El miedo escénico

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El miedo escénico es uno de los miedos más frecuentes en la sociedad actual. Como seres humanos sufrimos de múltiples miedos; a la oscuridad, a las alturas, a los sitios cerrados… sin embargo uno de los miedos más comunes es el denominado miedo escénico, conocido científicamente como glosofobia.  La palabra glosofobia proviene del griego; “glossa”, que significa lengua y “fobos”, que significa miedo o temor. Se define pues como el miedo a hablar en público.

En mayor o menor medida, la mayoría de nosotros ha pasado por una situación de miedo escénico; ya sea por una exposición que tuvimos que hacer en nuestra época de estudiante,  una presentación en el trabajo o bien una conferencia pública. Los síntomas físicos que acompañan a este miedo varían según cada persona, sin embargo cabe destacar algunos; como el aumento de la frecuencia cardíaca, el exceso de sudoración, la sequedad en la boca, el tartamudeo y las náuseas, entre otros.

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El origen del miedo escénico es variable, depende de múltiples factores como el carácter de la persona, la historia personal y las experiencias similares vividas en el pasado.  No obstante en mi opinión existe un denominador común en la mayoría de casos, y es el temor que surge en nosotros ante el juicio de los demás; ¿Qué pensaran los otros de mí si me equivoco, si no lo hago bien?. 
Este tipo de pensamiento parte de nuestro ego, el cual siempre quiere mostrar al mundo la mejor imagen de nosotros mismos, la mejor según nuestro punto de vista obviamente. En consecuencia realizamos grandes esfuerzos por esconder aquellas formas de ser propias, que tememos los otros puedan juzgar como no aceptables. En esta lucha por ser aceptados y queridos por el resto de personas, no nos damos cuenta que la aceptación primera y más importante es la que hagamos de nosotros mismos, sin ella es imposible encontrar esa validación personal en el exterior. 

La educación y la formación que recibimos de pequeños influye notablemente en esta forma de pensamiento; se nos incentiva a pensar que el resto del mundo es el que debe satisfacer nuestras necesidades y deseos, y cuando no es así no sentimos frustrados y nos culpabilizamos, sintiéndonos víctimas de todo lo que nos pasa. Ocupar un rol de responsabilidad y una actitud activa es el primer paso para empezar a cambiar nuestra disposición ante la vida. Para ello podemos hacernos nosotros mismos la anterior pregunta; “¿Qué pensaré yo de mi si me equivoco y no lo hago bien?”; la respuesta que nos demos será una muestra de la forma cómo nos tratamos, cambiarlo está en nuestras manos, y en estos casos la terapia puede ser de gran ayuda para acompañarnos en este proceso.

A continuación voy a compartir una serie de consejos para la próxima vez que os encontréis en la situación de tener que hablar en público.

Es importante tener claro que el miedo a hablar en público únicamente se supera enfrentándose a él. Técnicas como evitar, posponer y huir de las situaciones generadoras de miedo no son buenas consejeras, como dijo el escritor francés Antoine de Saint-Exupery; “La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio”.  La mayoría de miedos proceden de una falta de confianza en nuestras posibilidades, lo que deriva en una inseguridad personal y una baja autoestima. Aprovechar las oportunidades de hablar en público nos ayudará a sentirnos cada vez más confiados, a ganar soltura y espontaneidad con la audiencia. De esta forma iremos creando una visión distinta de nosotros mismos, más apta, lo que favorecerá a que ganemos seguridad y autoestima en nosotros mismos y en nuestras posibilidades.

Debemos evitar la idealización que con frecuencia hacemos de personas que se desenvuelven con soltura cuando hablan en público. Con seguridad aquellas personas que idealizamos, también  tuvieron que enfrentarse a sus miedos y juicios en el pasado,  para así poder llegar al punto donde se encuentran ahora. Debemos cambiar pensamientos del tipo; “ que bien lo hace tal persona, yo no podría”, por  “si tal persona lo ha podido hacer, yo también podré”.  Es importante entender que en situaciones en que debemos exponernos ante el público la mayoría de nosotros siente miedo. La actitud recomendable ante el miedo  no es la de luchar contra él para no sentirlo, sino aceptarlo como una parte de nosotros mismos, y como una sensación inherente al hecho de exponernos ante el público. Debemos entender que la lucha por no querer sentir miedo, aún nos provocará mayores niveles de ansiedad.

Es aconsejable tomar conciencia que el miedo escénico procede de nuestra mente, principalmente de nuestro ego. El objetivo de nuestro ego es dar una buena imagen al exterior y controlar aquello que nos pasa, en vez de focalizarnos en el público. Por este motivo  es importante que cambiemos nuestro punto de vista; dejar de enfocarnos en lo que nos pasa a nosotros, para así centrarnos en algo que va más allá de nuestro ego, es decir en el mensaje que queremos transmitir. Debemos integrar la idea de que nosotros funcionamos como un simple canal, no somos importantes en la charla, lo importante son aquellos conocimientos que queremos compartir con el público que ha venido a vernos. En palabras de Alejandro Jodorowsky, “Tu miedo termina cuando tu mente se da cuenta de que es ella la que crea ese miedo”.

Es importante tener en cuenta que las personas que han venido a la charla lo hacen con una predisposición a escuchar aquello que queremos compartir con ellos, y no a  juzgarnos ni tampoco a hacernos pasar un mal rato. Como oradores debemos entender que independientemente de que lo hagamos mejor o peor, lo importante será  la interpretación que cada persona realice de nuestro mensaje. Como cada individuo percibe el mundo de forma subjetiva, podemos decir que habrá tantas charlas como número de asistentes, por lo que como oradores es inútil ponernos presión en “hacerlo bien”,  pues está fuera de nuestro control la forma en que cada uno de los asistentes perciba dicho mensaje. Nuestro objetivo debe ser compartir los conocimientos y la experiencia con el público, dejando de lado nuestra actitud egoica.

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Una forma de romper el hielo con el  público en las presentaciones, a la vez que reducimos nuestro estado ansioso, es comunicar nuestro miedo a la audiencia. Una vez expresamos abiertamente el temor que sentimos a hablar en público, una parte de nosotros se relaja.

Es aconsejable que practiquemos y ensayemos la presentación. Este aspecto nos ayudará a ganar confianza y a pulir nuestro discurso. Si lo hacemos en casa podemos grabarnos, para así poder ver qué aspectos deseamos mejorar.

Una vez empezada la conferencia, debemos evitar querer correr y obsesionarnos con no olvidar nada de lo que queremos comunicar. Es importante hacer pausas, por ejemplo una opción es tener un vaso de agua cerca para ir bebiendo, esto ayuda a aclarar la voz y también a pautar el ritmo de la charla.

Es recomendable llegar con antelación al lugar del acto, familiarizándonos con él y así comprobar que todo lo necesario; luces, equipo informático, música… se encuentra a punto para empezar la charla.

Minutos antes de la conferencia podemos guardarnos unos instantes para estar en contacto con nosotros, con nuestro cuerpo y nuestra respiración. Practicar la respiración diafragmática nos ayudará a oxigenar el cuerpo y a estar más tranquilos al empezar.

Es importante apoyarnos en la tecnología para facilitar nuestro discurso, bien a través de diapositivas que nos ayuden a estructurar la charla, objetos a los que hacer referencia o bien fotos que ayuden a hacer más gráfico nuestro mensaje, facilitando así la comunicación con el público.

Relativizar la situación, preguntarnos ¿Qué es lo peor que me puede pasar?, seguramente la respuesta no es tan catastrófica como la habíamos futurizado a priori. En caso de equivocarnos, entender que no pasa nada.  Si cometemos un error podemos relativizar su importancia con humor, riéndonos así de la situación vivida y entendiendo que la importancia que le demos únicamente tiene que ver con nuestra exigencia egoica de tener que mostrar una determinada imagen ante el público.

Espero que estos consejos os sean de utilidad cuando os enfrentéis al hecho de tener que hablar en público. No obstante, si este miedo se ha convertido en un obstáculo en vuestra vida personal, o bien sentiis que os limita en vuestra actividad laboral,  es aconsejable recurrir a la ayuda profesional para superar esta situación. La terapia es una forma de conseguir superar tus miedos, y permitirte ser capaz de afrontar este tipo de situaciones desde una actitud de  mayor seguridad y confianza en ti mismo.

Si estás interesado en la ansiedad y los miedos, y quieres saber como la terapia puede ayudarte, aquí te dejo otros artículos relacionados:

Ansiedad y Terapia

El miedo al cambio


Leslie Beebe

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Ansiedad y Terapia

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La ansiedad es un trastorno con el que terapeutas y psicólogos nos encontramos cada vez con más frecuencia en terapia. Las molestias derivadas de la ansiedad pueden ser diversas, dependiendo del carácter y de las vivencias personales de cada individuo.
A continuación os voy a citar algunos comentarios que me han hecho llegar algunos clientes respecto a cómo viven su ansiedad.

“Me despierto por la mañana como si tuviese un señor sentado en mi pecho”
“ Siento como voy acelerado todo el día, como si alguien me empujase a hacer más y más”
“Durante el día siento como si me faltase el aire”
“Vivo con la impaciencia a todas horas”
“ Es como si fuese montado en un cohete todo el día”
“Parece como si viviese muy rápido, a una marcha más alta que el resto de la gente”

Asimismo estas personas también me comentan que paralelamente a estas sensaciones, también sufren de síntomas físicos como dolores musculares, insomnio, trastornos digestivos y dolores de cabeza, entre otros, los cuales les dificultan su día a día, y empobrecen su calidad de vida.

¿Cuáles son las causas de la ansiedad y cómo podemos superarla?; algunas personas justifican su ansiedad con el ritmo acelerado en el que viven, característico de nuestra sociedad occidental. Aunque es verdad que el entorno en el que nos movemos influye de forma considerable, también lo es que no deberíamos proyectar dicho malestar en el mundo. Es importante tomar conciencia que la forma como nos afecta aquello que vivimos reside en nosotros, y en la actitud que adoptemos frente a ello, y no en el exterior. Adoptar una actitud de responsabilidad frente a aquello que nos pasa, es la base para poder gestionar de una forma más eficaz nuestra ansiedad.

Por este motivo, como terapeuta opino que el origen de nuestra ansiedad no se encuentra tanto en las circunstancias externas que vivimos, como en la forma como las vivimos.
Personalmente concibo la ansiedad como un mensaje que nos envía nuestro cuerpo para indicarnos que hay algún aspecto de nuestra vida que no acaba de funcionar, y con el que no acabamos de estar a gusto.  Los síntomas asociados a la ansiedad nos avisan que hemos llegado a un punto en que no podemos seguir viviendo de la forma en que lo hemos hecho hasta ahora, y por tanto nos urgen a tomar cartas en el asunto. 

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La ansiedad nos indica que de alguna forma nos estamos engañando, traicionando a nosotros mismos, pues seguramente estamos haciendo algo que no es coherente con nuestra esencia. Una traición que se refleja viviendo de una forma que no es congruente con lo que somos, ni con aquello que realmente queremos o necesitamos.  La ansiedad nos incita a tomar una actitud activa y responsable para cambiar esa situación.

Los motivos por los que nos auto traicionamos son múltiples y difíciles de enumerar, pues dependen de la personalidad de cada individuo y su historia personal, sin embargo algunos de los más comunes son;  miedos,  baja autoestima, inseguridad, complejos, dependencias emocionales, mandatos familiares adoptados como propios, etc… encontrándose unos relacionados con otros en la mayoría de casos.

Por este motivo mi primera intervención terapéutica ante situaciones de ansiedad suele ser siempre la misma; que la persona revise en que ámbitos de su vida siente malestar, extrañeza o incomodidad. Una vez la persona es capaz de ubicar esa insatisfacción en alguna faceta de su vida, empieza el trabajo terapéutico.  

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La terapia va a permitir que la persona ponga luz en aquellas áreas de su vida en las que siente insatisfacción, para así tomar las medidas oportunas que le ayuden a recuperar el rumbo en su vida, y en consecuencia reducir su ansiedad.

Es importante entender que únicamente podremos vivir en paz con nosotros mismos, y con el mundo que nos rodea, si lo hacemos desde una actitud genuina, sincera y responsable.

Si quieres leer más sobre la ansiedad, así como conocer algunos consejos sobre cómo reducirla, aquí te dejo otros de mis artículos relacionados con el tema.




Leslie Beebe

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Conferencia Mejora tu Autoestima

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Uno de los principales motivos de consulta de las personas que acuden a terapia es la baja autoestima. De hecho, muchos trastornos como la ansiedad o los estados depresivos tienen como núcleo principal una baja autoestima; es decir una pobre opinión sobre nuestra persona, así como una desvalorización de nuestro potencial para enfrentarnos a las dificultades de la vida.

Si te interesa el tema, te invito a la conferencia gratuita; “Mejora tu autoestima”,  que tendrá lugar el día 27 de mayo a las 19h, en el Centro de Terapias SQGestalt, situado en la calle Sant Antoni 50, baixos de Sant Cugat del Vallés. Si sientes que la baja autoestima está presente en tu vida, y quieres conocer formas para mejorarla, ésta es tu oportunidad.

Si crees que este evento puede ser de tu interés, y debido a la limitación de espacio de la sala, únicamente pido confirmar asistencia,  ya sea a través del formulario de contacto de esta página, o bien en el mail: lesbcn13@gmail.com  Si deseas más información visita el enlace:


Si eres de fuera de Sant Cugat no te preocupes, el centro se encuentra muy bien comunicado, a tan solo 2 minutos de la estación de ferrocarrils (FGC) de Sant Cugat.

Anímate a venir!!

Leslie Beebe

El miedo al cambio

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El miedo al cambio es una de los principales manifestaciones del miedo como emoción.
La pregunta a la que me gustaría responder es;  ¿Por qué tenemos tanto miedo al cambio en nuestra vida?

La clave está en que cambiar significa salir de nuestra zona de confort. Denominamos como zona de confort aquella área de nuestra vida en la que nos sentimos cómodos, que conocemos y donde nos da la sensación que de alguna forma controlamos. Sin embargo, comodidad no siempre es sinónimo de bienestar. Muchos de nosotros vivimos esta zona de confort como una zona de seguridad, en la que no estamos mal, pero en la que tampoco acabamos de sentirnos plenamente satisfechos.

Cambiar significa dejar lo conocido, por algo desconocido, término que por definición, significa que no tenemos conocimiento de ello, y en consecuencia tampoco sabemos si será mejor o peor que nuestra situación actual. Asimismo, en un gran número de ocasiones relacionamos cambiar con la posibilidad de perder aquello que ya hemos conseguido hasta el momento. De esta forma aparecen preguntas del tipo; “Y si cambio y es peor de lo que tengo ahora?”, “Y si cambiar significa poner en riesgo aquello que ya tengo?”. Preguntas limitadoras, que favorecen la aparición del miedo en nuestro interior.

Os pondré un ejemplo de un cliente que tuve hace un tiempo en terapia, en el que se refleja esta dicotomía entre conservar lo que uno tiene (aunque no sea aquello que se desea), o bien cambiar. (Por motivos de confidencialidad se ha modificado la información personal del cliente.)

Luís tiene 42 años y lleva trabajando como arquitecto en una empresa desde hace 15 años. Es un profesional reputado, y tiene un nivel salarial elevado, sin embargo siente que en los dos últimos años la insatisfacción en su puesto de trabajo ha ido en aumento. Un día, de forma casual, en su tiempo libre, empieza a practicar la jardinería. Una actividad que siempre le había atraído, y que en su momento había querido estudiar, pero que por presiones familiares no pudo. A medida que pasan los meses, Luís retoma el gusto por la jardinería, se apunta a cursos de fin de semana y empieza a plantearse la posibilidad de dejar su trabajo, y empezar una nueva actividad empresarial en el sector de la jardinería. A medida que pasan los días, Luís se siente cada vez más insatisfecho en su trabajo, incluso empieza a somatizar este malestar a través de  insomnio y síntomas de ansiedad.

Luís empieza a vivir un conflicto interno; donde se debate una parte más instintiva, y a la vez más genuina, que le incita a realizar un cambio profesional, y otra más mental, que constantemente futuriza sobre los posibles peligros que comportaría dejar su trabajo actual. De esta forma surge en Luís el miedo al cambio. Me comenta que su miedo principal estriba en adentrarse en un sector empresarial desconocido para él hasta ese momento, así como el miedo a perder el estatus social y económico que había conseguido en sus últimos años como arquitecto. Se despiertan en él multitud de preguntas catastrofistas del tipo ¿y si….?, que le inmovilizan y hacen que la tensión en su interior vaya en aumento.

Os preguntaréis como acabó la historia. Como terapeuta estuve guiando a Luís en su proceso de decisión, aunque tenía claro el cambio, multitud de miedos le impedían realizarlo; tenía miedo a su futuro económico, a la opinión del resto de personas, a perder su estatus social…  Con la terapia Luís fue capaz de tomar conciencia de sus miedos, así como también darse cuenta de su gran dificultad para tomar una decisión. Finalmente un hecho lo cambió todo; una noche sufrió una crisis de ansiedad que le llevó a urgencias. A partir de ese momento su percepción de la situación cambió radicalmente. Únicamente deciros que al cabo de dos meses dejó el trabajo y empezó su proyecto empresarial en el sector de la jardinería. Hace un año que acabamos la terapia con Luís, cuando lo dejamos él estaba empezando en su nuevo negocio. Hace unas semanas me pidió hacer un par de sesiones, en las cuales me comentó que aunque tuvo unos primeros meses duros, actualmente su negocio va bien. Me dijo que se encuentra muy satisfecho con su trabajo actual y que ojalá hubiese tomado la decisión antes.

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Para mí el ejemplo de Luís refleja perfectamente este miedo al cambio, tan común en nuestra sociedad. A raíz de este caso, quizás la pregunta a responder sería  ¿por qué hemos de llegar hasta situaciones tan extremas para realizar cambios en nuestra vida?.

En mi opinión la respuesta se encuentra en que no estamos acostumbrados a tomar decisiones, así como a responsabilizarnos de ellas, de hecho no se nos educa para ello. Desde pequeños nuestro entorno social y educativo condiciona nuestro pensamiento;  no se nos incentiva a pensar por nosotros mismos, sino más bien a seguir un modelo colectivo y social determinado. De esta forma construimos nuestra vida, más movidos por el miedo a obedecer las exigencias externas, es decir cumplir con aquello que supuestamente debemos hacer, que a confiar en nosotros mismos y dejarnos ser. Desde estas máscaras creamos una zona de confort, en la que sentirnos a salvo, con el fin de salvaguardarnos al máximo de la incertidumbre que nos genera el futuro, y para así también poder ejercer el máximo control sobre nuestras vidas.

Desde estos condicionamientos, se genera en nosotros una gran inseguridad y un bajo nivel de autoconfianza. De esta inseguridad deriva nuestro miedo a perder aquello que hemos conseguido hasta el momento (ya sea un trabajo, un estatus social, una pareja…), pues eso supondría para nosotros un gran dolor, pues en cierta forma significaría perder parte de nuestra identidad, perder aquello que nos define, y eso aterroriza a nuestro ego.  Sentimos miedo ante los cambios, pues nadie nos asegura que el cambio nos dejará en una posición mejor de la que estamos ahora; en definitiva no nos gusta sentir la inseguridad en nuestra vida.

Esta inseguridad que sentimos ante la vida, no deja de ser más que la inseguridad que sentimos hacía nosotros mismos, derivada de nuestra falta de confianza. Ante esta situación de inseguridad personal, donde uno se encuentra limitado por el miedo a emprender acciones que le lleven al cambio, el miedo únicamente puede ser vencido cuando el nivel de sufrimiento es superior al miedo al cambio. En el caso de Luís, el sufrimiento vivido durante su crisis de ansiedad, fue superior a su miedo a cambiar su situación laboral. A partir de ese momento Luís fue capaz de realizar el cambio profesional que tanto anhelaba.Ante este nuevo paradigma, aparece un cambio de mentalidad en el que uno ya no se pregunta;  “¿Cómo puedo saber si el cambio me traerá algo mejor”, sino que uno se dice a si mismo; “en esta situación no puedo seguir” . Esta nueva perspectiva es la que facilita el cambio. 

Las crisis y las situaciones extremas, aunque duras, nos conectan con el presente, nos obligan a transitar por aquello que tanto nos duele,  generando en nosotros un nivel elevado de sufrimiento. Una vez transitamos el dolor, pensamos que aquello que venga, aunque desconocido y generador de miedo, no será tan malo como el sufrimiento por el que hemos pasado. Desde este nuevo punto de vista, también podemos tomar conciencia de otro aspecto importante, y es el de darnos cuenta que la zona de confort en la que nos habíamos posicionado durante años, no era ni tan segura ni tan controlable como siempre habíamos creído. Esta experiencia nos enseña que limitarnos a nuestra zona de control nos priva de experimentar y aprender sobre nosotros mismos, en definitiva de crecer como personas.

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Debemos pues dejar de juzgar al sufrimiento como algo negativo, pues aunque a nadie nos gusta sufrir, a veces es la única vía para facilitar el cambio en nuestras vidas. Del sufrimiento pueden surgir grandes aprendizajes.


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Dependencia Emocional y Terapia

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“La mayoría de miedos de ser rechazado descansan en el deseo de ser aprobados por otras personas. No bases tu autoestima en sus opiniones”. Harvey Mackay

En la vida existen multitud de relaciones de pareja, cada una de ellas definida por unos aspectos personales, y también según otros aspectos derivados de la dinámica funcional de la pareja. Por tanto, ante tal variedad, es difícil generalizar qué criterios debería cumplir una pareja para mantener una relación saludable y duradera en el tiempo. En mi opinión, existe uno de principal, que es la necesidad de que cada individuo mantenga su centro personal en la relación, es decir que ambos miembros disponga de una identidad propia y claramente definida. Cuando esto no sucede, podemos encontrarnos con dinámicas relacionales tóxicas, susceptibles de que aparezca la dependencia hacía el otro. En casos de dependencia emocional, la relación se resiente, pues el deseo hacía el otro, propio de la relación, se transforma en un estado de necesidad versus la pareja; donde el dependiente únicamente se valora y ama a través del otro. En estos casos, se vive la relación desde la total confluencia con la pareja, una fusión en la que el Yo propio no tiene la fuerza suficiente para poner límites y sostenerse por sí mismo.

Los motivos por los que una persona desarrolla dependencia emocional hacía su pareja son múltiples, sin embargo suele estar directamente relacionado con el tipo de apego que la persona haya experimentado en su infancia y adolescencia. Entornos en que los padres se muestran inconsistentes con sus hijos, es decir situaciones donde los padres tanto se pueden mostrar cálidos y atender a las peticiones del niño, como mostrarse fríos e ignorar las demandas de su hijo, pueden ser el inicio de la futura dependencia.

Esta reacción parental inconsistente, puede llevar al niño a sentir inseguridad en la relación con su figura de apego. De esta forma el niño aprende a no confiar en esta figura, pues se siente inseguro sobre si esa persona atenderá a sus necesidades.

Este tipo de apego vivido en la infancia, condicionará la búsqueda de apego en la edad adulta. Cuando el apego no fue seguro en los primeros años de vida, el niño no puede consolidar unos vínculos afectivos firmes con los demás, pues aspectos como la seguridad, la autoestima o la capacidad para afrontar situaciones nuevas, no se encuentran firmemente desarrolladas. En estos casos la sensación de soledad, de desconfianza hacia el otro, así como la sensación de fragilidad y la falta de confianza en uno mismo se amplifican. El dependiente reproduce este tipo de apego vivido en los primeros años en la edad adulta, buscando que la pareja le llene el vacío de amor que reside en su interior. Una causa perdida, pues nadie va a poderle dar el amor que no se tiene hacía sí mismo.

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A continuación os presento algunos de los síntomas más comunes de la dependencia emocional:

Baja autoestima: la autoestima es el amor y la valoración hacía uno mismo. La persona que sufre de dependencia tiene una pobre percepción de sí mismo, se valora poco y busca que el amor de la pareja subsane esta carencia que siente en su interior. Como en toda relación saludable debe existir un equilibrio entre dar y recibir. En estos casos el dependiente difícilmente lo puede cumplir, principalmente por dos motivos; el primero porque suele confundir el amor recibido con el amor hacía sí mismo. El segundo motivo es porque difícilmente va a poder dar un amor a su pareja del cual actualmente no es consciente.

Terror al abandono: el dependiente se aferra a la pareja como una fuente de valoración y amor hacía sí mismo; “Valgo según el otro me aporte”. Por este motivo son personas que tienen pánico a ser dejados por la pareja,  pues eso les llevaría a conectar con el vacío de amor que sienten en su interior.  Relacionado con este gran miedo es común que la persona desarrolle una dependencia hacía el otro, como una droga, apareciendo el síndrome de abstinencia cuando considera que la pareja se aleja o no le está dando toda la atención que él considera necesaria. Esta conducta dependiente suele derivar en ideas obsesivas, así como en un estado de ansiedad generalizado y síntomas depresivos, los cuáles dificultan el día a día de la persona.

Miedo a la soledad: relacionado con el punto anterior, el dependiente no soporta estar a solas consigo mismo, pues esta situación le genera ansiedad. La soledad es percibida como que nadie está por ellos, que nadie les quiere, derivando en pensamientos obsesivos y de desvalorización personal. Si la persona no toma conciencia de su patrón relacional, puede estar encadenando relaciones de este tipo, una tras otra, con el único objetivo de no quedarse solo y así evitar sentir el vacío.

Idealización de la pareja: el dependiente suele enamorarse fácilmente, pues existe una necesidad imperiosa de ser visto y apreciado por el otro, para de esta forma sentirse bien consigo mismo. Suelen ser personas con una gran capacidad para proyectar en el otro aquello que buscan, dejando de lado a la persona que tienen delante. La pareja se convierte en un  ídolo, alguien a quien adorar. No obstante esta proyección en el otro, al no ser real, pronto se desmorona, pues siempre surge algún punto de duda que hace que el dependiente empiece a desconfiar de su pareja. En estos casos el dependiente se suele posicionar como la víctima, con frases del tipo “todos/as sois iguales”, “siempre me fallan”, “yo que lo he dado todo”… en definitiva culpan al otro de su situación y se niegan a responsabilizarse de su papel en la relación.

Priorización de la pareja: la idealización, anteriormente comentada, deriva en que el dependiente priorice por encima de todo a su pareja. Su mundo únicamente se centra en la otra persona, dejando de lado el resto de aspectos en su vida. Esta actitud puede provocar que la persona se aísle de su familia, de sus amigos, e incluso que pueda llegar a dejar su trabajo si considera que éste le supone un obstáculo en la relación.

Generalización de actitudes de chantaje emocional: relacionado con el punto anterior, el dependiente concibe como una traición que la pareja no esté por él las 24 horas del día. No concibe que la otra persona pueda tener una vida, con sus amigos, sus intereses, su trabajo, etc… Por lo que el dependiente suele reaccionar desde la víctima, utilizando algún tipo de chantaje emocional, con la intención de generar culpa en el otro, son comunes frases del tipo; “con todo lo que yo hago por ti”, “yo me sacrifico por ti y tu mira como respondes”, “yo te doy todo y tú no me das nada”, “no estás por mi”…

Angustia emocional: cuando el dependiente percibe que no recibe lo que necesita, vuelca su inseguridad y su angustia en el otro. Si el dependiente recibe atención, por ejemplo cuando recibe un mensaje de teléfono se siente calmado, pero es una sensación poco duradera, como una droga, en que cada vez la necesidad de que el otro le confirme su amor y su valía va en aumento. Se entra así en un bucle generador de ansiedad, en que no solo sufre el dependiente, sino también la pareja, pues esta última se siente agobiada ante tal nivel de exigencia y de presión.

Si te sientes identificado con alguno de los puntos anteriormente citados, quizás estés viviendo tu relación de pareja desde la dependencia. En este caso es importante que tomes cartas en el asunto lo más pronto posible y busques ayuda terapéutica. La dependencia emocional genera un gran sufrimiento para aquel que la vive, difícil de entender para aquellas personas que no hayan pasado por una experiencia similar.

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La terapia puede ayudarte a eliminar la dependencia emocional, para que así aprendas a vivir tus relaciones de una forma saludable. Es importante entender que la dependencia no tiene que ver con la pareja, sino con nosotros mismos. La terapia es un trabajo personal que permite ganar autoestima y confianza en uno mismo, las cuales son la base para una relación estable y satisfactoria con el otro. Únicamente partiendo de la estima y valoración propias, podremos ofrecer un amor sano y desinteresado a nuestra pareja.

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Terapia y gestión del miedo

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“Aprendí que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre el miedo. El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista su miedo”. Nelson Mandela.

Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo, junto a la alegría, la tristeza y el enfado forman parte de las emociones básicas. Se denominan básicas porque son comunes en todas las culturas y sociedades a lo largo del tiempo. Debido a nuestra forma de percibir el mundo e influenciados por la sociedad y la cultura en la que vivimos, polarizamos la realidad, diferenciando entre aquellas emociones que definimos como “buenas” y otras “malas”. Entre las malas incluimos emociones como la tristeza, el enfado y el miedo, pues nos generan una sensación desagradable, mientras que otras como la alegría las consideramos buenas, pues nuestra percepción de ella es agradable. Sin embargo, si hacemos un análisis más en detalle, veremos que emociones como la alegría, pueden acabar percibiéndose de forma negativa, según el grado en que las vivamos; por ejemplo por exceso la alegría nos puede llevar a la euforia, estado en que no vemos al otro y en el que podemos volvernos temerarios, con el peligro que esto puede conllevar para nuestra salud. De esta forma toda emoción presenta un lado sano y otro neurótico. Esta diferenciación surge de dos aspectos que considero fundamentales:

El primero es la cualidad de la emoción como algo temporal. Esta afirmación parte del principio que la emoción surge como producto de la relación que establecemos con algo o con alguien en un momento determinado. Cuando el estímulo desaparece, también debería hacerlo la emoción. Si la emoción permanece en el tiempo podemos empezar a pensar en una emoción irracional y desproporcionada. Por ejemplo imaginemos que  salimos a la calle y está a punto de atropellarnos un coche. Nuestro cuerpo reaccionará ante la situación presente sintiendo miedo, el miedo nos alertará del peligro inminente y nos permitirá actuar. No obstante, si a partir de ese día nos negamos a salir a la calle por miedo a ser atropellados, convertimos una emoción racional y práctica, en otra de irracional y patológica, pues el estímulo que originó el miedo ya ha desaparecido.

En segundo lugar, y como ya he comentado, el juicio que hacemos de las emociones también es un condicionante importante en cómo las vivimos. El miedo por ejemplo es una emoción habitualmente criticada, evitada e incluso negada, pues tradicionalmente la asociamos con ser débil y cobarde. Seguramente todos tenemos vivencias personales al respecto, sobretodo en la infancia, cuando se nos alentaba a tener que ser valientes y a dejar el miedo de lado.

Si partimos de estos dos aspectos, podemos hablar de dos tipos de miedo, uno funcional y otro limitante. El miedo funcional nace de una sensación de amenaza ante un peligro presente, por el posible daño que éste nos puede causar. Este tipo de miedo nos aporta prudencia, nos permite reaccionar rápidamente ante una situación susceptible de causarnos daño y nos faculta para anticipar problemas. En su vertiente saludable, esta emoción nos ayuda a valorar aquello que consideramos importante en nuestra vida, para así tomar las decisiones que estimamos oportunas. Es un tipo de miedo que favorece la experiencia y el aprendizaje en nuestra vida, pues nos enseña a distinguir entre aquello que nos conviene y aquello que nos daña. Sin este miedo no hubiésemos podido avanzar como especie.

A diferencia del miedo funcional, el limitante es aquel que nos paraliza, nos enfría bloqueando la experiencia presente. Este tipo de miedo está relacionado con peligros imaginarios, con origen en alguna experiencia vivida en el pasado, o bien con la previsión catastrófica que hacemos de hechos futuros. Ambos tienen en común que únicamente existen en nuestra mente, y no en la realidad presente. A diferencia del miedo funcional, el limitante queda enganchado en nosotros, y no desaparece al hacerlo el estímulo externo que lo ha generado. En estos casos la emoción se convierte en neurótica, se transforma en un estado alterado de percepción de la realidad, una percepción distorsionada que alimenta cada vez más nuestro miedo. En estos casos perdemos la capacidad de vivir el presente, y nos sumergimos en una fantasía en que la realidad es vista como amenazante y llena de peligros. Este tipo de miedo disfuncional puede llevarnos a sufrir de ansiedad,  pánico, y fobias, entre otros; estados patológicos que requieren de ayuda terapéutica.



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Respecto al miedo, y a las emociones en general, es importante destacar un punto esencial, y es que no son los estímulos en sí lo que nos da miedo, sino la asociación que hacemos de ellos. Es por tanto una interpretación subjetiva, que en mayor grado se deriva de experiencias personales, valores y creencias propias. Por este motivo una gestión saludable del miedo parte por relacionarnos con éste desde otro lugar, viéndolo como un aliado, en vez de como a un enemigo. Debemos comprender que el miedo no es dañino, es su gestión la que puede serlo.
Con el objetivo de mejorar nuestra relación con el miedo, aquí os dejo unas recomendaciones que os pueden ayudar a gestionarlo de una forma más saludable:

Primero: detectar a qué tenemos miedo. Existen multitud de miedos, concretar nuestro miedo ayuda a no exagerarlo ni a minimizarlo.

Segundo: Relacionado con el primer punto, es importante que nos preguntemos si el miedo surge por un estímulo real, presente, o bien si tiene su origen en nuestra mente, ya sea por alguna experiencia pasada, o por una proyección que hacemos sobre el futuro.

Tercero: Permitirse sentir el miedo, no juzgarlo ni luchar contra él. La tendencia general es la de reprimir o evitar las situaciones, cuando asumimos que estas pueden ser generadoras de miedo. La evitación únicamente debe ser utilizada en casos puntuales, por ejemplo cuando ante una situación externa, y después de hacer un balance entre la amenaza percibida y nuestros recursos, estimamos oportuno evitar la situación. Un ejemplo podría ser tener que enfrentarnos en una pelea a un tipo experto en Karate y que mida el doble que nosotros, lo prudente sería en este caso la evitación, si no queremos que nos hagan daño.

Cuarto: asumir nuestra responsabilidad de gestionar lo que nos pasa, lo que sentimos y el juicio que aparece ante lo que nos sucede; por ejemplo no es lo mismo decirnos; “soy un cobarde si siento miedo”, que  “tengo miedo, lo asumo y puedo hacer algo”. Es importante darnos cuenta de cuáles son nuestras creencias y nuestros valores al respecto. Por este motivo debemos tomar conciencia de qué apariencia adopta nuestro discurso interno ante el miedo; por norma general los mensajes que nos mandamos toman dos formas, una como la voz acusadora, que nos juzga y nos envía el mensaje de que no deberíamos sentir ese miedo. Esta es una voz que nos apremia a tener que controlar la emoción. Por otro lado aparece la voz de la víctima, la que no quiere responsabilizarse, la que desea evitar la situación a toda costa. La víctima se apoya en el discurso “pobre de mi” y culpa al mundo y al resto de personas del miedo que siente. En ambos casos son mensajes que nos bloquean y nos paralizan ante el miedo, contribuyendo a hacerlo aún mayor.



Quinto: entender que el miedo es una emoción vinculada a estar vivos. Siempre que queramos progresar y evolucionar en nuestra vida seguirá apareciendo el miedo. Lo desconocido nos da miedo, salir de nuestra zona de confort nos incomoda, sin embargo crecer significa adentrarse en caminos desconocidos. El miedo nos aporta conocimientos y aprendizajes; si evitamos estas situaciones nos estancamos en lo conocido y no avanzamos en nuestra evolución personal.

Sexto: legitimar el miedo como algo inevitable en nuestra vida, entender que el miedo es común a todos los humanos y que no debemos castigarnos por sentirlo. Quién no siente miedo o bien sufre de algún trastorno mental o bien es un inconsciente.

Séptimo: entender que una correcta gestión del miedo pasa por transitarlo, no evitarlo, tampoco posponerlo, ni reprimirlo. La evitación únicamente conduce a que nuestro miedo se haga mayor, y deriva en situaciones en que aparece el miedo al propio miedo. Una de las formas efectivas para transitar el miedo irracional y limitante es conectar con el presente. Esta conexión la podemos hacer a través de tomar conciencia de nuestra respiración y de cómo sentimos la emoción en nuestro cuerpo. Lo importante es dejarnos vivir la emoción, sin querer censurarla ni controlarla. A partir de ese momento podemos adoptar diversas acciones, algunas de tipo externo, como expresar a alguien abiertamente nuestro miedo, o bien de tipo interno, como enviarnos a nosotros mismos mensajes tranquilizadores y reductores del miedo.

Octavo: aunque transitar los propios miedos no es tarea fácil ni rápida, hemos de ser conscientes de lo que supone no enfrentarse a ellos, al final uno es responsable de cómo quiere vivir sus miedos. Vivir evitando o reprimiendo situaciones susceptibles de provocarnos miedo, nos conduce a limitar nuestra vida y a perder los beneficios que nos puede aportar la experiencia vivida.

Si sientes que tu vida la controla el miedo y no tú, y te gustaría aprender a gestionar esta emoción de forma saludable, la terapia puede aportarte soluciones. Con la terapia tendrás el apoyo necesario para poder relacionarte con el miedo desde una nueva perspectiva, una más saludable y beneficiosa para tu vida.


Leslie Beebe


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