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El miedo al fracaso

El miedo a fracaso. Una de las principales dificultades que nos encontramos los seres humanos es la gestión eficiente de nuestras emociones. Esta dificultad parte de la prácticamente nula formación emocional que recibimos desde pequeños. Suele ser ya en la edad adulta, y cuando este desconocimiento deriva en sufrimiento, que buscamos aprender a manejar nuestras emociones de una forma saludable.

miedo al fracaso


Por mi vivencia personal, y desde mi experiencia como psicoterapeuta, me doy cuenta que uno de los principales efectos de esta pobre educación emocional es el desconocimiento sobre cómo lidiar con aquellas emociones que tradicionalmente han sido consideradas como negativas, como el miedo o la tristeza. 

En este artículo nos centraremos en la emoción del miedo, y en particular en el miedo al fracaso. La mayoría de nosotros vivimos con multitud de miedos en nuestra mente; el miedo al fracaso, el miedo a no estar a la altura, el miedo al conflicto, el miedo al rechazo, el miedo al abandono….son algunos de ellos. No es nada raro que estos miedos convivan con nosotros, pues nuestro cerebro está diseñado para asegurar nuestra supervivencia, convirtiéndose en un eficiente detector de amenazas. Si embargo, en una realidad como la nuestra, la mayoría de peligros ante los cuales se activa el miedo han pasado de ser reales, como enfrentarse a un animal salvaje, a ser proyecciones futuras de nuestra mente; por ejemplo cuando recibimos una llamada de nuestro jefe, e imaginamos que vamos a ser amonestados.

Dejar que estos miedos nos controlen supone una seria limitación en nuestra vida, así como un perjuicio para nuestra autoestima. Muchos de estos miedos parten de creencias erróneas y limitantes sobre nosotros mismos y sobre nuestras capacidades, las cuales toman forma a través de nuestro juez interno. El juez interno es aquella voz interior que nos persigue a todas horas diciéndonos que no somos adecuados, o que no somos lo suficientemente buenos para alcanzar nuestras metas. Para el juez interno nada de lo que hacemos parece suficiente, pues su actuación se fundamenta en un ideal del yo que a la práctica nadie puede alcanzar. Este juez emite un juicio implacable y sin piedad sobre nosotros, que sin duda perjudica nuestra autoestima sino sabemos como manejarlo.

Uno de los miedos que con frecuencia aparece en las sesiones de terapia es el miedo al fracaso. En este miedo, el principal temor es el de decepcionar las expectativas personales. Este miedo suele manifestarse de forma dual; por un lado a partir de la incertidumbre sobre si seremos capaces de alcanzar una determinada meta. Por otro lado, en muchos casos también resulta complicado definir esa meta y la forma como alcanzarla.

El origen del miedo al fracaso también difiere según cada persona. En ocasiones el miedo proviene de la infancia y de un entorno familiar muy estricto. En estos ambientes el niño recibía el mensaje que nunca estaba a la altura de las expectativas parentales. A veces estas expectativas estaban claramente definidas, sin embargo en otros casos el niño simplemente sentía que no era suficiente a ojos de sus padres, sin saber dónde tenía que llegar y como hacerlo, para lograr el tan ansiado reconocimiento parental.

En otras ocasiones el miedo al fracaso surge a raíz de un acontecimiento traumático en la vida de la persona, como puede ser un despido laboral o un abandono de pareja. A partir de esta vivencia traumática la persona adopta la creencia de que no es suficiente, o bien que hay algo inadecuado en sí misma que ha provocado esa situación. Un  ejemplo de lo que acabamos de comentar es culpabilizarse por haber sido abandonos por la pareja. A partir de ese abandono, la persona mantiene la creencia que como consecuencia de sus imperfecciones, le va a ser imposible encontrar una nueva pareja. En estos casos el miedo a fracasar en la relación, se consolida mediante múltiples mecanismos reactivos ante la idea de tener pareja de nuevo. Un ejemplo de ello son aquellas personas que siempre encuentran defectos en los posibles pretendientes a ser pareja, justificando así su soltería. 

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Por último nos encontramos con la creencia errónea que muchas personas mantienen que el mundo debe ser justo. El término justicia varia de una persona a otra, pero el autoengaño parte de la creencia de no concebir que otras personas puedan mantener valores y creencias diferentes a los nuestros. Asimismo ese autoengaño surge de la creencia que podemos controlar todo aquello que nos sucede, cuando en realidad siempre existen factores externos que escapan de nuestro control, pero que indudablemente condicionan nuestra vida.

Cuando la realidad nos enseña que el mundo sí puede ser injusto con nosotros, la respuesta suele ser culpabilizarnos por no haber hecho las cosas mejor. Un ejemplo de ello es aquella persona que ante un despido laboral empieza a darle vueltas a todas las cosas que cree que ha hecho mal, culpabilizándose por el despido. Estas personas vinculan erróneamente su capacidad y aptitudes personales con el despido, cuando en la mayoría de ocasiones no es así. 

En palabras de una paciente mía que había sido despedida de su trabajo; “me han despedido porque soy una inútil, no valgo para nada”. En este caso mi paciente cuestionaba su valor como persona y su identidad personal, en relación a la experiencia traumática que había vivido, cuando en realidad esa relación de causa-efecto que ella establecía solo existía en su mente.

El despido no solo generaba en mi paciente un dolor por lo que ella consideraba un fracaso, sino también por la aparición del temor a volver a fallar en su próximo trabajo. Esta creencia puede llegar a convertirse en una autoprofecia que se acaba cumpliendo, si la persona se deja llevar por el mensaje de su miedo.

Las principales acciones que toma la persona que vive sometida al miedo al fracaso suelen ser las siguientes:

1)      Mantener una actitud pasiva y de evitación. La persona se siente muy poco válida y con escasos recursos personales, por lo que limita seriamente sus expectativas y metas, pues no se cree capaz de alcanzarlas. La evitación suele ser un mecanismo utilizado por estas personas. Aunque en un primer momento la evitación puede generar cierto alivio en la persona, la realidad es que se convierte en una autotrampa. Esta trampa resulta en que a medida que pasa el tiempo, el número de situaciones y circunstancias a evitar son cada vez mayores, pues la persona no se siente capaz de salir triunfadora de ellas. La evitación mantenida en el tiempo perjudica seriamente la autoestima y la autoconfianza.

2)      Pedir ayuda y delegar tareas. Como el individuo se siente incapaz de alcanzar sus metas, y ante el miedo a fracasar, la persona reacciona pidiendo ayuda a alguien para que actúe en su lugar. Como en la evitación, esta actitud alimenta la creencia de inaptitud propia y en consecuencia aumenta el miedo al fracaso.

3)      Renunciar. Ante la creencia errónea de fracaso, la cual llega a vivenciarse como una certeza indiscutible, la persona acaba renunciando a muchas de sus ambiciones. De esta forma, el individuo deja de luchar para alcanzar sus metas. Dicha renuncia puede empezar en un área determinada de la persona, y con el tiempo extenderse al resto de sectores de su vida.

4)      Sobrecompensación. El miedo al fracaso puede llevar a la persona a desarrollar una actitud contrafóbica, a partir de la cual el individuo se sobreesfuerza para evitar aquello que más teme. Un ejemplo lo tenemos en aquel trabajador que por miedo a fracasar, empieza a obsesionarse con su trabajo, abandonando el resto de áreas de su vida y descuidando su salud. Curiosamente, la actitud contrafóbica que toma la persona, en vez de alejarla de la probabilidad que su peor fantasía se haga realidad, lo que acaba provocando es todo lo contrario.

"Es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que vivas tan cuidadosamente que dé lo mismo que estés viviendo. Y en ese caso habrás fracasado por defecto". J.K. Rowling


Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

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Miedo a salir del desconfinamiento

Miedo a salir del desconfinamiento.  Después de más de dos meses de confinamiento, nos encontramos en la denominada desescalada. Aunque para muchas personas la idea de poder volver a salir a la calle se recibe como un alivio, para otras no lo es, viviendo esta situación con miedo y ansiedad. Los expertos han denominado esta experiencia de miedo intenso como Síndrome de la Caverna.

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El Síndrome de la Caverna describe un estado anímico, emocional y mental que aparece en personas después de un periodo de reclusión forzosa. Su origen se encuentra en el siglo XX en Estados Unidos, cuando se empezó a utilizar para describir un estado mental que sufrían las personas que se veían obligadas a estar encerradas y aisladas durante meses, como consecuencia de la severa climatología.

El Síndrome de la Caverna se manifiesta como un conjunto de síntomas característicos de los trastornos de ansiedad, como pueden ser palpitaciones, sudoración, náuseas y pensamientos intrusivos, entre otros.

A continuación te comento algunas pautas que pueden ayudarte a superar el miedo a salir de casa, después de todas estas semanas de confinamiento.

1.  En mayor o menor medida todos vamos a sentir resistencia, e incluso miedo ante la idea de volver a salir a la calle. El coronavirus ha provocado en nosotros una sensación de incertidumbre e inseguridad que tardaremos en superar. Ciertamente nos enfrentamos a una realidad muy diferente a la que dejamos atrás, antes del confinamiento. Como seres humanos que somos, la mayoría de nosotros no estamos habituados a los cambios; deseamos tener una zona de confort que nos dé la sensación que controlamos nuestra vida y el entorno que nos rodea. Todo aquello que es diferente lo percibimos con inquietud e inseguridad, y eso nos genera miedo. En una época tan incierta como la que vivimos, el miedo generalizado está a la orden del día.

Por este motivo es importante que reconozcas y aceptes tu miedo, no luches contra él para no sentirlo. El miedo es una emoción que nos advierte de un posible peligro, y por tanto es normal que se active en estos momentos. No obstante no deberíamos dejarnos llevar por esta emoción, pues eso nos conduce al bloqueo y al aislamiento, dificultando la adaptación a esta nueva realidad.

2. Aunque las fases de la desescalada establecen unos horarios para salir a la calle, eso no significa que debas salir obligatoriamente. Tómate tu tiempo y ves poco a poco, márcate pequeños objetivos en las primeras salidas. Empieza con recorridos cortos y ves aumentando la distancia a medida que te sientas seguro.

3. Uno de los grandes precursores del miedo durante este confinamiento ha sido el bombardeo de información, respecto a la evolución de la pandemia, al que nos hemos visto sometidos. Ya en anteriores artículos hablaba de la importancia de limitar el volumen de noticias al que estábamos expuestos, así como asegurarse de la fiabilidad de las fuentes consultadas.

Aunque tenemos la creencia que estar al corriente de las noticias en todo momento nos puede dar un mayor conocimiento sobre la situación, y por tanto aportar una sensación de cierto control sobre lo que está pasando, la verdad es que es un arma de doble filo. Un exceso de información nos conduce a tener más dudas y a generarnos un estado de mayor ansiedad.

Por este motivo, y siguiendo las pautas marcadas durante el confinamiento, sigue informado de la evolución de la desescalada,  pero limita la consulta de noticias a una o máximo dos veces por día.

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4. Otro de las pautas que pueden ayudarte a superar tu miedo a salir a la calle, es estar bien informado sobre las medidas de seguridad y actuación establecidas por las autoridades pertinentes. Algunas de estas medidas son el correcto uso de mascarillas y guantes, el conocimiento sobre la normativa referente a cada fase de la desescalada, la distancia permitida entre personas, etc… Saber que estamos tomando medidas preventivas para proteger nuestra salud, y que estamos siguiendo las normas marcadas por las autoridades, nos aportará una sensación de seguridad a la hora de salir.

5. Sigue con la rutina que habías establecido durante el confinamiento, no dejes de hacer aquellas actividades que habías iniciado durante este periodo. Planifica tu día a día y evita hacer planes a largo plazo. Puedes introducir de forma progresiva pequeños cambios, como salir a dar un paseo en las horas permitidas, pero evita hacer cambios radicales en tu rutina.

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6. Si sientes miedo no lo reprimas ni luches contra él. Procura compartir aquello que te pasa con familiares y amigos. Hablar de aquello que te sucede te ayudará a aliviar la tensión y la ansiedad, y te permitirá ver que no eres el único que se siente así. Si percibes que tus niveles de ansiedad son muy elevados, alterando tu rutina diaria o tu descanso, entonces quizás sería una buena idea que consultases a un profesional de la terapia para que te ayude.

7. Toma conciencia de tus pensamientos y pregúntate si realmente estás intentando controlar algo que no se encuentra en tu presente, o bien quieres influir en algún aspecto que escapa de tu control y sobre el cual no tienes capacidad de actuación. Este tipo de pensamientos favorecen el aumento de los niveles de ansiedad. En consecuencia es importante que focalices tu atención en el presente, en aquello que sí está en tu mano controlar, mientras aceptas que hay cosas que escapan de tu control

Aprender a fluir con aquello que no puedes controlar, mientras tomas una actitud proactiva respecto aquello en que sí puedes influir, es una postura muy recomendable a la hora de mantener a raya tus miedos. No se trata de resignarte con la situación que estás viviendo, sino de ser realista y aceptar que aunque nos cueste, hay cosas que escapan de nuestro límite de actuación.

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Cuando el miedo nos bloquea


Cuando el miedo nos bloquea. Un gran porcentaje de nosotros vivimos la vida con miedo. En muchas ocasiones el miedo nos bloquea y nos paraliza, impidiéndonos tomar un determinado camino. Cuantas veces una idea surge en nuestra mente e inmediatamente es boicoteada por nuestra voz interior, por ejemplo; “me gustaría aprender inglés”. Posteriormente a la aparición de esta idea, emergen en nuestra mente pensamientos limitantes que se expresan con voces del tipo: “nunca se me han dado bien los idiomas”, “no sabré hacerlo”, “las clases son un gasto y ahora yo estoy muy ocupado/a”..., estos y otros mensajes parecidos son los que acaban por frustrar nuestros deseos.

Cuando el Miedo nos Bloquea


El miedo es una emoción básica, la cual nos permite ser precavidos, valorando los riesgos de una determinada situación, y actuando en consecuencia. El miedo forma parte de nuestro instinto de supervivencia, el cual ha permitido la evolución del ser humano hasta nuestros días. Sin miedo no duraríamos mucho en esta vida, pues seríamos unos temerarios irresponsables que correríamos peligros innecesarios.

El problema del miedo es cuando pasa a ser disfuncional, volviéndose sobreprotector y limitando la satisfacción de nuestros deseos y necesidades. El miedo sobreprotector nos mantiene en nuestra zona de confort, no dejándonos crecer. El origen de los miedos limitantes es diverso; puede encontrarse en nuestra infancia, al crecer en un entorno de sobreprotección familiar, por creencias limitantes heredadas, o bien por heridas de la niñez que aún no hemos cicatrizado. Estas últimas nos conectan aún en la madurez con miedos muy primarios como el miedo al abandono. Así mismo, el miedo limitante también puede originarse en experiencias traumáticas que hayamos vivido a lo largo de nuestra vida. En cualquier caso, independientemente del factor personal, la sociedad que nos rodea y los medios de comunicación también favorecen a extender este tipo de miedo a nivel colectivo entre la población.

Si quieres detectar el miedo sobreprotector, para así diferenciarlo del miedo como emoción básica, presta atención a las siguientes características:

El miedo limitante es un miedo que suele centrarse únicamente en los riesgos, nunca en los posibles beneficios.

Siempre te aconseja evitar o huir de la situación, nunca enfrentarla.

Parte de una visión catastrofista y sobredimensionada de las consecuencias futuras.

Te desvaloriza y te hace sentir impotente para enfrentar una determinada situación.

Aparece en forma de reacciones exageradas, en que no existe una amenaza presente y real, sino más bien un problema futuro e imaginario.

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¿Qué podemos hacer para que nuestros miedos no nos limiten?, a continuación te comento algunas pautas que pueden ayudarte.

1. Toma conciencia de tu diálogo interno y de todos aquellos pensamientos limitantes que surgen cuando aparece una propuesta de acción en tu mente. Anota estos pensamientos y date cuenta cómo te hacen sentir. Una vez los tengas anotados toma conciencia de tu estado emocional y anímico. Hazte las siguientes preguntas: 

¿En qué me beneficia este tipo de pensamiento?, ¿Qué voy a conseguir haciéndole caso?, ¿Para qué me sirve decirme esto?, ¿Qué está en mi mano hacer para cambiarlo?. 

Una vez contestadas estas preguntas, busca alternativas a tus pensamientos limitantes y anótalas. Cuando acabes repite estos nuevos pensamientos en voz alta, y date cuenta cómo te hacen sentir en comparación con los pensamientos limitantes.

2. Adopta una actitud de escucha y comprensión. Recuerda que la función del miedo es protegerte, por tanto no te enfades con él. Intenta llegar a acuerdos y dialogar con tus miedos, siempre desde una actitud de empatía y amor hacia ti mismo.

3. Acepta tu miedo. Las actitudes de oposición y represión de tus miedos solo te conducirán a sentirte más frustrado y enfadado. En consecuencia prueba a dar un espacio a tu miedo, para así escuchar aquello que te dice y poder racionalizar su mensaje.

4. No huyas del miedo. La actitud más común ante el miedo es la huida, sin embargo como dijo el escritor Antoine de Saint-Exupéry  “la huida no ha llevado a nadie a ningún sitio”. En este sentido es importante que busques formas de enfrentar las situaciones que te generan miedo, pues en caso contrario tu miedo se volverá cada vez más grande. Esto es lo que sucede con las situaciones susceptibles de generarnos ansiedad, cuanto más las evitamos, mayor hacemos nuestro miedo al miedo, el cual puede limitar seriamente nuestra libertad personal. Cuando aparezca tu tendencia a la evitación puedes hacerte las siguientes preguntas:

 “¿Cúal es el peligro de esta situación?, ¿Qué es lo peor que puede pasarme?, ¿Qué es lo más probable que pase?, ¿Si no va bien cómo lo afrontaría?, ¿Qué aprendería de esa experiencia?, ¿Qué le dirías a alguien que estuviese pasando por esta situación?.

5. Enfrentar tu miedo no es una competición. Es recomendable que enfrentes tus miedos de una forma progresiva, exponiéndote poco a poco a aquello que temes. Adoptar una actitud activa ante el miedo es fundamental, pero eso no significa que seas impulsivo e impaciente, queriendo superar tus miedos de forma inmediata. Debes pensar que muchos de tus miedos limitantes llevan años instaurados en tu persona, por lo que cambiar la relación que mantienes con ellos puede llevar su tiempo.

6. No te juzgues por tener miedo. Como hemos dicho el miedo es una emoción básica, no obstante cuando adopta un rol de sobreprotección es cuando se vuelve disfuncional. Sentir miedo ante situaciones nuevas, o bien que pueden comportar algún tipo de riesgo, es humano y natural, y eso es lo que debes decirte, no te juzgues ni culpabilices por ello. El problema del miedo aparece cuando esta emoción la cargamos con nuestros pensamientos desvalorizadores y limitantes, los cuales nos hacen sentir inferiores e incapaces de enfrentar la situación temida.

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7. Reeduca tu miedo. El propósito de tu relación con el miedo debe ser reeducarlo, para que así te informe de aquellas amenazas cuando realmente aparezcan y sea necesario, pero no para que limite tu vida. El miedo debe ser una herramienta de precaución para ti, que te permita explorar y disfrutar de lo nuevo sin tener que privarte de la libertad por ello.

Si quieres conocer más sobre el miedo, también puedes leer otros de mis artículos sobre el tema:

Miedo y ansiedad

La gestión del miedo

El miedo como emoción básica

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Miedo y Ansiedad


Miedo y Ansiedad. El miedo es una emoción básica y primaria que ha permitido la supervivencia y evolución del ser humano. Como toda emoción, el miedo funciona como una señal informativa sobre algo que está sucediendo en nuestra relación con el entorno; en este caso nos advierte de algún peligro que amenaza nuestra seguridad. La función del miedo es doble; en primer lugar conservar aquello a lo que damos valor en nuestra vida; por ejemplo el miedo que puede aparecer ante una posible pérdida de nuestro trabajo. En segundo lugar preservar nuestra integridad personal; por ejemplo el miedo que surge ante la posibilidad de recibir un daño externo. El miedo nos ayuda a ser precavidos, a actuar con cautela y a valorar los recursos de los que disponemos para enfrentar un posible peligro.

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Sin embargo el miedo también tiene otra cara, y es cuando se vuelve un mecanismo desadaptativo y limitante en nuestra vida. Es importante decir que el miedo no es el problema en sí, pues éste únicamente actúa como una señal informativa, sino que la dificultad reside en el mecanismo que nosotros utilizamos para relacionarnos con esta emoción, el cual da lugar a la aparición de sensaciones desagradables como la ansiedad y la angustia.

El principal problema que tenemos respecto a la relación con nuestros miedos es la tendencia a la evitación. Social y culturalmente el miedo se nos ha vendido como algo no deseable, y que por tanto no está bien sentir. Nadie quiere admitir que tiene miedo, pues supuestamente la imagen que debemos ofrecer a los demás es la de mostrarnos valientes y fuertes. En consecuencia cuando sentimos miedo nos obligamos a tener que estar tranquilos, culpabilizándonos y diciéndonos a nosotros mismos que no deberíamos sentirnos así. En esos momentos intentamos de todas las formas posibles controlar aquello que es incontrolable, nuestras emociones.

Aunque en un primer momento adoptar una actitud de evitación ante aquello que nos da miedo nos pueda aportar cierta calma, la verdad es que lo único que conseguimos actuando así es entrar en un bucle de “miedo al miedo”. En este bucle la persona se siente incapaz de controlar la ansiedad originada por la situación, inquietándose por un posible descontrol emocional en el futuro. De esta forma se estructura una dinámica en que como mayor es el grado de evitación, más grande es el miedo a la ansiedad, y mayor es el bloqueo ante la situación temida. Con el tiempo este bloqueo nos lleva a limitar casa vez más aspectos de nuestra vida, provocando en nosotros una sensación de incapacidad, lo que afecta negativamente a nuestra autoestima.

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Entonces ¿cómo debemos actuar ante nuestros miedos?

El primer punto a tener en cuenta es que debemos cambiar la perspectiva que tenemos respecto al miedo; en vez de percibirlo como un enemigo, debemos aprender a familiarizarnos con él, para así encontrar un equilibrio emocional cuando éste aparece. Para cambiar dicha percepción es importante tener en cuenta dos elementos básicos: el primero posicionarnos como simples espectadores de nuestros miedos, no identificándonos con ellos. Debemos tener claro que nosotros no somos nuestros pensamientos, y en consecuencia éstos no deben dominar nuestras acciones. El segundo elemento es que debemos aprender a sostener nuestros miedos, esto significa reconocer nuestros miedos, dándoles un espacio para su expresión. Es importante comprender que el miedo en sí no es perjudicial, todo depende de la forma como lo gestionemos. Si cuando aparece el miedo luchamos contra él para no sentirlo y nos juzgamos y culpabilizamos por ello, lo único que conseguiremos es sentir más ansiedad y un mayor grado de necesidad por tener que evitar la situación temida.

El segundo punto a destacar es no querer evitar aquello que tememos. Solo si aprendemos a enfrentar y transitar nuestros miedos podremos obtener las herramientas de gestión necesarias para superarlos, permitiendo así que nuestros miedos no nos limiten.

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El tercer y último punto es comprender que cambiar patrones de funcionamiento no es fácil, pues llevamos muchos años relacionándonos con nuestros miedos de una forma determinada, y en la mayoría de casos poco saludable. Este tipo de cambios suponen un camino de aprendizaje. Es por este motivo qué si sientes que tus miedos limitan tu vida, deberías pedir apoyo profesional, el cual te ayudará a encontrar nuevas y más saludables formas de gestión emocional. En este sentido la terapia puede ser el recurso que necesitas para superar tus miedos.

Para más información, CLICA EN EL ENLACE.

Si quieres conocer más sobre el miedo, también puedes leer otros de mis artículos:




"No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo" Michel de Montaigne


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La Gestión del Miedo


La gestión del miedo. El miedo es una emoción universal que conocemos desde los primeros momentos de nuestra vida, sin embargo es una de las emociones más difíciles de gestionar. A nivel social y cultural el analfabetismo emocional y el juicio que impera sobre el miedo han convertido esta emoción en algo indigno y negativo, que necesitamos eliminar de nuestro ser. Por este motivo nos autosugestionamos para no sentir miedo, enviándonos mensajes del tipo; “yo soy valiente, no tengo miedo”, “no voy a dejar que el miedo me domine”, “no hay motivo para sentir miedo”, “solo los cobardes tienen miedo”, etc…

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Como consecuencia de este concepto que tenemos sobre el miedo, nuestra reacción ante él suele ser principalmente de dos tipos; o bien luchar contra el miedo para anularlo, o bien intentar esconderlo no dándole importancia. Ambas  técnicas raramente nos llegan a funcionar, resultando en una mayor angustia y en un bloqueo emocional.

A continuación voy a comentar algunas estrategias que podemos adoptar para aprender a relacionarnos con nuestro miedo:

1. Si nos permitimos salir de nuestro juicio, veremos que el miedo es simplemente una señal que nos indica que existe un peligro que nos amenaza. Esta sensación de amenaza surge de nuestra percepción que existe una desproporción entre la magnitud de la amenaza y los recursos que disponemos para enfrentarla. En ocasiones puede ser que esta percepción de peligro sea objetiva y real, por ejemplo si alguien nos amenaza con un arma, o bien puede ser que la amenaza sea subjetiva, originada en nuestra mente, por ejemplo el miedo al juicio cuando tenemos que hablar en público. Si la circunstancia tiene que ver con una percepción subjetiva, entonces debemos revisar nuestras creencias al respecto y ponerlas en duda. En referencia al miedo citado anteriormente de hablar en público, podríamos formularnos preguntas que nos ayuden a racionalizar nuestro  miedo, y en consecuencia reducirlo, como por ejemplo:

¿Qué pensamientos tengo al respecto?, ¿Qué utilidad tienen estos pensamientos y en qué me benefician?, ¿Tengo una experiencia previa que me confirme mis pensamientos?, si es así ¿Qué puedo hacer yo de diferente ahora para cambiarlo?, ¿Cuánto de realidad hay en mis pensamientos?, ¿Qué es lo peor que puede pasarme?, y lo mejor?,¿Qué es más probable que suceda?. Si algún amigo tuviese que enfrentarse a este tipo de amenaza, ¿Qué le diría?.

2. La tendencia más frecuente ante el miedo es convertir una señal de amenaza en un problema. Si atendemos al miedo como una señal, y no como un problema, podremos llegar a aceptarlo y gestionarlo de una forma más saludable. Una metáfora que ayuda a entender este punto es la que menciona el psicoterapeuta Norberto Levy, el cual equipara el miedo, a la luz que se enciende en el tablero de un coche indicándonos que nos quedamos sin gasolina. En este sentido la luz roja no es el problema, sino que es el indicador que nos informa que debemos pasar por una gasolinera lo antes posible. Sería absurdo que nos enfadásemos con la luz, maldiciéndola y entrando en conflicto con ella, como hacemos nosotros con nuestros miedos, pues el resultado sería inútil, ya que acabaríamos con el coche parado por falta de gasolina. Debemos concebir el miedo no como un problema, sino como una señal que nos informa sobre aquellos recursos que necesitamos desarrollar para poder superar una amenaza.

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3. Anteriormente he planteado el miedo como aquella percepción que surge cuando una amenaza sobrepasa nuestros recursos; en este sentido es erróneo pensar que alguien es cobarde por no enfrentarse a sus miedos, simplemente es que no dispone de los recursos necesarios para hacerlo. Por este motivo si ante circunstancias de la vida te dices a ti mismo que eres cobarde, plantéate cuáles son los recursos que necesitarías obtener para enfrentarte a ese miedo, así como la forma de conseguirlos. Seguramente te darás cuenta de que los recursos que buscas están relacionados con aspectos de ti mismo; como la autoestima, la capacidad de estar abierto al aprendizaje, el autoconcepto que tienes sobre ti mismo, tus valores y creencias, etc… De nada te servirá adoptar una actitud de víctima ante el miedo, culpabilizándote y castigándote a ti mismo por sentir esa emoción.

4. Es aconsejable que cambies el tipo de relación que mantienes con tus miedos; en vez de luchar contra ellos para suprimirlos, o bien ignorarlos para no querer enfrentarte a ellos, lo que debes hacer es aprender a escucharlos y asistir a sus demandas. Si escuchamos los mensajes de nuestros miedos, y los aceptamos como una señal de alarma, teniendo en cuenta aquello que nos dicen, podremos empezar a vivir nuestros miedos de una forma diferente, encontrando aquellos recursos que nos permitan enfrentarlos. A este tipo de miedo lo llamamos miedo funcional.

5. Es importante no dejarse llevar por el miedo. Cuando el miedo genera angustia, nos paraliza y bloquea para avanzar, anulando así la posibilidad de aprendizaje, entonces estamos hablando del miedo disfuncional. Para que un miedo no se transforme en disfuncional debemos evitar alimentarlo con pensamientos tóxicos. Muchas veces cuando sentimos miedo ante una circunstancia nuestra actitud es de oposición ante ese miedo; queremos luchar y acabar con él para quitárnoslo de encima lo antes posible. Paralelamente a esta actitud, lo que hacemos es disparar nuestro pensamiento con ideas catastrofistas de aquello que llegará a pasar por culpa del miedo. Estas fantasías lo que provocan es que el miedo se agrave, entrando en un bucle de miedo al miedo del que es difícil salir.

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6. El miedo es una emoción que genera en nosotros toda una serie de reacciones internas, la mayoría de ellas desagradables. Existen diferentes, dependiendo de cada persona, por ejemplo reacciones de vergüenza, humillación, enfado, impotencia… Estas reacciones provocarán que ante el primer indicio de miedo, nos cerremos a él; esto significa que en vez de aceptarlo y expresarlo, lo que vamos a hacer es reprimirlo y evitarlo. Con el tiempo este miedo no asistido se acabará manifestando a partir de otros síntomas como dolor muscular, tensión, jaquecas… hasta el punto que si a largo plazo nos negamos a atender a nuestro miedo, podemos acabar sufriendo de un trastorno de salud más grave como las crisis de ansiedad.

7. Con el fin de evitar que el miedo se convierta en nuestra peor pesadilla, la actitud recomendable es cuando aparezca dejárnoslo sentir en el cuerpo, sin luchar ni resistirnos, aceptando que está allí y escuchando su mensaje. Si a esta actitud le añadimos la toma de conciencia corporal en el presente, es decir que en el momento que aparezcan pensamientos sobre un futuro catastrófico nos centremos en la respiración y en el cuerpo, en el aquí y ahora, veremos como al cabo de unos minutos ese miedo que tanto temíamos habrá reducido su intensidad.

vivir sin miedo


A continuación te dejo un video del psicoterapeuta Norberto Levy que habla sobre esta temática:



Si quieres conocer más sobre el miedo y formas saludables de gestionarlo, aquí te dejo otros de mis artículos sobre el tema:




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Como Relacionarte con el Miedo

Como relacionarte con el miedo Seguramente que en más de una ocasión has sido consciente de como el miedo y las inseguridades te han impedido conseguir aquello que querías. En la vida hacemos múltiples cosas por miedo, y dejamos de hacer muchas otras también por el mismo motivo. En este artículo explicaré con más detalle cómo mejorar nuestra relación con el miedo.

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El miedo es una de las 4 emociones básicas, junto con la alegría, la tristeza y la rabia. La función del miedo es adaptativa pues busca protegernos de los peligros del entorno que nos pueden dañar. El miedo ha permitido que el hombre haya evolucionado como especie, dándole la opción de enfrentarse, o bien escapar, de los peligros que le amenazaban. Sin el miedo nos volveríamos unas personas inconscientes y temerarias, poniendo en peligro nuestra integridad, por lo que el miedo es inherente a nuestro instinto de supervivencia.

El miedo actúa como una señal de alarma que nos avisa de posibles peligros y nos invita a ser precavidos. Además nos permite valorar los riesgos y actuar en consecuencia. Cuando sentimos miedo hacemos un balance de los recursos de los que disponemos para enfrentarnos al peligro. Si por ejemplo tenemos un tigre delante, el balance será desfavorable, y en consecuencia el nivel de miedo será elevado. Si nos enfrentamos con una amenaza menor, como un mosquito, el balance será favorable, y por tanto el nivel de miedo será mínimo.

Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos, los peligros “reales” son escasos, por ejemplo no tenemos que enfrentarnos a animales salvajes para poder comer, o a enemigos en una batalla para sobrevivir, sino que muchos de nuestros miedos proceden de fantasías que suelen tener su origen en nuestra baja autoestima y en múltiples inseguridades que nos afectan.

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Algunos de los pensamientos que nos despiertan miedo tienen que ver con pensamientos irracionales sobre nosotros mismos, y sobre el mundo que nos rodea, del tipo: “No voy a poder hacerlo”, “Me va a salir mal”, “Si no lo hago bien no me van a querer”, “Van a pensar que no valgo”, etc… Todos estos pensamientos difieren según cada persona, sin embargo en la mayoría de ocasiones están relacionados con nuestra historia y evolución personal, así como con posibles traumas que hayamos vivido en el pasado. Estos pensamientos limitantes son los que provocan que el miedo actúe de forma sobreprotectora con nosotros. En estos casos el miedo en lugar de alertarnos y prevenirnos ante posibles peligros, lo que hace es restringir nuestra libertad. Como una madre sobreprotectora actúa con su hijo, lo mismo hace el miedo con nosotros; nos vuelve unas personas más inseguras y más dependientes, lo que supone un duro golpe para nuestra autoestima.

De esta forma entramos en un bucle tóxico que se retroalimenta; como más pensamientos negativos y de inseguridad, mayor son las circunstancias de la vida susceptibles de que surja el miedo, como mayor es el sentimiento de miedo en nuestra vida, más inseguridad, lo cual vuelve a generar  más pensamientos limitantes.

El miedo sobreprotector tiene las siguientes consecuencias en nuestra vida: 

1. Limita nuestra libertad de acción y decisión.

2. Sobredimensiona la reacción ante el miedo y altera la percepción sobre las consecuencias negativas que puede tener un determinado acontecimiento o situación en nuestra vida.

3. Nos presiona para que evitemos enfrentarnos a nuestros miedos; ya sea procastinando o bien no actuando ante una determinada situación.

Debemos tener claro que la única forma de superar nuestros miedos es cambiar la percepción sobre ellos, eso significa poder vivir nuestros miedos de una forma más objetiva y realista, y para ello el único camino es enfrentarnos a aquello que nos da miedo. 

Con el objetivo de que puedas gestionar tus miedos de una forma más saludable, a continuación te dejo unas pautas que pueden ayudarte.

1. Debes tener en cuenta que para avanzar hay que correr riesgos, no podemos tenerlo todo controlado, ni tampoco la certeza que todo va a salir siempre como nosotros esperamos. Cuando algo sale mal no debe ser motivo para desvalorizarnos, ni creer que no somos válidos, sino que debemos pensar que forma parte del proceso de aprendizaje en nuestra vida. Si nos quedamos anclados en nuestras dudas y miedos no avanzaremos, en cambio si experimentamos y nos abrimos a la posibilidad de equivocarnos podremos aprender.

2. Diferencia entre tus miedos sobreprotectores y aquellos que no lo son. Para ello debes tomar conciencia de tu diálogo interno. Si en tu discurso hay ideas irracionales o creencias limitantes sobre tu persona mira de cambiarlas por otras más realistas y positivas. Aunque al principio te cueste incluir estas nuevas afirmaciones y creencias en tu diálogo, si eres persistente verás cómo pronto tu estado emocional se beneficia de ellas.

3. Pon tu miedo en palabras. Escucha el mensaje de tu miedo y házte preguntas del siguiente  tipo:

” ¿Cúal es el mayor de mis temores?”, “¿Realmente sus consecuencias  son  tan terribles cómo imagino?”, “¿Qué probabilidad tengo que mi miedo se convierta en realidad?”, “¿Qué experiencias del pasado sustentan mi miedo?”,” ¿Si mi miedo es fundado, qué podría hacer yo de diferente para que no volviese a suceder lo mismo?”.

Todas estas preguntas te ayudarán a enfrentarte a tus miedos. Cuando optamos por confrontar nuestros miedos, en vez de huir de ellos, su intensidad se reduce, pues constatamos que muchos de estos miedos únicamente se encuentran en nuestra mente, y no en la realidad presente.

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4. Recuerda que la intención de tu miedo no es hacerte la vida imposible, ni tampoco que te enfades con él. En este sentido es importante que dialogues con tu miedo desde el cariño. Muchos de nuestros miedos proceden de nuestro niño herido, por lo que deben ser tratados desde la comprensión y el apoyo, y no desde el enfado y la frustración. Como más oposición presentemos a nuestros miedos, mayor bloqueo y sufrimiento viviremos. Ante todo recuerda que no debes tener miedo al miedo.

5. Enfréntate a tus miedos. No hace falta que sea de una vez, puedes hacerlo de forma progresiva, exponiéndote a tus miedos de forma gradual. Puedes elaborar una lista con diferentes pasos que aumenten progresivamente en dificultad, hasta que puedas superar tus miedos.

6. Por último es aconsejable la práctica de ejercicio físico, así como la meditación y el Mindfulness. El ejercicio físico favorecerá a que te sientas mejor contigo mismo, aumentando tu autoestima, mientras que el Mindfulness  te permitirá abrir un espacio diario para calmar tu mente y focalizarte en el momento presente. Todos ellos te ayudarán a centrarte en el aquí y ahora, tomar contacto con tu cuerpo y reducir los pensamientos negativos y limitantes que alimentan tus miedos.

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Si sientes que los miedos te limitan, la terapia puede facilitarte las herramientas para que aprendas a superarlos. Llama o whatsapp al 645 368 714, o bien rellena el formulario de contacto, y te informaré sin compromiso.

“Todo lo que siempre has querido, está al otro lado del miedo” George Addair

Si quieres conocer más sobre los miedos y como superarlos, aquí te dejo otros de mis artículos sobre el tema:





Leslie Beebe


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