacerle ver que no está solo en este proceso, y que cuenta con el amor de la familia. Finalmente es recomendable hacerle entender que si es constante con el proceso terapéutico, la mejora llegará en el futuro.

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Reforzar su autoestima. Un rasgo característico de la depresión es el déficit de autoestima. La persona tiende a no ver sus logros y únicamente enfocarse en sus aspectos negativos, recreándose en sus fracasos y pasando por alto sus aptitudes y los buenos momentos vividos. En estas circunstancias es clave el papel de la familia para hacerle ver sus cualidades, dar valor a sus capacidades y, por encima de todo, que a pesar de las dificultades del presente, transmitir lo mucho que la persona significa para quienes tanto le quieren.

Cuidarse a uno mismo. Convivir con una persona depresiva no es fácil, es difícil vivir con una persona instalada en la tristeza, que puede tener comportamientos difíciles de entender y con quién la comunicación es complicada. Asimismo los estados anímicos que se generan en esta situación pueden llegar a ser contagiosos. Es por este motivo que la familia debe tener claro que la atención y ayuda al depresivo no puede absorber todo los recursos afectivos del entorno familiar. En este sentido es importante no descuidar el cuidado de los otros miembros de la familia, estando atento a las preocupaciones y sentimientos del resto. Es muy importante prestarse apoyo mutuo y gestionar las situaciones difíciles que van apareciendo de forma conjunta, todos a una. Asimismo en el camino de acompañamiento es también importante no descuidar el cuidado propio y las necesidades de uno. Quien no sabe atender sus necesidades, difícilmente podrá cuidar al otro de una forma saludable para sí mismo.

Leslie Beebe


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Terapia Gestalt en Barcelona

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En muchas ocasiones mis conocidos y amigos me preguntan qué es eso de la Terapia Gestalt y cuál es el papel de un Terapeuta Gestalt. La verdad es que ante estas preguntas me surgen dos opciones, o bien darles una charla sobre la Terapia Gestalt; características, orígenes, técnicas y tantos otros aspectos relativos a la terapia, los cuales están seguramente mejor resumidos en la Wikipedia; o bien simplemente les digo que la Terapia Gestalt es básicamente un camino que una persona decide tomar en un punto de su vida. Dicho momento suele ir antecedido por algún suceso crítico de la vida; una ruptura sentimental, la muerte de un ser querido y tantas otras situaciones de crisis personal que nos conectan con emociones desagradables como la tristeza y sensaciones incómodas como el dolor. Este dolor, aunque molesto y fuente de sufrimiento, también nos recuerda que estamos vivos, y suele hacer surgir en nuestro interior una voz que nos hace replantear aspectos vitales de nuestra existencia, como el trabajo, la relación de pareja o bien simplemente nos motiva a querer conocer más sobre nosotros mismos.
La Terapia Gestalt apoya y acompaña a la persona en este proceso personal, con el objetivo que encuentre las respuestas a todas sus preguntas. El camino conduce a la persona a ampliar su visión respecto a las relaciones que mantiene consigo mismo y con su entorno. Cuando la persona se abre a este abanico de posibilidades también toma conciencia de como se bloquea y daña a sí mismo, por tanto a partir de ese punto puede decidir si seguir sufriendo o bien tomar la responsabilidad sobre su vida. La responsabilidad personal significa contactar con aquello que uno necesita, ser consciente de las necesidades propias y tomar las acciones oportunas para satisfacerlas. El camino fluye haciendo que poco a poco el individuo se permita la libertad de dejarse ser.
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Siguiendo esta filosofía, el terapeuta adopta un papel de guía en el camino, su labor es hacer que la persona se formule aquellas preguntas que hasta ahora no se había planteado por sí mismo. El profesional de la Terapia Gestalt ejerce su labor terapéutica desde los principios de confidencialidad, respeto y no juicio en el trato con el cliente. El terapeuta Gestalt no es una figura de autoridad, tampoco es un consejero ni un juez.
Si actualmente te encuentras en un punto de tu vida en el que sientes que hay algo que no acaba de funcionar, te sientes perdido o bien te encuentras atravesando una época de crisis personal, puede ser un buen momento para empezar un proceso individual de Terapia Gestalt.

Leslie Beebe

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