Técnicas de reducción del estrés (I)

Técnicas de reducción del estrés (I) - La respiración diafragmática. En mi artículo anterior, os hablaba del estado de miedo y ansiedad en el que nos hemos visto inmersos como consecuencia del coronavirus. Hoy os quiero presentar un ejercicio que nos ayudará a lidiar con estos estados de estrés y ansiedad que estamos viviendo. Esta práctica se denomina como técnica de respiración diafragmática.

Técnicas de reducción de estrés


El diafragma es un músculo grande ubicado debajo de los pulmones, el cual separa el pecho del abdomen. El diafragma tiene una función vital en la respiración, y su funcionamiento es el siguiente: se contrae y se allana cuando inspiramos, lo que permite que la cavidad torácica se expanda, facilitando así la entrada de aire en los pulmones. Cuando se produce la exhalación, el diafragma se relaja, permitiendo la contracción de los pulmones y la salida del aire.

Quien no ha dicho alguna vez la frase “siento como si se me cerrase el estómago”; pues esta sensación está directamente relacionada con el diafragma. Cuando esto sucede, nuestra respiración se vuelve superficial y entrecortada, a la vez que se produce una contracción desmedida del diafragma, favoreciendo así el aumento de los estados de estrés y ansiedad. En este sentido, practicar la respiración diafragmática de forma habitual, nos puede aportar los siguientes beneficios:

-   Activa el sistema parasimpático del cuerpo, induciendo la relajación. El sistema parasimpático favorece funciones del organismo como son: la desaceleración del corazón, la dilatación de los vasos sanguíneos, la reducción del tamaño de la pupila, el aumento de los jugos digestivos, y la relajación de los músculos del aparato digestivo.

-        Limpia los pulmones.

-        Estimula la circulación.

-        Masajea los órganos y ayuda al tránsito intestinal.

-     Nos ayuda a nivel emocional,  disminuyendo la sobre activación de nuestro organismo causada por el estrés y la ansiedad.

-        Facilita la oxigenación de la sangre y promueve los estados de vitalidad.

-        Nos permite un mayor aprovechamiento de la capacidad pulmonar.

Una vez comentados algunos de los beneficios de este tipo de respiración, a continuación vamos a ver cómo realizar la respiración diafragmática:

1er paso: Busca un espacio tranquilo y silencioso, asegúrate que nadie va a interrumpirte. Desconecta el móvil. La iluminación de la habitación debe ser tenue y la temperatura agradable, no debes pasar frío ni calor. Puedes ponerte música relajante, encender incienso o una vela, si eso te hace sentir más relajado.

Al empezar esta práctica es preferible hacerlo de forma estirada. Acuéstate boca arriba, con la espalda y los hombros rectos. Flexiona las rodillas formando un triángulo en la base. Coloca una mano sobre tu pecho y otra sobre tu abdomen. El objetivo de este tipo de respiración es que el diafragma se mueva, por lo tanto, desabróchate el cinturón y afloja cualquier prenda de ropa que sientas ajustada. Antes de iniciar la respiración diafragmática, expulsa el aire de tus pulmones, haciendo algunos suspiros o exhalando por la boca. De esta forma vaciamos los pulmones de aire residual, provocando la necesidad de nuestro organismo para que inspire de forma profunda.

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2º paso: Empieza a inspirar por la nariz, haz una respiración profunda. Siente como el aire entra por tus fosas nasales, toma conciencia de cómo se llenan tus pulmones y el abdomen se eleva. Mientras inspiras cuenta mentalmente hasta 5.

3er paso: Retén el aire en tu interior unos segundos. Cuenta mentalmente hasta tres.

4º paso: Expira soltando el aire de forma lenta, y contando hasta cinco. Puedes expirar por la nariz o por la boca, lo que te sea más cómodo.

5º paso: Antes de volver a inspirar, quédate unos instantes con los pulmones vacíos mientras cuentas hasta 3. Cuando sientas la necesidad de inspirar de nuevo, vuelve a empezar el ciclo (paso 2), llenando tus pulmones de nuevo mientras el abdomen se eleva.

Así mismo, y dependiendo de la capacidad pulmonar y la corpulencia de cada persona, los tiempos descritos pueden variar, pudiendo cambiarse a ciclos de 6-4-6-4 o 7-5-7-5, según sea el caso.

Muy importante: si realizando este ejercicio te sientes mareado/a, o sientes que te ahogas, quédate tumbado/a y vuelve a tu ritmo de respiración normal.

Es muy probable que los primeros días te sientas un poco extraño/a practicando este tipo de respiración, es normal. Por norma general, y debido al ritmo frenético que llevamos en nuestro día a día, respiramos de una forma superficial y poco eficiente, favoreciendo el aumento de los estados de estrés y ansiedad.

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Por último solo me queda deciros que cuando se tiene practica con este ejercicio, es posible realizarlo en muchos momentos de nuestra jornada. Podéis practicarlo sentados con la espalda recta, de pie o incluso mientras caminamos.

Si quieres aprender otras técnicas de relajación, encontrar la explicación a tus estados de estrés y ansiedad, así como recuperar tu equilibrio emocional, la terapia puede ayudarte. CLICA AQUÍ para más información.

Leslie Beebe

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La ansiedad como efecto del covid

La ansiedad como efecto del covid. Llevamos más de un año con la crisis del coronavirus y el cansancio por la situación vivida está haciendo profunda mella en la población. A parte de las consecuencias directas provocadas por el covid, cada vez aparecen más efectos colaterales de esta pandemia como son los trastornos psicológicos y emocionales. Actualmente, este tipo de trastornos estan afectando a un gran porcentaje de la población. Dentro de estos efectos, encontramos los distintos trastornos relacionados con la ansiedad y la depresión.

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El aislamiento, la restricción de libertades fundamentales, el miedo al contagio, el duelo por la muerte de seres queridos, la pérdida de empleo, y la inestabilidad económica derivada del coronavirus, son algunas de las principales causas que han provocado que la salud mental de un gran número de personas se vea afectada. El estado de incertidumbre, inestabilidad y miedo en el que nos encontramos inmersos, ha suscitado que estos estados de ansiedad se mantengan en el tiempo.

Algunas de las señales que nos confirman esta situación de ansiedad son: la aparición de estados como la apatía y la falta de motivación por hacer aquello que nos gusta, la pérdida de ganas de contactar con otras personas, el desasosiego, la desesperanza, o el aumento de los estados de irritabilidad e insomnio, entre otros.

La actitud de nuestros gobernantes, cambiando de forma constante las normativas sobre el confinamiento y actuando de una forma descoordinada, sin lo que parece una lógica en sus acciones; así como el constante bombardeo de cifras sobre el covid en los medios de comunicación, no ha hecho más que aumentar el estado de miedo y ansiedad entre la población.

Con el objetivo de reducir los estados de ansiedad, a continuación te dejo algunas pautas que puedes practicar a nivel individual, y que te ayudarán a lidiar con tu ansiedad.

1. No pierdas el contacto con tus amigos y seres queridos. Las limitaciones en la movilidad han provocado que también se hayan reducido considerablemente los encuentros con nuestros familiares y amigos. No obstante, aunque no sea posible reunirte con ellos, procura mantener el contacto, ya sea a través del móvil o la videoconferencia. Una de las tendencias ante los estados de ansiedad es querer aislarse, por este motivo procura no distanciarte; oblígate cada día a contactar con familiares y amigos. Es recomendable que no dejes pasar más de dos días sin hablar con alguno de ellos.

2. Planifica tu día. La crisis del covid ha nos traído la aplicación de ERTES en un gran número de sectores económicos. Así mismo, muchas personas han perdido su empleo por la misma causa. La pérdida de empleo ya es de por sí una experiencia generadora de ansiedad, así como un duro golpe para nuestra autoestima. Sentir que ya no disponemos de nuestro trabajo nos genera sentimientos de pérdida de identidad e impotencia por la situación vivida. Si estás atravesando por esta situación, es importante que te mantengas activo. Planifica tu día y organiza la jornada teniendo en cuenta el tiempo destinado a la búsqueda de trabajo, los momentos de ocio, las responsabilidades y el autocuidado (como por ejemplo el ejercicio físico).

Aunque la pérdida de empleo nos genera sensaciones desagradables, y nos trae pensamientos derrotistas y negativos, procura no quedarte enganchado a ellos. Piensa que también es una buena oportunidad para replantearte tu futuro laboral, siendo una ocasión ideal para perfeccionar tus habilidades, o bien aprender algo nuevo. En este sentido internet nos ofrece una gran variedad de cursos formativos. Ahora puede ser el momento ideal para realizar aquel curso que siempre habías pensado hacer, pero que siempre habías pospuesto por falta de tiempo.

3. Procura mantener unos horarios. Es importante que sigas unas rutinas diarias en lo que respecta a los horarios de comidas y de sueño. Sobre todo en los casos que comentábamos anteriormente de pérdida de trabajo, es de especial relevancia. De la misma forma, no olvides tus rutinas de higiene y cuida tu dieta. Recuerda que cuando nos cuidamos favorecemos a sentirnos mejor con nosotros mismos.

4. Limita el visionado de noticias sobre el covid, tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación. Aunque creas que la información te ayudará a controlar mejor la situación, y a estar más tranquilo, la realidad es que es una trampa que nos conduce a aumentar nuestros estados de ansiedad. Por este motivo, sería buena idea que solo vieses los noticiarios una vez al día, limitando también el uso que haces del móvil. 

Por ejemplo cuando estés en casa deja el móvil en otra habitación. Si vives con otras personas, prueba a realizar actividades juntos, como puede ser ver una película, jugar a un juego de mesa, o simplemente mantener una conversación. Si vives solo/a, opta por actividades que mantengan focalizada tu atención, como puede ser la lectura o la cocina, las cuales te ayudarán a desconectar del mundo virtual.

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5. Evita la multitarea para centrarte en una sola ocupación. Siguiendo con lo que comentábamos anteriormente sobre limitar el uso del móvil, procura centrarte en realizar una sola tarea a la vez. No estés mirando el móvil mientras estás realizando otra actividad. Una vez hayas acabado con una tarea, puedes empezar la siguiente. La multitarea favorece el aumento de los estados de ansiedad.

6. Rehúye el control. La ansiedad se caracteriza por querer controlar una situación futura, que actualmente no está presente, y que muchas veces tampoco está bajo nuestro control. En tal sentido, puedes hacer una lista con aquellas preocupaciones que se encuentran en tu mente actualmente. Escribe todo aquello que te pone nervioso, o te inquieta en el presente. Una vez realizada la lista, divídela en dos columnas; una en la que figure aquello que está bajo tu control solucionar, o que puedas influir, y otra fila en la que conste aquello que está fuera de tu ámbito de influencia y que por tanto no puedes controlar. Recuerda la diferencia entre ocuparse y preocuparse.

Ocuparse es abordar una situación o un problema sobre el cual tenemos influencia, haciéndolo de una forma activa. Preocuparse sin embargo deriva de nuestra incapacidad de controlar una situación futura, lo que muchas veces nos lleva a conectar con el miedo, la ansiedad y el victimismo.

7. No luches contra tu ansiedad. Una de las primeras premisas ante los síntomas ansiosos es aceptar que sentimos ansiedad. Querer reprimir los síntomas, anestesiándonos con comida, alcohol u otro tipo de droga, o bien culpabilizarnos y castigarnos por sentirnos así, solo nos conducirá a elevar nuestros niveles de ansiedad. Una forma de aceptar la ansiedad es a través del contacto con nuestra respiración. Para ello te propongo el siguiente ejercicio:

En el momento que sientas que la ansiedad aparece, tómate un tiempo para estar a solas. Procura encontrar un lugar tranquilo, con poca luz y donde nadie te moleste. Túmbate o siéntate con la espalda recta, y toma conciencia de tu respiración. Realiza respiraciones profundas y deja que el aire baje hasta tu vientre. Pon tu mano donde sientas la ansiedad en tu cuerpo. Imagina como el aire que entra llega hasta donde se encuentra tu ansiedad, liberándote de la tensión a través de la expiración. Procura que la expiración sea más larga que la inspiración. Déjate de 10 a 15 minutos para realizar este ejercicio. MUY IMPORTANTE: Las prácticas de relajación y el ejercicio físico regular, son dos herramientas fundamentales para reducir tu ansiedad.

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8. Practica la gratitud. Los pensamientos que mantenemos en nuestra mente tienen una gran incidencia en la forma como nos sentimos. Con frecuencia nos quejamos y nos posicionamos como víctimas de todo aquello que nos sucede, sin tener en cuenta la responsabilidad que tenemos sobre ello. Mantenernos en la queja nos conduce a sentirnos limitados, no aptos e insuficientes ante la vida, perjudicando nuestra autoestima. Para practicar la gratitud en tu día a día te propongo el siguiente ejercicio:

Cada día al levantarte, y durante una semana, apunta dos motivos por los que puedes estar agradecido/a en tu vida. Por norma general nuestra tendencia es a quejarnos y a compararnos con otras personas que creemos están mejor que nosotros, olvidando agradecer aquello que sí tenemos, y que con frecuencia olvidamos. Durante la jornada, cuando sientas que entras en el modo de queja, o te estés victimizando, recuerda los dos motivos que has apuntado al empezar el día. Repite mentalmente lo apuntado utilizando frases del tipo “estoy agradecido por….”, “agradezco….” o “gracias por…”. El efecto de las palabras en nosotros es muy poderoso, ayudándonos a crear un determinado estado mental, el cual influye directamente en la forma como nos sentimos.

9. Busca actividades que favorezcan a la colectividad. Ante esta época de miedo y ansiedad generalizada, realizar actividades que beneficien a otras personas te ayudará a sentirte mejor contigo mismo. En ese marco, ayudar a otros favorece nuestra sensación de que estamos siendo útiles, y que de alguna forma estamos contribuyendo a superar la difícil situación que vivimos actualmente.

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De todas formas, una vez comentado estos puntos, si sientes que la ansiedad te desborda, has entrado en un estado depresivo, o bien has empezado a tener pensamientos obsesivos, lo recomendable sería que buscases ayuda profesional. 

En estos casos la terapia puede ayudarte a recuperar tu equilibrio emocional y personal. Si quieres más información CLICA AQUÍ.

A continuación, te dejo con otro artículo que escribí durante el confinamento, pero que también tiene pautas útiles que pueden ayudarte con tu ansiedad.

La ansiedad en tiempos de coronavirus


Leslie Beebe

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Culpa y Vergüenza II

Culpa y vergüenza II. Culpa y vergüenza son dos emociones que aparecen con frecuencia en las sesiones de terapia. En un artículo anterior ya hablé de estas dos emociones; si quieres leer el artículo, Clica Aquí

Culpa y vergüenza son emociones, sin embargo presentan una serie de diferencias respecto a las denominadas emociones básicas, como la tristeza o el miedo; por este motivo son conocidas con el nombre de emociones autoconscientes, o emociones secundarias. 

Culpa y Vergüenza


Como emociones secundarias, la culpa y la vergüenza parten de una valoración subjetiva respecto unos criterios culturales y sociales que creemos debemos cumplir. Estas emociones son fruto de la interiorización de unas normas, valores y criterios de acción, los cuales hemos ido construyendo desde la infancia, formando así nuestra escala de valores. Estas normas son fruto de la interacción de diferentes elementos como son;
  el entorno familiar, el medio social y cultural en el que hemos crecido, así como las experiencias de vida y la personalidad propia. De hecho, tanto culpa como vergüenza son instrumentos utilizados por la sociedad para mantener el orden y el control social, estableciendo lo que es correcto y lo que no.

Aunque culpa y vergüenza son parecidas, y a veces tienden a confundirse, la verdad es que presentan ciertas diferencias que seguidamente vamos a comentar.

Entendemos la culpa como una serie de sensaciones desagradables que aparecen en nosotros como resultado de alguna de estas situaciones: 

- Cuando creemos que hemos cometido un error (ya sea por haber o no actuado), 

- Al darnos cuenta que hemos transgredido ciertas normas.

- Al ser conscientes que hemos dañado a alguien. 

La culpa surge en nosotros como un aviso de que no hemos obrado bien, y en consecuencia nos invita a reparar el daño.

La vergüenza surge como un conjunto de sensaciones desagradables, las cuales aparecen ante la idea de que hay algo en nosotros que no es correcto. Suele manifestarse como un sentimiento de no ser digno o adecuado ante el mundo.  Recordemos que el discurso de la culpa lo podíamos definir como “has obrado mal”, en cambio el de la vergüenza sería “eres inapropiado, o no eres digno”. Aquí es donde aparece la principal diferencia entre ambas emociones. 

Mientras que la culpa hace referencia a las conductas, a sentirnos mal por aquello que hemos  hecho, o hemos dejado de hacer,  la vergüenza tiene que ver con el ser, con sentirnos defectuosos por aquello que somos. En este sentido la vergüenza es un tema más complejo, al tocar esquemas más profundos de nuestro ser.

Sin embargo, como todo en la vida, nada es blanco o negro, por este motivo tanto la culpa como la vergüenza también cuentan con una vertiente saludable. En origen, ambas emociones nos ayudan a integrarnos en la sociedad, pues nos permiten seguir un código social que nos habilita a convivir y a relacionarnos con el resto de personas. Por este motivo, podemos diferenciar entre una dimensión sana y otra neurótica de ambas emociones.

La culpa adaptativa o sana es aquella que nos capacita para tomar responsabilidad de nuestras acciones, aprendiendo de las experiencias pasadas. Este sentimiento nos permite darnos cuenta de nuestros errores, rectificar conductas  y reparar daños que hemos podido ocasionar. 

La culpa sana nos ayuda a seguir unas determinadas normas y códigos de conducta, avisándonos del peligro que corremos si no las obedecemos. Este tipo de culpa nos conecta a nivel emocional con la esperanza de hacerlo mejor la próxima vez, así como con la constancia y la perseverancia necesarias para conseguirlo.

En cambio, cuando la culpa se utiliza como una forma de victimización y castigo hacia nosotros mismos, anclándonos en la nostalgia del pasado y limitando nuestra vida, entonces estamos hablando de la denominada culpa neurótica. La culpa neurótica lleva un componente elevado de autocastigo, el cual se manifiesta a través de los llamados remordimientos, los cuales nos generan un profundo sufrimiento. 

Gran parte de la explicación de nuestra culpa, de esta flagelación a la que nos sometemos, es el denominado juez interno. En el artículo anterior sobre el perfeccionismo (Aquí puedes leerlo), ya hablé de esta entidad de la psique, la cual nos fiscaliza y cuestiona en todo momento. Desde esta relación que mantenemos con nuestro juez interno, se manifiesta gran parte de la culpa que sentimos en nuestro día a día.

Para entender mejor la culpa neurótica, a continuación te dejo un ejemplo:

Imaginemos que estamos en pareja y compartimos todo nuestro tiempo libre con ella. Un día unos amigos nos invitan a salir sin nuestra pareja. La idea nos gusta, sin embargo aparece en nosotros un sentimiento de culpa al tener que dejar a nuestra pareja sola. El concepto que tenemos sobre la pareja es alguien que pasa todo su tiempo de ocio con la persona que quiere. Ante este dilema, pueden aparecer diferentes pensamientos del tipo; “si voy mi pareja va a pensar que la dejo abandonada”, “una buena pareja no abandona al otro”, “que me apetezca ir con mis amigos, quizás signifique que ya no estoy tan bien con mi pareja”, “mi pareja va a molestarse”…

Según esta situación podemos diferenciar entre los siguientes 4 elementos que interactúan entre sí, los cuales nos generan un conflicto interno generador de culpa.

La acción generadora de conflicto interno (salir solo con mis amigos en mi tiempo de ocio)

El autoconcepto sobre mi mismo (soy una buena pareja)

El ideal sobre aquello que debería ser y mostrar al mundo (estar en una relación significa pasar todo el tiempo libre con mi pareja. Aquí aparece mi juez interno el cual cuestiona y supervisa que no infrinja esta regla, apareciendo así el fantasma de la culpa).

Mi necesidad genuina  (al margen de vivir en pareja, mi necesidad de tener un espacio y un tiempo personal)

La culpa neurótica puede adoptar múltiples formas, aparte del ejemplo que acabamos de comentar. Otro tipo de culpa es aquella que deriva de resentimientos no expresados, los cuales acabamos gestionando de forma errónea a través de la retroflexión (agresión hacia nosotros mismos). Otra forma que adopta la culpa es aquella que aparece cuando nos sentimos responsables por la vida, o las acciones de otras personas, cuando en realidad no nos corresponde. Una situación típica de este último caso es cuando como hijos nos queremos responsabilizar de la vida de nuestros padres, al sentirnos con algún tipo de deuda hacia ellos.

"El resentimiento, la crítica, la culpa y el miedo aparecen cuando culpamos a los demás, y no asumimos las responsabilidades de nuestras propias experiancias" Louise Hay

Es común que aquellas personas que sufren de sentimiento de culpabilidad también presenten una baja autoestima, o bien un perfeccionismo disfuncional, las cuales intensifican aún más la culpa.

terapia culpa

La culpa suele estar vinculada con toda una serie de emociones;  la rabia por habernos equivocado, la ansiedad hacia nosotros mismos por el error cometido, el miedo por las consecuencias de nuestros errores, o la desesperanza al sentir que no vamos a conseguir hacerlo de forma correcta en el futuro.

Al igual que la culpa, la vergüenza también puede presentar estas dos dimensiones; una de adaptativa y otra de neurótica. Desde una visión sana, la vergüenza nos indica aquello que es correcto y aceptable dentro del grupo social, permitiéndonos asumir las reglas como propias, y en consecuencia haciéndonos sentir que formamos parte de ese grupo.

La vergüenza surge como un mecanismo adaptativo dentro del orden social, el cual se encarga de indicarnos si hemos sobrepasado o no las reglas sociales. Como consecuencia de esta función, podemos afirmar que la vergüenza funciona como una alarma que nos avisa de que quizás deberíamos revisar algún aspecto personal que nos impide, o dificulta, integrarnos en el grupo social.

Otra vertiente saludable de la vergüenza es aquella que nos capacita para estar alerta, y darnos cuenta que no disponemos de ciertos recursos para enfrentar una determinada situación. Por ejemplo cuando debemos dar una conferencia en inglés, y somos conscientes que nuestro nivel del idioma es muy limitado.

La vergüenza es una emoción con un claro componente social, por este motivo no todos nos sentimos avergonzados ante las mismas situaciones. La sensación de vergüenza depende de las normas que compartimos con el resto de la sociedad, y con aquello que socialmente consideramos digno y aceptable. Cuando transgredimos alguna de estas reglas sociales, y sentimos que el resto de personas se percatan, es cuando aparece la vergüenza. No obstante, la vergüenza no solo está influenciada por un componente social y cultural, sino que también depende de la personalidad y las experiencias vividas por cada persona.

Por otro lado, encontramos la vergüenza neurótica que es aquella que nos genera sufrimiento al hacernos sentir indignos; de esta forma no nos sentimos merecedores de pertenecer a un grupo. Desde esta vergüenza nos sentimos pequeños, limitados y no aptos. La vergüenza nos hace creer que estamos desvalidos, sin recursos ante una determinada situación, lo que nos conduce a querer escondernos. 

Este tipo de vergüenza nos hace sentir que hay algo inadecuado en nosotros, percibiéndonos como inferiores ante el resto. Cuando la vergüenza se apodera de nosotros respondemos ocultándonos y aislándonos de la sociedad; para ello utilizamos diferentes mecanismos como  la huida, la evitación o la procrastinación.    

A nivel emocional la vergüenza disfuncional nos puede conectar con el asco hacia nuestra persona, la melancolía patológica, el miedo a que el resto de personas descubran lo inadecuados que nos sentimos, o bien el victimismo hacia nosotros mismos.



Tanto culpa como vergüenza son emociones complejas, y suelen estar relacionadas una con la otra, por eso a veces es complicado distinguirlas. Por este motivo es recomendable realizar un proceso de terapia que nos ayude a conocer estas emociones, y nos permita aprender a lidiar con ellas de una forma saludable. Como avance, te dejo algunas pautas que pueden ayudarte a gestionar mejor estas emociones.

Respecto a la culpa puedo comentarte las siguientes pautas de acción:

1. Identifica la conducta que te hace sentir culpable. Pregúntate si hay algo que está en tu mano hacer para restituir el daño cometido. En caso contrario, aprende de la experiencia y sigue con tu camino. No te quedes en el remordimiento o el autocastigo, pues no te aportará nada positivo.

2. Acepta que eres humano y que puedes equivocarte. No veas el error como un fracaso personal, sino como una vía de mejora. El error forma parte de todo aprendizaje.

3. Piensa que las normas nos ayudan a orientarnos en nuestro camino. No obstante si las vives desde el perfeccionismo, pueden convertirse en una seria limitación para alcanzar tus objetivos.

4. Si sientes que has dañado a alguien, expresa tu arrepentimiento y solicita el perdón por el daño causado.

5. Si es posible, actúa para reparar el daño cometido.

6. Sustituye la culpa por la responsabilidad.

7. Practica la autocompasión. La autocompasión significa aprender a perdonarse uno mismo por los errores cometidos, comprometiéndonos para hacerlo mejor en el futuro. No confundas autocompasión con victimismo. Mientras que la autocompasión nos conduce a ser proactivos, responsables y nos impulsa para mejorar, el victimismo nos ancla en la pasividad y la no responsabilidad.

8. Acepta que no tienes el control de todo. Hay factores en nuestra vida que escapan de nuestro control. Esta actitud de aceptación nos llevará a relativizar la situación y a limitar nuestra responsabilidad en el hecho sucedido.

En lo que respecta a la vergüenza, aquí te dejo algunos breves consejos:

1. Identifica aquello que te avergüenza de ti mismo. Anota en un diario los pensamientos que te hacen sentir avergonzado/a. Presta atención a cómo te criticas y aquello que te dices a ti mismo, así como la forma como te hace sentir hablarte así. Una vez realizado este ejercicio, plantéate si te ayuda en algo este tipo de actitud.

2. Empieza a conectar con la autocompasión. Procura mantener una mirada amorosa sobre ti mismo. Se consciente que tienes defectos, pero también virtudes. Adopta una mirada más justa, y a la vez más realista sobre tu persona.  Evita la comparación, entiende que no eres más ni menos que nadie, todos somos únicos. De esta forma podrás llegar a la progresiva aceptación de tu persona.

3. Superar la vergüenza supone exponerte gradualmente a aquellas situaciones que son susceptibles de que aparezca esta emoción. En estas situaciones evita mostrarte perfecto e intenta tomar distancia, como si te vieses a ti mismo desde un observador externo. Este punto de vista te ayudará a darte cuenta que los motivos que te generan vergüenza no son tan terribles como tú crees. Otro ejercicio, cuando te encuentres antes situaciones que hacen aflorar la vergüenza, es focalizar tu atención en tu entorno, en el resto de personas, alejando el foco de atención de tu diálogo interno.

4. No escondas tu vergüenza. Piensa que en mayor o menor medida, todos sentimos vergüenza en algún momento de nuestra vida. En este sentido piensa que no estás solo, ni eres un bicho raro por sentirla. Expresar tu vergüenza y comunicarla a otros te ayudará a rebajar la presión en aquellos momentos susceptibles de que aparezca esta emoción. Al contrario de lo que muchos creen, mostrarte vulnerable no es sinónimo de debilidad, sino de fortaleza.

Leslie Beebe

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