El Miedo y Los Ataques de Pánico

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El miedo y los ataques de pánico mantienen una estrecha relación, según mi experiencia tanto personal como profesional. En anteriores artículos ya os hablé del miedo como emoción, así como de algunos de los múltiples miedos que existen en nosotros; como el miedo escénico o el miedo al cambio, entre otros. En el artículo de hoy comentaré la relación que se establece entre el miedo y los ataques de pánico, también denominados como crisis de ansiedad.

El miedo es una emoción universal, de hecho todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo es una de las principales emociones que nos ha permitido evolucionar como especie. Sin miedo todos hubiésemos muerto en alguna situación u otra, ya sea por imprudencia o bien por temeridad. Veamos un ejemplo; imaginemos al cazador de la era paleolítica en busca de un animal para alimentarse. El cazador sale al bosque y en un momento dado se encuentra con un gran mamut. Ante dicha amenaza el miedo es lo que permite al cazador ponerse en alerta y reunir toda la energía disponible en su organismo para enfrentarse al peligro, todo ello en milésimas de segundo. En estos difíciles momentos, el miedo funciona como una señal que advierte al cazador del peligro, y moviliza su facultad para evaluar los recursos de los que dispone para enfrentarse a dicha amenaza. La percepción del peligro, y por tanto el nivel de miedo que sienta, variará según la estimación que realice de esos recursos. En este caso la amenaza supera con creces el nivel de recursos del cazador, en consecuencia el nivel de miedo será elevado y seguramente optará por escapar, pues no va a verse capaz de superar el peligro. Si no sintiésemos miedo en nuestra vida, el cazador del ejemplo hubiese durado poco frente al mamut, y quizás hoy ninguno de nosotros estaría aquí.

Seguramente todos estaremos de acuerdo que los peligros a los que nos enfrentamos en nuestra vida diaria no tienen punto de comparación con tener que enfrentarse a un mamut salvaje, como tenía que hacerlo nuestro antepasado. Sin embargo aunque racionalmente lo podamos entender, a un nivel más instintivo el cerebro sigue siendo un eficiente detector de amenazas, y los niveles de miedo ante una situación cotidiana pueden llegar a ser similares a los de nuestro antepasado, aunque objetivamente no exista un peligro de tal magnitud como el de ser atacado por un mamut. Seguidamente explicaré los motivos que pueden explicar esta desproporción.

En primer lugar la percepción que tenemos sobre el miedo en nuestra sociedad. Existe un elevado grado de ignorancia sobre esta emoción, así como la forma saludable de gestionarla. Percibimos al miedo como algo negativo, que no deberíamos sentir. Desde pequeños se nos enseña que los valientes (aquellos que no tienen miedo) están mejor valorados que los cobardes (aquellos que sienten el miedo). De esta forma aprendemos que el miedo es algo rechazable, que no debemos aceptar. En este sentido  la tarea es doble para nosotros; por un lado cuando aparece el miedo nuestra reacción es no querer sentirlo, y por tanto lo reprimimos, pues no deseamos que nadie se dé cuenta de aquello que estamos sintiendo. Anhelamos mantener nuestra buena imagen ante el resto de personas, por ello hacemos grandes esfuerzos para evitar ser juzgados como cobardes.  

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Por otro lado al sentir miedo, y por la educación recibida, nos sentimos indignos, y en consecuencia nos despreciamos y descalificamos a nosotros mismos por darnos el espacio de sentir miedo. El resultado en ambos casos es el mismo, acabamos reprimiendo nuestros miedos, los evitamos, los contenemos y los escondemos siempre que tenemos ocasión.

Un segundo motivo que puede explicar la desproporción entre el estímulo percibido y el nivel de miedo es la relación que se establece entre represión y autoconcepto, en otras palabras, la represión de los miedos favorece a que la imagen que tenemos sobre nosotros mismos sea cada vez más negativa. La explicación es que cuando reprimimos el miedo no dejamos que una parte de nosotros mismos se exprese y por tanto se muestre ante el mundo tal y como es. Perdemos así nuestra libertad, la libertad de dejarnos ser. En consecuencia nos veamos obligados a adoptar máscaras ante los demás para disimular nuestros miedos. Si esta falsedad se mantiene en el tiempo acabamos dominados por las máscaras y lejos de aquello que realmente somos, provocándonos malestar al no ser honestos con nuestra esencia.

Esta inadecuada relación con nuestros miedos nos conduce a no querer reconocerlos, y por tanto a hacernos daño. Este daño se refleja en una progresiva evitación de las situaciones susceptibles de generarnos miedo, por ejemplo tener que hablar en público. Con el tiempo el miedo va restringiendo nuestra libertad personal, pues provoca que evitemos todas aquellas situaciones relacionadas con hablar en público. La evitación nos conduce a creer que no disponemos de los recursos necesarios para enfrentarnos a dicha situación; como más evitamos, más inútiles y menos aptos nos sentimos para enfrentar la situación temida. Esta percepción de incapacidad personal nos desvaloriza y daña nuestra autoestima.

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Todos estos factores conducen a que acabemos teniendo una pobre imagen de nosotros mismos, nos limita al hacernos ver que no disponemos de las aptitudes o habilidades necesarias para enfrentarnos a la vida. Por este motivo, cuando surge una situación amenazante y hacemos una valoración de nuestros recursos para enfrentarnos a ella, y debido a nuestra pobre imagen, siempre saldremos perdiendo, por lo que el nivel de miedo y la tendencia a la evitación van a ir en aumento. Asimismo, y debido a esta percepción de falta de recursos, la sensibilidad ante el miedo se va a agudizar, es decir, cada vez seremos más susceptibles de sentirnos amenazados por algún estímulo externo.

Por este motivo situaciones de la vida cotidiana como tener que hablar en público, una discusión de pareja o tener que pedirle un aumento a nuestro jefe, pueden provocar que nuestro cerebro lo perciba como si estuviésemos ante un temible mamut que amenaza nuestra existencia.
La relación entre el miedo y los ataques de pánico surge cuando hacemos de la evitación y la represión un hábito. Como más reprimimos los miedos mayores son las probabilidades de sufrir un ataque de pánico.

Cuando reprimimos nuestros miedos de forma crónica, no los atendemos y tampoco les damos espacio para que se expresen, sin duda conseguiremos que desaparezcan de nuestra conciencia. Sin embargo esto no significa que los eliminemos de nuestro ser, todo lo contrario, pues a un nivel inconsciente los miedos van a seguir existiendo, y no solo eso, sino que como más los reprimamos, más seguirán creciendo en nuestro interior. Cuando los niveles de miedo llegan a un punto tan elevado que nuestro inconsciente ya no los puede contener, retornan de forma somática a nuestro consciente, estallando en forma de ataque de pánico. El ataque de pánico surge de todos estos miedos crónicos que no hemos atendido, que hemos ido reprimiendo y que han estado creciendo en un nivel inconsciente hasta el punto de estallar, como una presa que ha estado conteniendo las aguas de un rio y finalmente acaba por desbordarse al no haber regulado su caudal. Para evitar llegar a esta situación extrema debemos estar alerta ante posibles síntomas que nos señalen que no estamos gestionando nuestros miedos de forma saludable; insomnio, tensión, insatisfacción ante la vida, problemas estomacales, son algunos de los indicativos que nos pueden informar sobre la deficiente gestión de nuestro miedo, y por tanto nos invitan a tomar cartas en el asunto.

Para evitar llegar a una situación tan extrema como es el ataque de pánico, debemos estar atentos a todas estas señales que nos envía nuestro cuerpo, así como no dejarnos llevar por los fantasmas de nuestros miedos.

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La actitud ante el miedo debe ser de escucha, entender que el miedo forma parte de nuestra vida y que debemos darle su espacio, al igual que otras emociones en nuestra vida, como la tristeza o la alegría. Si cuando el miedo aparece lo reconocemos, le damos su espacio, sin entrar en conflicto con él, y nos dejamos unos momentos en el no hacer, simplemente observándolo y estando presentes, veremos como en unos momentos el miedo se reduce. La fuerza del miedo y su influencia limitadora en nuestra vida, proceden de nuestra oposición a no querer sentirlo, así como de la futurización catastrofista que hacemos de sus posibles efectos. Como más nos esforcemos en no querer sentir el miedo, mayores se volverán sus efectos limitantes en nosotros y más esclavizado nos tendrá a su voluntad. Si damos espacio a nuestro miedo sin juzgarlo, ni juzgarnos a nosotros por sentirlo, e incluso nos permitimos expresarlo al resto de personas, esto ya será un primer paso para empezar a relacionarnos con nuestro miedo de una forma más saludable.

Para acabar os dejo con una frase del filósofo Alain relacionada con el tema.

“Quien tiene miedo sin peligro, se inventa el peligro para justificar su miedo”. Alain.

Leslie Beebe
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¿Qué es la Orientación Emocional?

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Cuando comento que mi campo profesional es la psicoterapia, mucha gente cree que únicamente acuden a terapia personas con algún trastorno mental. Nada más lejos de la realidad, pues la terapia es útil y eficaz para la gran mayoría de la población. 

Otra idea que circula sobre la terapia es que supone un gran desembolso, tanto de tiempo como de dinero. Aunque es verdad que si queremos obtener un beneficio de la terapia debemos dedicarle su tiempo, y eso supone también una inversión económica (que no gasto), tampoco es verdad que el proceso siempre deba alargarse durante largas temporadas.

Sin embargo, me gusta decir que la terapia tiene su momento y su lugar. No todo el mundo está dispuesto a empezar un proceso terapéutico, no solo por el tiempo y el dinero que eso supone, sino también por el compromiso personal y la constancia que la terapia requiere par dar sus frutos. Solo uno mismo sabe cuándo llega el momento oportuno para plantearse iniciar un proceso de estas características. 

Acudir a terapia requiere de valentía, pues supone enfrentarnos a aspectos de nosotros mismos que hasta ahora no habíamos querido mirar. Contrariamente a lo que mucha gente opina acudir a terapia se acerca más a la valentía de uno, que a la cobardía o a la debilidad.

Por norma general la motivación para empezar la terapia suele coincidir con momentos caracterizados por un nivel elevado de sufrimiento, quizás provocados por una crisis personal que estemos atravesando, o por algún golpe emocional que nos ha dado la vida, y que nos hace replantearnos los cimientos que la sustentan.

No obstante, aunque como he dicho no todo el mundo está dispuesto a iniciar un proceso terapéutico, sí es más común que todos nosotros pasemos por momentos en que necesitamos de cierta orientación en la vida, como una brújula que nos ayude a decidir si tomar una dirección u otra, o bien nos confirme que el camino que tomamos es el deseado. No siempre es fácil saber a quién acudir con nuestras preocupaciones y problemas, y otras veces simplemente no tenemos a nadie con quien compartirlo.

Esta necesidad de recibir una orientación sobre aquello que nos preocupa, ya sea en cualquiera de los ámbitos de nuestra vida; el laboral, el social o el familiar, es el propósito del servicio de orientación emocional. Este tipo de orientación va más allá de aquellos consejos o directrices que nos puedan dar familiares y amigos, para ser un servicio de consulta profesional, donde se garantiza la máxima objetividad y discreción.
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El servicio de orientación emocional es un servicio personalizado y puntual, consta de 1 sesión de 90 minutos, en la cual la persona va a poder abrir aquel tema que le genera inseguridad y preocupación. Con la orientación emocional la persona será capaz de ver su situación desde otros puntos de vista, facilitándole llegar a nuevas conclusiones y resultados.

Si estás interesado en este servicio puedes contactar conmigo en el teléfono 645 368 714, o bien rellenar el formulario de contacto en la sección Pide Cita, y te informaré sin ningún compromiso.

Leslie Beebe


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Terapia para Ansiedad e Insomnio


El insomnio es un síntoma frecuente en aquellas personas que sufren de ansiedad. Denominamos como insomnio la incapacidad de poder dormir las horas necesarias para obtener un buen descanso, y de esta forma levantarnos frescos y descansados al día siguiente. Dormir es de vital importancia para mantener nuestro equilibrio mental y físico; cuando no obtenemos la cantidad y calidad de sueño necesaria, esto incide negativamente en nuestro estado de salud.

En un gran número de ocasiones insomnio y ansiedad van unidos de la mano; el insomnio puede ser un claro síntoma para diagnosticar algún tipo de trastorno de ansiedad, asimismo cuando el insomnio se mantiene en el tiempo, también  acelera y agrava los problemas de ansiedad. Se puede producir así un ciclo de retroalimentación entre ambos, encerrando a la persona en un círculo vicioso del que es difícil salir por uno mismo. Si caemos en este bucle de ansiedad e insomnio es muy importante buscar ayuda y tratamiento, pues si no se trata, con el tiempo puede derivar en problemas más graves de salud, como enfermedades mentales o abuso de drogas.

Veamos a continuación cómo se produce esta interacción entre insomnio y ansiedad:

Cuando sufrimos de ansiedad nuestra actividad cerebral es mayor; se dispara nuestro pensamiento con múltiples preocupaciones y nuestro cerebro está más activo, pendiente de posibles amenazas del exterior. El cuerpo en general se encuentra en estado de alerta, preparándose para hacer frente al posible peligro o bien para huir de él.
En este estado de alerta es normal que tengamos dificultad para conciliar el sueño cuando llega la noche, o bien nos despertemos de madrugada con la imposibilidad de volver a retomar el sueño. Si la dificultad para dormir permanece en el tiempo, es frecuente que aparezcan pensamientos del siguiente tipo:

“La hora qué es y aún no me he dormido, mañana no voy a estar bien para trabajar”, “ayer dormí solo 5 horas y hoy voy a peor, esto no puede ser bueno”, “necesito dormirme ya”, ”quedan solo x horas para que suene el despertador”.

Estos y otros pensamientos de carácter similar provocan un nivel de activación mayor en nuestro organismo, derivando en una ansiedad anticipatoria que nos predispone de forma negativa para conciliar el sueño. El sueño es un proceso fisiológico del que no tenemos control, por este motivo cualquier intento de querer provocarlo únicamente va a derivar en un aumento de nuestra ansiedad.


Si sufres de ansiedad y te cuesta dormir, te puedo ayudar. Llama o WhatsApp al 645 368 714 o bien escribe a lesbcn13@gmail.com

La pregunta a hacernos ante situaciones de insomnio prolongado, y en consecuencia mayor ansiedad, es como podemos gestionar ambos de una forma más saludable. En mi opinión existen dos puntos fundamentales que deberíamos tener en cuenta; el primero, y principal a mi entender, es conocer el motivo por el cual vivimos con ansiedad

La ansiedad y el insomnio no dejan de ser mensajes que nos enviamos a nosotros mismos respecto a algún ámbito de nuestra vida del que no estamos satisfechos. Sería aconsejable en estos casos poner atención en qué es lo que nos provoca esta insatisfacción e incomodidad en nuestra vida; ¿es nuestro trabajo?, ¿es nuestra pareja?, ¿es la relación que mantenemos con nuestros padres?… los motivos pueden ser múltiples, pero hasta que no tomemos conciencia de ello y actuemos, los mensajes van a seguir viniendo a nosotros, provocándonos más sufrimiento. 

Quizás ahora estemos viviendo una época de insomnio que arreglaremos de forma puntual e inadecuada con medicación, sin embargo la verdad es que si no nos enfrentamos a lo que se encuentra detrás de este síntoma, el mensaje volverá en forma de insomnio o cualquier otro síntoma que nos producirá malestar,  como pueden ser migrañas, dolores cervicales o lumbalgia, entre otros. 

En la mayoría de ocasiones puede resultarnos difícil tomar conciencia de los motivos que originan la ansiedad y el insomnio. Por este motivo, una mirada externa y profesional como la terapia nos puede ayudar a poner luz en las causas de esta insatisfacción, para de esta forma poder actuar al respecto, recuperando así nuestro equilibrio emocional.

El segundo punto importante sobre el que podemos actuar es el que hace referencia a la denominada higiene del sueño. La higiene del sueño comprende todas aquellas pautas de comportamiento y conductuales que nos pueden ayudar a conciliar el sueño. Entre ellas destacan; seguir unos horarios regulares, evitar las comidas copiosas y las bebidas excitantes por la noche, asegurar un ambiente facilitador del sueño (temperatura de la habitación agradable, dormitorio sin ruido, una cama confortable…), desconectar del trabajo al llegar a casa, evitar conectarse a internet o al correo después de cenar y evitar siestas que dificulten tener sueño por la noche, entre otras.


Como hemos comentado anteriormente, si sentimos que vivimos con ansiedad y padecemos de insomnio, deberíamos buscar ayuda profesional. Ante todo debemos evitar la automedicación, ya sea con ansiolíticos o bien con somníferos, y únicamente tomar este tipo de medicación bajo prescripción médica. No obstante debemos tener claro que los medicamentos únicamente reducirán los síntomas de nuestro sufrimiento, pero no incidirán sobre las causas que lo provocan. Por este motivo es aconsejable que la medicación se complemente con ayuda terapéutica, para así trabajar con las causas que provocan dicho malestar.

Leslie Beebe


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Crisis de Ansiedad y Ataque de Pánico



Los problemas de ansiedad son un tema frecuente en las personas que acuden a terapia; sin embargo también en la sociedad en general, pues todos hemos sufrido, o conocemos a alguien que padezca este problema. Dentro de los trastornos de ansiedad, encontramos el denominado como ataque de pánico o crisis de ansiedad. El ataque de pánico se caracteriza por la aparición súbita de un miedo extremo, que surge ante una situación en que el individuo siente una necesidad extrema de escapar. La persona que lo vive percibe que si no escapa de esa situación amenazante va a perder el control de sí mismo, puede volverse loco e incluso llegar a morir.

El desencadenante de este tipo de crisis varía según cada persona, puede ser causado por múltiples circunstancias, entre ellas; una ruptura sentimental, una pérdida de trabajo o una época de estrés elevado y continuado. A veces sin embargo no existe una causa aparente y objetiva que lo explique, al menos a ojos de terceros, sin embargo la persona que lo sufre lo vive como una auténtica pesadilla.  Los síntomas que acompañan la crisis de ansiedad suelen ser bastante comunes, y se caracterizan por una elevada intensidad en un breve periodo de tiempo; unos 10 minutos aproximadamente, aunque la persona que lo vive le parezca una eternidad. Entre los síntomas más comunes destacan: taquicardia, hiperventilación pulmonar, sensación de ahogo, temblores, sudoración y mareos, entre otros.

Para la persona que experimenta un ataque de pánico la experiencia es terrible, sin embargo si no se analiza que ha llevado a la persona a vivir esa situación, la experiencia puede convertirse en traumática con el paso del tiempo. En casos en que el individuo no pide ayuda, pensando que lo va a poder solucionar por si mismo, la tendencia es que la persona empiece a limitar su conducta, evitando cada vez más situaciones de la vida que cree susceptibles de generarle un nuevo ataque de ansiedad.


Cuando no se analiza que ha llevado a una persona sufrir una crisis de ansiedad, lo que sucede es que el miedo va a ir tomando protagonismo en la vida del individuo. Un miedo que se vive como una interpretación catastrofista de los síntomas que acompañaron al ataque de pánico. Por este motivo la persona desea controlar a toda costa los síntomas relacionados con la crisis, pues para él son señales de peligro, así como también un claro indicio que el ataque de ansiedad se puede repetir de nuevo.
Se produce así lo que se denomina miedo al miedo; el estímulo o causa que provocó la crisis pasa a un segundo plano, y la persona pasa a focalizar su miedo en evitar a toda costa volver a pasar por una situación traumática como la que vivió en el pasado.

Este miedo al miedo contribuye a que los niveles de ansiedad vayan en aumento y que el pensamiento también se vuelve más obsesivo. El individuo abandona aspectos importantes de su día a día,  para focalizarse únicamente en evitar los posibles peligros que amenazan su seguridad, empobreciendo así su calidad de vida.

La vivencia de una crisis de ansiedad suele empezar de forma única y aislada, sin embargo si no se toman medidas al respecto, es muy probable que progresivamente se generalicen a otras situaciones cotidianas de la vida, pudiendo derivar en un trastorno de agorafobia. Actividades tan comunes como salir al cine, ir a cenar e incluso utilizar el transporte público, pueden llegar a ser un verdadero suplicio para la persona que sufre este tipo de trastorno. Para estas personas la vida se vuelve muy limitada y su libertad se restringe de forma drástica, lo que provoca un gran sufrimiento.

Aunque en algunos momentos la medicación puede ayudar con los síntomas de la ansiedad y el pensamiento obsesivo, también es cierto que debemos encontrar estrategias propias que nos permitan controlar nuestros niveles de ansiedad. No se recomienda el uso exclusivo de la medicación por dos motivos. El primer motivo es que con la medicación únicamente podemos tratar los síntomas derivados de la crisis de ansiedad, obviando lo más importante; las causas que la han provocado. El segundo motivo es que la medicación únicamente debería utilizarse como un apoyo al proceso terapéutico, pero no como una solución al problema, pues de hecho no lo es. El uso exclusivo de medicamentos puede derivar en un problema mayor, al crear en la persona una dependencia a estos, así como una creencia que si deja la medicación va a ir a peor, alimentando de esta forma otro miedo más en su vida.




Si has pasado por una crisis de ansiedad, o simplemente sientes que la ansiedad está presente en tu vida, acudir a un terapeuta puede ayudarte. La terapia te va a permitir ampliar el conocimiento sobre la experiencia traumática vivida, y lo más importante, te va ayudar a sanarla. Las sesiones de terapia son una oportunidad única para conocerte mejor, a la vez que aprendes formas más saludables de relacionarte con tus miedos y con tu ansiedad.
Leslie Beebe

Terapia Gestalt y Life Coaching Barcelona

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Terapia para la ansiedad

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"La ansiedad es un desperdicio de la imaginación". Zig Ziglar

¿Te has parado a pensar cuantos pensamientos negativos y limitantes tienes en un día?. Si tomamos conciencia de aquello que pensamos, veremos que muchos de nuestros pensamientos nos limitan y perjudican nuestro bienestar. Son pensamientos que en gran medida parten de nuestra imaginación, pues en la mayoría de ocasiones se refieren a sucesos que no se encuentran en nuestra realidad presente. Son formas de pensar que hemos ido construyendo a lo largo de la vida y que nos generan malestar. 

Entre estos pensamientos encontramos aquellos que cuestionan nuestro potencial y nuestras aptitudes, del tipo; “¿Seré capaz?”, “¿Voy a saber hacerlo?”, “¿Lo haré bien?” , así como otros que también nos afectan negativamente, desvalorizándonos y diciéndonos que no valemos o no servimos para tal o cual cosa, pensamientos del estilo;  “No valgo”, “Ellos pueden y yo no”, “No voy a saber” y tantos otros que nos generan malestar.

Este patrón de pensamiento negativo nos conduce a sufrir de multitud de molestias, tanto físicas como emocionales; desde las frecuentes migrañas a la tan temida ansiedad.
Si quieres saber cómo cambiar tus patrones de pensamiento, para así utilizar tu imaginación de una forma productiva y beneficiosa, la terapia puede ayudarte.

El objetivo del acompañamiento terapéutico es que aprendas a vivir de una forma saludable, de acuerdo a tus propios valores y objetivos, para que así consigas sentirte bien contigo mismo y con tu vida.

Llámame y te informaré sobre la terapia sin compromiso alguno; 645 368 714. Si lo prefieres puedes contactar conmigo por WhatsApp, o bien escribiendo a lesbcn13@gmail.com

Leslie Beebe


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Como Superar la Depresión


Como superar la depresión?, este es una de las preguntas con la que los terapeutas nos encontramos habitualmente. En este artículo comentaré algunos consejos útiles para prevenir y tratar los estados de apatía y tristeza, por los que la mayoría de nosotros pasamos en algún momento de nuestra vida. Igualmente son unos consejos beneficiosos para todas aquellas personas que han sido diagnosticadas y estén sufriendo algún tipo de depresión. Quiero puntualizar que bajo ningún concepto son recomendaciones que sustituyan a la medicación prescrita, ni tampoco tienen como objetivo reemplazar la psicoterapia aconsejable para este tipo de trastornos.

Todos en algún momento pasamos por una época de tristeza; un despido laboral, una ruptura sentimental, una discusión familiar y tantos otros sucesos que nos pueden sumir en un estado generalizado de tristeza. Sin embargo cuando estos estados perduran en el tiempo, son síntoma que hay algo en nuestra vida que no estamos gestionando de forma saludable, y en consecuencia nos urgen a poner atención en ellos. Si no tomamos conciencia de estos mensajes, y en vez de ello preferimos evitarlos o reprimirlos, corremos el riesgo que la tristeza se instale en nosotros de forma permanente, lo que puede desembocar en un trastorno depresivo. Debo puntualizar que la depresión no es únicamente un estado de profunda  tristeza, sino que también comprende otros estados como la negatividad, la apatía, el desánimo, el sentimiento de vacío y el dolor corporal, entre otros, pues varía según cada persona.

El primer paso para recuperar nuestro equilibrio emocional es focalizar cuáles son los aspectos de nuestra vida que no están funcionando y por tanto nos generan inestabilidad; puede ser el trabajo, la pareja o la relación con los amigos, entre muchos otros. Sin embargo en la mayoría de casos es difícil llegar a conclusiones por nosotros mismos, por lo que una mirada externa y profesional como la terapia es recomendable en estas situaciones.  La terapia nos va a ayudar a tomar conciencia de qué aspectos de nuestra vida son disfuncionales, y por tanto nos generan malestar, para así poder tomar acción y encontrar nuevos patrones de vida más saludables.

Dentro de este proceso de toma de conciencia es importante conocer como hemos llegado al punto donde nos encontramos ahora. En este proceso de autoconciencia debemos estar atentos a cuáles son los pensamientos que acompañan a nuestro estado emocional. Los estados depresivos van asociados con pensamientos tóxicos; pensamientos negativos sobre nuestra persona y de desvalorización respecto a nuestras capacidades y recursos. Son pensamientos del tipo;  “no voy  salir de esta”, “no voy a ser capaz”, “no valgo para nada”, “total para qué intentarlo, fracasaré”, “soy feo/tonto/gordo…”, “no soy tan bueno / no sé tanto como los otros”… y tantos otros que únicamente nos limitan y nos generan malestar. Esta forma pesimista  de pensamiento perjudica nuestro equilibrio, derivando en un estado emocional muy negativo, donde la seguridad y confianza en uno mismo quedan seriamente dañadas. La tristeza deja de ser una emoción para convertirse en un estado, convirtiendo la vida de la persona en un círculo vicioso entre pensamiento tóxico y emoción disfuncional del cual es difícil salir por uno mismo.


Si te identificas con los pensamientos mencionados anteriormente no te desesperes, ni pienses simplemente que tú eres así y por tanto no tienes solución. Date cuenta que únicamente son pensamientos, y los pensamientos se instauran en nosotros a través de la rutina y el hábito. Son formas de comportarnos disfuncionales, que seguramente has practicado durante años, y que quizás hasta ahora que ha surgido el malestar no te habías dado cuenta.

Si cambiamos nuestro hábito de pensamiento, es decir sustituimos estos pensamientos negativos por otros más convenientes, con el tiempo veremos los efectos positivos que esta nueva forma de pensar tiene en nuestro estado anímico.
Obviamente cambiar nuestro patrón de pensamiento no es una tarea fácil y suele requerir de constancia y fuerza de voluntad para conseguirlo. A continuación os comento algunos consejos para ayudaros a instaurar un tipo de pensamiento positivo:

El primer paso es poner atención en nuestro estado emocional, por ejemplo cuando sintamos que la tristeza se apodera de nosotros. En ese momento debemos dejar unos momentos para estar en contacto con nosotros mismos y escuchar nuestra voz interior. Cuando escuchemos nuestro discurso interno, también tomamos nota de cuáles son los pensamientos que surgen y que nos generan ese estado emocional. Una vez anotados esos pensamientos nos hacemos las siguientes preguntas al respecto:

1) Comprobar la evidencia del pensamiento: ¿Qué evidencias tengo de lo que pienso es cierto?, ¿Es una realidad que está pasando ahora o es un pensamiento sobre el futuro?, ¿Qué pruebas tengo de ello?, ¿Dispongo de alguna experiencia previa?, ¿Qué pasó en el pasado?, ¿Fueron al final fundados mis temores?.

2) Comprobar su importancia: En caso de que encontremos evidencias de que el pensamiento refleja una realidad, nos preguntamos sobre su relevancia en nuestra vida; ¿Del 1 al 10 cómo de grave es?, ¿Realmente es tan grave como yo pienso?, ¿Cuáles son  sus consecuencias en mi vida? ¿Cuál es el peor de los escenarios posibles?. ¿Cómo me voy a sentir si sucede?.

3) Comprobar su utilidad: En caso de que sea cierto el pensamiento, y a la vez tenga un cierto nivel de gravedad, nos debemos preguntar como de útil es estar pensando en ello, preguntas del tipo; ¿Cambio algo pensando en ello?, ¿Tengo algún control sobre lo que puede suceder?, ¿Qué me aporta tener ese pensamiento en la cabeza?, ¿Soluciono algo pensando en ello?.

Una vez comprobados estos parámetros seguramente nos daremos cuenta que el pensamiento no ha pasado el filtro de las tres preguntas. Aunque es verdad que no podemos controlar aquello que pensamos, sí lo es que podemos escoger el grado cómo nos afecte. Una vez disponemos de los pensamientos y al haber comprobado los parámetros anteriores, debemos sustituirlos por otros más saludables. Por ejemplo si tenemos un pensamiento disfuncional como; “no valgo nada, todo lo hago mal”, sustituirlo por otro del tipo “me quiero y voy a demostrarme lo que valgo”. Una vez trasformados, escribimos y colocamos los nuevos pensamientos en un lugar visible, para así leerlos cada día durante unas semanas. De esta forma reforzamos el nuevo hábito de pensamiento.

Un segundo paso para salir de los estados depresivos es evitar nuestra tendencia a querer controlar aquello que sentimos. Por norma general nos disgusta sentir emociones como el miedo o la tristeza. Cuando éstas aparecen nos asustamos y deseamos eliminarlas de nuestro interior, para así recuperar nuestro bienestar. En esta lucha por no sentir y querer controlar aquello que sentimos, lo único que conseguimos es desgastarnos y disparar nuestro pensamiento disfuncional, alimentando nuestro malestar. Por este motivo es recomendable tomar una actitud de no lucha, adoptando un rol de observador, sin juzgar ni querer intervenir sobre aquello que estamos sintiendo. Si nos dejamos estar en nuestro malestar veremos como al cabo de unos momentos, al abandonar la actitud de resistencia y lucha, la molestia se reduce considerablemente. Como con el pensamiento positivo, la actitud de observación también requiere de una constancia para que se fije como un hábito, por este motivo es recomendable que destinemos unos momentos durante el día para meditar o simplemente estar en silencio, en contacto con nosotros mismos, para así practicar el rol de observador. Como dice la siguiente frase:

“Cuando la angustia llegue, cuando la depresión acose, míralas pero no las abraces, contémplalas pero no las invites”. Anónimo.


Si sientes que necesitas ayuda con la depresión, llámame o WhatsApp al 645 368 714 o escribe a lesbcn13@gmail.com

Un tercer y último paso es la activación. Una de las características principales de los estados depresivos es la inactividad. La inactividad va asociada a toda una serie de pensamientos limitantes del tipo; “para qué hacerlo”, “tampoco me lo voy a pasar bien”, “ya no me gusta como antes”, “me da pereza”… estos y otros pensamientos similares nos llevan a un estado emocional de baja energía, apatía y falta de ilusión. Si dejamos que estos pensamientos se instalen en nosotros, contribuimos a hundirnos más en nuestro estado depresivo. Ante ellos la reacción debe ser de escucha, pero no de aceptación de este tipo de pensamientos. Como hemos dicho anteriormente no podemos evitar que estos pensamientos surjan, pero si la forma como nos afectan. Obviamente, y tal como nos dice nuestra experiencia, si hacemos caso a su mensaje no vamos a salir de nuestro estado de inactividad y desilusión. En cambio si reaccionamos ante ellos de forma diferente, entendiendo que únicamente son pensamientos, y que nosotros somos los que decidimos y tenemos el control, la respuesta va a ser muy diferente. Debemos tener claro que no vamos a permitir que nuestro estado de ánimo determine nuestra actividad.

Así mismo, es normal que en este estado depresivo, actividades con las que disfrutábamos antes ahora no nos apetezcan en absoluto. Sin embargo es importante dar una oportunidad a la acción y tirarse a la piscina; practicar de nuevo esas actividades que antes nos hacían gozar, pero sin la presión de tener que disfrutar con ellas o que nos tengan que gustar como antes. Seguramente, si nos damos esa oportunidad, y a medida que volvamos a practicar estas actividades de forma habitual, también veremos como poco a poco las ganas y la ilusión aparecen de nuevo. Debemos ser flexibles con nosotros mismos y dar tiempo al tiempo.

Por último quiero puntualizar que salir de un estado depresivo no es fácil ni rápido, requiere de paciencia y constancia por parte de la persona que los sufre, pero también por parte de las personas que conviven con ella y que le apoyan en su proceso. “Sin prisa pero sin pausa” debe ser el principio que permita a la persona  ir saliendo de su estado depresivo, y  así recuperar su equilibrio emocional.

Leslie Beebe


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Como Tratar con Personas Tóxicas

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Seguro que todos hemos oído hablar de las personas tóxicas, también denominados vampiros emocionales. Ya sea en el trabajo, con los amigos e incluso en el ámbito familiar pueden aparecer personas con las que es difícil relacionarse. Este tipo de personas se caracterizan por influir negativamente en nuestro estado de ánimo, dejándonos tristes, apáticos o malhumorados. En un nivel energético son individuos que tienen una gran capacidad de absorber nuestra energía positiva y nuestro buen humor, dejándonos con una sensación de baja energía, de aquí el nombre de vampiros. Sin lugar a dudas, los comentarios y el comportamiento de las personas tóxicas pueden perjudicar nuestro equilibrio emocional, si no sabemos ponerle freno.

En ocasiones nos podemos encontrar con personas tóxicas y no ser conscientes de ello hasta al cabo de un tiempo, cuando sentimos sus efectos en nuestro estado anímico y en nuestra salud. Por este motivo os comento algunas de las características que pueden identificar a este tipo de personas.  Las personas tóxicas son seres infelices, con un pensamiento negativo hacía su persona y hacía todo lo que les rodea. Suelen ser individuos que viven desde la vergüenza y la culpa, proyectando su malestar en el resto del mundo y no responsabilizándose de su persona. Con frecuencia se muestran hostiles, narcisistas, déspotas, demandantes y egoístas. También se les puede identificar por mostrar una actitud controladora y manipuladora hacía el resto de personas.

Aunque existen diversos tipos de comportamientos tóxicos, podemos englobarlos en dos grandes grupos. El primer grupo son las personas hirientes- agresivas. Dentro de este grupo encontramos personas narcisistas, criticonas, pedantes y los peores, los agresivos verbales y descalificadores. En general  son personas críticas con la vida, pesimistas, que no se alegran por nada bueno de lo que les pasa a ellos ni al resto del mundo.  Suelen ser personas con una gran negatividad, perciben la vida desde una óptica caracterizada por los celos, la frustración y el resentimiento. A menudo creen tener un conocimiento superior al resto de mortales, por este motivo piensan que poseen el saber absoluto sobre cómo hacer las cosas, y así se lo hacen saber a su entorno. Su objetivo es manipular al resto de personas para ganar control y poder sobre ellas. El fundamento de esta actitud es suplir su baja autoestima y su inseguridad personal, la cual camuflan detrás de esta máscara de superioridad. En el caso de los agresivos verbales son personas beligerantes, que viven de la descalificación personal. Son individuos que buscan constantemente el enfrentamiento, cosa que puede resultar realmente desesperante para las personas que han de convivir con ellos.


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El segundo de los grupos es el de los pasivos-victimistas. Este tipo se caracteriza por ser personas muy pesimistas con el mundo, con una visión negativa sobre sus recursos y capacidades. Necesitan constantemente de la ayuda y del apoyo del resto de personas, manipulando desde el victimismo y la queja constante. Se caracterizan por frases del tipo : “todo lo malo me pasa a mí”, “mi vida no tiene sentido” y “pobre de mi”. Aunque no son personas con una actitud agresiva ante el resto como puede ser el primer tipo, contagian al resto con su energía negativa. Este tipo de personas se caracteriza por una búsqueda constante de aprobación y aceptación en su entorno, pues no disponen de un concepto real de su valía personal. Esta pobre imagen de si mismos se refleja en una baja autoestima y una falta de amor propio, por este motivo no creen merecer nada bueno de lo que les pasa en su vida.

Aunque la forma más sencilla de protegerse de las personas tóxicas es poner distancia y relacionarse con ellas lo mínimo posible, existen entornos familiares o de trabajo donde esto no es posible, por lo que debemos aprender mecanismos que nos protejan de su influencia. Seguidamente os menciono algunos consejos que pueden ser de ayuda en estos casos:

Como ya hemos comentado anteriormente, el individuo tóxico desea manipularnos para así obtener control y poder sobre nosotros. Para evitar este control es importante que evitemos al máximo el contacto con ellos; por ejemplo comunicar a la persona tóxica que a partir de ahora la relación será estrictamente telefónica, anulando los mensajes teléfonicos y whats apps, los cuales  pueden generar en nosotros un mayor nivel de ansiedad. Otra opción es reducir en lo posible los encuentros personales, y cuando estos sucedan siempre intentar que sea con más gente y lo más breves posibles.

Sería recomendable entender que el enfrentamiento con este tipo de personas suele resultar inútil. No debemos tomar como personal aquello que nos dicen, hemos de tener claro que no somos nosotros los que vivimos desde el malestar, son ellos. Con frecuencia la gente tóxica intenta manipularnos haciéndonos creer que hemos hecho algo incorrecto o malo y por ello debemos sentirnos mal. Como nosotros somos muy susceptibles al “botón de la culpa”, si nos lo tomamos como algo personal activaremos la inseguridad y surgirá la duda en nosotros, afectando negativamente nuestros niveles de autoestima. Sin embargo reaccionar de forma pasiva tampoco es la solución recomendable ante estos casos, pues sería como dar la razón a la persona tóxica, perjudicando nuestra  autoestima y la seguridad en nosotros mismos. Ante estos individuos la mejor de la opciones es la de ser asertivo y reaccionar con firmeza; escuchar a la persona y concienciarnos que nada de lo que nos diga nos afectará, pues como ya hemos dicho el malestar mostrado por el tóxico no va con nosotros sino son él. Se le puede responder con comentarios del tipo: “Gracias por tu comentario, pero nadie mejor que yo para saber lo que quiero/lo que me conviene”, “Puedo entender tu opinión, pero yo tengo la mía y actúo en consecuencia”, "No voy a permitir que critiques a tal persona si no está presente". Es importante tomar una distancia respecto a las palabras de la persona tóxica, esto facilitará que no nos quedemos enganchados en su discurso, evitando también el rencor y el malestar derivado de ello. Podemos recordar las palabras de la escritora Eleanor Roosevelt al respecto, la cual dijo; “Nadie puede herirte sin tu consentimiento”.


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En caso de toparnos con personas tóxicas que nos falten al respeto, con comentarios despectivos y desvalorizadores hacía nuestra persona, debemos mostrarnos firmes, sin dejar que se traspasen nuestros límites. Es aconsejable adoptar una actitud firme, sin gritar pero dirigiéndonos a esa persona con voz asertiva, mirándole a los ojos y recordándole que no vamos a permitir que se nos falte al respeto bajo ningún concepto. Recordemos que se puede ser asertivo sin herir ni mostrarse agresivo ante el otro. Es importante que seamos nosotros los que pongamos nuestros límites, y no dejar que el resto de personas lo haga por nosotros.

Otro aspecto relevante es mantener una actitud de serenidad ante los ataques de la persona tóxica. Es recomendable evitar que las expresiones sarcásticas, agresivas o irónicas afecten nuestra sensibilidad. No olvidemos que quien nos agrede nos demuestra su debilidad, y por tanto debemos evitar caer en ella. Como dijo el filósofo Gerardo Schmedling: “La mejor defensa no es un buen ataque, sino no sentirse atacado”.

Otra recomendación ante las personas tóxicas es rehuir las peleas o discusiones, pues lo único que vamos a conseguir con ello es salir desgastados, enfadados y sin haber resuelto nada.  La mejor forma de comunicarnos con las personas tóxicas es ser directos y asertivos, expresándoles como nos hace sentir su actitud y su discurso, sin entrar en la crítica y el juicio hacía el otro. Es importante entender que tanto el diálogo como el enfrentamiento no son una opción válida ante este tipo de personas. Aunque es verdad que en muchos casos la persona tóxica no se va a dar por aludida, podemos quedarnos tranquilos, pues habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para hacerle consciente de su actitud.

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En caso de toparnos con una persona tóxica que tiene como discurso la victimización, debemos evitar caer en su trampa y sentir lástima o pena por ellos. Intentar erradicar su dolor con nuestro apoyo y atención únicamente les reafirma más en su papel de sentirse incapaces y no válidos ante la vida. En estos casos lo mejor es ser directos con la persona, y comunicarle que si quiere salir de la situación en la que vive, el único responsable es él, y que nosotros no nos vamos a responsabilizar de su vida ni de su persona. Otra línea de acción con este tipo de personas es responder a sus comentarios negativos y de desvalorización, con otros comentarios positivos y que muestren lo positivo en su vida. Como el victimista no obtendrá el apoyo deseado, y la confirmación de su inutilidad, seguramente pronto abandonará sus intentos de manipulación. También en estos casos es posible reaccionar cambiando de tema rápidamente, o bien utilizar la ironía en nuestros comentarios Ante estas situaciones y como el victimista tampoco obtendrá la respuesta deseada en ningún caso, seguramente abandonará su tentativa de manipulación.

Un punto clave cuando hablamos de relacionarnos con personas tóxicas es tener en cuenta un principio básico; no debemos permitir que nadie manipule nuestros pensamientos, emociones ni sentimientos. Cuando las palabras de la otra persona hace que pongamos en duda la confianza en nosotros mismos y nuestra autoestima, estamos dando a esa persona un poder sobre nosotros que realmente no tiene. Obviamente esto no significa que no nos afecte nada, seguramente nos sentiremos dolidos si un familiar o un amigo nos falta al respeto, sin embargo una vez tomamos conciencia de nuestro dolor, el sufrimiento derivado de ello es nuestra responsabilidad.

Leslie Beebe


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