Como Vencer el Victimismo

Como Vencer el Victimismo. ¿Te quejas por todo?, ¿tu discurso interno es pesimista?, ¿culpas al mundo de tu mala suerte?, ¿utilizas la queja como una forma de reclamar la atención de los otros? ¿te sientes rodeado de injusticias? ¿te enfadas y te encierras en ti mismo cuando no recibes la atención deseada?, ¿proyectas la responsabilidad de aquello que te pasa en los otros?... si has contestado que sí a una o más de estas preguntas, puede ser que vivas tu vida desde el victimismo.

vencer el victimismo


Es importante diferenciar entre dos términos; el de víctima y el de victimismo. Todos en algún momento de nuestra vida podemos ser víctimas de algún suceso o acto externo que nos perjudique. Ante el daño recibido lo más saludable es la queja, para así poder expresar el dolor sufrido. Sin embargo, una vez expresado el dolor, y si decidimos quedarnos en la posición de víctima, estamos cayendo en el denominado victimismo.

La posición victimista es muy común en las relaciones humanas, seguramente por la rentabilidad que en algún momento de nuestra vida hemos obtenido de ello. Por ejemplo puede ser que de niños adoptásemos esa actitud para influir en la conducta de nuestros padres, y ¡oh sorpresa!, la cuestión es que nos dio resultado. Quizás en la infancia aprendimos que tomando esa actitud, obteníamos aquello que queríamos del mundo, por ejemplo más atención, más comprensión, más consuelo, más privilegios, etc… Llegados a la edad adulta persistimos con el mismo patrón de funcionamiento, aunque éste se haya vuelto disfuncional y no obtengamos los mismos resultados que cuando éramos niños.

En nuestra sociedad, mostrarse como víctima es un papel que en un principio puede despertar la empatía y el apoyo de las personas de alrededor. Sin embargo, cuando la persona utiliza su posición de víctima como un hábito, intentando que los otros se sientan culpables por su situación, la reacción del entorno puede ser totalmente opuesta a la que la persona victimista está buscando, apareciendo entonces aspectos como el rechazo, el distanciamiento y la confrontación, entre otros.Curiosamente el victimismo es una actitud que fácilmente identificamos en los demás, provocándonos rechazo, pero que sin embargo nos cuesta mucho reconocer en nosotros mismos.

Todos en mayor o menor medida utilizamos, o hemos utilizado, nuestro sufrimiento como una herramienta para manipular y obtener aquello que deseamos de los otros; por ejemplo; ¿Quién no ha intentado generar lástima y hacer sentir culpable al otro para obtener aquello que desea?, o bien ¿Quién no ha utilizado el victimismo como una técnica para no responsabilizarse ante una situación determinada que queríamos evitar?.

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El problema de la manipulación victimista es que llega un día en que se convierte en una costumbre, una forma automática e inconsciente de funcionar por la vida. El victimismo nos lleva a pensamientos tóxicos, de autocrítica, lo que deriva en una sensación de frustración e ira porque el mundo y el resto de personas no se adecuan a nuestras expectativas. Adoptamos la creencia que nuestro malestar es fruto del exterior, pero raramente nos paramos a pensar en qué medida nosotros somos responsables de aquello que nos sucede en nuestra vida.

Llegamos hasta tal punto que damos por supuesto que todo lo malo que nos pasa es por culpa del resto del mundo; ya sea nuestra familia, el Karma o la mala suerte, entre otros culpables. Cuando proyectamos la responsabilidad de aquello que nos pasa en el exterior, difícilmente podemos ser críticos con nosotros mismos. De esta forma llegamos a creer que son los otros quienes deben cambiar, y no nosotros, para así adaptarse a nuestras exigencias.

Con el objetivo de que puedas vencer tu actitud victimista, a continuación te dejo algunas pautas que pueden ayudarte:

1. Escucha tus quejas y desahogos, y toma conciencia de como éstos te hacen sentir. Acepta que únicamente tú tienes la llave para salir de esa situación que te provoca malestar. Ten presente que los otros no van a cambiar para cumplir tus expectativas.

2. No esperes que los otros se hagan cargo de ti. Debes expresar directamente  tu necesidad y no esperar que los otros la adivinen por ti. Cuando detectes la queja, no tengas miedo a pedir, tradúcela en primera persona, expresando así de forma clara tu necesidad.

3. Plantéate si realmente obtienes aquello que quieres cuando adoptas una actitud victimista en tu vida. Pregúntate qué utilidad tiene y cuáles son los beneficios que consigues al relacionarte de esa forma contigo mismo y con el mundo.

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4. Busca la motivación que te lleva a actuar así. Quizás te des cuenta que actuando desde el victimismo buscas el reconocimiento y la aceptación de los demás, o bien puede ser que lo utilices como una forma de mantener a las personas de tu entorno controladas, o incluso una vía de escape para eludir responsabilidades que no deseas tomar.

Cuando encuentres dicha motivación toma conciencia del precio que pagas por actuar de forma victimista, por ejemplo; quizás te des cuenta que siempre acabas reprimiendo tus verdaderas necesidades, o bien que nunca te sientes libre para mostrarte tal y como eres ante el resto de personas.

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5. Cambia tu actitud ante la crítica; cuando surja un pensamiento negativo y destructivo hacía ti mismo adopta un actitud activa, nunca pasiva. Pregúntate qué está en tu mano hacer para cambiar eso que tanto te disgusta. Si hay algo que está a tu alcance hacer, por pequeño que sea, ponte manos a la obra con ello. Mentalízate que si adoptas una actitud derrotista y pasiva ante lo que te sucede nunca conseguirás aquello que te propongas.

6. Evita dejarte llevar por el victimismo y la crítica. Obviamente todos pasamos por momentos bajos en que nos sentimos víctimas de las circunstancias. Son circunstancias en las que expresamos desde el victimismo, buscando el apoyo y el cariño de los seres queridos. No obstante debemos tener claro que ese estado de ánimo debe ser pasajero y nunca puede ser tomado como un hábito o una actitud ante la vida.

7. Por último piensa que tú tienes el poder de decisión. Cuando caemos en el victimismo pensamos que aquello que nos ocurre es irremediable y que no se puede cambiar, adoptando una actitud pasiva ante la vida, lo que se traduce en pensamientos negativos que dañan nuestra autoestima. Debemos mentalizarnos que somos los únicos responsables de cambiar actitudes, formas de proceder y de funcionar en nuestra vida, pues nadie va a hacerlo por nosotros. Cuando adoptamos un actitud activa y de responsabilidad, nuestra autoestima también resulta favorecida.

"Detesto el victimismo y pago sin vacilaciones el peaje de la independencia". Antonio Escohotado

Leslie Beebe
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Autoconcepto y Creencias Limitantes

Autoconcepto y creencias limitantes. Una gran parte de nuestro sufrimiento y malestar deriva de nuestros pensamientos. Según la escritora Sharon M. Koenig, durante el día pasan unos 60.000 pensamientos por nuestra mente, gran parte de ellos negativos. El origen de la mayoría de este tipo de pensamientos se encuentra en nuestras creencias, así como en lo que se denomina como autoconcepto personal.

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El autoconcepto es la opinión que tenemos sobre nuestra persona. El autoconcepto comprende todas aquellas ideas, hipótesis y creencias que tenemos sobre nosotros mismos, es decir, la forma en la que nos percibimos y tratamos. Nuestro autoconcepto tiene su origen en el momento que tomamos conciencia que somos una entidad separada de nuestra madre, es decir a partir del año de vida aproximadamente. 

Aunque a esas edades el darse cuenta sobre nosotros mismos es muy primario, con el paso del tiempo y de las experiencias vividas nuestro autoconcepto se irá desarrollando.
El autoconcepto se inicia a los 12 meses de vida aproximadamente, sin embargo serán los primeros 7 /8 años (cuando se forma el carácter), y en la época de la adolescencia, cuando estos cambios en el autoconcepto serán más significativos.

Desde pequeños somos moldeados por la forma de ver el mundo que tienen nuestros padres. Los padres son el espejo en el cual como niños nos miramos, una imagen que determina como supuestamente debemos ser y como tenemos que actuar ante el mundo. Como niños lo que más deseamos es ser queridos y aceptados por los padres, y cumpliendo ese anhelo sacrificamos gran parte de nuestra esencia personal para encajar con la imagen que nuestros padres tienen de nosotros.

Vivimos nuestra infancia condicionados por multitud de creencias y valoraciones sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Llegamos a escuchar tanto las ideas y creencias de nuestros padres, que acabamos creyendo a pies juntillas aquello que nos han enseñado. Damos por hecho que existe una única forma de ver el mundo y que nosotros somos de una forma determinada. No obstante lo peor de todo es que en muchas ocasiones repetimos ese modelo único el resto de nuestra vida. En este sentido no es casualidad encontrar en terapia personas que se ven a sí mismos repitiendo roles familiares nocivos, los cuales has sido heredados de sus padres y antepasados.

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De adultos seguimos creyendo que la realidad es única y universal, actuamos como si todas esas creencias aprendidas de niños fuesen ciertas y por este motivo jamás las cuestionamos. De esta forma vivimos en modo automático y de forma inconsciente, propiciando situaciones que nos confirmen que aquellas creencias son ciertas.

Esta forma inconsciente y automática de funcionar nos suele poner en situaciones en las que nos convertimos en nuestro propio enemigo, desvalorizándonos y criticándonos por no cumplir con unas expectativas que poco tienen que ver con nuestra esencia, y sí más con esa imagen que supuestamente debemos cumplir.

Cuando no cuestionamos nuestras creencias, perdemos nuestra libertad, como nos explica Jorge Bucay en su cuento del elefante amarrado. El cuento explica que un elefante es amarrado de pequeño a una estaca con una fuerte cadena. De mayor el elefante podría liberarse sin ningún problema de la cadena que lo ata, sin embargo como siempre ha vivido amarrado no se plantea liberarse. Una clara metáfora de como nuestras creencias inconscientes nos limitan para conseguir la libertad de ser y de mostrarnos tal y como somos.

De todas estas creencias adquiridas surge una pobre imagen de nosotros mismos, una baja autoestima que se alimenta de expresiones del tipo:

“No valgo”, “No soy suficiente”, “No me lo merezco”, “No puedo”, “No lo conseguiré”, “Soy feo, bajo…”, etc…

Esta autocrítica y desvalorización constante provoca que aparezcan en nosotros multitud de pensamientos de rechazo, los cuales derivan en un malestar emocional e incluso físico. Dentro de nosotros experimentamos una contrariedad constante, entre aquello que supuestamente deberíamos ser, y aquello que en esencia somos. Como consecuencia de estas creencias limitantes vivimos una vida en que no somos quienes realmente somos, y en que constantemente nos estamos criticando por no ser lo suficientemente buenos o válidos. De adultos, ya no nos hace falta el condicionamiento de nuestros padres, sino que ya llevamos un “padre interiorizado” que se encarga de recordarnos todas esas creencias.
Ante ese malestar con nosotros mismos las reacciones que habitualmente adoptamos son diversas. 

Por un lado podemos responsabilizarnos de aquello que nos pasa, iniciando así un camino de crecimiento personal que nos permita conocer cómo hemos llegado hasta aquí y tomar conciencia de las creencias que nos atan y nos hacen sufrir. A partir de esta toma de responsabilidad personal podemos empezar el camino del cambio, sustituyendo patrones de funcionamiento caducos, por otros de más saludables, que nos permitan vivir de una forma más auténtica y sincera con nosotros mismos.

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Por otro lado podemos seguir viviendo en automático, anestesiados, viviendo un conflicto interno pero sin querer replantearnos nuestras creencias. Cuando no nos responsabilizamos de nosotros y de nuestra vida la tendencia es culpar al resto de personas, a nuestros padres y al mundo entero del sufrimiento en el que vivimos.

Es habitual cuando tomamos el camino de la pasividad y la victimización que alimentamos un autoconcepto negativo de nosotros mismos, lo que perjudica seriamente nuestra autoestima. Como consecuencia de esta baja autoestima es habitual establecer relaciones de dependencia, ya sea con drogas u otro tipo de adicciones, o bien mantener relaciones con pareja tóxicas que nos hacen sufrir, entrando así en un bucle del que es difícil escapar por uno mismo.

Si quieres enfrentarte a tus creencias limitantes y salir del funcionamiento automático en el que vives, así como tomar conciencia de quién eres y lo que realmente quieres en tu vida, la terapia puede ayudarte a encontrar el camino.

A continuación te dejo con otro de mis antiguos artículos sobre los pensamientos negativos y las creencias limitantes:

Como cambiar los pensamientos negativos


Leslie Beebe
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Como Relacionarte con el Miedo

Como relacionarte con el miedo Seguramente que en más de una ocasión has sido consciente de como el miedo y las inseguridades te han impedido conseguir aquello que querías. En la vida hacemos múltiples cosas por miedo, y dejamos de hacer muchas otras también por el mismo motivo. En este artículo explicaré con más detalle cómo mejorar nuestra relación con el miedo.

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El miedo es una de las 4 emociones básicas, junto con la alegría, la tristeza y la rabia. La función del miedo es adaptativa pues busca protegernos de los peligros del entorno que nos pueden dañar. El miedo ha permitido que el hombre haya evolucionado como especie, dándole la opción de enfrentarse, o bien escapar, de los peligros que le amenazaban. Sin el miedo nos volveríamos unas personas inconscientes y temerarias, poniendo en peligro nuestra integridad, por lo que el miedo es inherente a nuestro instinto de supervivencia.

El miedo actúa como una señal de alarma que nos avisa de posibles peligros y nos invita a ser precavidos. Además nos permite valorar los riesgos y actuar en consecuencia. Cuando sentimos miedo hacemos un balance de los recursos de los que disponemos para enfrentarnos al peligro. Si por ejemplo tenemos un tigre delante, el balance será desfavorable, y en consecuencia el nivel de miedo será elevado. Si nos enfrentamos con una amenaza menor, como un mosquito, el balance será favorable, y por tanto el nivel de miedo será mínimo.

Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos, los peligros “reales” son escasos, por ejemplo no tenemos que enfrentarnos a animales salvajes para poder comer, o a enemigos en una batalla para sobrevivir, sino que muchos de nuestros miedos proceden de fantasías que suelen tener su origen en nuestra baja autoestima y en múltiples inseguridades que nos afectan.

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Algunos de los pensamientos que nos despiertan miedo tienen que ver con pensamientos irracionales sobre nosotros mismos, y sobre el mundo que nos rodea, del tipo: “No voy a poder hacerlo”, “Me va a salir mal”, “Si no lo hago bien no me van a querer”, “Van a pensar que no valgo”, etc… Todos estos pensamientos difieren según cada persona, sin embargo en la mayoría de ocasiones están relacionados con nuestra historia y evolución personal, así como con posibles traumas que hayamos vivido en el pasado. Estos pensamientos limitantes son los que provocan que el miedo actúe de forma sobreprotectora con nosotros. En estos casos el miedo en lugar de alertarnos y prevenirnos ante posibles peligros, lo que hace es restringir nuestra libertad. Como una madre sobreprotectora actúa con su hijo, lo mismo hace el miedo con nosotros; nos vuelve unas personas más inseguras y más dependientes, lo que supone un duro golpe para nuestra autoestima.

De esta forma entramos en un bucle tóxico que se retroalimenta; como más pensamientos negativos y de inseguridad, mayor son las circunstancias de la vida susceptibles de que surja el miedo, como mayor es el sentimiento de miedo en nuestra vida, más inseguridad, lo cual vuelve a generar  más pensamientos limitantes.

El miedo sobreprotector tiene las siguientes consecuencias en nuestra vida: 

1. Limita nuestra libertad de acción y decisión.

2. Sobredimensiona la reacción ante el miedo y altera la percepción sobre las consecuencias negativas que puede tener un determinado acontecimiento o situación en nuestra vida.

3. Nos presiona para que evitemos enfrentarnos a nuestros miedos; ya sea procastinando o bien no actuando ante una determinada situación.

Debemos tener claro que la única forma de superar nuestros miedos es cambiar la percepción sobre ellos, eso significa poder vivir nuestros miedos de una forma más objetiva y realista, y para ello el único camino es enfrentarnos a aquello que nos da miedo. 

Con el objetivo de que puedas gestionar tus miedos de una forma más saludable, a continuación te dejo unas pautas que pueden ayudarte.

1. Debes tener en cuenta que para avanzar hay que correr riesgos, no podemos tenerlo todo controlado, ni tampoco la certeza que todo va a salir siempre como nosotros esperamos. Cuando algo sale mal no debe ser motivo para desvalorizarnos, ni creer que no somos válidos, sino que debemos pensar que forma parte del proceso de aprendizaje en nuestra vida. Si nos quedamos anclados en nuestras dudas y miedos no avanzaremos, en cambio si experimentamos y nos abrimos a la posibilidad de equivocarnos podremos aprender.

2. Diferencia entre tus miedos sobreprotectores y aquellos que no lo son. Para ello debes tomar conciencia de tu diálogo interno. Si en tu discurso hay ideas irracionales o creencias limitantes sobre tu persona mira de cambiarlas por otras más realistas y positivas. Aunque al principio te cueste incluir estas nuevas afirmaciones y creencias en tu diálogo, si eres persistente verás cómo pronto tu estado emocional se beneficia de ellas.

3. Pon tu miedo en palabras. Escucha el mensaje de tu miedo y házte preguntas del siguiente  tipo:

” ¿Cúal es el mayor de mis temores?”, “¿Realmente sus consecuencias  son  tan terribles cómo imagino?”, “¿Qué probabilidad tengo que mi miedo se convierta en realidad?”, “¿Qué experiencias del pasado sustentan mi miedo?”,” ¿Si mi miedo es fundado, qué podría hacer yo de diferente para que no volviese a suceder lo mismo?”.

Todas estas preguntas te ayudarán a enfrentarte a tus miedos. Cuando optamos por confrontar nuestros miedos, en vez de huir de ellos, su intensidad se reduce, pues constatamos que muchos de estos miedos únicamente se encuentran en nuestra mente, y no en la realidad presente.

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4. Recuerda que la intención de tu miedo no es hacerte la vida imposible, ni tampoco que te enfades con él. En este sentido es importante que dialogues con tu miedo desde el cariño. Muchos de nuestros miedos proceden de nuestro niño herido, por lo que deben ser tratados desde la comprensión y el apoyo, y no desde el enfado y la frustración. Como más oposición presentemos a nuestros miedos, mayor bloqueo y sufrimiento viviremos. Ante todo recuerda que no debes tener miedo al miedo.

5. Enfréntate a tus miedos. No hace falta que sea de una vez, puedes hacerlo de forma progresiva, exponiéndote a tus miedos de forma gradual. Puedes elaborar una lista con diferentes pasos que aumenten progresivamente en dificultad, hasta que puedas superar tus miedos.

6. Por último es aconsejable la práctica de ejercicio físico, así como la meditación y el Mindfulness. El ejercicio físico favorecerá a que te sientas mejor contigo mismo, aumentando tu autoestima, mientras que el Mindfulness  te permitirá abrir un espacio diario para calmar tu mente y focalizarte en el momento presente. Todos ellos te ayudarán a centrarte en el aquí y ahora, tomar contacto con tu cuerpo y reducir los pensamientos negativos y limitantes que alimentan tus miedos.

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Si sientes que los miedos te limitan, la terapia puede facilitarte las herramientas para que aprendas a superarlos. Llama o whatsapp al 645 368 714, o bien rellena el formulario de contacto, y te informaré sin compromiso.

“Todo lo que siempre has querido, está al otro lado del miedo” George Addair

Si quieres conocer más sobre los miedos y como superarlos, aquí te dejo otros de mis artículos sobre el tema:





Leslie Beebe


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La Separación y Los Hijos

La separación y los hijos. Separarse de la pareja es uno de los acontecimientos que nos genera más estrés e inquietud en nuestra vida. Si además tenemos hijos en común, la cosa se complica. Debemos tener en cuenta que por duro que sea el momento, los niños son las personas más vulnerables de la familia, y los que más sufren ante la decisión de separarse, pues aún no disponen de las herramientas de gestión emocional suficientes. Por este motivo debemos ser nosotros, los padres, quien nos responsabilicemos de la situación, y nos encarguemos que el impacto emocional derivado de la separación sea mínimo para nuestros hijos.

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Si actualmente estamos viviendo un proceso de separación, es probable que tengamos dudas sobre la forma como debemos explicarlo a nuestros hijos. A continuación mencionaré algunas pautas que nos pueden ayudar en este sentido.

En primer lugar lo que debemos tener claro es que los hijos están por encima de nuestra ruptura sentimental. Con el fin de preservar este principio, debemos preparar la forma como comunicaremos la noticia a nuestros hijos. Esto significa acordar previamente la conversación con nuestra ex pareja. Una vez lleguemos a un entendimiento sobre qué decir y cómo decirlo, tendremos que hablar con nuestros hijos de forma conjunta. Es importante tener en cuenta que por muchas diferencias que existan con nuestra ex pareja, debemos dejarlas de lado y permanecer unidos en este tema, pues la responsabilidad en la estabilidad emocional de los hijos depende de los padres.

Es importante que la comunicación de la noticia se realice en un entorno relajado, así como también hacerlo sin prisas, dando una imagen de uniformidad sobre la decisión tomada. Si actuamos así evitaremos que los niños perciban que existen dos bandos, o que escuchen dos versiones diferentes de la misma situación, lo que puede generarles más inestabilidad y nerviosismo.

Debemos recordar que la comunicación debe ser clara y entendible para nuestros hijos, haciendo hincapié que la decisión tomada no tiene nada que ver con ellos, y que únicamente se producirán cambios a nivel de rutinas, pero no en el cuidado y amor que reciben de ambos padres.

A continuación podemos explicar a nuestros hijos los cambios que se producirán en su vida a partir de ese momento, como mudanzas, régimen de visitas, cambios de rutinas, etc…, siempre en un tono conciliador y de apoyo, que les aporte tranquilidad dentro de la incertidumbre que puedan sentir en estos momentos.

Es muy importante obviar el juicio y la crítica hacia nuestra ex pareja, pues esta actitud conduce a que los niños se sientan culpables de la separación. Es muy importante dejarles bien claro que ellos no tienen ninguna culpa de la situación que se está viviendo, exculpándoles así de cualquier responsabilidad. Como padres se debe hacer entender a los hijos, que pase lo que pase, estaremos a su lado apoyándoles incondicionalmente.

Por norma general a los niños les suele costar asumir la ruptura y adecuarse a las nuevas condiciones de vida, por este motivo como padres debemos ser pacientes. En los primeros meses después de la separación debemos procurar prestarles el máximo de apoyo emocional, dándoles afecto, amor y escucha. Sin embargo esto no significa que nos volquemos en exceso con nuestros hijos, pues esto podría agobiarlos, ni tampoco que les dejemos hacer lo que quieran, pues los límites de conducta deben seguir presentes.

Una vez que los hijos se encuentren en la nueva rutina debemos preservar su mundo de niños, esto significa dejarlos fuera de los posibles enfrentamientos con nuestra ex pareja. Es de vital importancia que evitemos los desprecios hacia la ex pareja, así como aquellos comentarios de crítica respecto a su forma de criar a los hijos. En todo momento debemos manifestar un respeto hacía el otro cónyuge y no hablar mal de él en presencia de los hijos, así como en ambientes donde los niños pudiesen escucharlo.

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Los hijos tampoco deben ser utilizados como un instrumento dentro de las disputas entre la pareja, ni tampoco deben ser el recipiente donde volcar nuestras emociones y sentimientos respecto a la ruptura. Es importante que entendamos que como más nos cueste a los adultos superar la ruptura, más tardarán los hijos en asumir la nueva situación.

Como padres debemos estar atentos a posibles cambios en la conducta de los hijos, pues las separaciones pueden alterar sus hábitos de estudio, de alimentación o de sueño. Aunque estas manifestaciones suelen ser reacciones normales en las primeras semanas después de la separación, no por ello debemos dejar de controlarlas, y si vemos que los problemas perduran en el tiempo sería aconsejable pedir ayuda profesional.

Dependiendo de la edad de nuestros hijos, las reacciones pueden ser diversas ante la noticia de la separación. Cuando los niños son muy pequeños, hasta los 4 años aproximadamente, les costará entender qué supone la separación de sus padres, por lo que a estas edades debemos prestarles la máxima atención. De los 4 hasta los 8 años ya comprenden el término de separación y pueden manifestar su malestar ante la noticia mediante diversas reacciones como; gimoteos y lloros, dolores de estómago, dificultad para dormir solos en su habitación, etc… A partir de los 8 años hasta la adolescencia los niños pueden mostrarse enfadados, molestos y en consecuencia adoptar una actitud rebelde y de desafío ante la autoridad paterna. En estos casos como padres no podemos tolerar este tipo de actitudes y debemos actuar en consecuencia, siempre desde unos criterios uniformes, para así no desautorizar a la otra figura parental.

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Debemos acompañar a los hijos en su expresión emocional. Es recomendable sentarnos a hablar con ellos, escuchar sus sentimientos y ayudarles a expresar aquello que están sintiendo. Si se sienten tristes y tienen ganas de llorar, debemos animarles a hacerlo, diciéndoles que mostrar la tristeza no es malo ni nada de lo que deban avergonzarse. Tampoco debemos atosigarles y preguntarles en todo momento como se encuentran, pues esto puede hacerlos sentir agobiados. Demasiada presión por parte de los padres conducirá a aquello que queremos evitar, que se encierren en sí mismos y repriman sus emociones. La forma de actuar es comentarles que siempre que lo necesiten nosotros estaremos a su lado.

Es muy importante no manifestar celos cuando los hijos pasan tiempo con el otro progenitor, ni tampoco interrogarlos sobre qué hacen o dejan de hacer cuando están con nuestra ex pareja. Esta actitud hace sentir al niño incómodo y puede generarle miedo al no saber qué decir. Debemos evitar poner al niño en situaciones comprometidas que le hagan sentir que debe escoger entre uno de los padres.
En la misma línea de lo que acabamos de hablar, es importante tener en cuenta que cualquier problema que pueda surgir con nuestra ex pareja debemos hablarlo directamente con ella, y no utilizar a los niños como mensajeros. Tampoco es apropiado hablar a los hijos sobre determinados temas que conciernen exclusivamente a los adultos, como pueden ser; juicios, temas legales, pensiones alimenticias, denuncias… Es fundamental que como adultos protejamos al niño de todas esas temáticas.

En ocasiones cuando se produce una separación estalla una guerra entre las dos familias, por lo que los adultos adoptan la actitud que el niño esté lo menos posible con la familia de su ex pareja, muchas veces como una forma de venganza o castigo. Debemos tener claro que al adoptar este tipo de actitudes el máximo perjudicado es el niño, el cual no entiende como de la noche a la mañana ha dejado de tener contacto con una parte de la familia. Es muy importante que el niño tenga derecho a disfrutar de toda su familia.

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Por último os dejo un cuento explicativo que puede ayudar a los niños más pequeños a entender qué supone la separación de los padres. Los cuentos son una herramienta de comunicación que funciona muy bien con los niños, ya que permiten explicarles en un lenguaje sencillo aquello que pasa en el mundo de los adultos.




Leslie Beebe
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¿Tristeza o Depresión?

¿Tristeza o depresión?. La depresión, junto con la ansiedad, se han convertido en dos de los temas de consulta más habituales en los centros médicos y de psicoterapia. Según datos de 2015 procedentes de la OMS (Organización Mundial de la Salud), 2,4 millones de personas sufren de depresión en España, es decir aproximadamente un 5,2% de la población. Asimismo, el consumo de fármacos para tratar la depresión se ha triplicado en los últimos 10 años, según cifras de la  Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

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Antes estas cifras nos podemos preguntar qué ha pasado últimamente para que se haya producido este aumento tan significativo. En parte el motivo se explica por la crisis que hemos vivido en los últimos años, la cual ha provocado una situación económica crítica para muchas familias. Sin embargo no creo que ésta sea la única explicación.

Aunque pueden influir múltiples factores dependiendo de las circunstancias de cada persona, en mi opinión existe otro motivo para haber llegado a esta situación; la inmadurez emocional que presenta un gran porcentaje de la población. Un ejemplo de esta inmadurez emocional lo encontramos en la forma como a veces oímos hablar de la depresión. Es frecuente escuchar frases del tipo; “estoy depre”, “tengo una depresión”… cuando realmente lo que sucede es que la persona es incapaz de gestionar de forma saludable su tristeza. Estar triste, o pasar una época de apatía y baja energía, no debería  confundirse con estar sufriendo de un trastorno depresivo. Es muy importante tener en cuenta que el trastorno depresivo es una psicopatología, y que por tanto no debe ser banalizado ni tomado a la ligera, como a veces hacemos.

En mi opinión la falta de habilidades en la gestión de nuestras emociones, este analfabetismo emocional presente en nuestra sociedad, procede de dos fuentes; la primera es un sistema educativo que hasta el momento ha dedicado muy pocos recursos a la formación emocional de los niños, pues se ha centrado únicamente en el campo intelectual. 

La segunda de las fuentes es una sociedad que nos vende la idea que debemos estar siempre contentos y felices, viviendo en un estado donde emociones  atribuidas como desagradables, como el miedo y la tristeza, no son toleradas ni aceptadas. La sociedad de consumo nos alecciona para que seamos “compradores de felicidad”, nos enseña que como más bienes materiales tengamos, mayor felicidad obtendremos, y en consecuencia menos tristes y asustados estaremos.

Desde pequeños se nos enseña que emociones como la tristeza y el miedo no son bien recibidas por el mundo que nos rodea. Cuando de niños expresamos nuestra tristeza y nuestro miedo, la respuesta del mundo adulto es que no les debemos dar mucha importancia. Se nos intenta aliviar con frases del tipo: “pasará rápido”, o “no es nada”, para que no le concedamos mayor relevancia al tema, y de esta forma acabamos reprimiendo nuestras emociones. En otras ocasiones se nos censura por sentirlas; quien no ha escuchado frases como; “llorar es de niñas” o “mamá no te va a querer si lloras”, y otras por el estilo.  

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En esta línea la sociedad en la que vivimos también contribuye a nuestra desconexión emocional, al intentar vendernos a todas horas productos para estar distraídos, y así alejarnos de lo que estamos sintiendo en el aquí y ahora. Una sociedad que nos empuja a un hacer constante, a vivir de forma frenética y que por tanto nos dificulta el contacto con nosotros mismos.

Por todos estos motivos, al llegar a la edad adulta nos sentimos con una gran torpeza emocional, pues disponemos de muy pocos recursos para lidiar con este tipo de emociones. Cuando el miedo o la tristeza emergen en nuestra vida nuestra reacción suele ser de negación y rechazo. Como tenemos la convicción que son emociones inaceptables, la forma como las gestionamos es a través de la distracción. Si nos abstraemos con elementos como la comida, la televisión, o el móvil, entre otros, dejaremos en un segundo plano esa emoción emergente. Sin embargo esa emoción quedará latente, y más pronto o más tarde acabará manifestándose, y no siempre de una forma agradable para nosotros. 

Cuando aparecen los típicos dolores psicosomáticos derivados de esta represión emocional, la persona acude al médico, para que así le dé una medicación que le quite ese malestar, cuando realmente lo necesario sería que aprendiese a gestionar sus emociones de una forma saludable; es lo que denominamos como desarrollar la inteligencia emocional. Esta ineficiente gestión emocional es una de las principales explicaciones del aumento de cifras al que nos referíamos al principio.

Una de las vías para desarrollar nuestra inteligencia emocional, siendo más conscientes de aquello que nos pasa, y de cómo gestionarlo es empezar un proceso terapéutico.

A continuación, y para acabar de aclarar conceptos, os voy a comentar algunas de las diferencias básicas entre una emoción como es la tristeza y una psicopatología como es el trastorno depresivo.

1. La principal diferencia entre la tristeza y la depresión es que la tristeza es una emoción momentánea y transitoria. La tristeza surge ante situaciones de pérdida o de decepción en nuestra vida, como una forma de recogimiento y elaboración de la pérdida. La tristeza permite retirarnos, reflexionar y aceptar los posibles cambios que se hayan producido en nuestra vida. La depresión en cambio es un trastorno que perdura en el tiempo, el cual se manifiesta a partir de diversos síntomas como son: la pérdida o el aumento de apetito, la fatiga, el insomnio o el sueño excesivo, la falta de disfrute con actividades que nos gustan, los sentimientos de desvalorización personal, etc… Podemos decir que la tristeza como tal sería una sintomatología de la depresión, pero no la única.

Para conocer más en detalle los síntomas a partir de los cuales se puede diagnosticar un trastorno depresivo, aquí os dejo un enlace:


2. Por norma general podemos asociar la tristeza con algún hecho o situación determinada; como la ruptura de una relación de amistad, la muerte de un amigo, la pérdida del trabajo, etc… En cambio detectar el origen de un trastorno depresivo puede ser más difícil, pues aparte de los aspectos emocionales, también pueden influir otro tipo de factores, como factores genéticos, ambientales y neurobiológicos.

3. Una de las sintomatologías propias de la depresión es la abulia. La abulia se caracteriza por la falta de voluntad e iniciativa para enfrentarse a la vida diaria. Esto significa que tareas rutinarias como salir a comprar, ir al trabajo o hacer cualquier tipo de gestión se convierten en obstáculos muy difíciles de superar para la persona depresiva. Aunque la abulia puede aparecer en estados de tristeza, en la depresión se intensifica y perdura en el tiempo.

4. Un estado de tristeza es pasajero y no reviste de una mayor importancia. Simplemente con el apoyo de amigos y familiares, y adoptando una actitud positiva, la persona suele salir de ese estado, recuperando así la ilusión por su vida y sus proyectos. Sin embargo la depresión es un trastorno serio, que requiere de ayuda profesional, pues afecta y limita de forma significativa la vida de la persona. En muchos casos también es necesaria la toma de medicación como complemento de la terapia para superar la depresión.

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5. La depresión tiene un carácter expansivo, y por tanto llega a afectar a todos los ámbitos de la persona; el familiar, el personal, el social y el laboral. La persona que sufre de depresión vive su día a día con una gran pesadumbre y un malestar generalizado en todas las áreas de su vida. La tristeza en cambio puede estar ubicada en un único ámbito, no limitando de forma significativa el resto de ellos.

6. Los niveles de seratonina son más bajos en las personas que sufren de depresión. La seratonina es una sustancia que funciona como un neurotransmisor, afectando el funcionamiento de la mayoría de las células del cerebro. Una de sus principales funciones es la de mantener el equilibrio en nuestro estado de ánimo. Las personas que sufren de un estado de tristeza no tienen alterados los niveles de seratonina.

Por último recordaros que si os habéis sentido identificados con los síntomas vinculados a la depresión, os aconsejo que en primer lugar vayáis al médico para que realice el diagnóstico oportuno. Como he comentado anteriormente, la depresión es un trastorno expansivo, que poco a poco va a ir afectando a más áreas de la vida, por lo que como más se tarde en abordar el problema, más difícil y más tiempo se necesitará para recuperar el bienestar perdido.

Si quieres conocer más sobre la depresión y la tristeza, aquí te dejo otros de mis artículos sobre estos temas:




Leslie Beebe
Terapia y Coaching Personal

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