Como terminar mi relación de pareja (con el menor dolor posible)

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Como terminar mi relación de pareja. Una de las situaciones más difíciles, emocionalmente hablando, es darnos cuenta que nuestra relación de pareja se ha terminado, y en consecuencia enfrentarnos a la idea de tener que comunicárselo a nuestra pareja. En estos momentos se nos mueven multitud de emociones y sentimientos, entre ellos; culpa derivada de sentir que hemos fracasado en nuestro proyecto de pareja, miedo al cambio, miedo a la soledad, miedo a los comentarios de amigos y familiares, y tantos otros temores y miedos que nos dificultan enfrentarnos con la realidad. Debido a esta dificultad, en muchas ocasiones preferimos no ver aquello que se nos presenta como obvio. En estos momentos aparece una voz interior que nos pone justificaciones y excusas para no aceptar la realidad, mensajes del tipo; “ahora no es un buen momento”, “tampoco estamos tan mal”, “quien me asegura que sin él/ella estaré mejor” y tantas otras que nos incitan a no enfrentarnos con el dolor de admitir el fin de nuestra relación. Aunque no vamos a poder evitar el sufrimiento que conlleva una separación, aquí os dejo algunos consejos para gestionar la situación de la forma más responsable posible, con el objetivo de no causar un daño mayor al que ya comporta la propia ruptura.

Primero. Tener en cuenta el lugar y el momento en que queremos abrir el tema. Obviamente es necesario hacerlo en persona, nada de teléfono ni Whatsapp, así como también encontrar un momento propicio, en que ambos estéis tranquilos, sin gente ni distracciones alrededor.

Segundo. Enfocarnos en explicar cómo nos sentimos, desde cuándo estamos así y cómo creemos que hemos llegado a la situación actual. Es importante evitar acusaciones hacía el otro, culpándole por lo sucedido, recordemos que ambos tenéis vuestra parte de responsabilidad en lo sucedido. También debemos rehuir formas de comunicación que falten al respeto hacía la otra persona como las palabras hirientes y los insultos, pues lo único que vamos a conseguir con esa actitud es hacer un daño innecesario al otro, sin nosotros obtener ningún beneficio por ello.

Tercero.  Ser consecuentes con aquello que sentimos. A veces cuando empezamos a visualizar la idea de que la relación se acaba, actuamos de forma totalmente opuesta, es decir nos empeñamos en que la cosa funcione y nos forzamos a actuar de una forma que no sentimos; actitudes como planear una escapada romántica para recuperar la ilusión perdida, estar más atento hacía las necesidades del otro o mostrarse más cariñoso de lo habitual, son síntomas de este tipo de actitud. Si actuamos según como nos sentimos, seguramente nos mostraremos más distantes, menos atentos hacía el otro y más focalizados en nosotros, por lo que esto puede dar pistas a la pareja una vez llegue el momento de la ruptura.

Cuarto. Ser asertivo y directo. Es importante no andarnos con rodeos cuando comuniquemos al otro nuestra intención de dejar la relación. Lo mejor es decir a nuestra pareja de forma clara y con firmeza que queremos dejar la relación, y después explicar cómo nos sentimos al respecto, y no a la inversa.  Es importante evitar posiciones ambiguas, así como dar falsas esperanzas al otro con frases del tipo; “darnos un tiempo”, “necesitar mi espacio” y otras de similares que únicamente van a crear más confusión y dolor en la otra persona. Debemos evitar que nuestra pareja se cree falsas esperanzas sobre la continuidad de la relación y acepte la realidad tal y como es. Esta actitud asertiva y directa por nuestra parte, evitará que tanto nosotros como nuestra pareja nos quedemos enganchados en la relación.

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Si tienes problemas de pareja o estás pasando por una ruptura te puedo ayudar. LLama o WhatsApp al 645 368 714 o bien escribe a lesbcn13@gmail.com

Quinto.  No intentar salvar al otro ni querer aliviar su dolor. Ante la dura noticia que supone ser dejado, seguramente la otra persona se derrumbará y empezará a llorar. En estos difíciles momentos es cuando es más importante mantenernos firmes en nuestra decisión, evitando consolar al otro. La actitud a adoptar en estos casos es de acogida, comunicando al otro que comprendemos su dolor, pero que esto es lo que sentimos y que continuar con la relación únicamente significaría un engaño para ambos. Es importante que esta actitud asertiva y firme vaya acompañada de un  lenguaje verbal y corporal coherente. De nada sirve que le digamos al otro que queremos dejarlo, y por otro lado le estemos consolando a través de besos y abrazos, pues lo único que conseguimos con esa actitud es crear más dolor, confusión y falsas esperanzas en la pareja. La congruencia entre nuestras palabras y nuestros actos ayudará a que la otra persona entienda que nuestra decisión es definitiva, y le ayudará a hacerse la idea de que la relación está acabada.

Sexto. No dejarnos manipular. Ante la noticia de la ruptura es frecuente que el otro reaccione expresando su dolor a través del ataque personal hacía nosotros. No olvidemos que es una persona que nos conoce bien y por tanto sabe de nuestras debilidades y flaquezas; por este motivo y al sentirse herido, sin duda va a utilizar todas sus armas para convencernos de nuestro error y hacernos retractar de nuestra decisión. Algunos casos son aquellos en que el otro recurre al chantaje emocional, a través del botón de la culpa, para así hacernos sentir como una mala persona por romper la relación. Otros casos son aquellos en que se recurre a la imagen personal, y como ésta va a quedar dañada ante familiares y amigos si la pareja se disuelve, en otros casos se recurre al tema económico, al tema de los hijos etc… Ante este tipo de circunstancias debemos obviar las palabras de ataque de la otra persona y centrarnos únicamente en expresarle aquello que sentimos, sin entrar en acusaciones ni juicios. En estos momentos de fuerte carga emocional es frecuente que queramos justificar los motivos de la ruptura, e intentemos que el otro los llegue a entender. Nada más lejos de la realidad, debemos tener en cuenta que la otra persona no se encuentra receptiva a ningún razonamiento que nosotros le podamos hacer en estos momentos, pues se encuentra aún conmocionado por la noticia recibida. Por este motivo debemos evitar entrar en debates con el otro sobre quien tiene la razón, pues lo único que conseguiremos con esa actitud es acabar en una pelea que únicamente va provocar un dolor mayor para ambas partes.

En caso de que veamos a la persona muy afectada, o a veces incluso ante amenazas de suicidio que la otra persona pueda expresarnos en estos momentos de profunda intensidad emocional, nuestra actitud debe seguir siendo de firmeza con la decisión tomada, comunicándole que si lo cree oportuno busque ayuda profesional, pues nosotros no somos la persona adecuada para ayudarle en estos momentos. Nosotros no podemos desarrollar dos roles a la vez, por un lado ser quien le deja, y a la vez ser la persona que le ayude a recuperarse de la ruptura, son ambos incompatibles. Si queremos quedarnos más tranquilos, podemos hablar con familiares y amigos para que estén alerta sobre su estado.

Séptimo. Mantenernos firmes con nuestra decisión. Aunque tengamos claro nuestra intención de dejar la relación, esto no significa que una vez tomada la decisión y comunicada al otro, no nos surjan dudas al respecto. Es frecuente que después de la ruptura dudemos sobre si la decisión tomada ha sido la correcta, y por tanto aparezca en nosotros la idea de una posible reconciliación. Es normal seguir teniendo  sentimientos hacía la otra persona, después de la experiencia común vivida, sin embargo eso no debe confundirse con un auténtico deseo de querer retomar la relación. En esta etapa es común replantearnos la decisión, aunque este pensamiento suele ser más fruto de miedos, así como de sentimientos de culpa y estados de melancolía característicos del momento, que no de un claro convencimiento que nos hemos equivocado y queramos volver. Únicamente el tiempo nos va a permitir saber si realmente la decisión tomada fue la acertada o no, y ahora no es ese momento.

Octavo. Mantener la distancia. Una vez hemos expresado al otro nuestro deseo de finalizar la relación es recomendable mantener cierta distancia con esa persona. Debemos entender que el otro necesita de su tiempo y de su espacio para ir asimilando la dura noticia. En la medida de lo posible debemos evitar llamarle o quedar de nuevo enseguida. Es de vital importancia para nosotros poner atención en no estar pendientes en todo momento del otro, a través de vías como el Whatsapp, sobre todo cuando estemos atravesando momentos de vulnerabilidad, propios de esta época, en que los estados de soledad y melancolía suelen estar a flor de piel. También es importante que fijemos nuestros límites, y mantengamos la distancia, si vemos que la persona quiere seguir manteniendo un contacto asiduo con nosotros, como el mantenido hasta el momento. La pareja debe de tomar conciencia que la relación está terminada, y si seguimos manteniendo un contacto con él como hasta ahora no le estamos ayudando a entender la nueva situación. Obviamente, si convivimos con la pareja lo más recomendable sería marcharse del domicilio, para así hacer efectivo el espacio que antes hemos comentado.

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Noveno. Empezar el duelo en toda regla. Una vez tomada la decisión y comunicada al otro es importante que ambas partes empecéis el duelo lo más pronto posible. Por este motivo es importante la actitud ya comentada de firmeza ante la decisión tomada, la cual se ha de manifestar en actitudes acordes a dicha decisión. Es importante no confundir al otro con mensajes contradictorios que le puedan hacer pensar que existe alguna posibilidad de restablecer la relación de pareja.  Tampoco es aconsejable recurrir a promesas que puedan albergar alguna esperanza sobre una posible reconciliación, del tipo “podemos ser amigos”, pues eso lleva su tiempo y no siempre acaba siendo posible.

Si actuamos de forma coherente, con respeto hacía el otro y hacía nosotros mismos, y nos mantenemos firmes y consecuentes con aquello que hemos decidido, el duelo se presenta de forma natural como el inicio de una nueva etapa en la vida de ambos.

Como comúnmente se dice;

“El duelo requiere que el muerto esté bien enterrado, y no que cada día sea un nuevo funeral”.

Leslie Beebe


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¿De qué va la terapia?

¿De qué va la terapia?, ¿Qué hace un terapeuta?.  Estas son preguntas que muchas personas me preguntan en nuestra primera entrevista. De hecho, es normal que en una primera sesión surjan múltiples preguntas respecto al mundo de la terapia, y más cuando no existe una experiencia previa al respecto.
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En este artículo comentaré algunas cuestiones que con frecuencia aparecen en estos primeros momentos de contacto, para de esta forma disipar dudas y aclarar conceptos. En una entrada anterior ya hablé sobre el papel del terapeuta, respondiendo también a algunas preguntas sobre la terapia;  podéis leer el artículo clicando en el siguiente enlace:


La hora de terapia es propiedad del cliente. Esto significa que el terapeuta no va a preparar la sesión como si fuese una clase, ni tampoco va a anticipar temas a tratar con el cliente. El terapeuta trabaja con el estado en el que llega el consultante a la sesión; con lo que surge en el aquí y ahora. Asimismo el cliente es el que tiene la libertad, a la vez que la responsabilidad, de abrir aquellos temas que considere oportuno en la hora de sesión, pues como ya hemos comentado, la hora es de su propiedad. Esto no significa que en alguna ocasión el terapeuta no pueda proponer un tema, sobre todo cuando éste percibe que es un asunto que el cliente está evitando desde hace un tiempo, o bien sea un tema que intuye está afectando el estado actual de la persona. De esta propiedad, también deriva el hecho de que la sesión es confidencial, por tanto “aquello que aparece en la sesión se queda en la sesión”.

El posicionamiento en la terapia. Tanto cliente como terapeuta se posicionan ambos en un mismo nivel, por tanto la relación terapéutica no es una relación de jerarquía, sino más bien de complementariedad. El terapeuta trabaja desde la humildad de que no sabe ni conoce todo, y es desde aquí donde mejor puede ayudar al cliente a encontrar sus verdades, a la vez que también aprende sobre sí mismo. Un buen terapeuta nunca trabaja desde la vanidad o la arrogancia de saber más que su cliente. Personalmente me gusta llamar a la persona como cliente o consultante, en vez de paciente. En primer lugar, porque la mayoría de personas que acuden a terapia no están diagnosticadas de ninguna enfermedad o trastorno mental. En segundo lugar porque el término de paciente me resulta incómodo, pues posiciona al terapeuta en una posición superior, de responsabilidad de tener que curar al cliente, cuando realmente la cura, si es que realmente puede denominarse así, surge del encuentro entre ambos, terapeuta y cliente.

La terapia es el encuentro entre dos seres humanos. Es verdad que existen multitud de técnicas y ejercicios para trabajar en la sesión de terapia, así como también es cierto que el terapeuta debe ser un profesional que disponga de unos conocimientos teóricos, a la vez que prácticos, sobre la materia. Sin embargo todo este conocimiento no debería prevalecer sobre el fundamento de la terapia, que para mí es el contacto entre dos seres humanos. El psiquiatra Carl Jung describía muy bien este punto con la siguiente cita:

“Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana”. Carl Jung.

No se trata de hacer nada. Muchos clientes me preguntan si deben adoptar alguna posición determinada, o hablar de ciertos temas en la sesión de terapia. Mi respuesta es que la terapia va fluyendo según vayan pasando las sesiones, sin tener que forzar nada. Los asuntos a tratar son aquellos que la persona se sienta en conflicto, los cuales van a ir apareciendo para ser resueltos. Como he comentado anteriormente el terapeuta trabaja desde cómo llega el cliente a la sesión de terapia, sin tener que imponerle ni obligarle a tratar ningún tema en cuestión.

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La terapia como laboratorio. Me gusta equiparar la hora de terapia a un lugar de experimentación, como un laboratorio donde la persona pueda probar, en un ambiente seguro y de confianza, aquellas conductas y formas de funcionar que aún no ha implementado en su vida diaria. Se trata que la persona amplíe la visión sobre sí mismo en todos sus centros; el centro mental, el emocional y el instintivo, para así acceder a nuevos puntos de vista que le ayuden a superar obstáculos y limitaciones en su vida diaria.

El terapeuta no es un depósito de quejas o penurias. Tanto terapeuta como cliente establecen un vínculo en que las dos partes van a tomar parte activa en el proceso terapéutico. No se trata de ir a la sesión para desahogarse, mientras el terapeuta adopta un papel de simple oyente, asintiendo a todo aquello que le explica el cliente. El papel del terapeuta es el de ayudar a la persona a ampliar su toma de conciencia sobre todo aquello que vive fuera de la hora de terapia, y que en la mayoría de ocasiones le provoca sufrimiento o malestar. Para conseguir esta ampliación de la conciencia, el papel del terapeuta no puede ser únicamente el de receptor, sino que también debe formar parte activa en la comunicación con el cliente; esto significa escuchar su mensaje, pero también escucharse a sí mismo, para de esta forma ir reflejando, como si fuera un espejo, la imagen que el cliente está proyectando en el terapeuta. 

El feed-back que el cliente recibe del terapeuta es muy importante para que éste pueda ver más allá de su propio punto de vista, facilitándole una ampliación en su toma de conciencia, y en consecuencia un mayor nivel de conocimiento sobre su persona. Asimismo las preguntas del terapeuta pueden ayudar a que el cliente acceda a nuevos conocimientos sobre su persona, permitiéndole llegar a conclusiones y acciones que no hubiese podido llegar por sí mismo.

El terapeuta no es un mago ni un amigo. El terapeuta es un ser humano, como cualquier otro, por este motivo no tiene las respuestas para todo, ni posee ninguna varita mágica para solucionar los problemas. La función del terapeuta es la de guiar a la persona para que encuentre su propio camino. Guiar no significa dar consejos, como lo podría hacer un amigo, guiar es el arte a partir del cual el terapeuta acompaña y apoya a la persona en el proceso de descubrimiento de sí mismo. Un terapeuta no dice aquello que uno debe o no debe hacer con su vida o con su persona.

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La terapia no es una medicina. Relacionado con el punto anterior, el terapeuta no dispone de un discurso milagroso que funcione como una medicina para el cliente. Como todo en la vida, si el consultante quiere sacar algo de la terapia, deberá dedicarle un tiempo y un esfuerzo. Por este motivo los resultados en terapia dependen en gran medida del compromiso y la constancia del cliente. Puedo constatar que cuando la persona se compromete con el proceso los resultados van apareciendo progresivamente.

El terapeuta no es un juez. El terapeuta se posiciona en una posición de apertura y empatía con el cliente, por este motivo no realiza juicios sobre si aquello que el cliente hace o piensa está bien o mal; como hemos dicho anteriormente su trabajo consiste en acompañar al consultante a descubrir su propio camino.

El terapeuta no es un vendedor. El terapeuta no está para convencer, ni mucho menos para manipular al cliente hacía una determinada línea de acción o pensamiento. El terapeuta actúa como un catalizador, ayudando a la persona en su proceso y apoyándole para que encuentre su camino, siempre en coherencia con sus valores y creencias.

Si quereis saber más sobre la terapia aquí os dejo un par de artículos sobre el tema.

Terapia Gestalt y Darse Cuenta

Fundamentos de la Terapia Gestalt


Leslie Beebe
Terapia Gestalt y LifeCoaching Barcelona
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Terapia y Perdón

El perdón es un tema habitual en las sesiones de terapia. Como terapeuta concibo el perdón como un acto necesario para conseguir la aceptación de aquello que nos dolió, y así poder seguir adelante con nuestra vida. Vivir con sentimientos de rencor e ira hacía aquellos que nos han lastimado nos aleja del amor hacía nosotros mismos y hacía la vida.


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Sin embargo también estoy en desacuerdo con aquellas personas que fuerzan a las víctimas a tener que perdonar siempre, sin ninguna excepción. En mi opinión el perdón va más allá de unas simples palabras, para convertirse en un proceso que va a depender de diferentes factores como el tiempo para conseguirlo, la voluntad de la persona o la intensidad de la experiencia vivida. Entiendo perfectamente a personas que han pasado por situaciones que les es imposible perdonar, hablo en especial de personas que han sufrido graves abusos y daños en su vida y que no conciben perdonar a su agresor, pues de algún modo ese acto significaría para ellos rendirse ante el abusador. 

De esta disyuntiva surge la pregunta de cómo poder llegar a un entendimiento entre ambas posturas, que en un principio podrían parecer opuestas. En mi opinión el primer paso es comprender que el acto de perdonar es ante todo un acto de amor y aceptación hacía nosotros mismos. El perdonar no es algo que hagamos por otras personas, sino por nosotros mismos, con el objetivo de seguir adelante con nuestras vidas. Como dice la actriz Suzanne Somers

“El perdón es un regalo que te das a ti mismo”.

Asimismo perdonar no significa justificar o negar aquello que sucedió; de hecho el camino del perdón empieza cuando tomamos conciencia de nuestra herida, de aquello que en su momento nos dolió y por lo cual aún sufrimos en el presente. Cuando nos damos cuenta de nuestra herida podemos empezar el camino hacía su sanación.

Perdonar es transitar lo que suele ser un largo y difícil camino, entendiendo que existe la posibilidad de que quizás no podamos conseguir integrar el perdón en nosotros, o al menos en la medida como nos lo vende la sociedad, como un perdón total, como una meta a alcanzar, cuando en realidad yo lo concibo más como un camino a recorrer.

Para conseguir el perdón y así liberarnos del sufrimiento que nos genera el recuerdo, primero debemos entrar en el daño causado. Este camino supone transitar por un cúmulo de emociones y sentimientos derivados de lo sucedido, como el dolor, la tristeza, la perdida, la humillación, la rabia y los deseos de venganza, entre otros. Todos ellos son necesarios en el proceso de terapia para llegar al perdón. Por este motivo debemos dejarnos sentir estas emociones en nosotros, dándonos el permiso para expresarlas, tantas veces como sea necesario, dejando de lado nuestro juicio. Solo así el perdón podrá pasar de ser un concepto mental, a ser una realidad integrada en nosotros.

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Perdonar no es olvidar, no podemos borrar nuestras experiencias como si se tratase de la memoria de un ordenador. Perdonar significar poder recordar el suceso traumático sin tener que sufrir por ello; metafóricamente sería como una cicatriz que nos recuerda lo que sucedió y que en determinados días nos recuerda de su existencia. No perdonar sería como una herida abierta, que sigue sangrando y que nos imposibilita despojarnos de la carga que supone vivir el recuerdo con odio y rencor.

Perdonar no es obviar la importancia del suceso que nos dolió, tampoco minimizarlo en medida alguna, ni menos aún dar nuestro consentimiento al hecho. El perdón es un acto de valentía, pues supone aceptar que aquello que sucedió no se desarrolló como nosotros hubiésemos querido, y ese es un aspecto que a nuestro ego le cuesta asimilar. Nuestro ego es alérgico a la frustración, le disgusta enormemente sentir que las cosas no son como él cree que deberían ser. Esta actitud egoica va relacionada con nuestras creencias y principios sobre el mundo y la justicia que lo regula; ideas que seguramente nos acompañan desde niños y que dificultan el camino del perdón. 

En la terapia revisamos estas creencias para cuestionar su veracidad en el momento actual. Algunas de las creencias con las que con frecuencia me encuentro en terapia son del siguiente estilo; “Perdonar significa perder”, “Debo vengarme por lo que me han hecho”, “Debe pagar por el daño cometido”, “Perdonar significa darle la razón”, “Debería haberme dado cuenta antes”, “No es justo, es todo culpa suya”…

Perdonar cuando se trata de relaciones, como una ex pareja, no significa que debamos reconciliarnos con esa persona, ni obviamente tampoco supone tener que retomar la relación. Perdonar significa que no suframos al pensar en ello, aprendamos de la experiencia vivida y nos responsabilicemos de la parte que nos pertoca. De esta forma podremos recuperar nuestro equilibrio emocional.

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Perdonar también representa el perdón y la compasión hacía nosotros mismos. A veces la culpa suele ser un elemento importante que nos obstaculiza en el camino del perdón. Por este motivo es importante dejar de torturarnos y empezar a asumir nuestra responsabilidad de cómo queremos vivir nuestro presente, pues el pasado ya no lo podemos cambiar. Únicamente está en nuestra mano decidir si queremos seguir anclados en el pasado, culpabilizándonos por lo que podíamos o no haber hecho, o bien aceptar lo que pasó, integrándolo como una experiencia que nos ha traído hasta el punto donde nos encontramos ahora. En palabras de Paulo Coelho;

“ No basta con que otros nos perdonen, la mayoría de veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos”

Si te sientes bloqueado, sumido en el rencor o en el odio por un hecho pasado, la terapia puede ayudarte a recuperar el equilibrio que necesitas en tu vida. Llama o envía Whatsapp al 645 368 714, o si lo prefieres rellena el formulario de contacto y te informaré sin ningún compromiso.

Leslie Beebe

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Como Recuperar Mi Vitalidad


¿Cómo recuperar mi vitalidad?, si a menudo estás agotado, sientes que no llegas a todo, o bien te cansas con tareas simples y cotidianas, es probable que no estés gestionando tus niveles de energía de una forma saludable. Por este motivo tu vitalidad puede verse seriamente reducida, provocándote el cansancio que hemos mencionado.

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Es básico que entendamos que en nuestra vida existen fuentes de energía que  nos nutren y recargan de vitalidad, mientras que otras nos desgastan y nos drenan la energía vital. En este artículo comentaré algunas ideas para potenciar las fuentes que nos recargan, así como algunos consejos para evitar aquellas que nos desgastan. Seguidamente comento algunas recomendaciones que espero os sean de utilidad.

1. Debemos evitar las relaciones con personas tóxicas, personas que nos dañan emocionalmente. Es importante alejarse de este tipo de relaciones, sin embargo no siempre es posible, por lo que si tenemos que convivir con este tipo de personas, ya sea en el trabajo, o bien en el entorno familiar, debemos mantener una distancia saludable con ellos, para así no entrar en su órbita negativa y que nos vampiricen. Ante estos casos es recomendable adoptar una actitud firme, poner límites y ser consciente de nuestras necesidades, aprendiendo a decir no en aquellos casos que estimemos oportunos. Así mismo debemos fomentar otro tipo de relaciones sociales basadas en amistades sanas, que nos aporten y no nos resten. Si quieres saber más sobre las personas tóxicas, aquí te dejo uno de mis artículos sobre el tema.


2. En ocasiones la toxicidad no procede de otras personas, sino de nosotros mismos. Por este motivo debemos tomar conciencia de la forma como nos tratamos, estando atentos a aquellas vocecillas de la mente que conforman nuestro discurso interno. Estas voces a veces nos juzgan sin piedad, haciéndonos sentir culpables, y en otras ocasiones nos degradan y desvalorizan, haciéndonos sentir no aptos o inútiles.

Por esta razón debemos estar atentos a este tipo de pensamientos y cuando surgen mantener una distancia con ellos. Es importante entender que nosotros no podemos controlar nuestros pensamientos, pero sí la forma y la intensidad como éstos nos afectan. Es importante cambiar el sentido negativo del pensamiento por otro de positivo, que nos induzca a tomar acción y a responsabilizarnos de nuestra persona.

Respecto a la relación que mantenemos con nosotros mismos, también es muy importante mantener un estado de integridad y equilibrio interno, es decir que aquello que pensamos, decimos y hacemos mantenga una coherencia. Cuantas veces nos traicionamos a nosotros mismos, y a nuestros valores, únicamente para preservar una determinada imagen ante el resto de personas, o bien por el miedo a ser juzgados por el entorno. Estas y otras actitudes similares dañan nuestra esencia, siendo fuente de conflicto y reduciendo nuestra energía vital.
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Si quieres aprender a gestionar tus emociones para disponer de una mayor vitalidad, te puedo ayudar. Llama o WhatsApp al 645 368 714, o bien rellena el formulario de contacto.

3. Es importante adoptar una actitud abierta y flexible con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea;  esto significa mantener unos pensamientos que se alejen de la crítica y el juicio. Debemos evitar los pensamientos rígidos, los cuales a veces se vuelven obsesivos. La inflexibilidad, la tozudez y la obsesión, tanto con nosotros mismos como con el resto de personas, nos conducen a un estado de encierro personal y de aislamiento emocional. Desde esta perspectiva todo se percibe como negativo, alejándonos del amor y encerrándonos en el miedo que nos produce las fantasías de nuestra mente.

4. Es recomendable adoptar unos hábitos de vida saludables; mantener unos horarios estables de comidas, comer de forma variada y equilibrada, así como practicar ejercicio de forma regular. También es importante dormir las horas necesarias, consiguiendo un sueño reparador. Los hábitos que nos dañan como llevar una vida sedentaria, el abuso de drogas, la falta de descanso o las situaciones de estrés continuado, pueden derivar no solo en disponer de menos energía, sino también en aumentar el riesgo de sufrir alguna enfermedad.

5. Debemos encontrar actividades en nuestra vida que nos aporten placer y bienestar. La mayoría de actividades las hacemos por obligación, sin embargo también debemos encontrar actividades que nos aporten una gratificación personal. Mantener un ritmo de vida frenético, queriendo abarcar más de lo que podemos, así como adoptar una actitud de elevada exigencia hacía nosotros mismos, nos desgasta enormemente, pues nos posiciona en una actitud de futurización constante, favoreciendo la aparición de la ansiedad. En consecuencia pocas veces nos permitimos vivir en el aquí y ahora, perdiendo la oportunidad de apreciar aquello que está sucediendo en nuestro presente.

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6. Por último es importante dejar un espacio a nuestras emociones en el día a día. Emociones como la tristeza o el miedo tienen muy mala prensa en nuestra sociedad. Por este motivo cuando aparecen nuestra reacción habitual es querer reprimirlas o evitarlas, para así no sentirlas. En la medida que demos espacio a estas emociones en nuestra vida, sin entrar en enjuiciarlas, simplemente observándolas, conseguiremos un mayor bienestar emocional, y en consecuencia unos mayores niveles de energía.

Leslie Beebe

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Convivir con el Trastorno Bipolar


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Todos en nuestra vida pasamos por altos y bajos en nuestro estado de ánimo, sin embargo nada comparado con la intensidad como lo vive la persona que sufre de un trastorno bipolar. El trastorno bipolar, también denominado como trastorno maníaco-depresivo, provoca cambios cíclicos en el estado de ánimo de la persona. El individuo pasa por ciclos anímicos, caracterizados por dos situaciones límite; una denominada estado eufórico o maníaco, y la otra estado bajo o depresivo. Existen diferentes tipos de trastorno bipolar, dependiendo de la gravedad en los síntomas y de la rapidez con la que se alternan ambos estados.

El trastorno bipolar requiere de una medicación prescrita por el psiquiatra; básicamente suelen ser estabilizadores del ánimo y anti depresivos para la fase depresiva. El objetivo de la medicación es conseguir que la persona pueda llevar una vida el máximo de estable posible, emocionalmente hablando. A parte de la medicación también es aconsejable el acompañamiento terapéutico, ya sea a nivel individual, o bien a través de algún grupo de apoyo. El objetivo  principal de la terapia es que una vez diagnosticado el trastorno, la persona conozca y acepte su enfermedad.  En la terapia se trabaja con sentimientos como la culpa o la desvalorización personal, los cuales son frecuentes que aparezcan después del diagnóstico.

Como en otros tipos de trastornos mentales, el papel de la familia y de las personas que conviven con quién padece este tipo de trastorno es de vital importancia para un mejor curso de la enfermedad. A continuación os dejo algunas recomendaciones al respecto.

Una vez diagnosticado un trastorno bipolar la familia puede adoptar distintas reacciones, aunque hay familias que “se ponen las pilas” desde el primer momento, informándose sobre la enfermedad y sobre la mejor forma de apoyar a la persona que sufre este trastorno;  también es verdad que hay familias que adoptan actitudes que pueden obstaculizar la aceptación de la enfermedad por parte del paciente. Este tipo de actitudes van desde la negación hasta la sobreprotección, siendo ambas perjudiciales en el proceso.

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La negación es una actitud que la familia puede adoptar, básicamente por dos motivos; el primero por un sentimiento de culpa, pues llegan a creer que el trastorno que sufre el familiar, por ejemplo el hijo, es debido a algo que han hecho o han dejado de hacer ellos en su educación. Negar la realidad es una forma de protegerse de esta culpa. El segundo de los motivos es de protección hacía los otros miembros de la familia, o bien hacía ellos mismos. En este caso la adopción de esta actitud puede explicarse por diversos motivos;  por ejemplo querer mantener la imagen de " familia modélica" ante el entorno, o bien concebir el trastorno como algo perjudicial, que desequilibra el sistema familiar; por este motivo prefieren seguir el dicho de; “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La sobreprotección también es una actitud que se puede presentar en este tipo de casos, y que también afecta negativamente el estado del individuo bipolar. La familia debe ser consciente que la persona bipolar puede desarrollar una actividad laboral, social y familiar con toda normalidad, simplemente debe seguir una estricta medicación y evitar factores estresantes en su vida. Por este motivo debe evitarse tratar a la persona bipolar como a un enfermo, adoptando actitudes de sobreprotección. Estas actitudes, aunque hechas desde el amor, dificultan la aceptación de la enfermedad por parte de quien la sufre, pudiendo aumentar sus sentimientos de incapacidad y perjudicando su autoestima. 

No hace falta decir que actitudes de desvalorización, como decir a la persona cuando se encuentra en el estado maniaco “eres un rebelde/ un salvaje” o bien “eres un vago/ un inútil” cuando se encuentra en la fase depresiva, a parte de reflejar una total ignorancia sobre el tema, son también altamente nocivas para quien sufre este tipo de trastorno.

Una vez vistas aquellas prácticas que la familia debería evitar ante un trastorno bipolar, paso a comentar aquellas que sí seria recomendable implementar en el entorno familiar.

1. La familia debe tener en cuenta que cuando la persona bipolar pasa por el estado depresivo, debe de ser tratado como si de hecho padeciese una depresión. Es por este motivo que deben de tenerse en cuenta diversos parámetros de actuación con la persona, por ejemplo; evitar recomendaciones e invitaciones a que se anime, respetar sus momentos de soledad y sus silencios, transmitirle esperanza y reforzar sus cualidades, entre otras. Para más información sobre como convivir con la depresión, podéis consultar otro de mis artículos:

http://ansiedad-depresion-barcelona.blogspot.com.es/2015/11/convivir-con-la-depresion_24.html

2. La culpa es un sentimiento que va a encontrarse presente ante un trastorno bipolar, tanto en la persona que lo vive como en la propia familia. Como dice el dicho “la culpa nunca es buena consejera”, por tanto los familiares deben de aceptar la enfermedad como un conjunto de factores (genéticos, sociales, personales…), y evitar preguntarse los porqués de esta situación. La familia debe entender que la enfermedad no es consecuencia directa del entorno familiar, ni tampoco de la educación o la relación que hayan podido mantener hasta el momento con la persona bipolar. Es muy importante que la familia se libere de la culpa, para de esta forma poder apoyar a la persona bipolar a liberarse de la suya.

3. La familia adopta un papel fundamental en supervisar la toma de medicación por parte de la persona bipolar, no obstante debe evitarse que la supervisión sea una fuente de agobio y estrés para la persona que sufre el trastorno. De hecho la familia juega un papel fundamental en la supervisión de aquellos factores generadores de estrés, los cuales pueden agravar su estado, como por ejemplo estar atentos a los horarios irregulares o a las jornadas de trabajo muy largas del individuo bipolar.

4. Los excesos en el consumo de alcohol, una mala alimentación, así como una vida desorganizada, sin horarios, son todos ellos elementos que favorecen la reactivación de la enfermedad. En este sentido, es recomendable que la familia conozca las relaciones y la vida social que mantiene el individuo bipolar, para de esta forma evitar en lo posible que se relacione con personas problemáticas. La familia puede, sin agobiar, ayudar a la persona bipolar a que se relacione con entornos que supongan una influencia positiva, para así minimizar las conductas de riesgo para el paciente.




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5. La persona bipolar debe de establecer unas rutinas diarias, tanto en lo que respecta a la toma de medicación, como en los hábitos de alimentación y de descanso. La familia debe estar atenta a que estos hábitos se mantengan en el tiempo; en caso que no sea así, la familia debe de comunicárselo primero a la persona que sufre el trastorno, y en caso que esto no surta efecto, ponerlo en conocimiento del profesional de la salud, por si fuese necesario un cambio en la medicación.

6. En la fase de euforia, a veces es recomendable un internamiento psiquiátrico, sobretodo para evitar que la persona haga daño a alguien o a sí mismo, o bien que realice alguna actividad de la que después pueda arrepentirse, como gastar dinero sin control. A veces estos internamientos deben hacerse de forma forzosa, sin el consentimiento de la persona bipolar, que no es consciente que necesite de tal internamiento. Estos son momentos duros para la familia, pues deben tomar una decisión drástica y por lo general desagradable. No obstante, la familia debe mostrarse unida y firme con su decisión, entendiendo que el internamiento es por un bien de la persona y que en estas circunstancias es la única forma de facilitar su recuperación.


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7. En periodos entre crisis, el papel que adopta la familia respecto a la supervisión del tratamiento farmacológico es fundamental. Es común que en estas épocas la persona bipolar, al sentirse bien, se olvide de tomar la medicación, aumentando así el riesgo de una recaída.

8. La familia debe ser consciente de los beneficios que supone para una persona bipolar realizar ejercicio físico de forma moderada. De esta forma se liberan endorfinas que ayudan a equilibrar el estado de ánimo. También son aconsejables actividades que ayuden a la relajación como el yoga o la meditación. Por este motivo, y siempre que sea posible, la familia puede involucrarse en este tipo de actividades e incentivarlas. Siempre es más fácil que el individuo bipolar se motive a realizar alguna actividad si lo hace con algún otro miembro de la familia.

9. En caso que la familia perciba la aparición de algún síntoma que denote que la persona bipolar está entrando en algún episodio maníaco o depresivo, como un aumento de la irritabilidad, un aumento de la verborrea o la disminución de la necesidad de dormir, entre otros, debe hacérselo consciente, para que de esta forma el paciente consulte con el facultativo sobre la conveniencia de continuar con el mismo tratamiento, o bien cambiarlo si fuese necesario. Bajo ningún concepto la persona debe recurrir a la automedicación, pues sus efectos podrían ser muy negativos en la estabilidad emocional del paciente.

10. Por último comentar que la mayoría de familias, ante la noticia que alguno de sus miembros padece este trastorno, se sienten desbordados y lógicamente no saben cómo actuar. Por este motivo es de vital importancia que se informen sobre este trastorno, consulten con el terapeuta y el médico sobre todas aquellas cuestiones que quieran conocer al respecto, así como sobre el papel que debería adoptar la familia ante este tipo de trastorno. Si lo estiman conveniente también existen foros en internet sobre la enfermedad, así como diversas asociaciones de soporte y grupos de apoyo, que no solo ayudan a la persona que sufre el trastorno, sino también a sus familias. Aquí os dejo el enlace a una de ellas.


Leslie Beebe




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El Miedo y Los Ataques de Pánico

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El miedo y los ataques de pánico mantienen una estrecha relación, según mi experiencia tanto personal como profesional. En anteriores artículos ya os hablé del miedo como emoción, así como de algunos de los múltiples miedos que existen en nosotros; como el miedo escénico o el miedo al cambio, entre otros. En el artículo de hoy comentaré la relación que se establece entre el miedo y los ataques de pánico, también denominados como crisis de ansiedad.

El miedo es una emoción universal, de hecho todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. El miedo es una de las principales emociones que nos ha permitido evolucionar como especie. Sin miedo todos hubiésemos muerto en alguna situación u otra, ya sea por imprudencia o bien por temeridad. Veamos un ejemplo; imaginemos al cazador de la era paleolítica en busca de un animal para alimentarse. El cazador sale al bosque y en un momento dado se encuentra con un gran mamut. Ante dicha amenaza el miedo es lo que permite al cazador ponerse en alerta y reunir toda la energía disponible en su organismo para enfrentarse al peligro, todo ello en milésimas de segundo. En estos difíciles momentos, el miedo funciona como una señal que advierte al cazador del peligro, y moviliza su facultad para evaluar los recursos de los que dispone para enfrentarse a dicha amenaza. La percepción del peligro, y por tanto el nivel de miedo que sienta, variará según la estimación que realice de esos recursos. En este caso la amenaza supera con creces el nivel de recursos del cazador, en consecuencia el nivel de miedo será elevado y seguramente optará por escapar, pues no va a verse capaz de superar el peligro. Si no sintiésemos miedo en nuestra vida, el cazador del ejemplo hubiese durado poco frente al mamut, y quizás hoy ninguno de nosotros estaría aquí.

Seguramente todos estaremos de acuerdo que los peligros a los que nos enfrentamos en nuestra vida diaria no tienen punto de comparación con tener que enfrentarse a un mamut salvaje, como tenía que hacerlo nuestro antepasado. Sin embargo aunque racionalmente lo podamos entender, a un nivel más instintivo el cerebro sigue siendo un eficiente detector de amenazas, y los niveles de miedo ante una situación cotidiana pueden llegar a ser similares a los de nuestro antepasado, aunque objetivamente no exista un peligro de tal magnitud como el de ser atacado por un mamut. Seguidamente explicaré los motivos que pueden explicar esta desproporción.

En primer lugar la percepción que tenemos sobre el miedo en nuestra sociedad. Existe un elevado grado de ignorancia sobre esta emoción, así como la forma saludable de gestionarla. Percibimos al miedo como algo negativo, que no deberíamos sentir. Desde pequeños se nos enseña que los valientes (aquellos que no tienen miedo) están mejor valorados que los cobardes (aquellos que sienten el miedo). De esta forma aprendemos que el miedo es algo rechazable, que no debemos aceptar. En este sentido  la tarea es doble para nosotros; por un lado cuando aparece el miedo nuestra reacción es no querer sentirlo, y por tanto lo reprimimos, pues no deseamos que nadie se dé cuenta de aquello que estamos sintiendo. Anhelamos mantener nuestra buena imagen ante el resto de personas, por ello hacemos grandes esfuerzos para evitar ser juzgados como cobardes.  

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Por otro lado al sentir miedo, y por la educación recibida, nos sentimos indignos, y en consecuencia nos despreciamos y descalificamos a nosotros mismos por darnos el espacio de sentir miedo. El resultado en ambos casos es el mismo, acabamos reprimiendo nuestros miedos, los evitamos, los contenemos y los escondemos siempre que tenemos ocasión.

Un segundo motivo que puede explicar la desproporción entre el estímulo percibido y el nivel de miedo es la relación que se establece entre represión y autoconcepto, en otras palabras, la represión de los miedos favorece a que la imagen que tenemos sobre nosotros mismos sea cada vez más negativa. La explicación es que cuando reprimimos el miedo no dejamos que una parte de nosotros mismos se exprese y por tanto se muestre ante el mundo tal y como es. Perdemos así nuestra libertad, la libertad de dejarnos ser. En consecuencia nos veamos obligados a adoptar máscaras ante los demás para disimular nuestros miedos. Si esta falsedad se mantiene en el tiempo acabamos dominados por las máscaras y lejos de aquello que realmente somos, provocándonos malestar al no ser honestos con nuestra esencia.

Esta inadecuada relación con nuestros miedos nos conduce a no querer reconocerlos, y por tanto a hacernos daño. Este daño se refleja en una progresiva evitación de las situaciones susceptibles de generarnos miedo, por ejemplo tener que hablar en público. Con el tiempo el miedo va restringiendo nuestra libertad personal, pues provoca que evitemos todas aquellas situaciones relacionadas con hablar en público. La evitación nos conduce a creer que no disponemos de los recursos necesarios para enfrentarnos a dicha situación; como más evitamos, más inútiles y menos aptos nos sentimos para enfrentar la situación temida. Esta percepción de incapacidad personal nos desvaloriza y daña nuestra autoestima.

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Si sientes que los miedos limitan tu vida, te puedo ayudar. Llama o WhatsApp al 645 368 714 o rellena el formulario de contacto.

Todos estos factores conducen a que acabemos teniendo una pobre imagen de nosotros mismos, nos limita al hacernos ver que no disponemos de las aptitudes o habilidades necesarias para enfrentarnos a la vida. Por este motivo, cuando surge una situación amenazante y hacemos una valoración de nuestros recursos para enfrentarnos a ella, y debido a nuestra pobre imagen, siempre saldremos perdiendo, por lo que el nivel de miedo y la tendencia a la evitación van a ir en aumento. Asimismo, y debido a esta percepción de falta de recursos, la sensibilidad ante el miedo se va a agudizar, es decir, cada vez seremos más susceptibles de sentirnos amenazados por algún estímulo externo.

Por este motivo situaciones de la vida cotidiana como tener que hablar en público, una discusión de pareja o tener que pedirle un aumento a nuestro jefe, pueden provocar que nuestro cerebro lo perciba como si estuviésemos ante un temible mamut que amenaza nuestra existencia.
La relación entre el miedo y los ataques de pánico surge cuando hacemos de la evitación y la represión un hábito. Como más reprimimos los miedos mayores son las probabilidades de sufrir un ataque de pánico.

Cuando reprimimos nuestros miedos de forma crónica, no los atendemos y tampoco les damos espacio para que se expresen, sin duda conseguiremos que desaparezcan de nuestra conciencia. Sin embargo esto no significa que los eliminemos de nuestro ser, todo lo contrario, pues a un nivel inconsciente los miedos van a seguir existiendo, y no solo eso, sino que como más los reprimamos, más seguirán creciendo en nuestro interior. Cuando los niveles de miedo llegan a un punto tan elevado que nuestro inconsciente ya no los puede contener, retornan de forma somática a nuestro consciente, estallando en forma de ataque de pánico. El ataque de pánico surge de todos estos miedos crónicos que no hemos atendido, que hemos ido reprimiendo y que han estado creciendo en un nivel inconsciente hasta el punto de estallar, como una presa que ha estado conteniendo las aguas de un rio y finalmente acaba por desbordarse al no haber regulado su caudal. Para evitar llegar a esta situación extrema debemos estar alerta ante posibles síntomas que nos señalen que no estamos gestionando nuestros miedos de forma saludable; insomnio, tensión, insatisfacción ante la vida, problemas estomacales, son algunos de los indicativos que nos pueden informar sobre la deficiente gestión de nuestro miedo, y por tanto nos invitan a tomar cartas en el asunto.

Para evitar llegar a una situación tan extrema como es el ataque de pánico, debemos estar atentos a todas estas señales que nos envía nuestro cuerpo, así como no dejarnos llevar por los fantasmas de nuestros miedos.

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La actitud ante el miedo debe ser de escucha, entender que el miedo forma parte de nuestra vida y que debemos darle su espacio, al igual que otras emociones en nuestra vida, como la tristeza o la alegría. Si cuando el miedo aparece lo reconocemos, le damos su espacio, sin entrar en conflicto con él, y nos dejamos unos momentos en el no hacer, simplemente observándolo y estando presentes, veremos como en unos momentos el miedo se reduce. La fuerza del miedo y su influencia limitadora en nuestra vida, proceden de nuestra oposición a no querer sentirlo, así como de la futurización catastrofista que hacemos de sus posibles efectos. Como más nos esforcemos en no querer sentir el miedo, mayores se volverán sus efectos limitantes en nosotros y más esclavizado nos tendrá a su voluntad. Si damos espacio a nuestro miedo sin juzgarlo, ni juzgarnos a nosotros por sentirlo, e incluso nos permitimos expresarlo al resto de personas, esto ya será un primer paso para empezar a relacionarnos con nuestro miedo de una forma más saludable.

Para acabar os dejo con una frase del filósofo Alain relacionada con el tema.

“Quien tiene miedo sin peligro, se inventa el peligro para justificar su miedo”. Alain.

Leslie Beebe
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