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Como lidiar con la culpa

Como lidiar con la culpa. En el anterior artículo os hablaba de la vergüenza, hoy es el turno de la culpa; una emoción humana que suele ir muy relacionada con la vergüenza, incluso a veces pueden llegar a confundirse. Tanto vergüenza como culpa, son emociones denominadas como interpersonales, es decir que son emociones que surgen a raíz de nuestra convivencia en sociedad. Como en el caso de la vergüenza, la culpa también es de ese tipo de emociones con las que nos cuesta lidiar.

Como lidiar con la culpa


No obstante, mientras que la vergüenza hace referencia a nuestra identidad y es una emoción que nos paraliza; la culpa se vincula con nuestros actos y es una emoción activadora, que busca la reparación del daño o error cometido.

Definimos como culpa la emoción que emerge ante la acción u omisión de un acto, a partir del cual emitimos un juicio moral sobre nuestra conducta, y dictaminamos que hemos cometido un error, o hemos infringido un daño. Una vez emitimos ese juicio, dictaminamos que somos merecedores de un castigo. Esta definición abarca la culpa por sí misma (toma de conciencia a nivel cognitivo de que hemos cometido un error, o infringido un daño), y el sentimiento de culpa (el cual parte del juicio que emitimos sobre nuestro acto, y el darse cuenta emocional que se manifiesta a través de un dolor o malestar interno).

Como toda emoción, dentro de la culpa podemos hablar de una vertiente adaptativa, y otra de disfuncional. Cuando la culpa es adaptativa, nos ayuda a cumplir con las normas y códigos que regulan nuestra convivencia en sociedad, advirtiéndonos de no transgredir esas normas, por las consecuencias que este incumplimiento puede traer a nuestra persona. Así mismo, la culpa también nos invita a darnos cuenta de un daño que hemos podido infringir, incentivando su reparación.

Al hablar de culpa y sentimiento de culpa, es importante tener en cuenta dos premisas básicas; la primera es que no siempre aquello por lo que nos culpabilizamos, tiene su razón de ser, o existe una proporcionalidad entre el error cometido, y el sentimiento de culpa. Por ejemplo cuando somos excesivamente perfeccionistas y nos culpabilizamos por un error de una forma desproporcionada.

La segunda de las premisas es que podemos tomar conciencia de que hemos incumplido alguna regla, o hemos actuado mal, pero sin llegar a sentirnos culpables por ello. Por ejemplo un psicópata puede reconocer que ha actuado mal, pero sin sentir culpa por ello.

Cuando hablamos sobre la culpa, también es importante hacer referencia al castigo. El castigo es la pena que se impone a la persona que ha sido declarada como culpable. Nos referimos a un castigo externo, cuando la pena procede de una entidad exterior, que es quien juzga y establece que la persona es culpable de una infracción, aplicándole la sanción correspondiente. Así mismo, hablaríamos también de un castigo interno, que parte de la percepción de culpabilidad interior que siente la persona.  El castigo interno suele ser el que nos trae más problemas a nivel psicológico.

El castigo interno se articula través de nuestro juez internalizado, o en términos psicoanalíticos la entidad del Superyo, o el Perro de Arriba de Fritz Perls. Esta voz interna es omnipresente, pues está constantemente juzgándonos, nos critica e incluso por momentos nos llega a despreciar por no hacer las cosas lo suficientemente bien, y por no cumplir con el ideal de perfección establecido por nuestro Yo ideal.  

Cuando no satisfacemos los mandatos de nuestro juez interno (que suele ser prácticamente siempre) nos sentimos culpables, sintiéndonos merecedores de un castigo, para así expiar nuestra culpa.

El origen de la culpa se encuentra alrededor del primer año de vida, cuando el niño desarrolla el habla. Las figuras parentales son las encargadas de enseñar al niño aquello que está bien, y aquello que no. Cuando el niño cumple con las expectativas de sus padres, siente que es reconocido y aceptado por ellos. Por el contrario, cuando el niño no cumple con esas expectativas, y es reprendido por ello, siente que es rechazado por sus padres. De esta forma el niño aprende que hay una forma de ser y comportarse aceptable, y otra que no lo es. 

Aunque para los adultos regañar al niño sea un acto correctivo, el niño lo vive de forma distinta, al sentirlo como un rechazo hacia su persona, un acto de desamor. En la infancia nuestro cerebro aún está desarrollándose, por lo que la capacidad cognitiva del niño en ese momento hace que se haga responsable de todo aquello que sucede a su alrededor. La relación que los padres establecen con sus hijos en esta época temprana de la vida son vitales, pues de ella dependen la formación de una identidad individual, y el concepto de existencia propia que desarrolla el niño.

En estas circunstancias en que el niño se responsabiliza del rechazo parental, es cuando aparece la culpa; no como un mecanismo para enmendar el error cometido, sino como una señal de alerta que le indica que puede perder el amor de sus padres, al no ser lo lo suficiente bueno. El pensamiento del niño vendría a decir algo así como; “algo defectuoso debe haber en mi, para que mis padres no me quieran”.

Si a esta vivencia de desamor le añadimos un entorno parental con unas creencias rígidas, donde los padres establecen relaciones con el niño desde la comparación, el chantaje emocional o incluso la desvalorización y el desprecio hacia él; el sentimiento de culpa que el niño va a ir desarrollando puede alcanzar cotas muy elevadas, afectando de forma muy negativa a su autoestima y a su autoconcepto.

La forma como el niño gestionará la culpa en el futuro está muy relacionada con las vivencias que se producen en estos primeros años de vida, las creencias introyectadas del entorno familiar, y el tipo de apego que el niño forma con sus figuras parentales. Por ejemplo, el niño que desarrolla un apego evitativo, muestra como tendencia la de culpabilizarse a si mismo por todo aquello que sale mal en su entorno, En este caso la culpa va hacia dentro. Por el contrario, aquellos niños con un apego ansioso manifiestan la tendencia de culpabilizar al resto de aquello que les sucede en su vida; ya sea de una forma victimista, mediante el chantaje emocional, o bien de forma agresiva, reclamando al entorno. En este último caso la culpa se dirige hacia fuera.

Independientemente de la dirección donde se dirige la culpa, a medida que pasan los años, la creencia de cumplir con las expectativas externas para recibir amor va extendiéndose, al trasladarse del ambiente familiar al colegio, las amistades, el trabajo…. Asimismo, paralelamente también aparecen otros factores que también van influyendo en la activación del sentimiento de culpa, como son; el entorno social, cultural y religioso en el que vivimos, los cuáles también nos marcan unas pautas de ser y de actuar determinadas.

De esta forma, llegamos a la edad adulta utilizando la culpa, no tanto como una forma de enmendar errores y aprender de ellos, sino más bien como un instrumento de autocastigo, el cual nos dice que no somos suficiente para ser amados. Desde ese sentimiento de malestar, la tendencia es generar un diálogo interno que nos hiere, nos desprecia, y que claramente perjudica nuestra autoestima.

Sin duda, llega un momento en la edad adulta que la persona entra en crisis, pues debe enfrentarse al conflicto que se produce entre las normas que se nos han enseñado (y que miramos de cumplir para ser aceptados por la sociedad, tal y como lo hacíamos de niños para cumplir las expectativas parentales), y los deseos y necesidades que emergen de nuestra esencia personal. Este conflicto suele acarrear un gran sentimiento de culpa en nuestra vida.

Otro concepto muy relacionado con el sentimiento de culpa es el remordimiento. El remordimiento es el bucle de culpabilidad repetitivo en que nos vemos inmersos, en búsqueda de una redención que nunca llega. El remordimiento parte de la necesidad de castigo por nuestros actos incorrectos, sin embargo su mensaje es qué por mucho que nos castiguemos, el perdón nunca va a llegar, alimentando de nuevo el sentimiento de culpa en nuestro interior.

El remordimiento nos bloquea, nos impide avanzar y nos sumerge en un estado de desvalorización y humillación por parte de nuestro juez interno, generando estados de elevada angustia, e incluso conductas autodestructivas.

Por último, otro de los conceptos relacionados con la culpa, es el arrepentimiento. En este caso hablamos de una aproximación saludable a la culpa. El arrepentimiento permite responsabilizarnos por nuestros actos, empatizando con el otro y comprendiendo las consecuencias de nuestros actos. El arrepentimiento busca el perdón del otro, pero también el perdón hacia nosotros mismos, lo que evita entrar en el bucle de automaltrato del que hablábamos en el remordimiento. Esta actitud desde la empatía, la responsabilidad y la comprensión conduce al aprendizaje de la experiencia, para que de esta forma podamos actuar de forma distinta en el futuro.

terapia culpa


Con el objetivo de que puedas gestionar mejor tu sentimiento de culpa, a continuación te dejo unas pautas que pueden ayudarte

1. El primer paso es identificar aquellas conductas que te hacen sentir culpable. Una vez identificadas, hazte las siguientes preguntas:

a) Si aquello por lo que te sientes culpables es tu responsabilidad, y depende o no de ti. Si no depende de ti, déjalo ir, pon límites y no te aferres al sentimiento de culpa.

b) Si la culpa que sientes es adaptativa (te conecta con el arrepentimiento y te incita a enmendar el error), o bien es desadaptativa (te lleva a machacarte y te sumerge en el remordimiento).

c) Si tienes algún tipo de control o capacidad de enmendar aquello por lo que te sientes culpable. Si te sientes culpable por un acto del pasado, sobre el cual no tienes capacidad de acción en el presente, pasa página y aprende de la experiencia. Evita quedarte dándole vueltas al tema y culpabilizándote por ello.

2. Acepta tus errores y procura reducir tu nivel de autoexigencia. Los errores son la clave del aprendizaje y son los facilitadores del cambio.

3. Cambia la palabra “culpa” por “responsabilidad”, el primer término lo solemos relacionar con la pasividad y la victimización, mientras que el segundo nos remite a la proactividad y a la acción.

4. Toma conciencia de como te hablas a ti mismo/a, y no olvides siempre de tratarte con respeto.

5. No establezcas relaciones de causa-efecto entre los errores cometidos, y tus capacidades personales. En resumen, procura no hacer algo personal del error, pues en la mayoría de casos no existe esa conexión.

6. Responsabilízate de los errores cometidos, o de los actos que hayan podido dañar a otros. A partir de aquí pide perdón a esas personas, y expresa tu arrepentimiento junto con la voluntad de enmendar el daño, o el error cometido.

7. Identifica si aquello por lo que te sientes culpable está alineado con tus creencias y valores de vida, o bien es producto de creencias limitantes aprendidas del pasado. En caso de ser creencias que actualmente no compartes, y que sientes te dañan, abandónalas y sustitúyelas por otras de más saludables, y más acorde con tu esencia personal.

8. Practica la autocompasión, es decir empieza a perdonarte a ti mismo. Desde este acto de compasión hacia tu persona, mira de aprender del error cometido, para así poderlo hacer mejor en el futuro. No te tortures por el error, piensa que en aquel momento del pasado seguramente actuaste lo mejor que pudiste y supiste.

9. Ábrete a la incertidumbre y al cambio, pues ambos son inherentes al hecho de estar vivos. Acepta también que no todo está bajo tu control, y que no puedes cargar el peso del mundo en tus espaldas.

Leslie Beebe






Culpa y Vergüenza II

Culpa y vergüenza II. Culpa y vergüenza son dos emociones que aparecen con frecuencia en las sesiones de terapia. En un artículo anterior ya hablé de estas dos emociones; si quieres leer el artículo, Clica Aquí

Culpa y vergüenza son emociones, sin embargo presentan una serie de diferencias respecto a las denominadas emociones básicas, como la tristeza o el miedo; por este motivo son conocidas con el nombre de emociones autoconscientes, o emociones secundarias. 

Culpa y Vergüenza


Como emociones secundarias, la culpa y la vergüenza parten de una valoración subjetiva respecto unos criterios culturales y sociales que creemos debemos cumplir. Estas emociones son fruto de la interiorización de unas normas, valores y criterios de acción, los cuales hemos ido construyendo desde la infancia, formando así nuestra escala de valores. Estas normas son fruto de la interacción de diferentes elementos como son;
  el entorno familiar, el medio social y cultural en el que hemos crecido, así como las experiencias de vida y la personalidad propia. De hecho, tanto culpa como vergüenza son instrumentos utilizados por la sociedad para mantener el orden y el control social, estableciendo lo que es correcto y lo que no.

Aunque culpa y vergüenza son parecidas, y a veces tienden a confundirse, la verdad es que presentan ciertas diferencias que seguidamente vamos a comentar.

Entendemos la culpa como una serie de sensaciones desagradables que aparecen en nosotros como resultado de alguna de estas situaciones: 

- Cuando creemos que hemos cometido un error (ya sea por haber o no actuado), 

- Al darnos cuenta que hemos transgredido ciertas normas.

- Al ser conscientes que hemos dañado a alguien. 

La culpa surge en nosotros como un aviso de que no hemos obrado bien, y en consecuencia nos invita a reparar el daño.

La vergüenza surge como un conjunto de sensaciones desagradables, las cuales aparecen ante la idea de que hay algo en nosotros que no es correcto. Suele manifestarse como un sentimiento de no ser digno o adecuado ante el mundo.  Recordemos que el discurso de la culpa lo podíamos definir como “has obrado mal”, en cambio el de la vergüenza sería “eres inapropiado, o no eres digno”. Aquí es donde aparece la principal diferencia entre ambas emociones. 

Mientras que la culpa hace referencia a las conductas, a sentirnos mal por aquello que hemos  hecho, o hemos dejado de hacer,  la vergüenza tiene que ver con el ser, con sentirnos defectuosos por aquello que somos. En este sentido la vergüenza es un tema más complejo, al tocar esquemas más profundos de nuestro ser.

Sin embargo, como todo en la vida, nada es blanco o negro, por este motivo tanto la culpa como la vergüenza también cuentan con una vertiente saludable. En origen, ambas emociones nos ayudan a integrarnos en la sociedad, pues nos permiten seguir un código social que nos habilita a convivir y a relacionarnos con el resto de personas. Por este motivo, podemos diferenciar entre una dimensión sana y otra neurótica de ambas emociones.

La culpa adaptativa o sana es aquella que nos capacita para tomar responsabilidad de nuestras acciones, aprendiendo de las experiencias pasadas. Este sentimiento nos permite darnos cuenta de nuestros errores, rectificar conductas  y reparar daños que hemos podido ocasionar. 

La culpa sana nos ayuda a seguir unas determinadas normas y códigos de conducta, avisándonos del peligro que corremos si no las obedecemos. Este tipo de culpa nos conecta a nivel emocional con la esperanza de hacerlo mejor la próxima vez, así como con la constancia y la perseverancia necesarias para conseguirlo.

En cambio, cuando la culpa se utiliza como una forma de victimización y castigo hacia nosotros mismos, anclándonos en la nostalgia del pasado y limitando nuestra vida, entonces estamos hablando de la denominada culpa neurótica. La culpa neurótica lleva un componente elevado de autocastigo, el cual se manifiesta a través de los llamados remordimientos, los cuales nos generan un profundo sufrimiento. 

Gran parte de la explicación de nuestra culpa, de esta flagelación a la que nos sometemos, es el denominado juez interno. En el artículo anterior sobre el perfeccionismo (Aquí puedes leerlo), ya hablé de esta entidad de la psique, la cual nos fiscaliza y cuestiona en todo momento. Desde esta relación que mantenemos con nuestro juez interno, se manifiesta gran parte de la culpa que sentimos en nuestro día a día.

Para entender mejor la culpa neurótica, a continuación te dejo un ejemplo:

Imaginemos que estamos en pareja y compartimos todo nuestro tiempo libre con ella. Un día unos amigos nos invitan a salir sin nuestra pareja. La idea nos gusta, sin embargo aparece en nosotros un sentimiento de culpa al tener que dejar a nuestra pareja sola. El concepto que tenemos sobre la pareja es alguien que pasa todo su tiempo de ocio con la persona que quiere. Ante este dilema, pueden aparecer diferentes pensamientos del tipo; “si voy mi pareja va a pensar que la dejo abandonada”, “una buena pareja no abandona al otro”, “que me apetezca ir con mis amigos, quizás signifique que ya no estoy tan bien con mi pareja”, “mi pareja va a molestarse”…

Según esta situación podemos diferenciar entre los siguientes 4 elementos que interactúan entre sí, los cuales nos generan un conflicto interno generador de culpa.

La acción generadora de conflicto interno (salir solo con mis amigos en mi tiempo de ocio)

El autoconcepto sobre mi mismo (soy una buena pareja)

El ideal sobre aquello que debería ser y mostrar al mundo (estar en una relación significa pasar todo el tiempo libre con mi pareja. Aquí aparece mi juez interno el cual cuestiona y supervisa que no infrinja esta regla, apareciendo así el fantasma de la culpa).

Mi necesidad genuina  (al margen de vivir en pareja, mi necesidad de tener un espacio y un tiempo personal)

La culpa neurótica puede adoptar múltiples formas, aparte del ejemplo que acabamos de comentar. Otro tipo de culpa es aquella que deriva de resentimientos no expresados, los cuales acabamos gestionando de forma errónea a través de la retroflexión (agresión hacia nosotros mismos). Otra forma que adopta la culpa es aquella que aparece cuando nos sentimos responsables por la vida, o las acciones de otras personas, cuando en realidad no nos corresponde. Una situación típica de este último caso es cuando como hijos nos queremos responsabilizar de la vida de nuestros padres, al sentirnos con algún tipo de deuda hacia ellos.

"El resentimiento, la crítica, la culpa y el miedo aparecen cuando culpamos a los demás, y no asumimos las responsabilidades de nuestras propias experiancias" Louise Hay

Es común que aquellas personas que sufren de sentimiento de culpabilidad también presenten una baja autoestima, o bien un perfeccionismo disfuncional, las cuales intensifican aún más la culpa.

terapia culpa

La culpa suele estar vinculada con toda una serie de emociones;  la rabia por habernos equivocado, la ansiedad hacia nosotros mismos por el error cometido, el miedo por las consecuencias de nuestros errores, o la desesperanza al sentir que no vamos a conseguir hacerlo de forma correcta en el futuro.

Al igual que la culpa, la vergüenza también puede presentar estas dos dimensiones; una de adaptativa y otra de neurótica. Desde una visión sana, la vergüenza nos indica aquello que es correcto y aceptable dentro del grupo social, permitiéndonos asumir las reglas como propias, y en consecuencia haciéndonos sentir que formamos parte de ese grupo.

La vergüenza surge como un mecanismo adaptativo dentro del orden social, el cual se encarga de indicarnos si hemos sobrepasado o no las reglas sociales. Como consecuencia de esta función, podemos afirmar que la vergüenza funciona como una alarma que nos avisa de que quizás deberíamos revisar algún aspecto personal que nos impide, o dificulta, integrarnos en el grupo social.

Otra vertiente saludable de la vergüenza es aquella que nos capacita para estar alerta, y darnos cuenta que no disponemos de ciertos recursos para enfrentar una determinada situación. Por ejemplo cuando debemos dar una conferencia en inglés, y somos conscientes que nuestro nivel del idioma es muy limitado.

La vergüenza es una emoción con un claro componente social, por este motivo no todos nos sentimos avergonzados ante las mismas situaciones. La sensación de vergüenza depende de las normas que compartimos con el resto de la sociedad, y con aquello que socialmente consideramos digno y aceptable. Cuando transgredimos alguna de estas reglas sociales, y sentimos que el resto de personas se percatan, es cuando aparece la vergüenza. No obstante, la vergüenza no solo está influenciada por un componente social y cultural, sino que también depende de la personalidad y las experiencias vividas por cada persona.

Por otro lado, encontramos la vergüenza neurótica que es aquella que nos genera sufrimiento al hacernos sentir indignos; de esta forma no nos sentimos merecedores de pertenecer a un grupo. Desde esta vergüenza nos sentimos pequeños, limitados y no aptos. La vergüenza nos hace creer que estamos desvalidos, sin recursos ante una determinada situación, lo que nos conduce a querer escondernos. 

Este tipo de vergüenza nos hace sentir que hay algo inadecuado en nosotros, percibiéndonos como inferiores ante el resto. Cuando la vergüenza se apodera de nosotros respondemos ocultándonos y aislándonos de la sociedad; para ello utilizamos diferentes mecanismos como  la huida, la evitación o la procrastinación.    

A nivel emocional la vergüenza disfuncional nos puede conectar con el asco hacia nuestra persona, la melancolía patológica, el miedo a que el resto de personas descubran lo inadecuados que nos sentimos, o bien el victimismo hacia nosotros mismos.



Tanto culpa como vergüenza son emociones complejas, y suelen estar relacionadas una con la otra, por eso a veces es complicado distinguirlas. Por este motivo es recomendable realizar un proceso de terapia que nos ayude a conocer estas emociones, y nos permita aprender a lidiar con ellas de una forma saludable. Como avance, te dejo algunas pautas que pueden ayudarte a gestionar mejor estas emociones.

Respecto a la culpa puedo comentarte las siguientes pautas de acción:

1. Identifica la conducta que te hace sentir culpable. Pregúntate si hay algo que está en tu mano hacer para restituir el daño cometido. En caso contrario, aprende de la experiencia y sigue con tu camino. No te quedes en el remordimiento o el autocastigo, pues no te aportará nada positivo.

2. Acepta que eres humano y que puedes equivocarte. No veas el error como un fracaso personal, sino como una vía de mejora. El error forma parte de todo aprendizaje.

3. Piensa que las normas nos ayudan a orientarnos en nuestro camino. No obstante si las vives desde el perfeccionismo, pueden convertirse en una seria limitación para alcanzar tus objetivos.

4. Si sientes que has dañado a alguien, expresa tu arrepentimiento y solicita el perdón por el daño causado.

5. Si es posible, actúa para reparar el daño cometido.

6. Sustituye la culpa por la responsabilidad.

7. Practica la autocompasión. La autocompasión significa aprender a perdonarse uno mismo por los errores cometidos, comprometiéndonos para hacerlo mejor en el futuro. No confundas autocompasión con victimismo. Mientras que la autocompasión nos conduce a ser proactivos, responsables y nos impulsa para mejorar, el victimismo nos ancla en la pasividad y la no responsabilidad.

8. Acepta que no tienes el control de todo. Hay factores en nuestra vida que escapan de nuestro control. Esta actitud de aceptación nos llevará a relativizar la situación y a limitar nuestra responsabilidad en el hecho sucedido.

En lo que respecta a la vergüenza, aquí te dejo algunos breves consejos:

1. Identifica aquello que te avergüenza de ti mismo. Anota en un diario los pensamientos que te hacen sentir avergonzado/a. Presta atención a cómo te criticas y aquello que te dices a ti mismo, así como la forma como te hace sentir hablarte así. Una vez realizado este ejercicio, plantéate si te ayuda en algo este tipo de actitud.

2. Empieza a conectar con la autocompasión. Procura mantener una mirada amorosa sobre ti mismo. Se consciente que tienes defectos, pero también virtudes. Adopta una mirada más justa, y a la vez más realista sobre tu persona.  Evita la comparación, entiende que no eres más ni menos que nadie, todos somos únicos. De esta forma podrás llegar a la progresiva aceptación de tu persona.

3. Superar la vergüenza supone exponerte gradualmente a aquellas situaciones que son susceptibles de que aparezca esta emoción. En estas situaciones evita mostrarte perfecto e intenta tomar distancia, como si te vieses a ti mismo desde un observador externo. Este punto de vista te ayudará a darte cuenta que los motivos que te generan vergüenza no son tan terribles como tú crees. Otro ejercicio, cuando te encuentres antes situaciones que hacen aflorar la vergüenza, es focalizar tu atención en tu entorno, en el resto de personas, alejando el foco de atención de tu diálogo interno.

4. No escondas tu vergüenza. Piensa que en mayor o menor medida, todos sentimos vergüenza en algún momento de nuestra vida. En este sentido piensa que no estás solo, ni eres un bicho raro por sentirla. Expresar tu vergüenza y comunicarla a otros te ayudará a rebajar la presión en aquellos momentos susceptibles de que aparezca esta emoción. Al contrario de lo que muchos creen, mostrarte vulnerable no es sinónimo de debilidad, sino de fortaleza.

Leslie Beebe

Terapia Gestalt en Barcelona


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Vergüenza y Culpa


Vergüenza y culpa suelen ser dos aspectos que aparecen con mucha frecuencia en las sesiones de terapia. Ambos son un tipo de emoción secundaria, pues no nacen del centro instintivo de la persona, sino de la cultura y sociedad en la que vivimos. Nadie nace con culpa ni vergüenza, son ambos fenómenos culturales y sociales.


vergüenza y culpa


Desde pequeños se nos enseña a ser de una forma determinada, según aquello que se considera socialmente correcto. Como niños, percibimos que si no nos comportamos y actuamos de una forma determinada, nuestros padres no nos van a querer. De esta forma vamos creando toda una serie de máscaras, para así aprender a sobrevivir en nuestro mundo emocional, es lo que denominamos como ego.

El ego se estructura bajo la creencia que existe una única forma de ser y hacer las cosas, lo que significa que todo lo que se salga de este patrón va a ser rechazado por nuestro ego. Ante esta creencia no actuamos desde una esencia propia, desde una libertad de dejarnos ser, sino desde un presión por tener que alcanzar unas expectativas que suponemos debemos cumplir si queremos ser aceptados y amados por el mundo.Sin embargo el precio que pagamos con esta actitud es muy alto, pues conlleva una progresiva pérdida de nuestra esencia personal. 

En este proceso de desvinculación de aquello que somos, la culpa y la vergüenza juegan un papel importante. No obstante, no debemos confundir ambos términos, pues mientras la vergüenza tiene que ver con el ser, la culpa tiene que ver con el hacer. A continuación vamos a ver estas emociones con más detalle.

La vergüenza se expresa como una sensación de no tener derecho a ser, de no ser digno de pertenecer a un grupo o a un ámbito determinado. La vergüenza nos hace sentir que de alguna forma estamos fracasando como personas; bajo su influencia llegamos a creer que existe algo malo en nosotros, algo que no se adecua a los estándares que establece nuestro ego. Si esta emoción se mantiene en el tiempo, sus efectos son devastadores para la autoestima de la persona, conduciendo al estancamiento y en casos más graves a la depresión.


terapia culpa

La vergüenza suele conllevar una actitud de castigo desde la creencia “debo ser castigado porque hay algo deficiente en mi”. Esta creencia supone que la persona sienta miedo al abandono de las otras personas, por sentirse inadecuado. Asimismo este abandono también se expresa hacía sí mismo desde diferentes vertientes como puede ser el alejamiento del mundo y las relaciones, el estancamiento y la limitación de acción e incluso la dejadez en el cuidado personal.
Un ejemplo extremo de los efectos de la vergüenza los tenemos en los denominados johatsu de japón, personas que por vergüenza se aíslan completamente de la sociedad, aquí tenéis un artículo que lo explica:


https://magnet.xataka.com/preguntas-no-tan-frecuentes/johatsu-japoneses-cuando-vida-insoportable-que-borras-tu-rastro-tierra

La sanación de los efectos que la vergüenza provoca en la persona suele requerir de un proceso largo. No es fácil cambiar a corto plazo el autoconcepto que uno tiene de sí mismo, pues eso significa cuestionarse la propia identidad y replantearse toda una serie de creencias y valores que llevan muchos años instaurados en la propia persona. El trabajo terapéutico con la vergüenza pasa por no evitarla, para así experimentarla y asumir la responsabilidad que uno tiene sobre ella. En esta labor es importante distinguir si la vergüenza está motivada por algún aspecto del presente, o bien su origen se encuentra en algún hecho pasado. 

Mayoritariamente la vergüenza suele originarse en creencias y mandatos procedentes de la infancia. Cuando somos niños, y con el objetivo de  ser queridos por los mayores, pagamos el precio de aceptar algo que no nos es propio. Aprendemos a comportamos de una forma determinada, para así recibir el amor de nuestros padres. Con el paso de los años, y llegados a la edad adulta, es el momento de aceptar la responsabilidad de romper con esta dinámica y conectar con nuestra esencia. Cuantas veces nos ponemos en el rol de ese niño cuando somos adultos, buscando desde esa posición el reconocimiento y el amor de las otras personas, pero a la vez traicionando aquello que verdaderamente somos.

El camino de sanación de la vergüenza pasa por conseguir aceptarse y respetarse como uno es, en este sentido debemos plantearnos nuestro sistema de valores, teniendo claro que nadie vale más que nadie en nuestra vida. Otro aspecto a trabajar con la vergüenza es aceptar el error como una parte intrínseca de estar vivo, solo a través del error podemos aprender. Por último, el camino de sanación de la vergüenza pasa por aprender a creer en las propias posibilidades, recuperando de esta forma los niveles de autoestima perdidos.

terapia vergüenza

La culpa es una emoción diferente a la vergüenza, focalizada más en un fallo en el hacer que en el ser. Por norma general sentimos culpa cuando creemos que hemos roto alguna norma o código, o bien cuando sentimos que hemos hecho daño a alguien. También puede aparecer la culpa ante el miedo a ser castigado por haber infringido alguna norma. Las personas que se sienten culpables se focalizan en el error que han cometido, no como una vía de aprendizaje como sería lo saludable, sino como una forma de autocastigo. La persona culpable teme el castigo, sin embargo al mismo tiempo también lo espera, como una forma de redención; sienten que es el precio que deben pagar por el error cometido. En este sentido sería aconsejable cambiar términos como culpa y castigo, por otros más saludables como responsabilidad y reparación.

El trabajo en terapia con la culpa pasa por asumirla, no como una vía de castigo, sino como la aceptación de la responsabilidad sobre el acto cometido. El primer paso, en aquellos casos que sea posible, sería pedir perdón e intentar reparar el daño cometido. Una vez realizado este primer paso, la siguiente acción sería evitar martirizarnos con lo sucedido, aceptando aspectos como que somos humanos y como tal tenemos derecho a equivocarnos. Una vez se produce esta aceptación en nuestro interior, podemos plantearnos qué lectura extraemos de lo sucedido; una reflexión que nos debe servir como una forma de aprendizaje, para así actuar de forma diferente en el futuro.

Es fácil que vergüenza y culpa se mezclen entre sí, siendo a veces difícil distinguirlas, la vergüenza puede llevar a la culpa, y viceversa. Como hemos dicho anteriormente, es una dinámica en la que el ego y los mecanismos de defensa de la psique juegan un papel fundamental. Desde pequeños vamos formando un ego y unos mecanismos de defensa, los cuales nos ayudan a sobrevivir en nuestro mundo emocional. El objetivo es construir una apariencia, formar una identidad para ser queridos y aceptados, primero por nuestros padres, y posteriormente por el resto de personas. A medida que pasa el tiempo, la carga de mostrarse al mundo a través de esta apariencia se hace cada vez más pesada, lo que nos provoca sufrimiento. 

Cuando nos mostramos como aquello que no somos, estamos engañando al resto del mundo, pero lo más importante  también a nosotros mismos. Mantener este engaño supone una gran inversión de tiempo y energía, un desgaste que acaba por pasarnos factura, no solo a nivel emocional, sino también físico, somatizando ese malestar en el cuerpo. Este esfuerzo por mantener la apariencia y el engaño es en gran medida el responsable de que aparezcan sentimientos de vergüenza y culpa.


“La vergüenza no es culpa, la vergüenza está centrada en uno mismo, la culpa está centrada en el comportamiento. Es la diferencia de pensar “soy malo” vs. “he hecho algo malo”. Brené Brown

La terapia nos permite tomar conciencia de la forma de funcionar de nuestro ego, a la vez que conectamos progresivamente con nuestra esencia, con aquella forma de ser y hacer que quedó enterrada bajo esas máscaras de apariencia.

Es un proceso de autoconocimiento que va a permitir sentirnos y actuar de una forma más libre, más en consonancia con aquello que somos, dejando atrás máscaras y apariencias. Esta libertad de ser nos permitirá liberarnos de la vergüenza y de la culpa que van asociadas a las dinámicas de funcionar de nuestro ego.

Si quieres conocer más, a continuación te dejo otro de mis artículos sobre el tema:

La culpa

Leslie Beebe
www.ansiedad.barcelona
https://www.saludterapia.com/terapeutas/t/f/4685-leslie-beebe-rodriguez.html

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