Estrategias para ayudarte con la depresión

Estrategias para ayudarte con la depresión. La depresión es un trastorno que no debe ser tomado a la ligera. Muchas personas equiparan la depresión con una profunda tristeza, y aunque es cierto que la depresión viene acompañada de tristeza, la realidad es que va mucho más allá de esta emoción y requiere de terapia para superarla.

Ayuda depresión


Mientras que cuando hablamos de tristeza nos referimos a una emoción pasajera, la depresión es una psicopatología que se mantiene en el tiempo, presentando diferentes síntomas aparte de tristeza como son; apatía, angustia, abulia y sentimientos de desesperanza, entre los más destacables.

Superar un trastorno depresivo requiere de tiempo y esfuerzo por parte de la persona que la padece, la cual muchas veces no encuentra el apoyo necesario en su entorno más próximo. En este artículo vamos a ver algunas estrategias que pueden ayudar a las personas que sufren de depresión. No obstante, y como siempre me gusta recordar, no existen soluciones rápidas, ni remedios milagrosos cuando hablamos de superar este tipo de trastorno.

Otro aspecto importante respecto a la depresión es que es un trastorno que difícilmente podremos superar solos/as, sin ayuda profesional. En esta línea, si hemos sido diagnosticados/as de un trastorno depresivo, y paralelamente a la medicación que nos hayan podido prescribir, lo recomendable seria iniciar un proceso de psicoterapia que nos ayude a lidiar con la situación.

Algunas de las pautas que juntamente con la terapia, y con la medicación prescrita pueden ayudarnos a superar la depresión son los siguientes:

1. Cuida de tu aseo personal y de tu estado físico. Es importante que diariamente sigamos una rutina de aseo personal y de cuidado físico; levantarse de la cama, asearse y vestirse (aunque no se vaya a salir a trabajar, y se quede en casa), son rutinas básicas que nos ayudan a mejorar la imagen que tenemos de nosotros mismos, y en consecuencia elevan nuestra autoestima.

2. Cuida tu alimentación. Ya en la antigua Grecia, el médico Hipócrates nos anunciaba la relación entre bienestar y alimentación: «Sea el alimento tu medicina, y la medicina tu alimento». En esta línea es importante mantener unos horarios estables de comidas, así como llevar una alimentación equilibrada. El trastorno depresivo puede comportar alteraciones en nuestra dieta, como puede ser una pérdida de apetito, o bien una falta de atención en el tipo de comida que ingerimos, por ejemplo puede ser habitual el consumo excesivo de productos ultra procesados, o bien alimentos con un elevado contenido en grasas y azucares. A este respecto, selecciona el tipo de alimentos que consumes, y no abuses de alimentos no saludables como los dulces y la comida rápida.

3. Mantén unos buenos hábitos de descanso. Las personas que sufren de depresión me comentan que sufren de alteraciones en el sueño; algunas de ellas les cuesta conciliar el sueño, y otras sienten que su ritmo de sueño se encuentra alterado, al despertarse varias veces durante la noche. En cualquier caso es aconsejable seguir una rutina que favorezca el sueño, por ejemplo: irse a dormir a una misma hora, evitar las comidas copiosas y el consumo de alcohol en las cenas, así como eliminar el consumo de café y de bebidas excitantes las horas previas a irse a dormir. También es muy importante asegurarse de dormir en un entorno agradable, el cual favorezca el descanso. En esta línea, algunos de los puntos a tener en cuenta son; reducir la entrada de luz en la habitación, eliminar los ruidos del entorno y mantener una temperatura confortable en el dormitorio. En ese marco, aunque el ejercicio físico es recomendable para los trastornos depresivos, procura no practicarlo las dos horas antes de ir a dormir. El ejercicio físico activa nuestro cuerpo y puede dificultar la conciliación del sueño.

4. No te aísles. Aunque los procesos depresivos conllevan una mayor apatía y una tendencia al distanciamiento de la vida social, es importante que no te aísles completamente del mundo. En este sentido, procura mantener un contacto regular con familiares y amigos. Quizás tengas pensamientos y creencias limitantes respecto a este tema, por ejemplo decirte a ti mismo/a que ahora no eres una buena compañía, o que no vas a saber qué decir en una reunión social…. Si es así, tranquilo/a es normal.

No obstante es importante que no te dejes llevar por este tipo de pensamientos, pues solo favorecen a aumentar tu malestar y te anclan más en la depresión. Si te atreves a pasar a la acción, y conectar con amigos y familiares, te darás cuenta que al final la realidad no es tan terrible como imaginabas, y que el resto de personas están allí para ayudarte y acompañarte. Un ejercicio que puedes hacer al respecto es plantearte qué harías tú si un amigo o amiga estuviese pasando por una situación parecida a la tuya. Seguramente te darás cuenta que optarías por estar a su lado, sin esperar que esa persona tuviese que divertirte o entretenerte. La verdadera amistad va más allá de pasar solo buenos momentos con los amigos.

5. Mantén una rutina diaria. Algunas de las personas que acuden a terapia y sufren de depresión, están de baja laboral. Esto significa que algo tan rutinario como el trabajo, desaparece de la vida de estas personas. El hombre es un animal de rutinas, y por tanto, despertarse cada mañana sin una obligación, como  ir al trabajo, puede suponer otra dificultad añadida a la depresión. En esta línea, es importante que establezcas una rutina diaria de actividades; salir a dar un paseo, realizar ejercicio físico, el contacto social con amistades y familiares, así como actividades como la cocina, la jardinería, la lectura o el bricolaje, pueden ser algunas de las rutinas a incluir en tu día.

La depresión comporta las prácticamente nulas ganas por realizar actividades, incluso respecto aquellas con las que uno disfrutaba antes del trastorno depresivo. Por este motivo, esperar que el deseo y la iniciativa por ellas aparezca por arte de magia es una utopía. No esperes que las actividades que ahora realices te aporten placer, pues no lo harán. La finalidad de realizarlas no es pasarlo bien o disfrutar con ellas, sino simplemente mantenerte activo/a y ocupado/a. Ese es el primer paso. Si persistes y eres constante con la práctica de estas actividades, verás que progresivamente el placer por ellas volverá a tu vida.

6. No te culpabilices. La culpa es una emoción que suele aparecer en aquellas personas que sufren de depresión. Verse como una carga para la familia, o autocastigarse por creer que no se es lo suficientemente fuerte para superarlo, son algunas de las creencias erróneas que suelen acompañar los trastornos depresivos. En consecuencia, no te machaques, sé tolerante y compasivo contigo mismo. Acepta la situación tal y como es; culpabilizarte, frustrarte o sentirte decepcionado/a, aparte de mostrar una visión poco objetiva sobre la situación, tampoco te ayudará a cambiarla. Debes concienciarte que salir de la depresión es un camino, por lo que debes tener paciencia e ir planteándote objetivos día a día.

Otro factor que también debes evitar es compadecerte de ti mismo por la situación en la que te encuentras. La autocompasión promueve la pasividad por encima de la proactividad, lo que deriva en una retroalimentación de la depresión.

Terapia Depresión


Evitar los pensamientos de culpabilización y autocompasión es fundamental para que progresivamente puedas salir del estado depresivo. En esta línea es básico mantener nuestra atención focalizada en actividades y rutinas diarias, céntrate en el día a día y evita hacer planes a largo plazo. Asimismo, cuando alcances tus metas diarias, mira de felicitarte por ello y busca una forma de premiarte, por ejemplo dándote un baño relajante, o comiendo tu comida favorita (en este sentido, ojo con los dulces y comidas calóricas, pues tampoco es bueno abusar de ellas).

7. Evita automedicarte. Un gran porcentaje de personas que vienen a terapia sufriendo de depresión toman algún tipo de medicación. Aunque la medicación es un aliado para salir del estado depresivo, no es una solución definitiva al problema, siendo necesario un proceso de terapia que acompañe a esta medicación. La medicación siempre debe estar prescrita por un profesional médico, y nunca debe de alterarse su consumo sin la previa autorización del médico. 

Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional Barcelona

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La ansiedad sexual

La ansiedad sexual.  La denominada como ansiedad sexual aparece cuando la tensión y la preocupación sustituyen el deseo y el placer, característicos del encuentro íntimo con la pareja. En estos casos, la ansiedad, un mecanismo adaptativo que actúa como una alerta ante una posible amenaza o peligro, se activa sin un motivo aparente, pasando a ser una seria limitación para la persona.

ansiedad sexual


La ansiedad sexual puede manifestarse en el momento mismo de las relaciones sexuales, aunque con el tiempo, suele activarse a priori, cuando solo con la idea del encuentro íntimo ya sentimos como la ansiedad se apodera de nosotros.

A parte de los síntomas físicos clásicos que caracterizan la ansiedad, como son; taquicardia, sudoración, palpitaciones o temblores, la ansiedad sexual amplia estos síntomas a otros trastornos focalizados en el área sexual, entre ellos destacan; la eyaculación precoz, la disfunción eréctil, el vaginismo o la anorgasmia.

Si la ansiedad sexual no se aborda, y no se busca ayuda para tratarla, el problema suele agravarse con el paso del tiempo. Obviar o evitar esta limitación genera un efecto denominado como “bola de nieve”, en que el miedo al encuentro sexual va en aumento a medida que vamos evitando situaciones susceptibles de que aparezca la ansiedad. Dicho temor suele expresarse mediante diferentes miedos ante el encuentro sexual; como el miedo a fallar, el miedo a no dar la talla, o el miedo a no ser capaz de satisfacer a la otra persona.

Con el tiempo, el miedo a enfrentarse a las relaciones íntimas toma tales dimensiones, que puede acabar eclipsando el resto de ámbitos de la vida de la persona. En estos casos la autoestima y la confianza de la persona quedan seriamente dañadas.

Asimismo, dicha evitación suele acarrear problemas en la relación de pareja, y más en aquellos casos en que no existe una buena comunicación, y una estrategia conjunta para superar estos momentos difíciles.

Los motivos que pueden explicar la activación de este tipo de ansiedad son muy variados; aunque una disfunción orgánica puede darnos una posible explicación, no suele ser la más común, en concreto en personas jóvenes, siendo el origen psicológico y emocional el responsable de la mayoría de casos. Dentro de las causas más comunes que aparecen en terapia, y que son más representativas de este tipo de ansiedad son las siguientes:

Problemas de pareja; la falta de comunicación, así como el descontento y la insatisfacción no expresada a la pareja, pueden encontrar un espacio para manifestarse a través de la ansiedad sexual.

Complejo de inferioridad y baja autoestima; personas que no se sienten satisfechas con su aspecto físico, o con alguna parte de su cuerpo, pueden expresar dicha insatisfacción mediante síntomas ansiosos en las relaciones íntimas.

Estrés: periodos de estrés en el trabajo, o la presencia de problemas en otras áreas de la vida de la persona, pueden derivar en dificultades para relajarse y conectar con el placer propio de las relaciones íntimas.

Desequilibrios emocionales; momentos de crisis personales, o la dificultad para gestionar nuestras emociones, son otras situaciones que pueden reflejarse a través de la manifestación de los síntomas de ansiedad sexual.

Experiencias traumáticas: vivencias pasadas que hayan supuesto un trauma para la persona, pueden también derivar en problemas de bloqueo o inapetencia sexual, las cuales se expresan mediante los síntomas ansiosos.

La terapia permite a la persona que sufre de ansiedad sexual, aplicar toda una serie de herramientas que le ayudarán a reducir la ansiedad anticipatoria al encuentro sexual. No obstante es muy importante comentar, que el trabajo terapéutico debe ir siempre en dos vías; la primera consiste en trabajar con el síntoma (como acabamos de comentar), y la otra sería indagar en el origen de los síntomas ansiosos.

Como en el resto de trastornos de ansiedad, la ansiedad sexual no es de por sí el origen del problema, sino una manifestación de alguna necesidad no satisfecha y que deberíamos atender lo antes posible. La ansiedad suele ser la última expresión de una necesidad que con seguridad habíamos reprimido, pero que sigue estando presente en nuestro inconsciente, pulsando por ser atendida. Dicha necesidad suele conllevar cambios, los cuales muchas veces nos resistimos a aceptar. En este sentido, el olvido, la represión y la disociación funcionan como mecanismos de la psique para mantener esa necesidad bajo llave, alejada de nuestra conciencia.

Comprender y atender esa necesidad puede ser una tarea complicada por uno mismo, pues como he comentado los mecanismos de defensa de nuestra psique ya se ocupan de aletargarnos y alejarnos de aquello que puede suponer una dificultad para nosotros. Sin embargo, el cuerpo tiene su límite, por lo que muchas veces los síntomas ansiosos son la gota que colma el vaso. En estos casos, la ansiedad se erige como el reflejo de haber estado demasiado tiempo aguantando una situación que no deseábamos para nosotros.

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En esta línea, la terapia nos puede acompañar para tomar conciencia de esa necesidad, así como la mejor forma de satisfacerla. A partir de este trabajo terapéutico los síntomas de la ansiedad suelen reducirse de forma progresiva, hasta llegar a desaparecer, así como también lo hacen los bloqueos sexuales.

Por último, creo importante comentar, que en casos de ansiedad sexual suele ser necesaria la participación de la pareja (cuando ésta existe) durante el proceso terapéutico. No se trata de una terapia de pareja, sino que puntualmente puede requerirse la asistencia de la pareja en la sesión individual. Explicar a la otra persona el problema por el que está pasando su pareja, para así acordar pautas de acompañamiento y ayuda, es fundamental en el proceso de superación de la ansiedad sexual.

En caso que estés sufriendo de ansiedad sexual, la terapia puede ayudarte. CLICA EN ESTE ENLACE para más información, o bien contáctame en el 645 368 714.

Leslie Beebe

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¿Por qué somos infieles?

 ¿Por qué somos infieles? Una mirada psicológica a la infidelidad

No es fácil describir los motivos que hacen que una persona sea infiel a su pareja. Múltiples factores influyen en el hecho de tomar la decisión de romper el pacto que nos vincula como pareja, haciéndolo de una forma deshonesta e irrespetuosa hacia la otra persona.

Por Qué Somos Infieles


En este artículo haré un repaso sobre lo que yo creo son las principales causas que motivan una infidelidad, aunque estoy seguro que me dejo alguna, pues como he comentado, las causas que pueden originarla son muy variadas.

En primer lugar deberíamos definir qué entendemos como infidelidad. Ser infiel significa llevar a cabo una acción que rompe el pacto de confianza con nuestra pareja. La infidelidad se fundamenta en aspectos como la deslealtad y la mentira hacia nuestra pareja. Para determinar aquello que se considera como infidelidad, es básico conocer los términos y normas que nos vinculan con la otra persona. Por ejemplo hay parejas abiertas, que no conciben como infidelidad el acto sexual con una persona externa a la relación; mientras que otras parejas consideran la exclusividad en las relaciones sexuales, como un principio fundamental del acuerdo que les une. En este sentido, es una conversación que deberíamos tener con nuestra pareja, para así fijar los términos que regulan la relación, estableciendo aquellas prácticas que son consideradas como infidelidad, y cuáles no.

Cuando se produce una infidelidad, ya sea porque hemos sido nosotros los causantes, o bien porque hemos sido víctimas de ella, deberíamos entender la situación como una luz roja que nos alerta de algún aspecto que no acaba de funcionar en nuestra vida, ya sea respecto a nuestra relación de pareja, o bien a nivel personal.

En relación a la pareja, las causas que pueden motivar esta alerta roja son diversas, aunque en la mayoría de ocasiones son el resultado de una comunicación ineficiente, o incluso ausente, con nuestra pareja. Algunas de las situaciones que pueden motivar una infidelidad son:

Falta de ilusión con el proyecto de pareja. En un gran número de ocasiones cuando se produce una infidelidad no es por falta de amor, sino por falta de ilusión con el proyecto que mantenemos con la pareja. La rutina diaria, la ausencia de relaciones sexuales o el distanciamiento emocional, suelen ser algunas de las principales justificaciones que las personas manifiestan para ser infieles.

Cambios en los objetivos comunes con la pareja. La relación de pareja no es un estado inmutable, sino que va cambiando y desarrollándose con el tiempo. Si las personas que conforman la pareja evolucionan de forma diferente, es decir que con el tiempo los objetivos y sueños de cada uno cambian, distanciándose del proyecto en común, esto puede ser un factor que también motive la infidelidad.

Sensación de no obtener aquello que se necesita en la relación de pareja. En ocasiones uno de los miembros de la pareja siente que no obtiene del otro aquello que desearía, o al menos no en la medida que a él o a ella le gustaría, por ejemplo: tiempo compartido, escucha, comprensión, ternura, sexo...Ante esa desatención, la persona busca satisfacer su necesidad fuera de la pareja. En otras ocasiones, la infidelidad se produce porque la persona toma conciencia de que no puede crecer más en esa relación. El miedo a hacer daño al otro si expone sus sentimientos, o la incertidumbre respecto aquello que le depara el futuro, puede hacer que se reaccione buscando una salida a través de la infidelidad.

La utilización de la infidelidad como una forma de gestionar el enfado con el otro. En estos casos la persona se siente por algún motivo resentida o enfadada con su pareja, por lo que canaliza esa ira a través del acto infiel.

Ninguna de las circunstancias que acabamos de comentar justifica ser infiel con nuestra pareja. La solución a todas ellas pasa por ser sinceros con nosotros mismos y con nuestra pareja, atreviéndonos a expresar como nos sentimos y manifestando aquello que necesitamos del otro. En resumen, una comunicación abierta y sincera con la pareja. Lamentablemente, la comunicación suele ser un factor deficiente en un elevado porcentaje de las parejas, siendo esta ausencia la responsable de un gran número de problemas dentro de la relación. Al no existir una comunicación fluida en la pareja, muchas veces se opta por gestionar el malestar de una forma totalmente errónea, como es cometiendo una infidelidad.

Respecto a las circunstancias relacionadas con la psicología de cada individuo, y que suelen estar relacionadas con el acto infiel, destacaría las siguientes:

Una baja autoestima. Cuando depositamos el amor hacia nosotros mismos en manos de nuestra pareja, favorecemos una autoestima frágil y una relación dependiente. En las sesiones de terapia personas que llevan años en pareja, me comentan que con el tiempo sienten que han dejado de ser ellos mismos. Me dicen que se han mimetizado tanto con su pareja, que ya no son conscientes de cuáles son sus necesidades y deseos. Una pérdida de identidad que más de una persona me ha comentado recuperó al tener una aventura. En este sentido, más que buscar a otra pareja, lo que se deseaba era un reencuentro consigo mismo. En estos casos sería recomendable acudir a terapia para conocer los motivos que provocaron el olvido sobre si mismo, y la desatención a las necesidades propias.

En otras ocasiones, las relaciones de pareja se cimentan en inseguridades y miedos, en vez de basarse en el amor y la confianza propias de una relación saludable. Algunos de los testimonios de este tipo que me he encontrado en terapia son los siguientes;

Personas que mantienen creencias limitantes sobre sí mismas, como la idea de no ser suficiente para estar con la pareja que realmente desean.

Mujeres que pasados los 40 sienten que su reloj biológico les apremia a encontrar un padre para sus hijos.

Personas que presentan un intenso miedo a estar solas.

Este tipo de situaciones que acabo de comentar llevan a la persona a vincularse con su pareja desde el miedo y la inseguridad, por lo que es común que sean fuente de relaciones de apego tóxicas. El malestar propio de este tipo de relaciones puede favorecer a que se tome la decisión de ser infiel a la pareja, pues internamente no se está satisfecho/a con la relación que se mantiene en el presente.

Una crisis personal. Las crisis personales, como puede ser la crisis de mediana edad, son momentos de una profunda removida emocional, pues la persona entra en contacto con emociones muy intensas como el vacío existencial, o la sensación de falta de sentido de la vida. Ante ese malestar, algunas personas optan por recurrir a la infidelidad como una salida a su sufrimiento.

En estos casos de crisis existencial, buscarse lo que llamamos una aventura puede hacer que la persona se crea más joven, al sentirse deseada de nuevo. La recuperación de la intensidad y la pasión propias de la fase de enamoramiento, la novedad por conocer a alguien nuevo y desconocido, los elevados niveles de adrenalina que eso conlleva, así como el morbo que puede despertar estar haciendo algo que va en contra de las reglas establecidas, pueden conducir a la persona infiel a creer que ha recuperado la energía de tiempos pasados. Pasado un tiempo, la persona infiel suele darse cuenta del espejismo vivido.

Inseguridad personal y miedo a la soledad. En ocasiones, en vez de enfrentar el hecho de que ya no deseamos seguir con nuestra relación, el impulso nos lleva a buscar a alguien para evitar quedarnos solos cuando se comunique la noticia a la pareja. En terapia me he encontrado en más de una ocasión con estos casos. El profundo miedo que sienten estas personas al hecho de verse solas, les lleva a encontrar a un sustituto que reemplace a su pareja actual, incluso antes de que se produzca la ruptura. Muchas veces esta decisión se hace de una forma inconsciente, y no es hasta que la persona puede revisar en terapia lo sucedido, que toma conciencia de los motivos que le llevaron a actuar así.

No hace falta decir, que la estrategia “a rey muerto, rey puesto” resulta ser una de las peores decisiones que se pueden tomar, al no realizar el proceso de duelo pertinente por la relación terminada.

Expectativas irracionales sobre la relación de pareja. La idea de amor romántico que nos venden las películas y los cuentos infantiles, así como términos como la media naranja, han provocado que un gran número de nosotros hayamos crecido con ideas nada realistas sobre lo que significa estar en una relación de pareja.

El ideal de amor romántico Hollywoodiense nos muestra la relación de pareja como una meta a conseguir, un sueño que se alcanza una vez encontramos a esa persona que nos completa y llena nuestro vacío. A partir de ese encuentro, supuestamente viviremos felices para siempre. Este ideal de relación se fundamenta en un estado de enamoramiento perpetuo, donde nada puede salir mal.

Durante los primeros meses de relación, cuando se produce la fase de enamoramiento, mostramos la mejor versión de nosotros mismos, o mejor dicho, mostramos a la pareja lo que creemos que el otro desea ver en nosotros. Asimismo, nosotros vemos en la otra persona aquellas aptitudes que valoramos en una pareja, focalizando nuestra atención en esos puntos fuertes, mientras obviamos ver aquello que no nos gusta de la otra persona.

Cuando la proyección en el otro desaparece, emerge la realidad de que estamos ante una persona con sus aptitudes y sus flaquezas como todo ser humano. Este despertar a la realidad, aunque necesario, puede generar una gran frustración en la persona. Como consecuencia de la baja tolerancia a la frustración que demuestra la sociedad actual, es habitual que muchas personas gestionen esa decepción a través de la infidelidad. 

La historia personal y las experiencias vividas en el pasado son también otros factores que puede favorecer la infidelidad. Personas que han vivido un apego inseguro en la infancia, o bien individuos que han pasado por una, o varias experiencias traumáticas con sus ex parejas, pueden ser casos más proclives a cometer una infidelidad, aunque no son factores determinantes.

En terapia me encuentro con mujeres que afirman haber sufrido mucho en una relación pasada, y aunque actualmente mantienen una relación de pareja, siguen abiertas a intimar con otras personas. Me comentan que tomar esa decisión les hace sentir libres, al creer que controlan el grado de vinculación con su pareja. De esta manera dicen plantar una barrera que supuestamente les protege de una futura decepción con el otro. La idea que me manifiestan es: “si al final la relación termina, la caída no será tan dura y no sufriré tanto”. En estos casos el problema es que se vive la relación desde el miedo, la mentira y la desconfianza, y no desde el amor y la sinceridad, por lo que este tipo de relaciones suele tener un final anunciado.

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Por último, me gustaría destacar otro factor que creo tiene incidencia en la infidelidad, como es el tipo de sociedad en la que vivimos actualmente. La sociedad actual se caracteriza por incentivar valores como la felicidad, la inmediatez, la libertad, el no sufrimiento, y el individualismo. Valores que llevados al extremo son incompatibles con mantener una relación de pareja tradicional.

Todos los que hemos estado en pareja, sabemos que aunque la relación con el otro nos brinda momentos de gran belleza y felicidad, también es verdad que no siempre es así. Durante la relación de pareja se atraviesan momentos complicados, donde valores como la escucha, la flexibilidad y el apoyo mutuo son necesarios para superar las dificultades que se nos presentan.

Así mismo, mantener un vínculo con una pareja significa un acuerdo mutuo. Como en un contrato, se van a establecer unas pautas que regularan esa relación, por lo que nuestra libertad personal quedará limitada.

Respecto a la relación amor-sociedad, me parece interesante el término "amor líquido" que acuñó el sociólogo polaco Zygman Bauman, para describir un tipo de amor que va cogiendo fuerza en nuestra sociedad actual.

El término líquido define un amor caracterizado por una falta de solidez, un amor superficial y fugaz en el tiempo. Este tipo de amor deriva en una falta de compromiso personal con las relaciones de pareja. En esta línea, la tendencia al individualismo provoca que la idea de relación de pareja suponga un peligro para los valores de la autonomía personal, apareciendo un miedo al compromiso bastante generalizado.

En mis sesiones de terapia me encuentro habitualmente con personas que tienen verdadero terror a vincularse con posibles parejas. Estas personas me comentan que sienten mucho miedo a perder su libertad individual si deciden estar en pareja. Relacionado con este miedo, mis pacientes me dicen que también sienten pavor al sufrimiento que puede derivarse de esa relación.

Personalmente, opino que el problema radica en la idea de sociedad utópica e indolora que se nos ha querido vender en las últimas décadas, donde las cosas deben darse como nosotros esperamos, y donde la tolerancia al dolor es mínima; una sociedad ciertamente algodonada.

“No es justo”, “¿Por qué a mí?”, “Éste lo consigue y yo no, con lo que yo me esfuerzo”, “No me lo merezco”…. son algunas frases típicas que emanan de ese ideal.

Desde esta creencia que la vida debería ser generosa con nosotros, dándonos aquello que le pedimos y cuando se lo pedimos, emerge un amor basado en la búsqueda del beneficio personal y el individualismo, por encima de otros valores como la generosidad y la empatía con el otro.

Los tiempos actuales se caracterizan por la rapidez, el deseo de satisfacción inmediata y la impaciencia, y en consecuencia también la dificultad para sostener los momentos de frustración, cuando uno no consigue lo que quiere en la relación con el otro. 

Siguiendo esta tendencia social hacia la individualidad, es común que veamos a la pareja de forma egóica, como alguien que debe satisfacer nuestros deseos, en vez de percibirlo como un ser diferente, que nos puede hacer de espejo de aquellos temas irresueltos en nuestra persona, y que en consecuencia deberíamos trabajar.

Desde esta visión narcisista que parece abundar en la sociedad actual, las relaciones de pareja, o mejor dicho, los obstáculos derivados de la vida en común, se hacen insostenibles para muchas personas, por lo que al mínimo contratiempo con la pareja la reacción más habitual suele ser tirar la toalla y abandonar la relación.

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Una vez finiquitada la relación, ya estamos de nuevo en el mercado para conocer a un nuevo candidato o candidata, para así entrar de nuevo en el mundo de la idealización amorosa. De esta forma, volvemos a caer en la trampa de entender las relaciones como un enamoramiento perpetuo, lleno de exaltación y adrenalina, y que curiosamente coincide con el tipo de vida que se nos quiere vender en la sociedad actual; una existencia con un ritmo frenético, lleno de estímulos y excitación, bajo el mandato de tener que exprimir la vida al máximo.

No digo que todas las relaciones de pareja que se forman actualmente sigan este perfil, pues hay personas que se esfuerzan y trabajan individual, y conjuntamente con la pareja para gozar de una relación saludable. Sin embargo, la tendencia al individualismo y la baja tolerancia a la frustración parece que van ganado terreno en el mundo de la pareja. Estos valores contribuyen a formalizar relaciones de pareja cada vez más fugaces y volátiles.

Las nuevas tecnologías es otra influencia a destacar cuando hablamos de infidelidad. Las nuevas tecnologías y la facilidad que éstas nos habilitan para obtener aquello que deseamos de forma inmediata, también favorecen a que las personas que deciden ser infieles cuenten con una oferta muy amplia para serlo. Aunque considero que aplicaciones como Tinder o Meetic no son responsables de la infidelidad, la realidad es que facilitan el camino de la persona que toma esa decisión.

Respecto a estas aplicaciones para encontrar pareja, una clienta asidua a ellas me comentaba lo siguiente; me decía que una vez empezaba a chatear con alguien le surgían dudas si ese hombre era para ella, pues se decía a sí misma que seguramente había candidatos “mejores” allí fuera, esperando a ser conocidos, y que por tanto no quería perderse esas oportunidades. De esta forma, evitaba establecer vínculos estables, y es que vincularse en una relación exige unos valores que personalmente opino que se encuentran en horas bajas en nuestra sociedad. Dentro de estos valores destacaría; paciencia, constancia, empatía, respeto, compromiso, comunicación, flexibilidad, apoyo mutuo y generosidad, entre algunos de los más destacables.

Otro de los efectos de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas ha sido su contribución a la desconexión con nosotros mismos, y con el mundo real. Un ejemplo de ello lo tenemos en la forma como ahora buscamos pareja, utilizando más el mundo virtual que el real. Aunque las aplicaciones de internet nos permiten conocer a una gran variedad de personas, también es verdad que muchos de estos contactos acaban siendo poco estables y ciertamente volátiles. Los motivos para esta fragilidad en las relaciones son diversos, sin embargo yo destacaría la dificultad para vincularnos procedente de nuestro individualismo, y el miedo a sufrir en la relación. En consecuencia es habitual encontrarse con personas que se retiran del contacto virtual cuando son conscientes de que esa relación tiene posibilidades de ir a más, o cuando llega el momento de conocerse en persona.

Relacionado con esta tendencia, me gustaría destacar el fenómeno del ghosting, el cual se ha ido popularizando en las redes sociales en los últimos tiempos.

El término ghosting es habitual en las aplicaciones para encontrar pareja que circulan por internet. El término proviene de la palabra “ghost”, que significa fantasma en inglés. Que te hagan un ghosting significa que una persona con la que se había establecido un vínculo, por ejemplo haber mantenido conversaciones on line durante un tiempo determinado, desaparece sin dejar rastro. Si se toma la iniciativa de contactar con ella, no contesta, e incluso podemos llegar a ser bloqueados en las redes sociales por la persona que nos ha hecho ghosting.



A parte de mostrarnos un individualismo creciente, el ghosting es un claro síntoma de la dificultad para enfrentar la adversidad de la que hablábamos anteriormente. Romper la relación con otra persona, tener que decirle No a alguien, admitir que no vemos a esa persona como pareja, o el propio miedo al compromiso cuando sentimos que la relación tiene posibilidades de afianzarse…son todas ellas situaciones que nos ponen en una difícil tesitura.

Tener que enfrentarnos a estas dificultades nos genera miedos, incertidumbre, culpa...; antes esas sensaciones desagradables, reaccionamos evitando dar la cara. Por consiguiente, antes que enfrentar la dificultad, lo que hacemos es huir de nuestra responsabilidad, adoptando mecanismos de evitación como el ghosting.


Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

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Abordaje terapéutico de los abusos sexuales en la infancia (ASI)

Abordaje terapéutico de los abusos sexuales en la infancia (ASI)Hace tiempo que quiero escribir sobre uno de los temas que aparece con más frecuencia de la esperada en las sesiones de psicoterapia; el abuso sexual en la infancia (ASI). Un tema tabú en la sociedad, por la vergüenza y la culpa que suelen acompañar a la víctima de este tipo de experiencias. En este artículo me voy a expresar desde el término de niño, indistintamente del sexo al que se haga referencia, pues tanto niños como niñas son víctimas de tan traumáticas experiencias.

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Según las estadísticas, en España más de un 20% de las niñas y un 15% de los niños han sufrido algún tipo de abuso sexual. Los abusos sexuales se producen en todo tipo de familias, ambientes sociales y culturales. Un elevado porcentaje de los ASI ocurren en el hogar, y en un gran número de ocasiones son actos perpetrados por una persona de confianza del menor. Vivir este tipo de experiencias en edades tan tempranas, deja una profunda huella en el niño que las sufre, tanto físicas como psíquicas, derivando en problemas posteriores de desarrollo como son bloqueos sexuales, trastornos de personalidad, trastorno de estrés postraumático, o trastornos alimentarios, entre otros.

Los ASI suponen una herida, una rotura psíquica en el niño que sufre los abusos denominado como trauma. Definimos trauma como una experiencia o acontecimiento que pone en serio peligro al individuo, y que afecta a su estructura psíquica y a su vida emocional. El trauma procedente de los ASI deviene como una experiencia, o suceso que escapa de la comprensión e integración del niño, y que queda instalado en su psique como “un cuerpo extraño”.

La reacción ante este tipo de traumas por parte de la víctima del abuso suele ser la disociación, como un mecanismo de defensa ante el profundo impacto que suponen este tipo de vivencias. El cuerpo es sabio, y en consecuencia el cerebro nos protege, apartando las vivencias traumáticas de nuestro consciente, para así ser asimiladas en un momento futuro, en que emocionalmente podamos integrarla. No obstante, aunque la mente pueda apartar esa brutal experiencia del consciente del niño, ese cuerpo extraño sigue estando presente en el inconsciente, actuando en las sombras.

Dentro de los ASI me gustaría destacar tres elementos a tener en cuenta por su importancia en este tipo de experiencias; el primero es la figura del abusador, el segundo es el niño abusado, y el tercero el entorno en que se vive el abuso.

El abusador suele ser una persona cercana al niño, por norma general algún familiar en el que el niño deposita su amor y confianza. No hay un perfil concreto de abusador, aunque un elevado porcentaje de éstos suelen se personas que también sufrieron de maltratos y abusos en su infancia. Por norma general son individuos que llevan una vida aparentemente normal, sin signos de problemas de salud mental.

Es desde la confianza que el niño tiene en esa persona, lo que facilita el abuso por parte del adulto. Un exceso que se fundamenta en dos vías: un abuso de poder, y un abuso relacionado con la utilización del niño como objeto de estimulación sexual del agresor. El niño vive la experiencia del abuso desde la ambigüedad, al no comprender como una figura cuidadora y protectora, como puede ser su padre o su abuelo, utilizan esa confianza y el amor que el niño les profesa para ejercer el abuso. Una experiencia aterradora que la mente del niño no puede comprender, y mucho menos integrar.

El niño es la víctima del abuso; una agresión sobre su persona que va más allá del terreno sexual, para convertirse en un ataque a su integridad como ser humano. Podemos definir abuso infantil como toda aquella invasión que se produce en el terreno personal e íntimo del niño, cuya vulnerabilidad no le permite defenderse de su agresor. Es por este motivo que no hace falta violencia física, o un acto sexual consumado para declarar que ha existido un ASI.

En los ASI, estados propios de la infancia como la inocencia, la ingenuidad y la espontaneidad se ven arrancados de forma cruel por el abusador; una herida en lo más profundo del alma de la víctima. La angustia, el miedo y las sensaciones vividas en el cuerpo del niño abusado exceden de su capacidad de integración de la vivencia. En palabras del psicoterapeuta Jaume Cardona; “el niño queda en un limbo psíquico donde habitan sentimientos de autodesprecio, vergüenza, culpa o asco hacia sí mismo, el cual espera ser recatado por el adulto del presente”.

Como en toda relación entre el niño y sus figuras parentales, el menor se siente el centro de atención, y en esta línea es habitual que también se posicione como culpable del abuso. Esta reacción típica del niño tiene como finalidad preservar el amor de sus padres. Recordemos que el mayor miedo de un niño es perder el amor de sus padres, y en ese sentido, hará lo necesario para asegurarse de no perder ese vínculo, incluso si llegado el caso, tiene que culpabilizarse de un abuso sexual del cual es la víctima. En estos casos, la mente del niño se dice algo así como; “algo estaré haciendo mal para que mi padre me trate así”, o “algo defectuoso debe haber en mi para ser tratado de esta forma”. 

Con la finalidad de preservar el vínculo familiar, y poder amortiguar en cierta forma la agresión vivida, la psique infantil utiliza mecanismos de defensa como la disociación, la cual se puede manifestar a través del olvido, la culpa o la idealización de la figura abusadora.

Como tercer elemento que influye en este tipo de vivencias se encuentra el entorno en el cual se produce el abuso. Por norma general, el entorno no favorece ni apoya a la víctima ante las situaciones de abuso a las que se ve sometida. Es muy común encontrarse con ambientes familiares que contribuyen a la negación y al secretismo de tan atroces experiencias. El entorno se hace así cómplice del abuso, en la mayoría de ocasiones con la finalidad de mantener las buenas formas, y proteger la imagen de la familia del “qué dirán”, por encima del bienestar del niño.

En esta línea es común que la historia del abuso, cuando es contada por el niño, sea ignorada, o que directamente se acuse al menor de mentir y estar imaginando historias. Cuando eso sucede, se carga al niño con una responsabilidad brutal, como es convertirse en el depositario de un secreto familiar. De esta forma, el niño queda como responsable de preservar la unidad y la armonía familiar, una responsabilidad que aparte de no corresponderle, supera ampliamente sus capacidades como persona.

Ser ignorado, y cargar con una responsabilidad de las dimensiones que acabamos de comentar, favorece a que el niño se sienta aún más culpable por la agresión sufrida.

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En un gran número de ocasiones, los años pasan, y el abuso queda oculto bajo un tupido velo, como si no hubiese sucedido nunca. Con el paso de los años el niño aprende a relegar ese trauma a “la trastienda de su psique”, un olvido que suele funcionar a nivel consciente, pero que sigue estando presente en su inconsciente. Con el paso del tiempo ese trauma va moldeando un tipo de personalidad determinada, la cual se caracteriza por la presencia de sentimientos de asco, vergüenza e indignidad hacia si mismo, manifestándose de formas muy diversas como son los bloqueos sexuales, las somatizaciones, o las creencias distorsionadas sobre su persona.

Por mi experiencia en terapia, el ASI no suele ser motivo de consulta. En la mayoría de ocasiones es un tema que aparece con el tiempo y de forma sutil, ya sea a partir de un sueño, o a partir de una experiencia que se vive en el presente, y que resuena como un eco de la vivencia traumática experimentada en la infancia. Por norma general, emerge en forma de sensaciones e intuiciones vagas en un primer momento, para poco a poco ir tomando forma en la mente consciente de la persona. A partir de esa toma de conciencia, es posible empezar a ponerle palabras al abuso vivido. El simple hecho de ser capaz de nombrar el trauma, y de empezar a hablar sobre ello, ya aporta un cierto alivio a la víctima del abuso. 

Durante el proceso de terapia es habitual que vayan apareciendo toda una serie de temas, más o menos comunes cuando se aborda los ASI, los cuales deben ser abordados en las sesiones. Algunos de los asuntos a tratar son: los sentimientos de desvalorización hacia uno mismo, los síntomas psicosomáticos, los estados de asco, culpa y vergüenza que acompañan esta vivencias, las conductas sexuales distorsionadas, los roles de victimización adoptados en las relaciones de pareja o la falta de límites, por nombrar algunos.

No obstante, uno de los principales trabajos en terapia con los ASI consiste en rescatar al niño herido que sufrió el abuso. Un viaje interior para dar comprensión a lo sucedido, devolviendo al menor aquello que le fue arrebatado de forma violenta por el abuso, es decir la posibilidad de reconectar con los aspectos que conforman su alma infantil, como son: la inocencia, la espontaneidad y la capacidad de asombro perdidas.

No resulta un viaje fácil ni rápido, pero sí necesario para poder sanar la herida interior. Al inicio de este tipo de trabajos, es habitual que aparezca la negación del abuso por parte del adulto, argumentando que quizás se lo está imaginando, o bien justificándose y restando importancia a lo sucedido. Reconocer la vivencia traumática es uno de los primeros pasos en este proceso de sanación. Solo desde el reconocimiento que se fue víctima, y no culpable de lo sucedido, es posible restituir el alma infantil.

Como terapeutas acompañamos a la persona en ese viaje, ayudando al adulto presente a conectar con su niño interior. En esa conexión se suele hacer necesario cambiar la mirada que el adulto tiene de su niño. Con frecuencia el adulto percibe a su niño interior desde la culpabilización y la vergüenza por el horror vivido, sin embargo con la terapia es posible cambiar esa percepción por una mirada de comprensión, ternura y amor. Esa mirada compasiva hacia uno mismo permite comprender que la experiencia vivida en la infancia, superaba con creces la capacidad de asimilación e integración del niño.

Este contacto con el niño interno también nos permite poner las cosas en su sitio, es decir repartir responsabilidades. En un gran número de ocasiones existe una autopercepción de que el niño fue la causa de la perturbación familiar, o que fue él mismo quien de alguna forma incitó el abuso. La reestructuración de esta mirada permite devolver a los adultos la responsabilidad por lo sucedido.

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El trabajo terapéutico con los ASI requiere de constancia, delicadeza y el mayor de los respetos por parte del terapeuta hacia el paciente que revive el trauma. Durante el proceso se transitan por escenarios incómodos para la persona como son el contacto con los sentimientos de culpa, vergüenza, indignidad y asco que suelen derivar de este tipo de vivencias, así como el trabajo con emociones de una elevada carga emotiva como la rabia y la tristeza.

Asimismo, el proceso también requiere de una reestructuración en lo relacional, no solo en lo que hace referencia a la relación abusador-víctima, sino también víctima- entorno familiar que acompañó el abuso. Durante la terapia es frecuente que aparezcan preguntas como; “¿Por qué no expliqué nada a mis padres?, ¿Por qué me callé?, o bien ¿Qué hago ahora con esta toma de conciencia, cuando la familia sigue viviendo en el más absoluto secretismo?”.

Como en un rompecabezas por hacer, en que las piezas restan sueltas, el proceso terapéutico ayudará a poner las piezas en su sitio, dando un nuevo significado a lo sucedido, y aclarando la confusión característica que deja este tipo de experiencias en la persona.

El trabajo en terapia permite a la víctima aprender a vivir con lo sucedido, aunque sea con las secuelas que el abuso le ha provocado. Se trata de un proceso de aceptación, que no de resignación por el trauma vivido. Ser capaces de conectar, reconocer y expresar el dolor que esa experiencia causó en el alma infantil, entendiendo que como niños lo único que supimos y pudimos hacer en ese momento fue cargar con la culpa del abuso, como una forma de preservar el amor y la unidad familiar, es un acto liberador y sanador a la vez.

Por mi experiencia terapéutica con los ASI, puedo decir que resultan ser trabajos liberadores para la persona, y muy movilizadores a nivel emocional, no solo para los pacientes, sino también para nosotros los terapeutas. También quiero decir que para mí son uno de los casos más gratificantes en mi labor terapéutica, al hacerme consciente de los beneficios que la psicoterapia puede aportar a las personas que han sufrido este tipo de traumas.

Por norma general suelo terminar mis artículos sugiriendo otro post sobre el tema tratado. Sin embargo en este caso, os recomiendo una película excelente, que profundiza sobre los ASI y en la que podréis ver muchos de los aspectos comentados en este artículo.

NO TENGAS MIEDO (Montxo Armendáriz, 2011)



Leslie Beebe

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Aprende a decir NO

Aprende a decir NO. Un elevado porcentaje de las personas que acuden a consulta muestran síntomas de baja autoestima, miedos intensos y desvalorización personal. A medida que avanzamos en la terapia con estas personas suele aparecer un denominador común, que es la dificultad para poner límites y atreverse a decir NO.

Aprende a decir NO


En primer lugar creo importante remarcar que saber decir NO es una habilidad social, al igual que lo es la asertividad. Esto significa que nadie nace con esta aptitud, sino que es una técnica de comunicación social que se aprende y se desarrolla a lo largo de la vida.

Cuando hablo con mis clientes en consulta, me comentan que se encuentran con las siguientes dificultades y miedos a la hora poder decir NO a otra persona:

1. El miedo a ser rechazado por el entorno. La desaprobación es uno de los miedos más enraizados en el ser humano, en consecuencia es frecuente que optemos por aceptar las peticiones externas, aunque sea en contra de nuestra voluntad. El miedo al rechazo, el miedo al abandono y el miedo a no ser amados son miedos muy profundos que llevamos en nosotros desde los primeros años de vida, y que sin duda condicionan nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Tomar conciencia de estos miedos, y aprender a lidiar con ellos, es fundamental para que no nos limiten en nuestra vida.

2. El miedo a molestar, a crear una situación que pueda generar incomodidad, o el miedo a que nuestra negativa derive en un conflicto con otras personas. Ante este tipo de situaciones hipotéticas, los consultantes me comentan que tienen miedo a perder el control, a no saber manejar las emociones, a ponerse agresivo, o a la reacción violenta de otras personas.

3. La sensación que están actuando de forma incorrecta y contraria al discurso de su juez interno, lo que les lleva a culpabilizarse y castigarse por ello.

4. La vergüenza y la culpa que sienten por ser el elemento perturbador ante las opiniones, juicios y situaciones externas.

En resumen, podemos afirmar que el motivo fundamental de aceptar algo que no deseamos es evitar que surjan emociones desagradables. Cuando pongo un límite (y lo mantengo), es frecuente que me sienta nervioso, preocupado o angustiado. En consecuencia, y para evitar este tipo de sensaciones incómodas, nos es más fácil decir que SÍ, aunque eso signifique una falta de respeto hacia nuestra persona.

En mi experiencia terapéutica, cuando trabajamos la dificultad para decir NO en sesión, suelen aparecer dos reacciones en mis consultantes;

La primera reacción es cuando digo SÍ a las peticiones externas, cuando realmente no quiero, no puedo, no me satisface, o no deseo lo que el otro me está proponiendo. Aunque asentir a las peticiones externas nos puede aportar cierto alivio en un primer momento, al creer que estamos evitando un posible conflicto con la otra persona, la realidad es que a corto plazo esta decisión nos acaba por pasar factura, apareciendo emociones como la rabia, la frustración o la decepción con uno mismo.

Actuar en contra de nuestra esencia, de aquello que necesitamos o deseamos, es una falta de respeto hacia nuestra persona, por lo que acabamos traicionándonos. Este tipo de traiciones a nuestro ser perjudican la autoestima y la confianza en nosotros mismos. Cuando no nos atrevemos a decir NO a las peticiones externas, mantenemos una incoherencia interna, un malestar que puede enquistarse y acabar manifestándose a través de diferentes síntomas corporales como pueden ser dolores de cabeza, tensión corporal o trastornos digestivos, entre otros.

La segunda reacción es cuando me atrevo a decir NO. En estos casos mantenemos la coherencia con nosotros mismos. Cuando eso sucede es común que aparezca nuestro juez interno con mensajes acusatorios, diciéndonos que no hemos actuado bien. De esta forma aparece el sentimiento de culpa, castigándonos por no cumplir con nuestro ideal de cómo deberíamos ser y comportarnos ante el resto del mundo.

A medida que se practica la habilidad para decir NO, la culpabilidad va bajando en intensidad, mientras que aparecen otras sensaciones, como la sensación de recuperar el control de nuestra vida, o la sensación de una mayor presencia y seguridad en uno mismo. Sin duda, todo ello contribuye a desarrollar una autoestima más saludable.

A continuación voy a comentaros unas pautas útiles que os pueden ayudar a la hora de practicar la habilidad para poder decir NO.

1. Reconócete el derecho a decir NO. Uno de los derechos que tenemos como seres humanos es nuestra libertad personal, y derivada de ella se encuentra el derecho a decir NO ante una petición externa. Poder decir NO es un acto legítimo mediante el cual expresamos nuestra autonomía e independencia. Recuerda que dentro de tus libertades personales se encuentran derechos tan fundamentales como el derecho a decir NO, el derecho a cambiar de opinión, el derecho a no expresar nuestra opinión, o el derecho a no tener que dar explicaciones sino lo deseamos.

2. Entiende que dar una respuesta negativa no es un acto egoísta. Al igual que el resto de personas están en su derecho de pedirnos algo, y no por ello son egoístas, nosotros también disponemos de nuestro derecho de poder decir NO, sin tampoco serlo por ello. Cuando alguien nos pide un favor, debe contemplar la posibilidad de que nuestra respuesta sea negativa. En caso contrario ya no sería una petición por su parte, sino un mandato que implicaría una obligación por nuestra parte.

3. Tómate tu tiempo. Cuando recibas una petición externa date un tiempo para responder. No actúes de forma impulsiva, como una reacción ante tu miedo a decir NO. Déjate un tiempo para escucharte y pregúntate cómo te sientes ante esa petición. Plantéate si puedes y quieres aceptar lo que te están proponiendo. En caso que tu miedo a decir NO sea muy intenso, piensa en alguna situación del pasado en la que dijiste SÍ, cuando realmente querías decir NO; pregúntate cómo te sentiste y qué consecuencias te trajo tomar esa decisión.

4. Evita la justificación. Es habitual que cuando damos una respuesta negativa a otra persona, y como consecuencia de la culpabilidad que emerge durante esos momentos, nos justifiquemos en exceso. Debemos recordar lo que comentábamos en el primer punto, sobre nuestro derecho a poder decir NO. En este sentido debemos dar nuestra negativa de forma asertiva, es decir siendo claros, directos, y no agresivos. Una técnica muy útil cuando se practica la habilidad para decir NO es la “técnica del sándwich”.

La “técnica del sándwich” consiste en dar una respuesta negativa, pero empezando por una idea positiva que muestre la empatía con la situación y con la otra persona. De esta forma, mantenemos nuestra negativa, pero la incluimos en un “sándwich” de empatía y de compresión respecto a la situación. Por ejemplo, si alguien nos pide ayuda económica le podemos decir lo siguiente:

“Entiendo que estés pasando por una situación difícil y me sabe mal, pero no puedo dejarte dinero; si piensas en otra forma como te pueda ayudar, estaré dispuesto a escucharte”. Idea positiva – Idea Contraria – Idea Positiva.

5. Evita los rodeos. Relacionado con el punto anterior de evitar las justificaciones ante nuestra decisión, otro punto a tener en cuenta es el hecho de mantenerse seguro y ser directo a la hora de manifestar nuestra negativa al otro. Cuando nos justificamos por nuestra negativa nuestro mensaje pierde fuerza. Asimismo, se ha de evitar expresar nuestro NO desde el enfado o la agresividad, y hacerlo siempre de forma respetuosa, serena y clara.

6. Acepta el hecho que no siempre puedes agradar a todos . Al igual que a nosotros no nos gusta todo el mundo, ni tampoco estamos de acuerdo con todas las acciones y opiniones ajenas, también encontraremos otras personas a las que no vamos a gustar. Vivir para agradar, dependiendo de las opiniones externas, nos desgasta física y emocionalmente, limitando nuestra libertad y alejándonos de nuestra esencia personal.

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Sin duda, la práctica de decir NO, nos puede aportar grandes beneficios. Las personas que acuden a terapia, y se atreven a utilizar esta habilidad comunicativa, me comentan que los beneficios no tardan en aparecer.  Me comunican que se sienten más en control de su vida, lo que les da una sensación de seguridad que antes no tenían en sus relaciones sociales. También me comentan que se sienten más confiados y seguros a la hora de asumir nuevos retos, así como una sensación de haber mejorado la opinión que tienen sobre sí mismos.

Para terminar, un efecto no esperado que mis clientes me comentan que perciben cuando se atreven a decir NO, es que lejos de encontrarse con el rechazo de los demás, lo que sienten ahora es que el resto de personas les respetan y admiran más que antes. Todo lo contrario a lo que su mente les advertía que iba a pasar.


Si quieres leer más sobre como aprender a decir NO, aquí te dejo otro de mis artículos sobre el tema:

 Como aprender a decir NO


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Los 4 pilares de la autoestima

Los 4 pilares de la autoestima. Una de las áreas que se trabaja en todo proceso de terapia es la autoestima. La autoestima está estrechamente relacionada con la imagen que tenemos de nosotros mismos, el  denominado autoconcepto, e incluye también el tipo de valoración que mantenemos respecto a nuestra persona.

4 pilares de la autoestima


Definimos autoestima como el conjunto de sentimientos, pensamientos y conductas que hacen que una persona se considere digna de ser querida y valorada por sí misma, sin tener que depender para ello de la valoración externa. La autoestima se compone de dos factores básicos; el primero es un sentimiento de aceptación y amor por uno mismo (“yo me acepto y me quiero tal y como soy”), y el segundo es un sentimiento de competencia y valía personal (“yo valgo y puedo conseguir lo que me proponga”).

La autoestima no es innata, se va definiendo a partir de las sensaciones y experiencias que vamos incorporando a lo largo de nuestra historia personal. En este sentido, el entorno que vivimos en la infancia es determinante en la formación de nuestra autoestima. Si durante esos primeros años de vida vivimos en ambientes en los que como niños no fuimos reconocidos, valorados, apoyados y queridos por las figuras parentales, la probabilidad de que nuestra autoestima sea frágil en la edad adulta será más elevada. 

Si por el contrario recibimos cariño, apoyo y reconocimiento en la infancia por parte de nuestros padres, disponemos de más probabilidades para que nuestra autoestima sea saludable cuando seamos adultos. Aunque podemos considerar esos primeros años de formación del carácter como fundamentales en el desarrollo de nuestra autoestima, también debemos valorar el resto de nuestra historia personal como un factor que influye en ella. Asimismo, la autoestima no debe ser entendida como una meta, sino más bien como un elemento que deberemos ir cuidando a lo largo de la vida, como una planta que vamos regando y vigilando.

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Según mi experiencia personal, y a partir del trabajo realizado con mis clientes en terapia, puedo afirmar que un gran porcentaje de la población carece de una autoestima saludable. Alcanzar un nivel de autoestima sano suele requerir de un trabajo terapéutico sostenido a lo largo del tiempo, el cual nos permita ser conscientes de las trampas en las que caemos, y que perjudican la salud de nuestra autoestima. Algunas de estas trampas parten de unas creencias e ideas limitantes sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Estas creencias se manifiestan a través de nuestro diálogo interno mediante mensajes de desvalorización y crítica severa hacia nuestra persona. 

La realidad es que en general nos tratamos bastante mal a nosotros mismos, no nos respetamos y en un gran número de ocasiones no creemos ser merecedores de las cosas buenas que nos pasan en la vida. En tal sentido, la terapia puede ayudarnos a tomar cartas en el asunto para empezar a trabajar en la consecución de una autoestima sana.


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Gozar de un nivel de autoestima saludable nos puede ayudar en los siguientes aspectos de nuestra vida:

Facilita la relación con otras personas, favoreciendo las relaciones que nos nutren, basadas en la sinceridad y la honestidad con uno mismo y con el resto.

Mejora la confianza en uno mismo y en las capacidades propias, lo que nos permite tomar las decisiones oportunas para alcanzar las metas establecidas.

Nos ayuda a tomar una mayor responsabilidad personal y una actitud proactiva ante la vida, alejándose de la irresponsabilidad y el victimismo derivados de una baja autoestima.

Contribuye a que alcancemos un bienestar psíquico y emocional.

Nos permite una optima gestión emocional, tomando conciencia de nuestras necesidades, así como la mejor forma para satisfacerlas.

El psicoterapeuta Walter Riso estableció 4 pilares que forman la autoestima, y que en consecuencia deben de considerarse en el trabajo terapéutico. Estos pilares son; el autoconcepto, la autoimagen, el autorrefuerzo y la autoeficacia.

El autoconcepto

El autoconcepto es la opinión que tenemos de nosotros mismos y lleva asociado un juicio de valor. El autoconcepto es la construcción mental de cómo nos reconocemos a nosotros mismos. Esta opinión que tenemos sobre nuestra persona condiciona la forma en como nos hablamos y tratamos. En un gran número de ocasiones mantener una opinión pobre sobre nuestra persona nos conduce a tratarnos de una forma excesivamente demandante y desvalorizadora, e incluso cruel por momentos. Esta actitud también nos lleva a compararnos con otras personas, con la única finalidad de sentirnos víctimas de las circunstancias.

Por el contrario, adoptar un autoconcepto realista y objetivo, aceptando que tenemos puntos débiles de mejora, pero también aptitudes, beneficiará una mirada amorosa y compasiva hacia nosotros mismos.

La autoimagen

La autoimagen es el grado de satisfacción con nuestra imagen. Recordemos que la imagen va más allá de ser una cualidad física, para ser un estado de satisfacción y aceptación con nosotros mismos. En consecuencia es fundamental que seamos nosotros quien nos sintamos bellos, sin necesidad de depender de opiniones externas que nos validen. Creo que a todos nos influye en mayor o menor medida las opiniones externas. Somos seres sociales, y como tal, el juicio está a la orden del día cuando nos relacionamos con nuestros congéneres. Otra cosa diferente es cuando volcamos nuestros esfuerzos en conseguir la aprobación externa.

Cuando vivimos pendientes de los juicios y opiniones externas, nos alejamos de nuestra esencia. Nos convertimos así en seres frágiles y dependientes, a merced del entorno y viviendo de cara a la galería para contentar a otros. Desde esta actitud vivimos en un estado de falta de libertad, con una insatisfacción creciente que intentamos apaciguar mediante los feedbacks positivos del exterior. Cuando tomamos conciencia de que el grado de satisfacción depende de nosotros, y no del entorno, es cuando podemos cultivar una autoimagen saludable.

El autorrefuerzo

La mayoría de nosotros tenemos la tendencia de tratar mejor a las personas de nuestro entorno que a nosotros mismos. En un gran número de ocasiones no nos cuesta ver las capacidades y habilidades de otras personas, sin embargo somos incapaces de reconocer nuestras cualidades y puntos fuertes. En esta línea, al igual que somos capaces de ser compasivos y empáticos con otras personas, también deberíamos empezar a serlo con nosotros mismos. Un ejemplo es cuando empatizamos y aceptamos el error en otros, mientras nos culpabilizamos y castigamos severamente por los errores propios.

Para cultivar una autoestima saludable es fundamental reconocer aquello que hacemos bien, premiando nuestros logros y aceptando que como seres humanos somos susceptibles de equivocarnos, un factor necesario para el aprendizaje.

La autoeficacia

La autoeficacia es la confianza que tenemos de alcanzar unas metas determinadas. Esta habilidad se basa en la creencia que podremos hacer frente a los obstáculos que se nos presenten en la vida, utilizando nuestras habilidades y recursos personales. Esta creencia también es sinónimo de aprender a lidiar con la frustración, entendiendo que no siempre conseguiremos aquello que nos propongamos. Sin embargo, si somos constantes y nos mantenemos apasionados con la meta que deseamos alcanzar, la probabilidad de éxito será mucho mayor.

Si quieres saber más sobre la autoestima, te invito a leer otros de mis artículos relacionados con el tema:

Como aumentar la autoestima

Como mejorar la autoconfianza

La autoestima una herramienta para el cambio


Leslie Beebe

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