Como Recuperar Mi Vitalidad


¿Cómo recuperar mi vitalidad?, si a menudo estás agotado, sientes que no llegas a todo, o bien te cansas con tareas simples y cotidianas, es probable que no estés gestionando tus niveles de energía de una forma saludable. Por este motivo tu vitalidad puede verse seriamente reducida, provocándote el cansancio que hemos mencionado.

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Es básico que entendamos que en nuestra vida existen fuentes de energía que  nos nutren y recargan de vitalidad, mientras que otras nos desgastan y nos drenan la energía vital. En este artículo comentaré algunas ideas para potenciar las fuentes que nos recargan, así como algunos consejos para evitar aquellas que nos desgastan. Seguidamente comento algunas recomendaciones que espero os sean de utilidad.

1. Debemos evitar las relaciones con personas tóxicas, personas que nos dañan emocionalmente. Es importante alejarse de este tipo de relaciones, sin embargo no siempre es posible, por lo que si tenemos que convivir con este tipo de personas, ya sea en el trabajo, o bien en el entorno familiar, debemos mantener una distancia saludable con ellos, para así no entrar en su órbita negativa y que nos vampiricen. Ante estos casos es recomendable adoptar una actitud firme, poner límites y ser consciente de nuestras necesidades, aprendiendo a decir no en aquellos casos que estimemos oportunos. Así mismo debemos fomentar otro tipo de relaciones sociales basadas en amistades sanas, que nos aporten y no nos resten. Si quieres saber más sobre las personas tóxicas, aquí te dejo uno de mis artículos sobre el tema.


2. En ocasiones la toxicidad no procede de otras personas, sino de nosotros mismos. Por este motivo debemos tomar conciencia de la forma como nos tratamos, estando atentos a aquellas vocecillas de la mente que conforman nuestro discurso interno. Estas voces a veces nos juzgan sin piedad, haciéndonos sentir culpables, y en otras ocasiones nos degradan y desvalorizan, haciéndonos sentir no aptos o inútiles.

Por esta razón debemos estar atentos a este tipo de pensamientos y cuando surgen mantener una distancia con ellos. Es importante entender que nosotros no podemos controlar nuestros pensamientos, pero sí la forma y la intensidad como éstos nos afectan. Es importante cambiar el sentido negativo del pensamiento por otro de positivo, que nos induzca a tomar acción y a responsabilizarnos de nuestra persona.

Respecto a la relación que mantenemos con nosotros mismos, también es muy importante mantener un estado de integridad y equilibrio interno, es decir que aquello que pensamos, decimos y hacemos mantenga una coherencia. Cuantas veces nos traicionamos a nosotros mismos, y a nuestros valores, únicamente para preservar una determinada imagen ante el resto de personas, o bien por el miedo a ser juzgados por el entorno. Estas y otras actitudes similares dañan nuestra esencia, siendo fuente de conflicto y reduciendo nuestra energía vital.
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Si quieres aprender a gestionar tus emociones para disponer de una mayor vitalidad, te puedo ayudar. Llama o WhatsApp al 645 368 714, o bien rellena el formulario de contacto.

3. Es importante adoptar una actitud abierta y flexible con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea;  esto significa mantener unos pensamientos que se alejen de la crítica y el juicio. Debemos evitar los pensamientos rígidos, los cuales a veces se vuelven obsesivos. La inflexibilidad, la tozudez y la obsesión, tanto con nosotros mismos como con el resto de personas, nos conducen a un estado de encierro personal y de aislamiento emocional. Desde esta perspectiva todo se percibe como negativo, alejándonos del amor y encerrándonos en el miedo que nos produce las fantasías de nuestra mente.

4. Es recomendable adoptar unos hábitos de vida saludables; mantener unos horarios estables de comidas, comer de forma variada y equilibrada, así como practicar ejercicio de forma regular. También es importante dormir las horas necesarias, consiguiendo un sueño reparador. Los hábitos que nos dañan como llevar una vida sedentaria, el abuso de drogas, la falta de descanso o las situaciones de estrés continuado, pueden derivar no solo en disponer de menos energía, sino también en aumentar el riesgo de sufrir alguna enfermedad.

5. Debemos encontrar actividades en nuestra vida que nos aporten placer y bienestar. La mayoría de actividades las hacemos por obligación, sin embargo también debemos encontrar actividades que nos aporten una gratificación personal. Mantener un ritmo de vida frenético, queriendo abarcar más de lo que podemos, así como adoptar una actitud de elevada exigencia hacía nosotros mismos, nos desgasta enormemente, pues nos posiciona en una actitud de futurización constante, favoreciendo la aparición de la ansiedad. En consecuencia pocas veces nos permitimos vivir en el aquí y ahora, perdiendo la oportunidad de apreciar aquello que está sucediendo en nuestro presente.

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6. Por último es importante dejar un espacio a nuestras emociones en el día a día. Emociones como la tristeza o el miedo tienen muy mala prensa en nuestra sociedad. Por este motivo cuando aparecen nuestra reacción habitual es querer reprimirlas o evitarlas, para así no sentirlas. En la medida que demos espacio a estas emociones en nuestra vida, sin entrar en enjuiciarlas, simplemente observándolas, conseguiremos un mayor bienestar emocional, y en consecuencia unos mayores niveles de energía.

Leslie Beebe

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Convivir con el Trastorno Bipolar


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Todos en nuestra vida pasamos por altos y bajos en nuestro estado de ánimo, sin embargo nada comparado con la intensidad como lo vive la persona que sufre de un trastorno bipolar. El trastorno bipolar, también denominado como trastorno maníaco-depresivo, provoca cambios cíclicos en el estado de ánimo de la persona. El individuo pasa por ciclos anímicos, caracterizados por dos situaciones límite; una denominada estado eufórico o maníaco, y la otra estado bajo o depresivo. Existen diferentes tipos de trastorno bipolar, dependiendo de la gravedad en los síntomas y de la rapidez con la que se alternan ambos estados.

El trastorno bipolar requiere de una medicación prescrita por el psiquiatra; básicamente suelen ser estabilizadores del ánimo y anti depresivos para la fase depresiva. El objetivo de la medicación es conseguir que la persona pueda llevar una vida el máximo de estable posible, emocionalmente hablando. A parte de la medicación también es aconsejable el acompañamiento terapéutico, ya sea a nivel individual, o bien a través de algún grupo de apoyo. El objetivo  principal de la terapia es que una vez diagnosticado el trastorno, la persona conozca y acepte su enfermedad.  En la terapia se trabaja con sentimientos como la culpa o la desvalorización personal, los cuales son frecuentes que aparezcan después del diagnóstico.

Como en otros tipos de trastornos mentales, el papel de la familia y de las personas que conviven con quién padece este tipo de trastorno es de vital importancia para un mejor curso de la enfermedad. A continuación os dejo algunas recomendaciones al respecto.

Una vez diagnosticado un trastorno bipolar la familia puede adoptar distintas reacciones, aunque hay familias que “se ponen las pilas” desde el primer momento, informándose sobre la enfermedad y sobre la mejor forma de apoyar a la persona que sufre este trastorno;  también es verdad que hay familias que adoptan actitudes que pueden obstaculizar la aceptación de la enfermedad por parte del paciente. Este tipo de actitudes van desde la negación hasta la sobreprotección, siendo ambas perjudiciales en el proceso.

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La negación es una actitud que la familia puede adoptar, básicamente por dos motivos; el primero por un sentimiento de culpa, pues llegan a creer que el trastorno que sufre el familiar, por ejemplo el hijo, es debido a algo que han hecho o han dejado de hacer ellos en su educación. Negar la realidad es una forma de protegerse de esta culpa. El segundo de los motivos es de protección hacía los otros miembros de la familia, o bien hacía ellos mismos. En este caso la adopción de esta actitud puede explicarse por diversos motivos;  por ejemplo querer mantener la imagen de " familia modélica" ante el entorno, o bien concebir el trastorno como algo perjudicial, que desequilibra el sistema familiar; por este motivo prefieren seguir el dicho de; “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La sobreprotección también es una actitud que se puede presentar en este tipo de casos, y que también afecta negativamente el estado del individuo bipolar. La familia debe ser consciente que la persona bipolar puede desarrollar una actividad laboral, social y familiar con toda normalidad, simplemente debe seguir una estricta medicación y evitar factores estresantes en su vida. Por este motivo debe evitarse tratar a la persona bipolar como a un enfermo, adoptando actitudes de sobreprotección. Estas actitudes, aunque hechas desde el amor, dificultan la aceptación de la enfermedad por parte de quien la sufre, pudiendo aumentar sus sentimientos de incapacidad y perjudicando su autoestima. 

No hace falta decir que actitudes de desvalorización, como decir a la persona cuando se encuentra en el estado maniaco “eres un rebelde/ un salvaje” o bien “eres un vago/ un inútil” cuando se encuentra en la fase depresiva, a parte de reflejar una total ignorancia sobre el tema, son también altamente nocivas para quien sufre este tipo de trastorno.

Una vez vistas aquellas prácticas que la familia debería evitar ante un trastorno bipolar, paso a comentar aquellas que sí seria recomendable implementar en el entorno familiar.

1. La familia debe tener en cuenta que cuando la persona bipolar pasa por el estado depresivo, debe de ser tratado como si de hecho padeciese una depresión. Es por este motivo que deben de tenerse en cuenta diversos parámetros de actuación con la persona, por ejemplo; evitar recomendaciones e invitaciones a que se anime, respetar sus momentos de soledad y sus silencios, transmitirle esperanza y reforzar sus cualidades, entre otras. Para más información sobre como convivir con la depresión, podéis consultar otro de mis artículos:

http://ansiedad-depresion-barcelona.blogspot.com.es/2015/11/convivir-con-la-depresion_24.html

2. La culpa es un sentimiento que va a encontrarse presente ante un trastorno bipolar, tanto en la persona que lo vive como en la propia familia. Como dice el dicho “la culpa nunca es buena consejera”, por tanto los familiares deben de aceptar la enfermedad como un conjunto de factores (genéticos, sociales, personales…), y evitar preguntarse los porqués de esta situación. La familia debe entender que la enfermedad no es consecuencia directa del entorno familiar, ni tampoco de la educación o la relación que hayan podido mantener hasta el momento con la persona bipolar. Es muy importante que la familia se libere de la culpa, para de esta forma poder apoyar a la persona bipolar a liberarse de la suya.

3. La familia adopta un papel fundamental en supervisar la toma de medicación por parte de la persona bipolar, no obstante debe evitarse que la supervisión sea una fuente de agobio y estrés para la persona que sufre el trastorno. De hecho la familia juega un papel fundamental en la supervisión de aquellos factores generadores de estrés, los cuales pueden agravar su estado, como por ejemplo estar atentos a los horarios irregulares o a las jornadas de trabajo muy largas del individuo bipolar.

4. Los excesos en el consumo de alcohol, una mala alimentación, así como una vida desorganizada, sin horarios, son todos ellos elementos que favorecen la reactivación de la enfermedad. En este sentido, es recomendable que la familia conozca las relaciones y la vida social que mantiene el individuo bipolar, para de esta forma evitar en lo posible que se relacione con personas problemáticas. La familia puede, sin agobiar, ayudar a la persona bipolar a que se relacione con entornos que supongan una influencia positiva, para así minimizar las conductas de riesgo para el paciente.




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5. La persona bipolar debe de establecer unas rutinas diarias, tanto en lo que respecta a la toma de medicación, como en los hábitos de alimentación y de descanso. La familia debe estar atenta a que estos hábitos se mantengan en el tiempo; en caso que no sea así, la familia debe de comunicárselo primero a la persona que sufre el trastorno, y en caso que esto no surta efecto, ponerlo en conocimiento del profesional de la salud, por si fuese necesario un cambio en la medicación.

6. En la fase de euforia, a veces es recomendable un internamiento psiquiátrico, sobretodo para evitar que la persona haga daño a alguien o a sí mismo, o bien que realice alguna actividad de la que después pueda arrepentirse, como gastar dinero sin control. A veces estos internamientos deben hacerse de forma forzosa, sin el consentimiento de la persona bipolar, que no es consciente que necesite de tal internamiento. Estos son momentos duros para la familia, pues deben tomar una decisión drástica y por lo general desagradable. No obstante, la familia debe mostrarse unida y firme con su decisión, entendiendo que el internamiento es por un bien de la persona y que en estas circunstancias es la única forma de facilitar su recuperación.


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7. En periodos entre crisis, el papel que adopta la familia respecto a la supervisión del tratamiento farmacológico es fundamental. Es común que en estas épocas la persona bipolar, al sentirse bien, se olvide de tomar la medicación, aumentando así el riesgo de una recaída.

8. La familia debe ser consciente de los beneficios que supone para una persona bipolar realizar ejercicio físico de forma moderada. De esta forma se liberan endorfinas que ayudan a equilibrar el estado de ánimo. También son aconsejables actividades que ayuden a la relajación como el yoga o la meditación. Por este motivo, y siempre que sea posible, la familia puede involucrarse en este tipo de actividades e incentivarlas. Siempre es más fácil que el individuo bipolar se motive a realizar alguna actividad si lo hace con algún otro miembro de la familia.

9. En caso que la familia perciba la aparición de algún síntoma que denote que la persona bipolar está entrando en algún episodio maníaco o depresivo, como un aumento de la irritabilidad, un aumento de la verborrea o la disminución de la necesidad de dormir, entre otros, debe hacérselo consciente, para que de esta forma el paciente consulte con el facultativo sobre la conveniencia de continuar con el mismo tratamiento, o bien cambiarlo si fuese necesario. Bajo ningún concepto la persona debe recurrir a la automedicación, pues sus efectos podrían ser muy negativos en la estabilidad emocional del paciente.

10. Por último comentar que la mayoría de familias, ante la noticia que alguno de sus miembros padece este trastorno, se sienten desbordados y lógicamente no saben cómo actuar. Por este motivo es de vital importancia que se informen sobre este trastorno, consulten con el terapeuta y el médico sobre todas aquellas cuestiones que quieran conocer al respecto, así como sobre el papel que debería adoptar la familia ante este tipo de trastorno. Si lo estiman conveniente también existen foros en internet sobre la enfermedad, así como diversas asociaciones de soporte y grupos de apoyo, que no solo ayudan a la persona que sufre el trastorno, sino también a sus familias. Aquí os dejo el enlace a una de ellas.


Leslie Beebe




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El Miedo y Los Ataques de Pánico

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El miedo y los ataques de pánico mantienen una estrecha relación, según mi experiencia tanto personal como profesional. En anteriores artículos ya os hablé del miedo como emoción, así como de algunos de los múltiples miedos que existen en nosotros; como el miedo escénico o el miedo al cambio, entre otros. En el artículo de hoy comentaré la relación que se establece entre el miedo y los ataques de pánico, también denominados como crisis de ansiedad.

El miedo es una emoción universal, de hecho todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo es una de las principales emociones que nos ha permitido evolucionar como especie. Sin miedo todos hubiésemos muerto en alguna situación u otra, ya sea por imprudencia o bien por temeridad. Veamos un ejemplo; imaginemos al cazador de la era paleolítica en busca de un animal para alimentarse. El cazador sale al bosque y en un momento dado se encuentra con un gran mamut. Ante dicha amenaza el miedo es lo que permite al cazador ponerse en alerta y reunir toda la energía disponible en su organismo para enfrentarse al peligro, todo ello en milésimas de segundo. En estos difíciles momentos, el miedo funciona como una señal que advierte al cazador del peligro, y moviliza su facultad para evaluar los recursos de los que dispone para enfrentarse a dicha amenaza. La percepción del peligro, y por tanto el nivel de miedo que sienta, variará según la estimación que realice de esos recursos. En este caso la amenaza supera con creces el nivel de recursos del cazador, en consecuencia el nivel de miedo será elevado y seguramente optará por escapar, pues no va a verse capaz de superar el peligro. Si no sintiésemos miedo en nuestra vida, el cazador del ejemplo hubiese durado poco frente al mamut, y quizás hoy ninguno de nosotros estaría aquí.

Seguramente todos estaremos de acuerdo que los peligros a los que nos enfrentamos en nuestra vida diaria no tienen punto de comparación con tener que enfrentarse a un mamut salvaje, como tenía que hacerlo nuestro antepasado. Sin embargo aunque racionalmente lo podamos entender, a un nivel más instintivo el cerebro sigue siendo un eficiente detector de amenazas, y los niveles de miedo ante una situación cotidiana pueden llegar a ser similares a los de nuestro antepasado, aunque objetivamente no exista un peligro de tal magnitud como el de ser atacado por un mamut. Seguidamente explicaré los motivos que pueden explicar esta desproporción.

En primer lugar la percepción que tenemos sobre el miedo en nuestra sociedad. Existe un elevado grado de ignorancia sobre esta emoción, así como la forma saludable de gestionarla. Percibimos al miedo como algo negativo, que no deberíamos sentir. Desde pequeños se nos enseña que los valientes (aquellos que no tienen miedo) están mejor valorados que los cobardes (aquellos que sienten el miedo). De esta forma aprendemos que el miedo es algo rechazable, que no debemos aceptar. En este sentido  la tarea es doble para nosotros; por un lado cuando aparece el miedo nuestra reacción es no querer sentirlo, y por tanto lo reprimimos, pues no deseamos que nadie se dé cuenta de aquello que estamos sintiendo. Anhelamos mantener nuestra buena imagen ante el resto de personas, por ello hacemos grandes esfuerzos para evitar ser juzgados como cobardes.  

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Por otro lado al sentir miedo, y por la educación recibida, nos sentimos indignos, y en consecuencia nos despreciamos y descalificamos a nosotros mismos por darnos el espacio de sentir miedo. El resultado en ambos casos es el mismo, acabamos reprimiendo nuestros miedos, los evitamos, los contenemos y los escondemos siempre que tenemos ocasión.

Un segundo motivo que puede explicar la desproporción entre el estímulo percibido y el nivel de miedo es la relación que se establece entre represión y autoconcepto, en otras palabras, la represión de los miedos favorece a que la imagen que tenemos sobre nosotros mismos sea cada vez más negativa. La explicación es que cuando reprimimos el miedo no dejamos que una parte de nosotros mismos se exprese y por tanto se muestre ante el mundo tal y como es. Perdemos así nuestra libertad, la libertad de dejarnos ser. En consecuencia nos veamos obligados a adoptar máscaras ante los demás para disimular nuestros miedos. Si esta falsedad se mantiene en el tiempo acabamos dominados por las máscaras y lejos de aquello que realmente somos, provocándonos malestar al no ser honestos con nuestra esencia.

Esta inadecuada relación con nuestros miedos nos conduce a no querer reconocerlos, y por tanto a hacernos daño. Este daño se refleja en una progresiva evitación de las situaciones susceptibles de generarnos miedo, por ejemplo tener que hablar en público. Con el tiempo el miedo va restringiendo nuestra libertad personal, pues provoca que evitemos todas aquellas situaciones relacionadas con hablar en público. La evitación nos conduce a creer que no disponemos de los recursos necesarios para enfrentarnos a dicha situación; como más evitamos, más inútiles y menos aptos nos sentimos para enfrentar la situación temida. Esta percepción de incapacidad personal nos desvaloriza y daña nuestra autoestima.

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Todos estos factores conducen a que acabemos teniendo una pobre imagen de nosotros mismos, nos limita al hacernos ver que no disponemos de las aptitudes o habilidades necesarias para enfrentarnos a la vida. Por este motivo, cuando surge una situación amenazante y hacemos una valoración de nuestros recursos para enfrentarnos a ella, y debido a nuestra pobre imagen, siempre saldremos perdiendo, por lo que el nivel de miedo y la tendencia a la evitación van a ir en aumento. Asimismo, y debido a esta percepción de falta de recursos, la sensibilidad ante el miedo se va a agudizar, es decir, cada vez seremos más susceptibles de sentirnos amenazados por algún estímulo externo.

Por este motivo situaciones de la vida cotidiana como tener que hablar en público, una discusión de pareja o tener que pedirle un aumento a nuestro jefe, pueden provocar que nuestro cerebro lo perciba como si estuviésemos ante un temible mamut que amenaza nuestra existencia.
La relación entre el miedo y los ataques de pánico surge cuando hacemos de la evitación y la represión un hábito. Como más reprimimos los miedos mayores son las probabilidades de sufrir un ataque de pánico.

Cuando reprimimos nuestros miedos de forma crónica, no los atendemos y tampoco les damos espacio para que se expresen, sin duda conseguiremos que desaparezcan de nuestra conciencia. Sin embargo esto no significa que los eliminemos de nuestro ser, todo lo contrario, pues a un nivel inconsciente los miedos van a seguir existiendo, y no solo eso, sino que como más los reprimamos, más seguirán creciendo en nuestro interior. Cuando los niveles de miedo llegan a un punto tan elevado que nuestro inconsciente ya no los puede contener, retornan de forma somática a nuestro consciente, estallando en forma de ataque de pánico. El ataque de pánico surge de todos estos miedos crónicos que no hemos atendido, que hemos ido reprimiendo y que han estado creciendo en un nivel inconsciente hasta el punto de estallar, como una presa que ha estado conteniendo las aguas de un rio y finalmente acaba por desbordarse al no haber regulado su caudal. Para evitar llegar a esta situación extrema debemos estar alerta ante posibles síntomas que nos señalen que no estamos gestionando nuestros miedos de forma saludable; insomnio, tensión, insatisfacción ante la vida, problemas estomacales, son algunos de los indicativos que nos pueden informar sobre la deficiente gestión de nuestro miedo, y por tanto nos invitan a tomar cartas en el asunto.

Para evitar llegar a una situación tan extrema como es el ataque de pánico, debemos estar atentos a todas estas señales que nos envía nuestro cuerpo, así como no dejarnos llevar por los fantasmas de nuestros miedos.

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La actitud ante el miedo debe ser de escucha, entender que el miedo forma parte de nuestra vida y que debemos darle su espacio, al igual que otras emociones en nuestra vida, como la tristeza o la alegría. Si cuando el miedo aparece lo reconocemos, le damos su espacio, sin entrar en conflicto con él, y nos dejamos unos momentos en el no hacer, simplemente observándolo y estando presentes, veremos como en unos momentos el miedo se reduce. La fuerza del miedo y su influencia limitadora en nuestra vida, proceden de nuestra oposición a no querer sentirlo, así como de la futurización catastrofista que hacemos de sus posibles efectos. Como más nos esforcemos en no querer sentir el miedo, mayores se volverán sus efectos limitantes en nosotros y más esclavizado nos tendrá a su voluntad. Si damos espacio a nuestro miedo sin juzgarlo, ni juzgarnos a nosotros por sentirlo, e incluso nos permitimos expresarlo al resto de personas, esto ya será un primer paso para empezar a relacionarnos con nuestro miedo de una forma más saludable.

Para acabar os dejo con una frase del filósofo Alain relacionada con el tema.

“Quien tiene miedo sin peligro, se inventa el peligro para justificar su miedo”. Alain.

Leslie Beebe
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