El miedo al cambio

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El miedo al cambio es una de los principales manifestaciones del miedo como emoción.
La pregunta a la que me gustaría responder es;  ¿Por qué tenemos tanto miedo al cambio en nuestra vida?

La clave está en que cambiar significa salir de nuestra zona de confort. Denominamos como zona de confort aquella área de nuestra vida en la que nos sentimos cómodos, que conocemos y donde nos da la sensación que de alguna forma controlamos. Sin embargo, comodidad no siempre es sinónimo de bienestar. Muchos de nosotros vivimos esta zona de confort como una zona de seguridad, en la que no estamos mal, pero en la que tampoco acabamos de sentirnos plenamente satisfechos.

Cambiar significa dejar lo conocido, por algo desconocido, término que por definición, significa que no tenemos conocimiento de ello, y en consecuencia tampoco sabemos si será mejor o peor que nuestra situación actual. Asimismo, en un gran número de ocasiones relacionamos cambiar con la posibilidad de perder aquello que ya hemos conseguido hasta el momento. De esta forma aparecen preguntas del tipo; “Y si cambio y es peor de lo que tengo ahora?”, “Y si cambiar significa poner en riesgo aquello que ya tengo?”. Preguntas limitadoras, que favorecen la aparición del miedo en nuestro interior.

Os pondré un ejemplo de un cliente que tuve hace un tiempo en terapia, en el que se refleja esta dicotomía entre conservar lo que uno tiene (aunque no sea aquello que se desea), o bien cambiar. (Por motivos de confidencialidad se ha modificado la información personal del cliente.)

Luís tiene 42 años y lleva trabajando como arquitecto en una empresa desde hace 15 años. Es un profesional reputado, y tiene un nivel salarial elevado, sin embargo siente que en los dos últimos años la insatisfacción en su puesto de trabajo ha ido en aumento. Un día, de forma casual, en su tiempo libre, empieza a practicar la jardinería. Una actividad que siempre le había atraído, y que en su momento había querido estudiar, pero que por presiones familiares no pudo. A medida que pasan los meses, Luís retoma el gusto por la jardinería, se apunta a cursos de fin de semana y empieza a plantearse la posibilidad de dejar su trabajo, y empezar una nueva actividad empresarial en el sector de la jardinería. A medida que pasan los días, Luís se siente cada vez más insatisfecho en su trabajo, incluso empieza a somatizar este malestar a través de  insomnio y síntomas de ansiedad.

Luís empieza a vivir un conflicto interno; donde se debate una parte más instintiva, y a la vez más genuina, que le incita a realizar un cambio profesional, y otra más mental, que constantemente futuriza sobre los posibles peligros que comportaría dejar su trabajo actual. De esta forma surge en Luís el miedo al cambio. Me comenta que su miedo principal estriba en adentrarse en un sector empresarial desconocido para él hasta ese momento, así como el miedo a perder el estatus social y económico que había conseguido en sus últimos años como arquitecto. Se despiertan en él multitud de preguntas catastrofistas del tipo ¿y si….?, que le inmovilizan y hacen que la tensión en su interior vaya en aumento.

Os preguntaréis como acabó la historia. Como terapeuta estuve guiando a Luís en su proceso de decisión, aunque tenía claro el cambio, multitud de miedos le impedían realizarlo; tenía miedo a su futuro económico, a la opinión del resto de personas, a perder su estatus social…  Con la terapia Luís fue capaz de tomar conciencia de sus miedos, así como también darse cuenta de su gran dificultad para tomar una decisión. Finalmente un hecho lo cambió todo; una noche sufrió una crisis de ansiedad que le llevó a urgencias. A partir de ese momento su percepción de la situación cambió radicalmente. Únicamente deciros que al cabo de dos meses dejó el trabajo y empezó su proyecto empresarial en el sector de la jardinería. Hace un año que acabamos la terapia con Luís, cuando lo dejamos él estaba empezando en su nuevo negocio. Hace unas semanas me pidió hacer un par de sesiones, en las cuales me comentó que aunque tuvo unos primeros meses duros, actualmente su negocio va bien. Me dijo que se encuentra muy satisfecho con su trabajo actual y que ojalá hubiese tomado la decisión antes.

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Para mí el ejemplo de Luís refleja perfectamente este miedo al cambio, tan común en nuestra sociedad. A raíz de este caso, quizás la pregunta a responder sería  ¿por qué hemos de llegar hasta situaciones tan extremas para realizar cambios en nuestra vida?.

En mi opinión la respuesta se encuentra en que no estamos acostumbrados a tomar decisiones, así como a responsabilizarnos de ellas, de hecho no se nos educa para ello. Desde pequeños nuestro entorno social y educativo condiciona nuestro pensamiento;  no se nos incentiva a pensar por nosotros mismos, sino más bien a seguir un modelo colectivo y social determinado. De esta forma construimos nuestra vida, más movidos por el miedo a obedecer las exigencias externas, es decir cumplir con aquello que supuestamente debemos hacer, que a confiar en nosotros mismos y dejarnos ser. Desde estas máscaras creamos una zona de confort, en la que sentirnos a salvo, con el fin de salvaguardarnos al máximo de la incertidumbre que nos genera el futuro, y para así también poder ejercer el máximo control sobre nuestras vidas.

Desde estos condicionamientos, se genera en nosotros una gran inseguridad y un bajo nivel de autoconfianza. De esta inseguridad deriva nuestro miedo a perder aquello que hemos conseguido hasta el momento (ya sea un trabajo, un estatus social, una pareja…), pues eso supondría para nosotros un gran dolor, pues en cierta forma significaría perder parte de nuestra identidad, perder aquello que nos define, y eso aterroriza a nuestro ego.  Sentimos miedo ante los cambios, pues nadie nos asegura que el cambio nos dejará en una posición mejor de la que estamos ahora; en definitiva no nos gusta sentir la inseguridad en nuestra vida.

Esta inseguridad que sentimos ante la vida, no deja de ser más que la inseguridad que sentimos hacía nosotros mismos, derivada de nuestra falta de confianza. Ante esta situación de inseguridad personal, donde uno se encuentra limitado por el miedo a emprender acciones que le lleven al cambio, el miedo únicamente puede ser vencido cuando el nivel de sufrimiento es superior al miedo al cambio. En el caso de Luís, el sufrimiento vivido durante su crisis de ansiedad, fue superior a su miedo a cambiar su situación laboral. A partir de ese momento Luís fue capaz de realizar el cambio profesional que tanto anhelaba.Ante este nuevo paradigma, aparece un cambio de mentalidad en el que uno ya no se pregunta;  “¿Cómo puedo saber si el cambio me traerá algo mejor”, sino que uno se dice a si mismo; “en esta situación no puedo seguir” . Esta nueva perspectiva es la que facilita el cambio. 

Las crisis y las situaciones extremas, aunque duras, nos conectan con el presente, nos obligan a transitar por aquello que tanto nos duele,  generando en nosotros un nivel elevado de sufrimiento. Una vez transitamos el dolor, pensamos que aquello que venga, aunque desconocido y generador de miedo, no será tan malo como el sufrimiento por el que hemos pasado. Desde este nuevo punto de vista, también podemos tomar conciencia de otro aspecto importante, y es el de darnos cuenta que la zona de confort en la que nos habíamos posicionado durante años, no era ni tan segura ni tan controlable como siempre habíamos creído. Esta experiencia nos enseña que limitarnos a nuestra zona de control nos priva de experimentar y aprender sobre nosotros mismos, en definitiva de crecer como personas.

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Debemos pues dejar de juzgar al sufrimiento como algo negativo, pues aunque a nadie nos gusta sufrir, a veces es la única vía para facilitar el cambio en nuestras vidas. Del sufrimiento pueden surgir grandes aprendizajes.


Leslie Beebe


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Dependencia Emocional y Terapia

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“La mayoría de miedos de ser rechazado descansan en el deseo de ser aprobados por otras personas. No bases tu autoestima en sus opiniones”. Harvey Mackay

En la vida existen multitud de relaciones de pareja, cada una de ellas definida por unos aspectos personales, y también según otros aspectos derivados de la dinámica funcional de la pareja. Por tanto, ante tal variedad, es difícil generalizar qué criterios debería cumplir una pareja para mantener una relación saludable y duradera en el tiempo. En mi opinión, existe uno de principal, que es la necesidad de que cada individuo mantenga su centro personal en la relación, es decir que ambos miembros disponga de una identidad propia y claramente definida. Cuando esto no sucede, podemos encontrarnos con dinámicas relacionales tóxicas, susceptibles de que aparezca la dependencia hacía el otro. En casos de dependencia emocional, la relación se resiente, pues el deseo hacía el otro, propio de la relación, se transforma en un estado de necesidad versus la pareja; donde el dependiente únicamente se valora y ama a través del otro. En estos casos, se vive la relación desde la total confluencia con la pareja, una fusión en la que el Yo propio no tiene la fuerza suficiente para poner límites y sostenerse por sí mismo.

Los motivos por los que una persona desarrolla dependencia emocional hacía su pareja son múltiples, sin embargo suele estar directamente relacionado con el tipo de apego que la persona haya experimentado en su infancia y adolescencia. Entornos en que los padres se muestran inconsistentes con sus hijos, es decir situaciones donde los padres tanto se pueden mostrar cálidos y atender a las peticiones del niño, como mostrarse fríos e ignorar las demandas de su hijo, pueden ser el inicio de la futura dependencia.

Esta reacción parental inconsistente, puede llevar al niño a sentir inseguridad en la relación con su figura de apego. De esta forma el niño aprende a no confiar en esta figura, pues se siente inseguro sobre si esa persona atenderá a sus necesidades.

Este tipo de apego vivido en la infancia, condicionará la búsqueda de apego en la edad adulta. Cuando el apego no fue seguro en los primeros años de vida, el niño no puede consolidar unos vínculos afectivos firmes con los demás, pues aspectos como la seguridad, la autoestima o la capacidad para afrontar situaciones nuevas, no se encuentran firmemente desarrolladas. En estos casos la sensación de soledad, de desconfianza hacia el otro, así como la sensación de fragilidad y la falta de confianza en uno mismo se amplifican. El dependiente reproduce este tipo de apego vivido en los primeros años en la edad adulta, buscando que la pareja le llene el vacío de amor que reside en su interior. Una causa perdida, pues nadie va a poderle dar el amor que no se tiene hacía sí mismo.

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A continuación os presento algunos de los síntomas más comunes de la dependencia emocional:

Baja autoestima: la autoestima es el amor y la valoración hacía uno mismo. La persona que sufre de dependencia tiene una pobre percepción de sí mismo, se valora poco y busca que el amor de la pareja subsane esta carencia que siente en su interior. Como en toda relación saludable debe existir un equilibrio entre dar y recibir. En estos casos el dependiente difícilmente lo puede cumplir, principalmente por dos motivos; el primero porque suele confundir el amor recibido con el amor hacía sí mismo. El segundo motivo es porque difícilmente va a poder dar un amor a su pareja del cual actualmente no es consciente.

Terror al abandono: el dependiente se aferra a la pareja como una fuente de valoración y amor hacía sí mismo; “Valgo según el otro me aporte”. Por este motivo son personas que tienen pánico a ser dejados por la pareja,  pues eso les llevaría a conectar con el vacío de amor que sienten en su interior.  Relacionado con este gran miedo es común que la persona desarrolle una dependencia hacía el otro, como una droga, apareciendo el síndrome de abstinencia cuando considera que la pareja se aleja o no le está dando toda la atención que él considera necesaria. Esta conducta dependiente suele derivar en ideas obsesivas, así como en un estado de ansiedad generalizado y síntomas depresivos, los cuáles dificultan el día a día de la persona.

Miedo a la soledad: relacionado con el punto anterior, el dependiente no soporta estar a solas consigo mismo, pues esta situación le genera ansiedad. La soledad es percibida como que nadie está por ellos, que nadie les quiere, derivando en pensamientos obsesivos y de desvalorización personal. Si la persona no toma conciencia de su patrón relacional, puede estar encadenando relaciones de este tipo, una tras otra, con el único objetivo de no quedarse solo y así evitar sentir el vacío.

Idealización de la pareja: el dependiente suele enamorarse fácilmente, pues existe una necesidad imperiosa de ser visto y apreciado por el otro, para de esta forma sentirse bien consigo mismo. Suelen ser personas con una gran capacidad para proyectar en el otro aquello que buscan, dejando de lado a la persona que tienen delante. La pareja se convierte en un  ídolo, alguien a quien adorar. No obstante esta proyección en el otro, al no ser real, pronto se desmorona, pues siempre surge algún punto de duda que hace que el dependiente empiece a desconfiar de su pareja. En estos casos el dependiente se suele posicionar como la víctima, con frases del tipo “todos/as sois iguales”, “siempre me fallan”, “yo que lo he dado todo”… en definitiva culpan al otro de su situación y se niegan a responsabilizarse de su papel en la relación.

Priorización de la pareja: la idealización, anteriormente comentada, deriva en que el dependiente priorice por encima de todo a su pareja. Su mundo únicamente se centra en la otra persona, dejando de lado el resto de aspectos en su vida. Esta actitud puede provocar que la persona se aísle de su familia, de sus amigos, e incluso que pueda llegar a dejar su trabajo si considera que éste le supone un obstáculo en la relación.

Generalización de actitudes de chantaje emocional: relacionado con el punto anterior, el dependiente concibe como una traición que la pareja no esté por él las 24 horas del día. No concibe que la otra persona pueda tener una vida, con sus amigos, sus intereses, su trabajo, etc… Por lo que el dependiente suele reaccionar desde la víctima, utilizando algún tipo de chantaje emocional, con la intención de generar culpa en el otro, son comunes frases del tipo; “con todo lo que yo hago por ti”, “yo me sacrifico por ti y tu mira como respondes”, “yo te doy todo y tú no me das nada”, “no estás por mi”…

Angustia emocional: cuando el dependiente percibe que no recibe lo que necesita, vuelca su inseguridad y su angustia en el otro. Si el dependiente recibe atención, por ejemplo cuando recibe un mensaje de teléfono se siente calmado, pero es una sensación poco duradera, como una droga, en que cada vez la necesidad de que el otro le confirme su amor y su valía va en aumento. Se entra así en un bucle generador de ansiedad, en que no solo sufre el dependiente, sino también la pareja, pues esta última se siente agobiada ante tal nivel de exigencia y de presión.

Si te sientes identificado con alguno de los puntos anteriormente citados, quizás estés viviendo tu relación de pareja desde la dependencia. En este caso es importante que tomes cartas en el asunto lo más pronto posible y busques ayuda terapéutica. La dependencia emocional genera un gran sufrimiento para aquel que la vive, difícil de entender para aquellas personas que no hayan pasado por una experiencia similar.

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La terapia puede ayudarte a eliminar la dependencia emocional, para que así aprendas a vivir tus relaciones de una forma saludable. Es importante entender que la dependencia no tiene que ver con la pareja, sino con nosotros mismos. La terapia es un trabajo personal que permite ganar autoestima y confianza en uno mismo, las cuales son la base para una relación estable y satisfactoria con el otro. Únicamente partiendo de la estima y valoración propias, podremos ofrecer un amor sano y desinteresado a nuestra pareja.

Leslie Beebe


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Terapia y gestión del miedo

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“Aprendí que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre el miedo. El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista su miedo”. Nelson Mandela.

Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo, junto a la alegría, la tristeza y el enfado forman parte de las emociones básicas. Se denominan básicas porque son comunes en todas las culturas y sociedades a lo largo del tiempo. Debido a nuestra forma de percibir el mundo e influenciados por la sociedad y la cultura en la que vivimos, polarizamos la realidad, diferenciando entre aquellas emociones que definimos como “buenas” y otras “malas”. Entre las malas incluimos emociones como la tristeza, el enfado y el miedo, pues nos generan una sensación desagradable, mientras que otras como la alegría las consideramos buenas, pues nuestra percepción de ella es agradable. Sin embargo, si hacemos un análisis más en detalle, veremos que emociones como la alegría, pueden acabar percibiéndose de forma negativa, según el grado en que las vivamos; por ejemplo por exceso la alegría nos puede llevar a la euforia, estado en que no vemos al otro y en el que podemos volvernos temerarios, con el peligro que esto puede conllevar para nuestra salud. De esta forma toda emoción presenta un lado sano y otro neurótico. Esta diferenciación surge de dos aspectos que considero fundamentales:

El primero es la cualidad de la emoción como algo temporal. Esta afirmación parte del principio que la emoción surge como producto de la relación que establecemos con algo o con alguien en un momento determinado. Cuando el estímulo desaparece, también debería hacerlo la emoción. Si la emoción permanece en el tiempo podemos empezar a pensar en una emoción irracional y desproporcionada. Por ejemplo imaginemos que  salimos a la calle y está a punto de atropellarnos un coche. Nuestro cuerpo reaccionará ante la situación presente sintiendo miedo, el miedo nos alertará del peligro inminente y nos permitirá actuar. No obstante, si a partir de ese día nos negamos a salir a la calle por miedo a ser atropellados, convertimos una emoción racional y práctica, en otra de irracional y patológica, pues el estímulo que originó el miedo ya ha desaparecido.

En segundo lugar, y como ya he comentado, el juicio que hacemos de las emociones también es un condicionante importante en cómo las vivimos. El miedo por ejemplo es una emoción habitualmente criticada, evitada e incluso negada, pues tradicionalmente la asociamos con ser débil y cobarde. Seguramente todos tenemos vivencias personales al respecto, sobretodo en la infancia, cuando se nos alentaba a tener que ser valientes y a dejar el miedo de lado.

Si partimos de estos dos aspectos, podemos hablar de dos tipos de miedo, uno funcional y otro limitante. El miedo funcional nace de una sensación de amenaza ante un peligro presente, por el posible daño que éste nos puede causar. Este tipo de miedo nos aporta prudencia, nos permite reaccionar rápidamente ante una situación susceptible de causarnos daño y nos faculta para anticipar problemas. En su vertiente saludable, esta emoción nos ayuda a valorar aquello que consideramos importante en nuestra vida, para así tomar las decisiones que estimamos oportunas. Es un tipo de miedo que favorece la experiencia y el aprendizaje en nuestra vida, pues nos enseña a distinguir entre aquello que nos conviene y aquello que nos daña. Sin este miedo no hubiésemos podido avanzar como especie.

A diferencia del miedo funcional, el limitante es aquel que nos paraliza, nos enfría bloqueando la experiencia presente. Este tipo de miedo está relacionado con peligros imaginarios, con origen en alguna experiencia vivida en el pasado, o bien con la previsión catastrófica que hacemos de hechos futuros. Ambos tienen en común que únicamente existen en nuestra mente, y no en la realidad presente. A diferencia del miedo funcional, el limitante queda enganchado en nosotros, y no desaparece al hacerlo el estímulo externo que lo ha generado. En estos casos la emoción se convierte en neurótica, se transforma en un estado alterado de percepción de la realidad, una percepción distorsionada que alimenta cada vez más nuestro miedo. En estos casos perdemos la capacidad de vivir el presente, y nos sumergimos en una fantasía en que la realidad es vista como amenazante y llena de peligros. Este tipo de miedo disfuncional puede llevarnos a sufrir de ansiedad,  pánico, y fobias, entre otros; estados patológicos que requieren de ayuda terapéutica.



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Respecto al miedo, y a las emociones en general, es importante destacar un punto esencial, y es que no son los estímulos en sí lo que nos da miedo, sino la asociación que hacemos de ellos. Es por tanto una interpretación subjetiva, que en mayor grado se deriva de experiencias personales, valores y creencias propias. Por este motivo una gestión saludable del miedo parte por relacionarnos con éste desde otro lugar, viéndolo como un aliado, en vez de como a un enemigo. Debemos comprender que el miedo no es dañino, es su gestión la que puede serlo.
Con el objetivo de mejorar nuestra relación con el miedo, aquí os dejo unas recomendaciones que os pueden ayudar a gestionarlo de una forma más saludable:

Primero: detectar a qué tenemos miedo. Existen multitud de miedos, concretar nuestro miedo ayuda a no exagerarlo ni a minimizarlo.

Segundo: Relacionado con el primer punto, es importante que nos preguntemos si el miedo surge por un estímulo real, presente, o bien si tiene su origen en nuestra mente, ya sea por alguna experiencia pasada, o por una proyección que hacemos sobre el futuro.

Tercero: Permitirse sentir el miedo, no juzgarlo ni luchar contra él. La tendencia general es la de reprimir o evitar las situaciones, cuando asumimos que estas pueden ser generadoras de miedo. La evitación únicamente debe ser utilizada en casos puntuales, por ejemplo cuando ante una situación externa, y después de hacer un balance entre la amenaza percibida y nuestros recursos, estimamos oportuno evitar la situación. Un ejemplo podría ser tener que enfrentarnos en una pelea a un tipo experto en Karate y que mida el doble que nosotros, lo prudente sería en este caso la evitación, si no queremos que nos hagan daño.

Cuarto: asumir nuestra responsabilidad de gestionar lo que nos pasa, lo que sentimos y el juicio que aparece ante lo que nos sucede; por ejemplo no es lo mismo decirnos; “soy un cobarde si siento miedo”, que  “tengo miedo, lo asumo y puedo hacer algo”. Es importante darnos cuenta de cuáles son nuestras creencias y nuestros valores al respecto. Por este motivo debemos tomar conciencia de qué apariencia adopta nuestro discurso interno ante el miedo; por norma general los mensajes que nos mandamos toman dos formas, una como la voz acusadora, que nos juzga y nos envía el mensaje de que no deberíamos sentir ese miedo. Esta es una voz que nos apremia a tener que controlar la emoción. Por otro lado aparece la voz de la víctima, la que no quiere responsabilizarse, la que desea evitar la situación a toda costa. La víctima se apoya en el discurso “pobre de mi” y culpa al mundo y al resto de personas del miedo que siente. En ambos casos son mensajes que nos bloquean y nos paralizan ante el miedo, contribuyendo a hacerlo aún mayor.



Quinto: entender que el miedo es una emoción vinculada a estar vivos. Siempre que queramos progresar y evolucionar en nuestra vida seguirá apareciendo el miedo. Lo desconocido nos da miedo, salir de nuestra zona de confort nos incomoda, sin embargo crecer significa adentrarse en caminos desconocidos. El miedo nos aporta conocimientos y aprendizajes; si evitamos estas situaciones nos estancamos en lo conocido y no avanzamos en nuestra evolución personal.

Sexto: legitimar el miedo como algo inevitable en nuestra vida, entender que el miedo es común a todos los humanos y que no debemos castigarnos por sentirlo. Quién no siente miedo o bien sufre de algún trastorno mental o bien es un inconsciente.

Séptimo: entender que una correcta gestión del miedo pasa por transitarlo, no evitarlo, tampoco posponerlo, ni reprimirlo. La evitación únicamente conduce a que nuestro miedo se haga mayor, y deriva en situaciones en que aparece el miedo al propio miedo. Una de las formas efectivas para transitar el miedo irracional y limitante es conectar con el presente. Esta conexión la podemos hacer a través de tomar conciencia de nuestra respiración y de cómo sentimos la emoción en nuestro cuerpo. Lo importante es dejarnos vivir la emoción, sin querer censurarla ni controlarla. A partir de ese momento podemos adoptar diversas acciones, algunas de tipo externo, como expresar a alguien abiertamente nuestro miedo, o bien de tipo interno, como enviarnos a nosotros mismos mensajes tranquilizadores y reductores del miedo.

Octavo: aunque transitar los propios miedos no es tarea fácil ni rápida, hemos de ser conscientes de lo que supone no enfrentarse a ellos, al final uno es responsable de cómo quiere vivir sus miedos. Vivir evitando o reprimiendo situaciones susceptibles de provocarnos miedo, nos conduce a limitar nuestra vida y a perder los beneficios que nos puede aportar la experiencia vivida.

Si sientes que tu vida la controla el miedo y no tú, y te gustaría aprender a gestionar esta emoción de forma saludable, la terapia puede aportarte soluciones. Con la terapia tendrás el apoyo necesario para poder relacionarte con el miedo desde una nueva perspectiva, una más saludable y beneficiosa para tu vida.


Leslie Beebe


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Sobre la terapia y la labor del terapeuta

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Fuera del mundo de la terapia,  existen gran cantidad de prejuicios en torno a la labor que hacemos terapeutas y psicólogos. La mayoría de estos prejuicios giran en torno a unas creencias erróneas, respecto a la figura y la función que desempeñamos en la relación de ayuda con el cliente. Para aclarar dudas y disipar temores, he estimado oportuno escribir este artículo, con respuestas a algunas de las dudas y preguntas que me han hecho llegar personas no familiarizadas con el mundo terapéutico. Aquí os dejo algunas de estas aclaraciones:

“La terapia es algo que dura mucho y es muy caro”
Aunque un proceso de terapia puede alargarse años, no es lo más común. Una de las primeras cosas que comunico a las personas que vienen a verme es que no puedo decirles cuánto durará la terapia. La duración va a depender de múltiples factores que ni el cliente ni yo sabemos en ese momento; dependerá de diversas variables como la constancia de la persona en el proceso, el tema que traiga a la sesión, el ritmo personal de cada individuo, el grado de comodidad y confianza que se establezca en la relación terapéutica, etc…  Aunque como ya he dicho no es fácil precisar, y únicamente a modo orientativo, mi experiencia terapéutica me lleva a diferenciar entre aquellas terapias más breves; de 3 a 6 meses de duración y las de mayor duración, que se pueden alargar más allá de los 9 meses.
Respecto al dinero, me gusta comentar a mis clientes que es un aspecto que deben considerar como una inversión, y no como un gasto. Tomemos el caso de la inversión que hacemos en ocio, por ejemplo en comprarnos unas botas nuevas para esquiar. Muchos de nosotros no lo veremos como un gasto, como pagar la luz, sino como una inversión, pues es algo que nos va a generar una satisfacción en el futuro. Por tanto yo me pregunto, ¿podemos pensar en alguna inversión mejor que aquella que hacemos en nosotros mismos y en nuestro bienestar?. Desafortunadamente existen personas que por su precaria situación económica no pueden costearse un proceso de terapia. Asimismo los servicios de salud están saturados y los dispositivos de atención psicológica son escasos. Teniendo en cuenta ambos factores, ofrezco en estos casos de excepción un programa de terapia solidaria, el cual comprende un número de sesiones a un precio muy reducido.

“La terapia es para débiles”
No hay mayor fortaleza que admitir que somos humanos, vulnerables, que no somos máquinas y que todos pasamos por momentos difíciles en que necesitamos que nos echen un cable. Admitir esta imperfección en nosotros es el motor que nos va a permitir cambiar; un cambio que curiosamente nada tiene que ver con la debilidad, pues la terapia exige de una gran valentía y un grado elevado de compromiso personal con el proceso.

“Solo van a terapia los que están locos/enfermos”
Hay multitud de factores que influyen en que una persona decida empezar una terapia. Por norma general aquellos individuos que padecen un trastorno mental suponen un porcentaje muy minoritario de las personas que acuden a terapia. Personalmente soy contrario a diferenciar entre enfermos y no enfermos. No me gusta etiquetar a la persona, pues las enfermedades muchas veces actúan únicamente como un estigma, y en consecuencia obstaculizan el poder ver que detrás de la etiqueta simplemente se encuentra alguien que sufre.
En resumen puedo decir que la mayoría de clientes que solicitan terapia son personas que están pasando por un momento difícil, pueden ser personas que no se sienten bien con ellas mismas, con su vida o bien que están atravesando una crisis personal. Independientemente del motivo, hay un denominador común que ya he mencionado,  el sufrimiento que esta situación les provoca. El objetivo de la terapia es aliviar dicho sufrimiento y que la persona recupere su bienestar.

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“La terapia me va a cambiar”
Es indudable que la persona que acude a terapia es porque busca algún tipo de cambio en su vida. A veces incluso ni el cliente sabe qué le pasa, simplemente siente que no está bien y busca respuestas que le expliquen el motivo de su estado. La función del terapeuta es la de guiar a la persona para que encuentre sus propias respuestas, no las que le puede dar el profesional. Nadie mejor que uno mismo para saber lo que le conviene. El cliente debe tener claro que el terapeuta no es un consejero, tampoco un juez, ni un superior que le dice lo que debe hacer. Como profesionales de la ayuda entendemos que el cambio más eficaz y sincero es el que surge de uno mismo. El terapeuta únicamente facilitará, a través de su labor de acompañamiento y guía, la progresiva toma de conciencia del cliente respecto a aquello que le está pasando. Una vez la persona conozca más sobre su situación, también será capaz de tomar sus decisiones desde otro punto de vista, uno más responsable y sincero consigo mismo.

“No estoy tan mal, voy tirando”
No hace falta estar diagnosticado de un trastorno de ansiedad o un de un trastorno depresivo para decidirse a empezar la terapia. Prevenir es mejor que curar, de la misma forma que no esperamos a quedarnos sin dientes para ir al dentista. Si sentimos que no estamos bien, y que hay algo que no acaba de funcionar en nuestra vida, es importante poner atención en ello lo más pronto posible, así como pedir ayuda profesional si fuese necesario. Si obviamos estos mensajes, los reprimimos e ignoramos, lo único que vamos a conseguir es que con el tiempo el riesgo de padecer una enfermedad más grave sea mayor.

“Mis amigos van a pensar que estoy loco”
Aunque en algunas sociedades la terapia está socialmente mejor aceptada, en otras aún se relaciona estrictamente con padecer algún trastorno mental. Por tanto sigue existiendo un porcentaje de la población que aún mantiene falsas ideas, así como creencias erróneas, sobre la psicoterapia. Por este motivo mientras la persona esté en terapia le recomiendo que no lo comunique a nadie más que no sea las personas más allegadas. Como terapeuta también aconsejo que aquello de lo que se hable en la sesión se quede allí, y no se explique a terceras personas. En la terapia surgen temas muy personales e íntimos, que sacados del contexto de la terapia, podrían ser objeto de simplificaciones y burlas por parte de otros colectivos.

“Ir a terapia significa profundizar y remover el pasado
Esta afirmación es una herencia del concepto de psicoanálisis original, el cual afirmaba que la curación del individuo pasaba por indagar en el pasado, concretamente en ir hacía la escena en que sucedió el evento traumático. A través de rememorar esta escena se producía una catarsis donde el individuo podía liberar toda la carga emocional que había reprimido hasta el momento. De esta forma los síntomas que la persona manifestaba en el presente quedaban reducidos. Como terapeuta mi objetivo se focaliza en trabajar con el presente del cliente, más que con el pasado. Lo importante es preguntarnos como vivimos nuestra vida actual, en vez de buscar los porqués que expliquen nuestro presente. Seguramente que durante el proceso de terapia habrá momentos que tendremos que revivir el pasado, no tanto como una vía de catarsis y liberación emocional, sino como una herramienta que nos va a permitir entender mejor nuestro presente.

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“Nadie me conoce mejor que yo mismo”
La labor de un terapeuta no es conseguir un conocimiento superior del que tiene la persona sobre sí mismo, sino acompañar al cliente en el proceso de autoconocimiento y crecimiento personal que va a darse en la terapia.

“Me produce vergüenza abrirme a extraños”
Es normal que en un primer momento la persona sienta dificultad para abrirse al terapeuta. Estamos en una sociedad poco acostumbrada a poder hablar libremente sobre emociones y sentimientos, principalmente por el temor a ser juzgados por el resto. La terapia como todo proceso requiere un tiempo, durante el cual cliente y profesional van a ir forjando una relación terapéutica y una confianza mutua. Me gusta decir que mi labor como terapeuta se rige por tres principios básicos; el no juicio, la confidencialidad y el respeto mutuo. El cliente puede estar tranquilo que estos principios van a acompañarlo durante el proceso de terapia.

Espero que estas respuestas sean de utilidad para aquellas personas no familiarizadas con la Terapia, no obstante, si quieres conocer más sobre los beneficios de la Terapia y el Coaching, aquí te dejo un enlace explicativo:

Terapia y Coaching

Leslie Beebe


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Terapia Gestalt y Tristeza


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En mis sesiones de Terapia Gestalt me encuentro habitualmente con la tristeza, una de las cuatro emociones básicas.Todos en algún momento de nuestra vida pasamos por una época de tristeza. La tristeza es una emoción que la mayoría calificamos como desagradable, no obstante opino que el motivo de ello no es exclusivamente por lo que nos hace sentir, sino por el juicio respecto a ella que hacemos ya desde una edad muy temprana.

¿Recordáis vuestra infancia?, seguro que muchos de vosotros vivíais la tristeza de forma clandestina, escondiéndola del resto de los mayores, pues el simple hecho de mostrarse triste, e incluso de llegar a expresar esa tristeza, no era bien recibido por el mundo de los adultos.

Como niños, los mayores siempre nos animaban a estar alegres, a no poner cara triste ni menos aún romper a llorar. Nuestra tristeza no era en la mayoría de ocasiones bien recibida por los adultos. Siendo niños sentíamos que hacíamos algo mal si nos permitíamos expresar el llanto, (aquí no me estoy refiriendo al llanto como instrumento de manipulación del niño hacía el adulto, que también existe, sino al simple contacto del niño con un hecho o situación que le genera tristeza). Cuantas veces habíamos oído frases del tipo: “Esto es una tontería, no hay motivo para llorar”, “no debes estar triste, pon buena cara”, “Los niños no lloran”, “Eres un llorica”, “Sólo las niñas lloran”… y tantas otras frases desvalorizadoras respecto a una emoción tan humana como es la tristeza. Ante estas frases demoledoras nosotros como niños poco podíamos hacer, nos encontrábamos ante una situación límite; entendíamos que sentir y expresar libremente nuestra tristeza, comportaba asimismo poner en riesgo el amor que recibíamos de nuestros padres.

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Si estás triste por una ruptura sentimental, o un duelo, puedo ayudarte. LLámame o WhatsApp a 645 368 714 o escribe a lesbcn13@gmail.com

En la madurez entendemos que el reinado de alegría permanente que nos querían hacer vivir los adultos, es solo una fantasía. Por el camino hasta llegar a este punto, seguro que habremos reprimido nuestra tristeza en más de una ocasión, en favor de que nuestra autoimagen no se viese perjudicada, y así no poner en riesgo el amor y la aceptación del entorno. Primero con los padres, después en la escuela con los maestros, también en la adolescencia con los propios compañeros, posteriormente en el trabajo con nuestro jefe e incluso puede ser que en el presente con nuestra pareja.

Es importante recordar que socialmente la tristeza no ha tenido nunca buena prensa, no obstante junto con otras emociones más aceptadas como la alegría, cumplen todas ellas una función en nuestra vida. Ante situaciones de pérdida, desamparo y decepción por las que atravesamos, es natural y humano sentir que la tristeza nos invade.  La tristeza nos lleva a contactar con el dolor de la pérdida, entrando en un estado de introspección y reflexión. Contactar con la tristeza nos permite prepararnos para los cambios que va a suponer para nosotros seguir viviendo en una nueva realidad. En la medida que vamos aceptando la situación por la pérdida, la tristeza dejará paso a otras emociones, para de esta forma ir sanando nuestra herida.

Si no damos espacio a aquellas emociones que juzgamos como desagradables; por ejemplo miedo y tristeza, lo único que conseguimos es que la represión sea cada vez mayor. Si esta represión perdura en el tiempo, más pronto o más tarde la emoción encontrará otra vía de salida, menos saludable para nosotros. Trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, úlceras de estómago,  jaquecas, y tantos otros síntomas pueden aparecer como señales de esta represión y generarnos malestar.

En las sesiones de Terapia Gestalt, el objetivo es que progresivamente vayamos aceptando la tristeza, como algo necesario y natural en determinados momentos de nuestra vida, sin juzgar esta emoción, ni juzgarnos a nosotros por sentirla, dándonos permiso para expresarla, sin temor a la opinión de otros,  Únicamente a partir de la aceptación, podremos vivir la tristeza de una forma saludable.

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Por este motivo, la próxima vez que os encontréis ante el llanto de un niño, preguntaros que os incomoda de esta situación, seguramente estará relacionado con el espacio que habéis dado a la tristeza en vuestras vidas. Acompañar al niño en su dolor, no juzgar su emoción, no recriminarle ni reprenderle por ello, es la mejor forma de enseñar a nuestros niños a vivir las emociones de una forma sanadora, muy diferente a como muchos de nosotros las vivimos en nuestra infancia.

Si quieres saber más sobre gestión emocional y Terapia Gestalt, aquí te dejo otro de mis artículos:

como gestionar mis emociones

Leslie Beebe


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Como gestionar mejor mi ansiedad





Un porcentaje elevado de personas que vienen a verme dicen sufrir de estrés y ansiedad. Lo primero que les digo es que es importante diferenciar entre qué entendemos por estrés y qué por ansiedad. En la sociedad en que vivimos un cierto grado de estrés nos permite estar alerta, estar motivados y reaccionar ante los sucesos cambiantes que se producen en nuestro entorno. No obstante, cuando estos niveles de estrés se elevan a un grado en que nos paralizan y surgen toda una serie de manifestaciones a nivel físico, mental y fisiológico, entonces estaríamos hablando de ansiedad.

Podemos reconocer la ansiedad porqué va ligada a toda una serie de síntomas que afectan a nuestro cuerpo en mayor o menor grado, los cuáles también  varían según la persona. Algunos de estos síntomas son: estado de nervios continuado, problemas de estómago, sudoración en exceso, palpitaciones, tensión en las mandíbulas, respiración acelerada, sensación de agobio, etc... Por norma general la ansiedad se caracteriza también por traer consigo un componente importante de miedo. Este miedo nos posiciona en un estado permanente de paralización y tensión, donde empezamos a desconectarnos del presente para instalarnos o bien en un pasado traumático, o bien en un futuro catastrófico que nos está esperando.
A continuación os comento algunos recursos que podemos utilizar para gestionar mejor nuestros niveles de ansiedad;

Explorar que circunstancia o aspecto de nosotros mismos no acaba de funcionar, no nos gusta o bien nos gustaría modificar en nuestra vida. En la mayoría de ocasiones la ansiedad procede de nuestra resistencia a conectar con el presente y escuchar los mensajes que nos enviamos. Cuando pasamos un largo periodo de tiempo obviando los mensajes de nuestro cuerpo, y por tanto no atendiendo a nuestras necesidades, es cuando aparece la ansiedad.

Es aconsejable realizar algún tipo de ejercicio físico un par o tres de días por semana. El ejercicio físico permite relajar la tensión acumulada y liberar endorfinas, las cuales tienen un efecto sedante en nuestro organismo.

Reservar un espacio diario para nosotros, ya sea para realizar alguna actividad de ocio con la que disfrutemos, o bien simplemente dedicando un espacio de tiempo para relajarnos y estar en contacto con nosotros mismos.


Planificar las tareas diarias, no intentar hacer más actividades de las posibles, delegar y posponer cuando sea necesario. Reducir en lo posible el número de actividades y poner conciencia en ellas. Centrarse en la actividad presente y no querer atender más de una a la vez, es preferible acabar una actividad antes de empezar otra.

Regular horarios por lo que respecta a comidas y a horas de sueño, evitar el consumo de bebidas excitantes y alimentos con alto contenido en azúcar.

Al sentir que la ansiedad nos empieza a invadir, adoptar en lo posible una actitud de no lucha, de sostenimiento y observación. La voluntad de no querer sentir nos provoca más tensión y aumenta el grado de ansiedad. Es aconsejable evitar decirnos mensajes del tipo; “no debo estar ansioso, no puedo estar así”, “no quiero que los otros me vean así”, “me va a dar algo”, “no puedo respirar”, “el corazón me va a explotar”,etc…

Es recomendable transformar estos mensajes en otros más beneficiosos del tipo: “ La ansiedad no es peligrosa, solo incómoda”, “puedo estar ansioso y seguir con lo que estoy haciendo”, “la ansiedad es un estado, ni bueno ni malo”, “no me importa lo que piensen los otros, debo cuidar de mi y de mis necesidades”, etc…

Realizar ejercicios de relajación y centramiento en lo corporal y en la respiración, ya sea dedicando unos minutos diarios durante el día o bien antes de ir a dormir.

Las actividades artísticas también son una fuente eficiente en la canalización de la ansiedad; pintura, escritura, teatro, etc… Algunas personas les ayuda empezar un diario personal o simplemente practicar la escritura automática. También las actividades sociales son un buen sistema para desconectar de nuestra mente y relajarnos.

Centrarse en el bienestar propio, poner límites y saber decir no cuando convenga.


Si la ansiedad es un problema en tu vida, te puedo ayudar. LLámame o WhatsApp a 645 368 714 o bien escribe a lesbcn13@gmail.com

Por último, si todo esto no funciona, sería conveniente pedir ayuda, para de esta forma conocer cúal es el motivo que genera la ansiedad. A veces es difícil ver por uno mismo lo que no funciona, por este motivo es recomendable ayuda profesional que nos aporte una visión externa y objetiva de lo que nos está pasando.

La terapia es un servicio a tu disposición para ayudarte a superar los momentos difíciles que todos pasamos en nuestra vida. Un proceso de terapia te permite aprender sobre ti mismo y sobre los recursos de los que dispones, para enfrentarte a situaciones que te provocan sufrimiento, como la ansiedad, de una forma más saludable. 

Leslie Beebe

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