Convivir con el Trastorno Bipolar


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Todos en nuestra vida pasamos por altos y bajos en nuestro estado de ánimo, sin embargo nada comparado con la intensidad como lo vive la persona que sufre de un trastorno bipolar. El trastorno bipolar, también denominado como trastorno maníaco-depresivo, provoca cambios cíclicos en el estado de ánimo de la persona. El individuo pasa por ciclos anímicos, caracterizados por dos situaciones límite; una denominada estado eufórico o maníaco, y la otra estado bajo o depresivo. Existen diferentes tipos de trastorno bipolar, dependiendo de la gravedad en los síntomas y de la rapidez con la que se alternan ambos estados.

El trastorno bipolar requiere de una medicación prescrita por el psiquiatra; básicamente suelen ser estabilizadores del ánimo y anti depresivos para la fase depresiva. El objetivo de la medicación es conseguir que la persona pueda llevar una vida el máximo de estable posible, emocionalmente hablando. A parte de la medicación también es aconsejable el acompañamiento terapéutico, ya sea a nivel individual, o bien a través de algún grupo de apoyo. El objetivo  principal de la terapia es que una vez diagnosticado el trastorno, la persona conozca y acepte su enfermedad.  En la terapia se trabaja con sentimientos como la culpa o la desvalorización personal, los cuales son frecuentes que aparezcan después del diagnóstico.

Como en otros tipos de trastornos mentales, el papel de la familia y de las personas que conviven con quién padece este tipo de trastorno es de vital importancia para un mejor curso de la enfermedad. A continuación os dejo algunas recomendaciones al respecto.

Una vez diagnosticado un trastorno bipolar la familia puede adoptar distintas reacciones, aunque hay familias que “se ponen las pilas” desde el primer momento, informándose sobre la enfermedad y sobre la mejor forma de apoyar a la persona que sufre este trastorno;  también es verdad que hay familias que adoptan actitudes que pueden obstaculizar la aceptación de la enfermedad por parte del paciente. Este tipo de actitudes van desde la negación hasta la sobreprotección, siendo ambas perjudiciales en el proceso.

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La negación es una actitud que la familia puede adoptar, básicamente por dos motivos; el primero por un sentimiento de culpa, pues llegan a creer que el trastorno que sufre el familiar, por ejemplo el hijo, es debido a algo que han hecho o han dejado de hacer ellos en su educación. Negar la realidad es una forma de protegerse de esta culpa. El segundo de los motivos es de protección hacía los otros miembros de la familia, o bien hacía ellos mismos. En este caso la adopción de esta actitud puede explicarse por diversos motivos;  por ejemplo querer mantener la imagen de " familia modélica" ante el entorno, o bien concebir el trastorno como algo perjudicial, que desequilibra el sistema familiar; por este motivo prefieren seguir el dicho de; “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La sobreprotección también es una actitud que se puede presentar en este tipo de casos, y que también afecta negativamente el estado del individuo bipolar. La familia debe ser consciente que la persona bipolar puede desarrollar una actividad laboral, social y familiar con toda normalidad, simplemente debe seguir una estricta medicación y evitar factores estresantes en su vida. Por este motivo debe evitarse tratar a la persona bipolar como a un enfermo, adoptando actitudes de sobreprotección. Estas actitudes, aunque hechas desde el amor, dificultan la aceptación de la enfermedad por parte de quien la sufre, pudiendo aumentar sus sentimientos de incapacidad y perjudicando su autoestima. 

No hace falta decir que actitudes de desvalorización, como decir a la persona cuando se encuentra en el estado maniaco “eres un rebelde/ un salvaje” o bien “eres un vago/ un inútil” cuando se encuentra en la fase depresiva, a parte de reflejar una total ignorancia sobre el tema, son también altamente nocivas para quien sufre este tipo de trastorno.

Una vez vistas aquellas prácticas que la familia debería evitar ante un trastorno bipolar, paso a comentar aquellas que sí seria recomendable implementar en el entorno familiar.

1. La familia debe tener en cuenta que cuando la persona bipolar pasa por el estado depresivo, debe de ser tratado como si de hecho padeciese una depresión. Es por este motivo que deben de tenerse en cuenta diversos parámetros de actuación con la persona, por ejemplo; evitar recomendaciones e invitaciones a que se anime, respetar sus momentos de soledad y sus silencios, transmitirle esperanza y reforzar sus cualidades, entre otras. Para más información sobre como convivir con la depresión, podéis consultar otro de mis artículos:

http://ansiedad-depresion-barcelona.blogspot.com.es/2015/11/convivir-con-la-depresion_24.html

2. La culpa es un sentimiento que va a encontrarse presente ante un trastorno bipolar, tanto en la persona que lo vive como en la propia familia. Como dice el dicho “la culpa nunca es buena consejera”, por tanto los familiares deben de aceptar la enfermedad como un conjunto de factores (genéticos, sociales, personales…), y evitar preguntarse los porqués de esta situación. La familia debe entender que la enfermedad no es consecuencia directa del entorno familiar, ni tampoco de la educación o la relación que hayan podido mantener hasta el momento con la persona bipolar. Es muy importante que la familia se libere de la culpa, para de esta forma poder apoyar a la persona bipolar a liberarse de la suya.

3. La familia adopta un papel fundamental en supervisar la toma de medicación por parte de la persona bipolar, no obstante debe evitarse que la supervisión sea una fuente de agobio y estrés para la persona que sufre el trastorno. De hecho la familia juega un papel fundamental en la supervisión de aquellos factores generadores de estrés, los cuales pueden agravar su estado, como por ejemplo estar atentos a los horarios irregulares o a las jornadas de trabajo muy largas del individuo bipolar.

4. Los excesos en el consumo de alcohol, una mala alimentación, así como una vida desorganizada, sin horarios, son todos ellos elementos que favorecen la reactivación de la enfermedad. En este sentido, es recomendable que la familia conozca las relaciones y la vida social que mantiene el individuo bipolar, para de esta forma evitar en lo posible que se relacione con personas problemáticas. La familia puede, sin agobiar, ayudar a la persona bipolar a que se relacione con entornos que supongan una influencia positiva, para así minimizar las conductas de riesgo para el paciente.




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5. La persona bipolar debe de establecer unas rutinas diarias, tanto en lo que respecta a la toma de medicación, como en los hábitos de alimentación y de descanso. La familia debe estar atenta a que estos hábitos se mantengan en el tiempo; en caso que no sea así, la familia debe de comunicárselo primero a la persona que sufre el trastorno, y en caso que esto no surta efecto, ponerlo en conocimiento del profesional de la salud, por si fuese necesario un cambio en la medicación.

6. En la fase de euforia, a veces es recomendable un internamiento psiquiátrico, sobretodo para evitar que la persona haga daño a alguien o a sí mismo, o bien que realice alguna actividad de la que después pueda arrepentirse, como gastar dinero sin control. A veces estos internamientos deben hacerse de forma forzosa, sin el consentimiento de la persona bipolar, que no es consciente que necesite de tal internamiento. Estos son momentos duros para la familia, pues deben tomar una decisión drástica y por lo general desagradable. No obstante, la familia debe mostrarse unida y firme con su decisión, entendiendo que el internamiento es por un bien de la persona y que en estas circunstancias es la única forma de facilitar su recuperación.


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7. En periodos entre crisis, el papel que adopta la familia respecto a la supervisión del tratamiento farmacológico es fundamental. Es común que en estas épocas la persona bipolar, al sentirse bien, se olvide de tomar la medicación, aumentando así el riesgo de una recaída.

8. La familia debe ser consciente de los beneficios que supone para una persona bipolar realizar ejercicio físico de forma moderada. De esta forma se liberan endorfinas que ayudan a equilibrar el estado de ánimo. También son aconsejables actividades que ayuden a la relajación como el yoga o la meditación. Por este motivo, y siempre que sea posible, la familia puede involucrarse en este tipo de actividades e incentivarlas. Siempre es más fácil que el individuo bipolar se motive a realizar alguna actividad si lo hace con algún otro miembro de la familia.

9. En caso que la familia perciba la aparición de algún síntoma que denote que la persona bipolar está entrando en algún episodio maníaco o depresivo, como un aumento de la irritabilidad, un aumento de la verborrea o la disminución de la necesidad de dormir, entre otros, debe hacérselo consciente, para que de esta forma el paciente consulte con el facultativo sobre la conveniencia de continuar con el mismo tratamiento, o bien cambiarlo si fuese necesario. Bajo ningún concepto la persona debe recurrir a la automedicación, pues sus efectos podrían ser muy negativos en la estabilidad emocional del paciente.

10. Por último comentar que la mayoría de familias, ante la noticia que alguno de sus miembros padece este trastorno, se sienten desbordados y lógicamente no saben cómo actuar. Por este motivo es de vital importancia que se informen sobre este trastorno, consulten con el terapeuta y el médico sobre todas aquellas cuestiones que quieran conocer al respecto, así como sobre el papel que debería adoptar la familia ante este tipo de trastorno. Si lo estiman conveniente también existen foros en internet sobre la enfermedad, así como diversas asociaciones de soporte y grupos de apoyo, que no solo ayudan a la persona que sufre el trastorno, sino también a sus familias. Aquí os dejo el enlace a una de ellas.


Leslie Beebe




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El Miedo y Los Ataques de Pánico

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El miedo y los ataques de pánico mantienen una estrecha relación, según mi experiencia tanto personal como profesional. En anteriores artículos ya os hablé del miedo como emoción, así como de algunos de los múltiples miedos que existen en nosotros; como el miedo escénico o el miedo al cambio, entre otros. En el artículo de hoy comentaré la relación que se establece entre el miedo y los ataques de pánico, también denominados como crisis de ansiedad.

El miedo es una emoción universal, de hecho todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo es una de las principales emociones que nos ha permitido evolucionar como especie. Sin miedo todos hubiésemos muerto en alguna situación u otra, ya sea por imprudencia o bien por temeridad. Veamos un ejemplo; imaginemos al cazador de la era paleolítica en busca de un animal para alimentarse. El cazador sale al bosque y en un momento dado se encuentra con un gran mamut. Ante dicha amenaza el miedo es lo que permite al cazador ponerse en alerta y reunir toda la energía disponible en su organismo para enfrentarse al peligro, todo ello en milésimas de segundo. En estos difíciles momentos, el miedo funciona como una señal que advierte al cazador del peligro, y moviliza su facultad para evaluar los recursos de los que dispone para enfrentarse a dicha amenaza. La percepción del peligro, y por tanto el nivel de miedo que sienta, variará según la estimación que realice de esos recursos. En este caso la amenaza supera con creces el nivel de recursos del cazador, en consecuencia el nivel de miedo será elevado y seguramente optará por escapar, pues no va a verse capaz de superar el peligro. Si no sintiésemos miedo en nuestra vida, el cazador del ejemplo hubiese durado poco frente al mamut, y quizás hoy ninguno de nosotros estaría aquí.

Seguramente todos estaremos de acuerdo que los peligros a los que nos enfrentamos en nuestra vida diaria no tienen punto de comparación con tener que enfrentarse a un mamut salvaje, como tenía que hacerlo nuestro antepasado. Sin embargo aunque racionalmente lo podamos entender, a un nivel más instintivo el cerebro sigue siendo un eficiente detector de amenazas, y los niveles de miedo ante una situación cotidiana pueden llegar a ser similares a los de nuestro antepasado, aunque objetivamente no exista un peligro de tal magnitud como el de ser atacado por un mamut. Seguidamente explicaré los motivos que pueden explicar esta desproporción.

En primer lugar la percepción que tenemos sobre el miedo en nuestra sociedad. Existe un elevado grado de ignorancia sobre esta emoción, así como la forma saludable de gestionarla. Percibimos al miedo como algo negativo, que no deberíamos sentir. Desde pequeños se nos enseña que los valientes (aquellos que no tienen miedo) están mejor valorados que los cobardes (aquellos que sienten el miedo). De esta forma aprendemos que el miedo es algo rechazable, que no debemos aceptar. En este sentido  la tarea es doble para nosotros; por un lado cuando aparece el miedo nuestra reacción es no querer sentirlo, y por tanto lo reprimimos, pues no deseamos que nadie se dé cuenta de aquello que estamos sintiendo. Anhelamos mantener nuestra buena imagen ante el resto de personas, por ello hacemos grandes esfuerzos para evitar ser juzgados como cobardes.  

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Por otro lado al sentir miedo, y por la educación recibida, nos sentimos indignos, y en consecuencia nos despreciamos y descalificamos a nosotros mismos por darnos el espacio de sentir miedo. El resultado en ambos casos es el mismo, acabamos reprimiendo nuestros miedos, los evitamos, los contenemos y los escondemos siempre que tenemos ocasión.

Un segundo motivo que puede explicar la desproporción entre el estímulo percibido y el nivel de miedo es la relación que se establece entre represión y autoconcepto, en otras palabras, la represión de los miedos favorece a que la imagen que tenemos sobre nosotros mismos sea cada vez más negativa. La explicación es que cuando reprimimos el miedo no dejamos que una parte de nosotros mismos se exprese y por tanto se muestre ante el mundo tal y como es. Perdemos así nuestra libertad, la libertad de dejarnos ser. En consecuencia nos veamos obligados a adoptar máscaras ante los demás para disimular nuestros miedos. Si esta falsedad se mantiene en el tiempo acabamos dominados por las máscaras y lejos de aquello que realmente somos, provocándonos malestar al no ser honestos con nuestra esencia.

Esta inadecuada relación con nuestros miedos nos conduce a no querer reconocerlos, y por tanto a hacernos daño. Este daño se refleja en una progresiva evitación de las situaciones susceptibles de generarnos miedo, por ejemplo tener que hablar en público. Con el tiempo el miedo va restringiendo nuestra libertad personal, pues provoca que evitemos todas aquellas situaciones relacionadas con hablar en público. La evitación nos conduce a creer que no disponemos de los recursos necesarios para enfrentarnos a dicha situación; como más evitamos, más inútiles y menos aptos nos sentimos para enfrentar la situación temida. Esta percepción de incapacidad personal nos desvaloriza y daña nuestra autoestima.

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Todos estos factores conducen a que acabemos teniendo una pobre imagen de nosotros mismos, nos limita al hacernos ver que no disponemos de las aptitudes o habilidades necesarias para enfrentarnos a la vida. Por este motivo, cuando surge una situación amenazante y hacemos una valoración de nuestros recursos para enfrentarnos a ella, y debido a nuestra pobre imagen, siempre saldremos perdiendo, por lo que el nivel de miedo y la tendencia a la evitación van a ir en aumento. Asimismo, y debido a esta percepción de falta de recursos, la sensibilidad ante el miedo se va a agudizar, es decir, cada vez seremos más susceptibles de sentirnos amenazados por algún estímulo externo.

Por este motivo situaciones de la vida cotidiana como tener que hablar en público, una discusión de pareja o tener que pedirle un aumento a nuestro jefe, pueden provocar que nuestro cerebro lo perciba como si estuviésemos ante un temible mamut que amenaza nuestra existencia.
La relación entre el miedo y los ataques de pánico surge cuando hacemos de la evitación y la represión un hábito. Como más reprimimos los miedos mayores son las probabilidades de sufrir un ataque de pánico.

Cuando reprimimos nuestros miedos de forma crónica, no los atendemos y tampoco les damos espacio para que se expresen, sin duda conseguiremos que desaparezcan de nuestra conciencia. Sin embargo esto no significa que los eliminemos de nuestro ser, todo lo contrario, pues a un nivel inconsciente los miedos van a seguir existiendo, y no solo eso, sino que como más los reprimamos, más seguirán creciendo en nuestro interior. Cuando los niveles de miedo llegan a un punto tan elevado que nuestro inconsciente ya no los puede contener, retornan de forma somática a nuestro consciente, estallando en forma de ataque de pánico. El ataque de pánico surge de todos estos miedos crónicos que no hemos atendido, que hemos ido reprimiendo y que han estado creciendo en un nivel inconsciente hasta el punto de estallar, como una presa que ha estado conteniendo las aguas de un rio y finalmente acaba por desbordarse al no haber regulado su caudal. Para evitar llegar a esta situación extrema debemos estar alerta ante posibles síntomas que nos señalen que no estamos gestionando nuestros miedos de forma saludable; insomnio, tensión, insatisfacción ante la vida, problemas estomacales, son algunos de los indicativos que nos pueden informar sobre la deficiente gestión de nuestro miedo, y por tanto nos invitan a tomar cartas en el asunto.

Para evitar llegar a una situación tan extrema como es el ataque de pánico, debemos estar atentos a todas estas señales que nos envía nuestro cuerpo, así como no dejarnos llevar por los fantasmas de nuestros miedos.

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La actitud ante el miedo debe ser de escucha, entender que el miedo forma parte de nuestra vida y que debemos darle su espacio, al igual que otras emociones en nuestra vida, como la tristeza o la alegría. Si cuando el miedo aparece lo reconocemos, le damos su espacio, sin entrar en conflicto con él, y nos dejamos unos momentos en el no hacer, simplemente observándolo y estando presentes, veremos como en unos momentos el miedo se reduce. La fuerza del miedo y su influencia limitadora en nuestra vida, proceden de nuestra oposición a no querer sentirlo, así como de la futurización catastrofista que hacemos de sus posibles efectos. Como más nos esforcemos en no querer sentir el miedo, mayores se volverán sus efectos limitantes en nosotros y más esclavizado nos tendrá a su voluntad. Si damos espacio a nuestro miedo sin juzgarlo, ni juzgarnos a nosotros por sentirlo, e incluso nos permitimos expresarlo al resto de personas, esto ya será un primer paso para empezar a relacionarnos con nuestro miedo de una forma más saludable.

Para acabar os dejo con una frase del filósofo Alain relacionada con el tema.

“Quien tiene miedo sin peligro, se inventa el peligro para justificar su miedo”. Alain.

Leslie Beebe
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¿Qué es la Orientación Emocional?

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Cuando comento que mi campo profesional es la psicoterapia, mucha gente cree que únicamente acuden a terapia personas con algún trastorno mental. Nada más lejos de la realidad, pues la terapia es útil y eficaz para la gran mayoría de la población. 

Otra idea que circula sobre la terapia es que supone un gran desembolso, tanto de tiempo como de dinero. Aunque es verdad que si queremos obtener un beneficio de la terapia debemos dedicarle su tiempo, y eso supone también una inversión económica (que no gasto), tampoco es verdad que el proceso siempre deba alargarse durante largas temporadas.

Sin embargo, me gusta decir que la terapia tiene su momento y su lugar. No todo el mundo está dispuesto a empezar un proceso terapéutico, no solo por el tiempo y el dinero que eso supone, sino también por el compromiso personal y la constancia que la terapia requiere par dar sus frutos. Solo uno mismo sabe cuándo llega el momento oportuno para plantearse iniciar un proceso de estas características. 

Acudir a terapia requiere de valentía, pues supone enfrentarnos a aspectos de nosotros mismos que hasta ahora no habíamos querido mirar. Contrariamente a lo que mucha gente opina acudir a terapia se acerca más a la valentía de uno, que a la cobardía o a la debilidad.

Por norma general la motivación para empezar la terapia suele coincidir con momentos caracterizados por un nivel elevado de sufrimiento, quizás provocados por una crisis personal que estemos atravesando, o por algún golpe emocional que nos ha dado la vida, y que nos hace replantearnos los cimientos que la sustentan.

No obstante, aunque como he dicho no todo el mundo está dispuesto a iniciar un proceso terapéutico, sí es más común que todos nosotros pasemos por momentos en que necesitamos de cierta orientación en la vida, como una brújula que nos ayude a decidir si tomar una dirección u otra, o bien nos confirme que el camino que tomamos es el deseado. No siempre es fácil saber a quién acudir con nuestras preocupaciones y problemas, y otras veces simplemente no tenemos a nadie con quien compartirlo.

Esta necesidad de recibir una orientación sobre aquello que nos preocupa, ya sea en cualquiera de los ámbitos de nuestra vida; el laboral, el social o el familiar, es el propósito del servicio de orientación emocional. Este tipo de orientación va más allá de aquellos consejos o directrices que nos puedan dar familiares y amigos, para ser un servicio de consulta profesional, donde se garantiza la máxima objetividad y discreción.
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El servicio de orientación emocional es un servicio personalizado y puntual, consta de 1 sesión de 90 minutos, en la cual la persona va a poder abrir aquel tema que le genera inseguridad y preocupación. Con la orientación emocional la persona será capaz de ver su situación desde otros puntos de vista, facilitándole llegar a nuevas conclusiones y resultados.

Si estás interesado en este servicio puedes contactar conmigo en el teléfono 645 368 714, o bien rellenar el formulario de contacto en la sección Pide Cita, y te informaré sin ningún compromiso.

Leslie Beebe


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Terapia para Ansiedad e Insomnio


El insomnio es un síntoma frecuente en aquellas personas que sufren de ansiedad. Denominamos como insomnio la incapacidad de poder dormir las horas necesarias para obtener un buen descanso, y de esta forma levantarnos frescos y descansados al día siguiente. Dormir es de vital importancia para mantener nuestro equilibrio mental y físico; cuando no obtenemos la cantidad y calidad de sueño necesaria, esto incide negativamente en nuestro estado de salud.

En un gran número de ocasiones insomnio y ansiedad van unidos de la mano; el insomnio puede ser un claro síntoma para diagnosticar algún tipo de trastorno de ansiedad, asimismo cuando el insomnio se mantiene en el tiempo, también  acelera y agrava los problemas de ansiedad. Se puede producir así un ciclo de retroalimentación entre ambos, encerrando a la persona en un círculo vicioso del que es difícil salir por uno mismo. Si caemos en este bucle de ansiedad e insomnio es muy importante buscar ayuda y tratamiento, pues si no se trata, con el tiempo puede derivar en problemas más graves de salud, como enfermedades mentales o abuso de drogas.

Veamos a continuación cómo se produce esta interacción entre insomnio y ansiedad:

Cuando sufrimos de ansiedad nuestra actividad cerebral es mayor; se dispara nuestro pensamiento con múltiples preocupaciones y nuestro cerebro está más activo, pendiente de posibles amenazas del exterior. El cuerpo en general se encuentra en estado de alerta, preparándose para hacer frente al posible peligro o bien para huir de él.
En este estado de alerta es normal que tengamos dificultad para conciliar el sueño cuando llega la noche, o bien nos despertemos de madrugada con la imposibilidad de volver a retomar el sueño. Si la dificultad para dormir permanece en el tiempo, es frecuente que aparezcan pensamientos del siguiente tipo:

“La hora qué es y aún no me he dormido, mañana no voy a estar bien para trabajar”, “ayer dormí solo 5 horas y hoy voy a peor, esto no puede ser bueno”, “necesito dormirme ya”, ”quedan solo x horas para que suene el despertador”.

Estos y otros pensamientos de carácter similar provocan un nivel de activación mayor en nuestro organismo, derivando en una ansiedad anticipatoria que nos predispone de forma negativa para conciliar el sueño. El sueño es un proceso fisiológico del que no tenemos control, por este motivo cualquier intento de querer provocarlo únicamente va a derivar en un aumento de nuestra ansiedad.


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La pregunta a hacernos ante situaciones de insomnio prolongado, y en consecuencia mayor ansiedad, es como podemos gestionar ambos de una forma más saludable. En mi opinión existen dos puntos fundamentales que deberíamos tener en cuenta; el primero, y principal a mi entender, es conocer el motivo por el cual vivimos con ansiedad

La ansiedad y el insomnio no dejan de ser mensajes que nos enviamos a nosotros mismos respecto a algún ámbito de nuestra vida del que no estamos satisfechos. Sería aconsejable en estos casos poner atención en qué es lo que nos provoca esta insatisfacción e incomodidad en nuestra vida; ¿es nuestro trabajo?, ¿es nuestra pareja?, ¿es la relación que mantenemos con nuestros padres?… los motivos pueden ser múltiples, pero hasta que no tomemos conciencia de ello y actuemos, los mensajes van a seguir viniendo a nosotros, provocándonos más sufrimiento. 

Quizás ahora estemos viviendo una época de insomnio que arreglaremos de forma puntual e inadecuada con medicación, sin embargo la verdad es que si no nos enfrentamos a lo que se encuentra detrás de este síntoma, el mensaje volverá en forma de insomnio o cualquier otro síntoma que nos producirá malestar,  como pueden ser migrañas, dolores cervicales o lumbalgia, entre otros. 

En la mayoría de ocasiones puede resultarnos difícil tomar conciencia de los motivos que originan la ansiedad y el insomnio. Por este motivo, una mirada externa y profesional como la terapia nos puede ayudar a poner luz en las causas de esta insatisfacción, para de esta forma poder actuar al respecto, recuperando así nuestro equilibrio emocional.

El segundo punto importante sobre el que podemos actuar es el que hace referencia a la denominada higiene del sueño. La higiene del sueño comprende todas aquellas pautas de comportamiento y conductuales que nos pueden ayudar a conciliar el sueño. Entre ellas destacan; seguir unos horarios regulares, evitar las comidas copiosas y las bebidas excitantes por la noche, asegurar un ambiente facilitador del sueño (temperatura de la habitación agradable, dormitorio sin ruido, una cama confortable…), desconectar del trabajo al llegar a casa, evitar conectarse a internet o al correo después de cenar y evitar siestas que dificulten tener sueño por la noche, entre otras.


Como hemos comentado anteriormente, si sentimos que vivimos con ansiedad y padecemos de insomnio, deberíamos buscar ayuda profesional. Ante todo debemos evitar la automedicación, ya sea con ansiolíticos o bien con somníferos, y únicamente tomar este tipo de medicación bajo prescripción médica. No obstante debemos tener claro que los medicamentos únicamente reducirán los síntomas de nuestro sufrimiento, pero no incidirán sobre las causas que lo provocan. Por este motivo es aconsejable que la medicación se complemente con ayuda terapéutica, para así trabajar con las causas que provocan dicho malestar.

Leslie Beebe


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Crisis de Ansiedad y Ataque de Pánico



Los problemas de ansiedad son un tema frecuente en las personas que acuden a terapia; sin embargo también en la sociedad en general, pues todos hemos sufrido, o conocemos a alguien que padezca este problema. Dentro de los trastornos de ansiedad, encontramos el denominado como ataque de pánico o crisis de ansiedad. El ataque de pánico se caracteriza por la aparición súbita de un miedo extremo, que surge ante una situación en que el individuo siente una necesidad extrema de escapar. La persona que lo vive percibe que si no escapa de esa situación amenazante va a perder el control de sí mismo, puede volverse loco e incluso llegar a morir.

El desencadenante de este tipo de crisis varía según cada persona, puede ser causado por múltiples circunstancias, entre ellas; una ruptura sentimental, una pérdida de trabajo o una época de estrés elevado y continuado. A veces sin embargo no existe una causa aparente y objetiva que lo explique, al menos a ojos de terceros, sin embargo la persona que lo sufre lo vive como una auténtica pesadilla.  Los síntomas que acompañan la crisis de ansiedad suelen ser bastante comunes, y se caracterizan por una elevada intensidad en un breve periodo de tiempo; unos 10 minutos aproximadamente, aunque la persona que lo vive le parezca una eternidad. Entre los síntomas más comunes destacan: taquicardia, hiperventilación pulmonar, sensación de ahogo, temblores, sudoración y mareos, entre otros.

Para la persona que experimenta un ataque de pánico la experiencia es terrible, sin embargo si no se analiza que ha llevado a la persona a vivir esa situación, la experiencia puede convertirse en traumática con el paso del tiempo. En casos en que el individuo no pide ayuda, pensando que lo va a poder solucionar por si mismo, la tendencia es que la persona empiece a limitar su conducta, evitando cada vez más situaciones de la vida que cree susceptibles de generarle un nuevo ataque de ansiedad.


Cuando no se analiza que ha llevado a una persona sufrir una crisis de ansiedad, lo que sucede es que el miedo va a ir tomando protagonismo en la vida del individuo. Un miedo que se vive como una interpretación catastrofista de los síntomas que acompañaron al ataque de pánico. Por este motivo la persona desea controlar a toda costa los síntomas relacionados con la crisis, pues para él son señales de peligro, así como también un claro indicio que el ataque de ansiedad se puede repetir de nuevo.
Se produce así lo que se denomina miedo al miedo; el estímulo o causa que provocó la crisis pasa a un segundo plano, y la persona pasa a focalizar su miedo en evitar a toda costa volver a pasar por una situación traumática como la que vivió en el pasado.

Este miedo al miedo contribuye a que los niveles de ansiedad vayan en aumento y que el pensamiento también se vuelve más obsesivo. El individuo abandona aspectos importantes de su día a día,  para focalizarse únicamente en evitar los posibles peligros que amenazan su seguridad, empobreciendo así su calidad de vida.

La vivencia de una crisis de ansiedad suele empezar de forma única y aislada, sin embargo si no se toman medidas al respecto, es muy probable que progresivamente se generalicen a otras situaciones cotidianas de la vida, pudiendo derivar en un trastorno de agorafobia. Actividades tan comunes como salir al cine, ir a cenar e incluso utilizar el transporte público, pueden llegar a ser un verdadero suplicio para la persona que sufre este tipo de trastorno. Para estas personas la vida se vuelve muy limitada y su libertad se restringe de forma drástica, lo que provoca un gran sufrimiento.

Aunque en algunos momentos la medicación puede ayudar con los síntomas de la ansiedad y el pensamiento obsesivo, también es cierto que debemos encontrar estrategias propias que nos permitan controlar nuestros niveles de ansiedad. No se recomienda el uso exclusivo de la medicación por dos motivos. El primer motivo es que con la medicación únicamente podemos tratar los síntomas derivados de la crisis de ansiedad, obviando lo más importante; las causas que la han provocado. El segundo motivo es que la medicación únicamente debería utilizarse como un apoyo al proceso terapéutico, pero no como una solución al problema, pues de hecho no lo es. El uso exclusivo de medicamentos puede derivar en un problema mayor, al crear en la persona una dependencia a estos, así como una creencia que si deja la medicación va a ir a peor, alimentando de esta forma otro miedo más en su vida.




Si has pasado por una crisis de ansiedad, o simplemente sientes que la ansiedad está presente en tu vida, acudir a un terapeuta puede ayudarte. La terapia te va a permitir ampliar el conocimiento sobre la experiencia traumática vivida, y lo más importante, te va ayudar a sanarla. Las sesiones de terapia son una oportunidad única para conocerte mejor, a la vez que aprendes formas más saludables de relacionarte con tus miedos y con tu ansiedad.
Leslie Beebe

Terapia Gestalt y Life Coaching Barcelona

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Terapia para la ansiedad

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"La ansiedad es un desperdicio de la imaginación". Zig Ziglar

¿Te has parado a pensar cuantos pensamientos negativos y limitantes tienes en un día?. Si tomamos conciencia de aquello que pensamos, veremos que muchos de nuestros pensamientos nos limitan y perjudican nuestro bienestar. Son pensamientos que en gran medida parten de nuestra imaginación, pues en la mayoría de ocasiones se refieren a sucesos que no se encuentran en nuestra realidad presente. Son formas de pensar que hemos ido construyendo a lo largo de la vida y que nos generan malestar. 

Entre estos pensamientos encontramos aquellos que cuestionan nuestro potencial y nuestras aptitudes, del tipo; “¿Seré capaz?”, “¿Voy a saber hacerlo?”, “¿Lo haré bien?” , así como otros que también nos afectan negativamente, desvalorizándonos y diciéndonos que no valemos o no servimos para tal o cual cosa, pensamientos del estilo;  “No valgo”, “Ellos pueden y yo no”, “No voy a saber” y tantos otros que nos generan malestar.

Este patrón de pensamiento negativo nos conduce a sufrir de multitud de molestias, tanto físicas como emocionales; desde las frecuentes migrañas a la tan temida ansiedad.
Si quieres saber cómo cambiar tus patrones de pensamiento, para así utilizar tu imaginación de una forma productiva y beneficiosa, la terapia puede ayudarte.

El objetivo del acompañamiento terapéutico es que aprendas a vivir de una forma saludable, de acuerdo a tus propios valores y objetivos, para que así consigas sentirte bien contigo mismo y con tu vida.

Llámame y te informaré sobre la terapia sin compromiso alguno; 645 368 714. Si lo prefieres puedes contactar conmigo por WhatsApp, o bien escribiendo a lesbcn13@gmail.com

Leslie Beebe


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Como Superar la Depresión


Como superar la depresión?, este es una de las preguntas con la que los terapeutas nos encontramos habitualmente. En este artículo comentaré algunos consejos útiles para prevenir y tratar los estados de apatía y tristeza, por los que la mayoría de nosotros pasamos en algún momento de nuestra vida. Igualmente son unos consejos beneficiosos para todas aquellas personas que han sido diagnosticadas y estén sufriendo algún tipo de depresión. Quiero puntualizar que bajo ningún concepto son recomendaciones que sustituyan a la medicación prescrita, ni tampoco tienen como objetivo reemplazar la psicoterapia aconsejable para este tipo de trastornos.

Todos en algún momento pasamos por una época de tristeza; un despido laboral, una ruptura sentimental, una discusión familiar y tantos otros sucesos que nos pueden sumir en un estado generalizado de tristeza. Sin embargo cuando estos estados perduran en el tiempo, son síntoma que hay algo en nuestra vida que no estamos gestionando de forma saludable, y en consecuencia nos urgen a poner atención en ellos. Si no tomamos conciencia de estos mensajes, y en vez de ello preferimos evitarlos o reprimirlos, corremos el riesgo que la tristeza se instale en nosotros de forma permanente, lo que puede desembocar en un trastorno depresivo. Debo puntualizar que la depresión no es únicamente un estado de profunda  tristeza, sino que también comprende otros estados como la negatividad, la apatía, el desánimo, el sentimiento de vacío y el dolor corporal, entre otros, pues varía según cada persona.

El primer paso para recuperar nuestro equilibrio emocional es focalizar cuáles son los aspectos de nuestra vida que no están funcionando y por tanto nos generan inestabilidad; puede ser el trabajo, la pareja o la relación con los amigos, entre muchos otros. Sin embargo en la mayoría de casos es difícil llegar a conclusiones por nosotros mismos, por lo que una mirada externa y profesional como la terapia es recomendable en estas situaciones.  La terapia nos va a ayudar a tomar conciencia de qué aspectos de nuestra vida son disfuncionales, y por tanto nos generan malestar, para así poder tomar acción y encontrar nuevos patrones de vida más saludables.

Dentro de este proceso de toma de conciencia es importante conocer como hemos llegado al punto donde nos encontramos ahora. En este proceso de autoconciencia debemos estar atentos a cuáles son los pensamientos que acompañan a nuestro estado emocional. Los estados depresivos van asociados con pensamientos tóxicos; pensamientos negativos sobre nuestra persona y de desvalorización respecto a nuestras capacidades y recursos. Son pensamientos del tipo;  “no voy  salir de esta”, “no voy a ser capaz”, “no valgo para nada”, “total para qué intentarlo, fracasaré”, “soy feo/tonto/gordo…”, “no soy tan bueno / no sé tanto como los otros”… y tantos otros que únicamente nos limitan y nos generan malestar. Esta forma pesimista  de pensamiento perjudica nuestro equilibrio, derivando en un estado emocional muy negativo, donde la seguridad y confianza en uno mismo quedan seriamente dañadas. La tristeza deja de ser una emoción para convertirse en un estado, convirtiendo la vida de la persona en un círculo vicioso entre pensamiento tóxico y emoción disfuncional del cual es difícil salir por uno mismo.


Si te identificas con los pensamientos mencionados anteriormente no te desesperes, ni pienses simplemente que tú eres así y por tanto no tienes solución. Date cuenta que únicamente son pensamientos, y los pensamientos se instauran en nosotros a través de la rutina y el hábito. Son formas de comportarnos disfuncionales, que seguramente has practicado durante años, y que quizás hasta ahora que ha surgido el malestar no te habías dado cuenta.

Si cambiamos nuestro hábito de pensamiento, es decir sustituimos estos pensamientos negativos por otros más convenientes, con el tiempo veremos los efectos positivos que esta nueva forma de pensar tiene en nuestro estado anímico.
Obviamente cambiar nuestro patrón de pensamiento no es una tarea fácil y suele requerir de constancia y fuerza de voluntad para conseguirlo. A continuación os comento algunos consejos para ayudaros a instaurar un tipo de pensamiento positivo:

El primer paso es poner atención en nuestro estado emocional, por ejemplo cuando sintamos que la tristeza se apodera de nosotros. En ese momento debemos dejar unos momentos para estar en contacto con nosotros mismos y escuchar nuestra voz interior. Cuando escuchemos nuestro discurso interno, también tomamos nota de cuáles son los pensamientos que surgen y que nos generan ese estado emocional. Una vez anotados esos pensamientos nos hacemos las siguientes preguntas al respecto:

1) Comprobar la evidencia del pensamiento: ¿Qué evidencias tengo de lo que pienso es cierto?, ¿Es una realidad que está pasando ahora o es un pensamiento sobre el futuro?, ¿Qué pruebas tengo de ello?, ¿Dispongo de alguna experiencia previa?, ¿Qué pasó en el pasado?, ¿Fueron al final fundados mis temores?.

2) Comprobar su importancia: En caso de que encontremos evidencias de que el pensamiento refleja una realidad, nos preguntamos sobre su relevancia en nuestra vida; ¿Del 1 al 10 cómo de grave es?, ¿Realmente es tan grave como yo pienso?, ¿Cuáles son  sus consecuencias en mi vida? ¿Cuál es el peor de los escenarios posibles?. ¿Cómo me voy a sentir si sucede?.

3) Comprobar su utilidad: En caso de que sea cierto el pensamiento, y a la vez tenga un cierto nivel de gravedad, nos debemos preguntar como de útil es estar pensando en ello, preguntas del tipo; ¿Cambio algo pensando en ello?, ¿Tengo algún control sobre lo que puede suceder?, ¿Qué me aporta tener ese pensamiento en la cabeza?, ¿Soluciono algo pensando en ello?.

Una vez comprobados estos parámetros seguramente nos daremos cuenta que el pensamiento no ha pasado el filtro de las tres preguntas. Aunque es verdad que no podemos controlar aquello que pensamos, sí lo es que podemos escoger el grado cómo nos afecte. Una vez disponemos de los pensamientos y al haber comprobado los parámetros anteriores, debemos sustituirlos por otros más saludables. Por ejemplo si tenemos un pensamiento disfuncional como; “no valgo nada, todo lo hago mal”, sustituirlo por otro del tipo “me quiero y voy a demostrarme lo que valgo”. Una vez trasformados, escribimos y colocamos los nuevos pensamientos en un lugar visible, para así leerlos cada día durante unas semanas. De esta forma reforzamos el nuevo hábito de pensamiento.

Un segundo paso para salir de los estados depresivos es evitar nuestra tendencia a querer controlar aquello que sentimos. Por norma general nos disgusta sentir emociones como el miedo o la tristeza. Cuando éstas aparecen nos asustamos y deseamos eliminarlas de nuestro interior, para así recuperar nuestro bienestar. En esta lucha por no sentir y querer controlar aquello que sentimos, lo único que conseguimos es desgastarnos y disparar nuestro pensamiento disfuncional, alimentando nuestro malestar. Por este motivo es recomendable tomar una actitud de no lucha, adoptando un rol de observador, sin juzgar ni querer intervenir sobre aquello que estamos sintiendo. Si nos dejamos estar en nuestro malestar veremos como al cabo de unos momentos, al abandonar la actitud de resistencia y lucha, la molestia se reduce considerablemente. Como con el pensamiento positivo, la actitud de observación también requiere de una constancia para que se fije como un hábito, por este motivo es recomendable que destinemos unos momentos durante el día para meditar o simplemente estar en silencio, en contacto con nosotros mismos, para así practicar el rol de observador. Como dice la siguiente frase:

“Cuando la angustia llegue, cuando la depresión acose, míralas pero no las abraces, contémplalas pero no las invites”. Anónimo.


Si sientes que necesitas ayuda con la depresión, llámame o WhatsApp al 645 368 714 o escribe a lesbcn13@gmail.com

Un tercer y último paso es la activación. Una de las características principales de los estados depresivos es la inactividad. La inactividad va asociada a toda una serie de pensamientos limitantes del tipo; “para qué hacerlo”, “tampoco me lo voy a pasar bien”, “ya no me gusta como antes”, “me da pereza”… estos y otros pensamientos similares nos llevan a un estado emocional de baja energía, apatía y falta de ilusión. Si dejamos que estos pensamientos se instalen en nosotros, contribuimos a hundirnos más en nuestro estado depresivo. Ante ellos la reacción debe ser de escucha, pero no de aceptación de este tipo de pensamientos. Como hemos dicho anteriormente no podemos evitar que estos pensamientos surjan, pero si la forma como nos afectan. Obviamente, y tal como nos dice nuestra experiencia, si hacemos caso a su mensaje no vamos a salir de nuestro estado de inactividad y desilusión. En cambio si reaccionamos ante ellos de forma diferente, entendiendo que únicamente son pensamientos, y que nosotros somos los que decidimos y tenemos el control, la respuesta va a ser muy diferente. Debemos tener claro que no vamos a permitir que nuestro estado de ánimo determine nuestra actividad.

Así mismo, es normal que en este estado depresivo, actividades con las que disfrutábamos antes ahora no nos apetezcan en absoluto. Sin embargo es importante dar una oportunidad a la acción y tirarse a la piscina; practicar de nuevo esas actividades que antes nos hacían gozar, pero sin la presión de tener que disfrutar con ellas o que nos tengan que gustar como antes. Seguramente, si nos damos esa oportunidad, y a medida que volvamos a practicar estas actividades de forma habitual, también veremos como poco a poco las ganas y la ilusión aparecen de nuevo. Debemos ser flexibles con nosotros mismos y dar tiempo al tiempo.

Por último quiero puntualizar que salir de un estado depresivo no es fácil ni rápido, requiere de paciencia y constancia por parte de la persona que los sufre, pero también por parte de las personas que conviven con ella y que le apoyan en su proceso. “Sin prisa pero sin pausa” debe ser el principio que permita a la persona  ir saliendo de su estado depresivo, y  así recuperar su equilibrio emocional.

Leslie Beebe


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