El miedo a la soledad

El miedo a la soledad. Uno de los principales miedos que suelen expresar los clientes que acuden a terapia es el miedo a estar solos. Muchas de estas personas, hacen lo inimaginable para no sentirse solas, como por ejemplo apegarse a relaciones de pareja dependientes, que solo les generan sufrimiento, o bien vivir en una constante actividad social, donde no pueden dejar de hacer actividades con otras personas.

El miedo a la soledad


Si buscamos el significado de soledad en el diccionario, veremos que tiene dos entradas o manifestaciones. La primera es “circunstancia de estar solo o sin compañía”, la segunda nos dice “sentimiento de tristeza o melancolía que se tiene por la falta, ausencia o muerte de una persona”.

Para empezar, ya vemos que la segunda definición de la palabra nos vincula la soledad con una emoción; la tristeza. En este sentido, no es extraño pensar que cuando oímos la palabra soledad, la primera sensación que nos venga sea tristeza o melancolía, emociones que juzgamos como negativas y desagradables.

En segundo lugar, socialmente se nos educa desde los primeros años de vida, en que nuestro objetivo es vivir acompañados, a través de ideas como la necesidad de encontrar una pareja, formar una familia y tener hijos. En tal sentido, estar solo no está bien visto por la sociedad, hasta el punto de que no disponer de pareja, o no tener hijos llegados a una cierta edad, son vividos como verdaderos fracasos personales.

Sin embargo, nadie nos habla de los momentos íntimos de comunicación con nosotros mismos (los cuales serán innumerables a lo largo de la vida), y a los que erróneamente denominamos como “estar solos”. Tampoco se nos educa en cómo lidiar con nuestro diálogo interno, producto de la relación con nosotros mismos, ni de como identificar y gestionar las emociones relacionadas con ese diálogo de forma saludable.

En tercer lugar, creo importante diferenciar entre “estar solos (físicamente)”, y “sentirnos solos (emocionalmente)”, pues no siempre van de la mano. Por ejemplo, podemos estar rodeados de gente, y sentir que la sensación de soledad emerge en nosotros. A su vez, podemos estar conectados con nosotros mismos, sin gente alrededor y sentirnos acompañados.

En los últimos tiempos siento que ha habido un clamor popular bajo el lema “debemos aprender a estar solos”, relacionado con la necesidad de estar bien con uno mismo. Aunque opino que parte de esta afirmación es cierta, también siento que no debería ser tomada como una verdad universal. Me explico:

Efectivamente existen casos de personas con una baja autoestima, que se enganchan a relaciones dependientes e incluso de maltrato, pues creen que por sí mismas no van a poder enfrentar la vida. En estos casos, es cierto que para estas personas aprender a estar solas, reforzando así su autoestima, es fundamental. Sin embargo, en la sociedad actual en la que vivimos se está produciendo una exaltación del individualismo y una propagación de una falsa idea de libertad, que lleva a muchas personas a rehuir de las relaciones de pareja, al no querer comprometerse emocionalmente con el otro.  En estos casos, se manipula el concepto de "aprender a estar solos", como una excusa para no arriesgarse a vivir una relación de pareja. Esta tendencia a un desapego no saludable se contradice con la verdadera naturaleza del ser humano.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza; es decir que necesitamos del contacto con otras personas para nutrirnos, a la vez que nos aporta un sentimiento de pertenencia, el cual define una identidad propia. En la antigua Grecia, se consideraba el ostracismo o destierro como uno de los castigos más severos que se podía imponer a aquellas personas que habían infringido la ley, o bien aquellos individuos que eran considerados como un peligro para el bien común. De hecho el ostracismo era casi equivalente a una condena de muerte, pues se consideraba que un hombre solo, alejado de la colectividad, no sería capaz de sobrevivir.  

Con el paso de los años, y especialmente a partir de la revolución industrial del siglo XIX, en que muchos trabajadores pasaron de vivir en el campo a la ciudad, sustituyendo un empleo rural por otro industrial, las personas nos hemos ido desconectando de la colectividad. Tradicionalmente, este estilo de vida rural se caracterizaba por un entorno en el cual los lazos familiares y comunitarios eran muy estrechos, y donde la familia y el colectivo eran muy importantes. En la actualidad, esta tendencia está en decadencia, al pasar a ser una existencia centralizada en el yo individual por encima del colectivo.

En la actualidad, en especial en las grandes ciudades, la vida en comunidad característica de otras épocas ha dejado paso a un estilo relacional más individualista donde prevalece el yo personal. Desde esta creencia nos cerramos en nosotros mismos, mirándonos al ombligo (o mejor dicho actualmente pegados a la pantalla del móvil), sin prestar atención a aquello que pasa a nuestro alrededor, o lo que sucede en nuestro interior. Parece que la alergia a parar y escucharnos va en aumento, probablemente por esa resistencia que emerge en nosotros de no querer poner la mirada en lo incómodo de uno mismo. Mirarnos nos da verdadero pavor, seguramente por el temor a ser conscientes de aquellos elementos de nosotros mismos que no nos gustan, de los que no nos sentimos merecedores, o bien ante los cuales nos sentimos avergonzados.

La era tecnológica en la que estamos inmersos, refuerza este adormecimiento emocional a través de la conexión constante con el mundo virtual que nos brinda internet y las redes sociales. Existe tanto ruido en el exterior, que es imposible que nos escuchemos a nosotros mismos sino ponemos de nuestra parte.

Los miles de estímulos que recibimos a lo largo del día, son la distracción perfecta para no dejarnos momentos de silencio y de escucha interna. Sin embargo, vivir anestesiado de nuestras emociones nos acaba pasando factura a largo plazo, cuando el cuerpo clama para ser atendido a través de síntomas que nos generan malestar como tensiones musculares, ansiedad, jaquecas o trastornos digestivos, por enumerar algunos de ellos.

Dicho todo esto, opino que para alcanzar la homeostasis o equilibrio interno, es necesario encontrar el punto medio entre el contacto con el resto del mundo, y la retirada a nuestro espacio interno. Tanto vivir aislado favoreciendo el ostracismo, como permanecer en una constante actividad social con otras personas, sin dejarnos un espacio para la escucha interna, nos conducen ambos a sufrir de patologías clínicas con el tiempo.

Una vez alcanzado ese equilibrio entre contacto-retirada, existe un paso más allá, que consiste en ser capaces de conectar con nosotros mismos, identificando aquello que nos pasa, pero a la vez siendo capaces de compartir todas esas emociones y sentimientos con otras personas de nuestro entorno.

Superar miedo a la soledad


Como he comentado anteriormente, el contacto social nos permite aumentar nuestro sentimiento de pertenencia, nos ayuda a definir quiénes somos, pero también nos habilita para aprender de otros, para así seguir con nuestro proceso de autoconocimiento. La relación con el resto pasa a ser un bálsamo reparador para muchos de aquellos aspectos que no aceptamos de nuestra persona, al comprobar que éstos no son tan terribles o inaceptables como creíamos, en el momento que nos damos el permiso para hablar de ellos ante otras personas.

Asimismo, exponernos al otro también nos permite tomar conciencia de que no estamos solos ante los miedos que nos bloquean, pues otras personas también pasan por vivencias similares, lo que fortalece la aceptación y la compasión hacia uno mismo. 

Leslie Beebe



Ansiedad y Redes Sociales

Ansiedad y Redes SocialesCada vez más personas acuden a las consultas de psicoterapia aquejadas de problemas relacionados con la ansiedad y la depresión. Distintos motivos han provocado que los trastornos de ansiedad y los trastornos depresivos hayan aumentado su presencia entre la población en los últimos años, entre ellos yo destacaría los siguientes:

ansiedad y redes sociales


1.     La percepción de inseguridad e incertidumbre producto de la pandemia de Covid-19, ha generado una sensación de fragilidad entre la población, al hacernos conscientes que no estamos tan seguros en el mundo como creíamos. La reacción ante esta sensación es variable según cada persona; personalmente yo he podido constatar que los estados de ansiedad, depresión e irascibilidad han aumentado entre las personas que acuden a la sesión de terapia.

2.    El ritmo frenético en el que vivimos en la sociedad actual, donde prevalecen valores como el individualismo y la competitividad, por encima de la cooperación y la solidaridad. Esta forma de vida ha aumentado la presión, no solo externa, sino interna (a partir de nuestro juez interno), para cumplir con todo lo que nos exigimos de una forma rápida, eficiente e impecable. Una expectativa de perfección que al no alcanzarla (pues no somos perfectos), provoca que nos sintamos cada vez más frustrados y ansiosos.

3.     Un auge brutal de la presencia de internet y de las redes sociales en todos los ámbitos de nuestra vida. Algunas de estas redes son; Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o Youtube, entre otras. Esta irrupción de las redes sociales en nuestra vida ha provocado dos efectos principales; el primero es que tenemos una cantidad abismal de información a nuestro alcance y de una forma casi instantanea. El segundo es que (teóricamente) disponemos de una mayor facilidad para conectar con otras personas. Paradójicamente, y según las estadísticas, disponer de un mayor acceso a la información no nos hace más eficientes, sino que más bien nos distrae para alcanzar los objetivos que nos proponemos. A la vez, e irónicamente, esta mayor capacidad para conectar con otras personas, nos está llevando a sentirnos cada vez más solos, y aislados del resto del mundo. Asimismo, el uso prolongado de estas aplicaciones nos conduce a estar pendientes de ellas una gran cantidad del tiempo, enfocando nuestra atención en las distintas publicaciones que van apareciendo, lo que promueve los estados de ansiedad y depresión.

4.     La constante conectividad a la que nos vemos sometidos por las redes sociales, ha provocado que el número de estímulos que recibimos del exterior en un día sea inmenso, comparado con épocas pasadas cuando no disponíamos de esta tecnología a nuestro alcance. Recibir tal número de estímulos nos está habituando a qué para obtener sensación de placer, necesitemos cada vez de un mayor número de ellos; es la denominada como función de recompensa del cerebro. Cuando no recibimos esa gratificación, nos sentimos nerviosos y alterados, por lo que buscamos eliminar ese malestar acudiendo de nuevo a las redes.

5.     Esta tendencia de utilizar de forma masiva las redes sociales, también está provocando que perdamos el contacto con nuestra realidad presente y con nosotros mismos. Con frecuencia, las redes sociales son el instrumento que utilizamos como una forma de anestesiarnos de aquello que no deseamos ver sobre la vida, o sobre nuestra persona. No obstante, con el paso del tiempo, esta desconexión se manifiesta en nuestro organismo mediante síntomas como ansiedad, tensión muscular o dolores estomacales, entre otros.

6.     Por último, las redes sociales nos venden una imagen muy irreal sobre la vida y las personas. Una visión idílica basada en una vida feliz y un mundo perfecto, muy alejada de nuestra realidad. Esta falsedad puede provocar en muchas personas decepción y ansiedad por no cumplir con las imágenes de perfección publicadas en las redes sociales. Dicen que "las comparaciones son odiosas", y yo añadiria que también son fuente de una gran ansiedad.

Con este artículo no quiero decir que esté en contra de internet y de las redes sociales, pues considero que han significado un avance en muchos campos de nuestra vida, sin embargo creo que en general no hemos sido capaces de aprender a utilizarlas de una forma racional y saludable. Prueba de esta mala utilización son los problemas de adicción que esta tecnología está provocando en personas cada vez más jóvenes, o que cada vez nos cueste más desconectar del trabajo al llevarlo a cuestas con nosotros.

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Por último, si os interesa el tema, os recomiendo el libro “Tristes por diseño, las redes sociales como ideología” de Geert Lovink. A continuación os dejo con un artículo sobre este escritor.

Sobre las redes

Leslie Beebe





Como cumplir con los propósitos del año nuevo

Como cumplir con los propósitos del año nuevo. Los seres humanos no concebimos la vida sin el factor tiempo. El tiempo nos marca el ritmo en el que vivimos, definiendo nuestra existencia. Desde que nacemos hasta que morimos, vamos transitando ciclos, relacionando mentalmente el inicio y fin de estas etapas con un momento determinado de nuestra vida. Por ejemplo, en nuestra sociedad relacionamos cumplir 18 años con la mayoría de edad.

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En estos días estamos a punto de terminar el año, momento propicio para plantearse reflexiones sobre el año que finaliza. Hacer un balance del año significa tomar conciencia de aquellos objetivos que hemos conseguido, así como las metas que no hemos podido alcanzar. Asimismo, en la noche del 31 de diciembre entramos en un nuevo año, momento que la mayoría de nosotros aprovechamos para plantearnos nuevos propósitos para el año que se inicia.

El final de año también se caracteriza por ser una época teñida de emociones varias. Mientras que los medios de comunicación y la publicidad que nos rodean nos venden estas fechas como un momento de felicidad y alegría desbordante, la realidad es que muchas personas vivencian la navidad y el fin de año desde otras emociones, no tan bien vistas socialmente, como puede ser la tristeza.

Con frecuencia la navidad es sinónimo de nostalgia para muchas personas, que sienten con más intensidad que el resto del año la ausencia de sus seres queridos; ya sea porque esas personas se encuentran lejos de ellos, o bien porque ya no están presentes en sus vidas.

Otras personas, y como consecuencia del momento complicado que pueden estar viviendo (por ejemplo una ruptura sentimental, un despido laboral…) se sienten más cercanas a la tristeza, o a la angustia, que no a la alegría en estas fechas, por lo que perciben que socialmente se les quiere imponer una estado emocional que no comparten para nada. Esta presión social les lleva a sentirse apartados del resto, haciendo emerger en ellos otras emociones, como la culpa por no cumplir con las expectativas externas.

Como vemos, la realidad es que la navidad y el fin de año no tienen que ser momentos de felicidad para todo el mundo, siendo totalmente lícito y respetable sentirse de una forma contraria.

A parte del momento de la vida que podemos estar transitando, otro factor que incide en la forma como abordamos estas fechas es el carácter personal. Mientras que hay personas que se activan al llegar el fin de año, proponiéndose nuevas metas y proyectos para el año que se inicia, otras tienden más a la depresión, al focalizarse en todo aquello que no han conseguido en el año que dejamos atrás.

Si éste último es tu caso, revisa los motivos por los cuáles no has alcanzado las metas que te propusiste para este año. Plantéate qué puedes cambiar para que los resultados sean diferentes en este 2023 que estamos a punto de iniciar. Es importante que no te culpabilices, ni te machaque por no haber satisfecho tus expectativas, pues con ello lo único que vas a conseguir es sentirte peor, y no vas a arreglar nada.

Piensa que no puedes cambiar el pasado, pero sí aprender de él para que no se repita, y así ser capaz de obtener resultados distintos en este nuevo año. Debes entender qué desde la desvalorización hacia tu persona, y una actitud de queja, solo conseguirás sentirte impotente, y tampoco encontrarás nuevas formas de alcanzar tus metas.

Hacer un balance de fin de año es útil en la medida que utilicemos esta herramienta como una toma de conciencia de nuestros errores y fallos de una forma constructiva; utilizando este balance como un revulsivo para volver a plantearse los objetivos que tenemos en mente, y la forma como conseguirlos en este nuevo año. No debemos utilizar esta herramienta para culpabilizarnos y castigarnos por no haber sido capaces de alcanzar nuestras metas en este año que dejamos atrás. Por último, es preferible utilizar la expresión “meta no alcanzada” en vez de “fracaso”, pues éste último término lleva una connotación negativa que solemos trasladar al terreno personal.

A continuación te dejo unas preguntas que pueden llevarte a reflexionar sobre el 2022, así como ayudarte a definir nuevos propósitos para el 2023. Toma un tiempo y un espacio tranquilo, en el que no seas molestado/a para responder a estas preguntas. Una vez contestadas, guárdalas para poder consultarlas periódicamente durante este nuevo año.

 

1.     ¿Cúal fue el mayor logro en este año?. ¿Cómo lo conseguiste?, ¿Cómo te sentiste por ello?, ¿Qué pasos diste para alcanzarlo?

2.     ¿Cúal ha sido el objetivo no alcanzado?. ¿Qué sientes que ha fallado para no conseguirlo?, ¿Qué aspectos puedes cambiar para obtener un resultado diferente la próxima vez?, ¿Sientes ahora que era una expectativa realista cuando te la planteaste?, sino es así, ¿Cómo la redefinirías para este nuevo año para hacerla más asequible?, ¿Qué lección te han dado tus errores?

3.     ¿Qúe sientes que has aprendido en este año que dejamos?

4.     ¿Qué propósitos u objetivos quieres plantearte para este nuevo año?, ¿Qué pasos sientes que debes dar para alcanzarlos?, ¿Qué recursos tienes para conseguirlo?, ¿Cómo sientes que debería ser tu actitud para que se acompañe de resultados?

5.     ¿De qué te sientes agradecido/a este año?

6.     ¿Qué te alegras de dejar atrás durante este año?

7.     ¿Qué sientes que ha funcionado durante este año, y en consecuencia desearías mantener?

8.     Si pudieses viajar en el tiempo, ¿Qué consejos darías a tu yo de hace 12 meses?

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Para terminar, te propongo unas pautas para ayudarte a cumplir con tus propósitos de año nuevo.

1.     Plantéate unos propósitos realistas que puedas alcanzar.

2.     Anota tus propósitos en un papel, y déjalo en un lugar visible.

3.     Escribe dos columnas en un papel; en la primera anota aquellos mensajes que te limitan a la hora de alcanzar tu objetivo. Por ejemplo: “No soy capaz de hacer ejercicio regularmente”. En la segunda escribe mensajes de sentido opuesto, que te ayuden a mantenerte motivado/a. Por ejemplo: “Voy a hacer ejercicio 3 veces por semana”. En tu día a día, intenta cambiar tu diálogo interno, utilizando las expresiones que te empoderan, y no las que te boicotean.

4.     Divide tu objetivo final en pequeñas etapas. Por ejemplo si te planteas perder 10 kilos, divide este objetivo en fases programadas en el tiempo; por ejemplo 5 fases en las que pierdas 2 kilos mensuales.

5.     Hazte un horario semanal donde programes tus actividades diarias. Intenta que estas actividades se conviertan en una rutina. En tal sentido, se realista con el tiempo y la energía que dispones para cumplir con esas actividades. Recuerda que cada día es una nueva oportunidad, por lo que no te desanimes ni culpabilices si un día te saltas la rutina programada. Puedes hacerte copias de tu horario semanal, y dejarlas en sitios visibles de la casa que te recuerden tu compromiso.

6.     Una vez empieces tu camino, no pienses en tu meta final, simplemente enfócate en la fase que tienes por delante.

7.     Ponte premios o recompensas al final de cada fase, que te permitan mantenerte motivado/a.

8.     Comunica tus propósitos a las personas cercanas a ti, pues eso te ayudará a mantenerte alineado con tu compromiso. Si alguien más comparte tu propósito mucho mejor, pues así te sentirás acompañado/a en tu camino, y eso facilitará tu perseverancia en el objetivo marcado.

9.     Intenta mantener relaciones sanas, con personas que te apoyen en tu propósito, y que no te desmotiven.

10.  Recuerda cuidar de tu salud; duerme las horas necesarias para conseguir un buen descanso, come de forma saludable y realiza ejercicio físico.  

11.  Cuida de tu salud mental y de tu gestión emocional. En caso que necesites ayuda profesional, no lo dudes y pídela. Para más información CLICA AQUÍ.

Para terminar, solo me queda desearte un feliz año, espero poder seguir acompañándote en este 2023 con mis artículos relacionados con la inteligencia emocional, la psicología y el desarrollo personal.

 

Leslie Beebe



Como lidiar con la culpa

Como lidiar con la culpa. En el anterior artículo os hablaba de la vergüenza, hoy es el turno de la culpa; una emoción humana que suele ir muy relacionada con la vergüenza, incluso a veces pueden llegar a confundirse. Tanto vergüenza como culpa, son emociones denominadas como interpersonales, es decir que son emociones que surgen a raíz de nuestra convivencia en sociedad. Como en el caso de la vergüenza, la culpa también es de ese tipo de emociones con las que nos cuesta lidiar.

Como lidiar con la culpa


No obstante, mientras que la vergüenza hace referencia a nuestra identidad y es una emoción que nos paraliza; la culpa se vincula con nuestros actos y es una emoción activadora, que busca la reparación del daño o error cometido.

Definimos como culpa la emoción que emerge ante la acción u omisión de un acto, a partir del cual emitimos un juicio moral sobre nuestra conducta, y dictaminamos que hemos cometido un error, o hemos infringido un daño. Una vez emitimos ese juicio, dictaminamos que somos merecedores de un castigo. Esta definición abarca la culpa por sí misma (toma de conciencia a nivel cognitivo de que hemos cometido un error, o infringido un daño), y el sentimiento de culpa (el cual parte del juicio que emitimos sobre nuestro acto, y el darse cuenta emocional que se manifiesta a través de un dolor o malestar interno).

Como toda emoción, dentro de la culpa podemos hablar de una vertiente adaptativa, y otra de disfuncional. Cuando la culpa es adaptativa, nos ayuda a cumplir con las normas y códigos que regulan nuestra convivencia en sociedad, advirtiéndonos de no transgredir esas normas, por las consecuencias que este incumplimiento puede traer a nuestra persona. Así mismo, la culpa también nos invita a darnos cuenta de un daño que hemos podido infringir, incentivando su reparación.

Al hablar de culpa y sentimiento de culpa, es importante tener en cuenta dos premisas básicas; la primera es que no siempre aquello por lo que nos culpabilizamos, tiene su razón de ser, o existe una proporcionalidad entre el error cometido, y el sentimiento de culpa. Por ejemplo cuando somos excesivamente perfeccionistas y nos culpabilizamos por un error de una forma desproporcionada.

La segunda de las premisas es que podemos tomar conciencia de que hemos incumplido alguna regla, o hemos actuado mal, pero sin llegar a sentirnos culpables por ello. Por ejemplo un psicópata puede reconocer que ha actuado mal, pero sin sentir culpa por ello.

Cuando hablamos sobre la culpa, también es importante hacer referencia al castigo. El castigo es la pena que se impone a la persona que ha sido declarada como culpable. Nos referimos a un castigo externo, cuando la pena procede de una entidad exterior, que es quien juzga y establece que la persona es culpable de una infracción, aplicándole la sanción correspondiente. Así mismo, hablaríamos también de un castigo interno, que parte de la percepción de culpabilidad interior que siente la persona.  El castigo interno suele ser el que nos trae más problemas a nivel psicológico.

El castigo interno se articula través de nuestro juez internalizado, o en términos psicoanalíticos la entidad del Superyo, o el Perro de Arriba de Fritz Perls. Esta voz interna es omnipresente, pues está constantemente juzgándonos, nos critica e incluso por momentos nos llega a despreciar por no hacer las cosas lo suficientemente bien, y por no cumplir con el ideal de perfección establecido por nuestro Yo ideal.  

Cuando no satisfacemos los mandatos de nuestro juez interno (que suele ser prácticamente siempre) nos sentimos culpables, sintiéndonos merecedores de un castigo, para así expiar nuestra culpa.

El origen de la culpa se encuentra alrededor del primer año de vida, cuando el niño desarrolla el habla. Las figuras parentales son las encargadas de enseñar al niño aquello que está bien, y aquello que no. Cuando el niño cumple con las expectativas de sus padres, siente que es reconocido y aceptado por ellos. Por el contrario, cuando el niño no cumple con esas expectativas, y es reprendido por ello, siente que es rechazado por sus padres. De esta forma el niño aprende que hay una forma de ser y comportarse aceptable, y otra que no lo es. 

Aunque para los adultos regañar al niño sea un acto correctivo, el niño lo vive de forma distinta, al sentirlo como un rechazo hacia su persona, un acto de desamor. En la infancia nuestro cerebro aún está desarrollándose, por lo que la capacidad cognitiva del niño en ese momento hace que se haga responsable de todo aquello que sucede a su alrededor. La relación que los padres establecen con sus hijos en esta época temprana de la vida son vitales, pues de ella dependen la formación de una identidad individual, y el concepto de existencia propia que desarrolla el niño.

En estas circunstancias en que el niño se responsabiliza del rechazo parental, es cuando aparece la culpa; no como un mecanismo para enmendar el error cometido, sino como una señal de alerta que le indica que puede perder el amor de sus padres, al no ser lo lo suficiente bueno. El pensamiento del niño vendría a decir algo así como; “algo defectuoso debe haber en mi, para que mis padres no me quieran”.

Si a esta vivencia de desamor le añadimos un entorno parental con unas creencias rígidas, donde los padres establecen relaciones con el niño desde la comparación, el chantaje emocional o incluso la desvalorización y el desprecio hacia él; el sentimiento de culpa que el niño va a ir desarrollando puede alcanzar cotas muy elevadas, afectando de forma muy negativa a su autoestima y a su autoconcepto.

La forma como el niño gestionará la culpa en el futuro está muy relacionada con las vivencias que se producen en estos primeros años de vida, las creencias introyectadas del entorno familiar, y el tipo de apego que el niño forma con sus figuras parentales. Por ejemplo, el niño que desarrolla un apego evitativo, muestra como tendencia la de culpabilizarse a si mismo por todo aquello que sale mal en su entorno, En este caso la culpa va hacia dentro. Por el contrario, aquellos niños con un apego ansioso manifiestan la tendencia de culpabilizar al resto de aquello que les sucede en su vida; ya sea de una forma victimista, mediante el chantaje emocional, o bien de forma agresiva, reclamando al entorno. En este último caso la culpa se dirige hacia fuera.

Independientemente de la dirección donde se dirige la culpa, a medida que pasan los años, la creencia de cumplir con las expectativas externas para recibir amor va extendiéndose, al trasladarse del ambiente familiar al colegio, las amistades, el trabajo…. Asimismo, paralelamente también aparecen otros factores que también van influyendo en la activación del sentimiento de culpa, como son; el entorno social, cultural y religioso en el que vivimos, los cuáles también nos marcan unas pautas de ser y de actuar determinadas.

De esta forma, llegamos a la edad adulta utilizando la culpa, no tanto como una forma de enmendar errores y aprender de ellos, sino más bien como un instrumento de autocastigo, el cual nos dice que no somos suficiente para ser amados. Desde ese sentimiento de malestar, la tendencia es generar un diálogo interno que nos hiere, nos desprecia, y que claramente perjudica nuestra autoestima.

Sin duda, llega un momento en la edad adulta que la persona entra en crisis, pues debe enfrentarse al conflicto que se produce entre las normas que se nos han enseñado (y que miramos de cumplir para ser aceptados por la sociedad, tal y como lo hacíamos de niños para cumplir las expectativas parentales), y los deseos y necesidades que emergen de nuestra esencia personal. Este conflicto suele acarrear un gran sentimiento de culpa en nuestra vida.

Otro concepto muy relacionado con el sentimiento de culpa es el remordimiento. El remordimiento es el bucle de culpabilidad repetitivo en que nos vemos inmersos, en búsqueda de una redención que nunca llega. El remordimiento parte de la necesidad de castigo por nuestros actos incorrectos, sin embargo su mensaje es qué por mucho que nos castiguemos, el perdón nunca va a llegar, alimentando de nuevo el sentimiento de culpa en nuestro interior.

El remordimiento nos bloquea, nos impide avanzar y nos sumerge en un estado de desvalorización y humillación por parte de nuestro juez interno, generando estados de elevada angustia, e incluso conductas autodestructivas.

Por último, otro de los conceptos relacionados con la culpa, es el arrepentimiento. En este caso hablamos de una aproximación saludable a la culpa. El arrepentimiento permite responsabilizarnos por nuestros actos, empatizando con el otro y comprendiendo las consecuencias de nuestros actos. El arrepentimiento busca el perdón del otro, pero también el perdón hacia nosotros mismos, lo que evita entrar en el bucle de automaltrato del que hablábamos en el remordimiento. Esta actitud desde la empatía, la responsabilidad y la comprensión conduce al aprendizaje de la experiencia, para que de esta forma podamos actuar de forma distinta en el futuro.

terapia culpa


Con el objetivo de que puedas gestionar mejor tu sentimiento de culpa, a continuación te dejo unas pautas que pueden ayudarte

1. El primer paso es identificar aquellas conductas que te hacen sentir culpable. Una vez identificadas, hazte las siguientes preguntas:

a) Si aquello por lo que te sientes culpables es tu responsabilidad, y depende o no de ti. Si no depende de ti, déjalo ir, pon límites y no te aferres al sentimiento de culpa.

b) Si la culpa que sientes es adaptativa (te conecta con el arrepentimiento y te incita a enmendar el error), o bien es desadaptativa (te lleva a machacarte y te sumerge en el remordimiento).

c) Si tienes algún tipo de control o capacidad de enmendar aquello por lo que te sientes culpable. Si te sientes culpable por un acto del pasado, sobre el cual no tienes capacidad de acción en el presente, pasa página y aprende de la experiencia. Evita quedarte dándole vueltas al tema y culpabilizándote por ello.

2. Acepta tus errores y procura reducir tu nivel de autoexigencia. Los errores son la clave del aprendizaje y son los facilitadores del cambio.

3. Cambia la palabra “culpa” por “responsabilidad”, el primer término lo solemos relacionar con la pasividad y la victimización, mientras que el segundo nos remite a la proactividad y a la acción.

4. Toma conciencia de como te hablas a ti mismo/a, y no olvides siempre de tratarte con respeto.

5. No establezcas relaciones de causa-efecto entre los errores cometidos, y tus capacidades personales. En resumen, procura no hacer algo personal del error, pues en la mayoría de casos no existe esa conexión.

6. Responsabilízate de los errores cometidos, o de los actos que hayan podido dañar a otros. A partir de aquí pide perdón a esas personas, y expresa tu arrepentimiento junto con la voluntad de enmendar el daño, o el error cometido.

7. Identifica si aquello por lo que te sientes culpable está alineado con tus creencias y valores de vida, o bien es producto de creencias limitantes aprendidas del pasado. En caso de ser creencias que actualmente no compartes, y que sientes te dañan, abandónalas y sustitúyelas por otras de más saludables, y más acorde con tu esencia personal.

8. Practica la autocompasión, es decir empieza a perdonarte a ti mismo. Desde este acto de compasión hacia tu persona, mira de aprender del error cometido, para así poderlo hacer mejor en el futuro. No te tortures por el error, piensa que en aquel momento del pasado seguramente actuaste lo mejor que pudiste y supiste.

9. Ábrete a la incertidumbre y al cambio, pues ambos son inherentes al hecho de estar vivos. Acepta también que no todo está bajo tu control, y que no puedes cargar el peso del mundo en tus espaldas.

Leslie Beebe






Como lidiar con la vergüenza

Como lidiar con la vergüenza. La vergüenza es una de aquellas emociones que nos es difícil de gestionar, como consecuencia del malestar que suele traer consigo. A diferencia de otras emociones básicas, como la alegría o la tristeza, que son innatas en el ser humano, la vergüenza es una emoción aprendida, es decir que aparece a raíz de nuestro proceso de socialización en los primeros años de vida.

como lidiar con la vergüenza


Como toda emoción, la vergüenza tiene su razón de existir, al ser un mecanismo de adaptación y socialización del ser humano. La vergüenza aparece para indicarnos aquello que es aceptable y correcto en el grupo social del cual formamos parte. Esta emoción nos permite adaptarnos al entorno social, lo que nos da una sensación de pertenencia, a la vez que nos aporta una identidad propia y nos habilita para vivir en sociedad.

En su vertiente saludable, la vergüenza nos señala aquellos recursos o aptitudes de los que carecemos para enfrentar una determinada situación social. Por ejemplo la vergüenza aparece cuando tenemos que hablar en público, y sentimos que no disponemos de experiencia en ese campo.

Sin embargo, cuando esta emoción nos bloquea y nos genera malestar, afectando nuestro bienestar y nuestra autoestima, la vergüenza puede convertirse en algo patológico y perjudicial para nuestra vida. En este caso estaríamos hablando de una vergüenza disfuncional.

La vergüenza disfuncional parte de uno de nuestros miedos más ancestrales, el miedo a ser desterrados o abandonados por la tribu, así como de nuestra necesidad que como seres humanos tenemos de pertenecer a un grupo, y en consecuencia de ser reconocidos por éste.

La motivación de este exilio forzado por parte de la tribu a la que pertenecemos, procede de no cumplir con aquellas características, o aptitudes que el grupo exige a sus miembros. El miedo que surge a ser desterrados por la tribu, parte de una mirada pobre hacia nosotros mismos, a través de la cual no nos sentimos adecuados para formar parte del grupo. En consecuencia, internamente sentimos que hay algo malo, o defectuoso en nosotros que no nos hace dignos de ser. Recordemos que nuestro sentimiento de dignidad está estrechamente relacionado con nuestra identidad, la cual se forma a partir de nuestra interacción con el entorno social.

Por norma general, la reacción al sentir vergüenza es querer escondernos o pasar desapercibidos ante el grupo, para que así el resto de personas no descubra como de imperfectos somos. Ante la vergüenza nos encogemos, nos hacemos pequeños, deseamos ocultarnos y nos sumergimos en pensamientos limitantes sobre nuestra persona, lo que perjudica seriamente nuestra autoestima.

La vergüenza disfuncional suele originarse en la infancia y está condicionada por el tipo de educación recibida. Por norma general esta emoción suele formarse a partir de experiencias de desvalorización vividas por el niño.

Infancias donde se ha sufrido maltrato, padres muy exigentes y críticos con sus hijos, padres que se relacionan con sus hijos desde la comparación con otros (en las que el hijo siempre acababa perdiendo), o entornos excesivamente sobreprotectores, pueden todos ellos favorecer el desarrollo de un pobre autoconcepto en el niño, lo cual aumentará las posibilidades de que éste sufra de problemas con la vergüenza en el futuro.

A nivel patológico, una manifestación típica de este tipo de vergüenza es el Síndrome del Impostor. Este síndrome se caracteriza porque individuos competentes se sienten incapaces y no creen en su valía, a pesar de que existen evidencias que les dicen todo lo contrario.

El individuo que sufre de este cuadro psicológico desconfía de sus posibilidades, pues siente que es un fraude y que está engañando al resto de personas, las cuales no ven su verdadera y defectuosa forma de ser. La creencia de este tipo de personas viene a decir algo así como; “Si los otros supiesen que en realidad soy un fraude, no me querrían y me abandonarían”.

El Síndrome del Impostor suele darse en personas muy exigentes consigo mismas, las cuales se juzgan de una forma excesivamente severa. Asimismo suelen ser individuos con una baja autoestima, y con un pobre autoconcepto sobre su persona, pues creen que nunca llegarán a cumplir con las expectativas externas.

La tendencia de quién sufre de este tipo de fenómeno es la de esconder aquellas partes de sí mismos que creen pueden generar rechazo ante el grupo. Debido a este miedo, suelen ser personas que viven en una ansiedad y una tensión constante, con un profundo temor a ser desenmascarados por el resto.

Este síndrome suele partir de creencias limitantes sobre uno mismo, así como una visión subjetiva muy crítica, y excesivamente perfeccionista, que una vez contrastada con la realidad objetiva, puede constatarse que no tiene razón de ser. Obviamente, y como todo fenómeno psicológico, requiere de un acompañamiento terapéutico que ayude a la persona que sufre de este síndrome a adoptar una nueva visión sobre sí mismo, y sobre el mundo que le rodea; un proceso que requiere de tiempo y constancia para desmontar los patrones caracteriológicos limitantes, sustituyéndolos por otros de más realistas y saludables.


terapia vergüenza

A continuación, te dejo algunas pautas que pueden ayudarte a lidiar con la vergüenza. No obstante, en caso que sientas que la vergüenza es un problema en tu vida, no dejes de consultar con un profesional de la terapia. Puedes CLICAR AQUÍ para más información.

1.  Acepta tu persona. Acéptate tal y como eres, con tus virtudes y tus defectos. No busques la perfección, pues no existe, ni tampoco es deseable.

2. Deja de complacer. Evita mostrarte complaciente con todo el mundo con el objetivo de ser aceptado. Curiosamente, como más libres nos sentimos para mostrarnos tal y como somos, más aceptación recibimos del entorno. Por norma general, mostrarse desde la esencia es percibido por el resto como un acto de autenticidad, lo que también ayuda a esas personas a relacionarse de la misma forma contigo.

En cambio cuando nos comunicamos desde la falsedad, ésta es captada por el resto, lo que genera un distanciamiento con otras personas. Recuerda que por mucho que quieras ocultar una parte de ti mismo/a, o aparentar una determinada forma de ser, la mayor parte del mensaje que comunicamos a otras personas es comunicación no verbal, es decir a través de gestos y lenguaje corporal, la cual no podemos controlar.

3. No des tanta importancia a lo que otros opinan de ti. Debes tener claro que no podemos gustar a todo el mundo, intentarlo requiere de un gran esfuerzo, y la realidad es que más pronto o más tarde, vas a topar con alguien al que no gustarás, por lo que tu ilusión se va a ver frustrada. Seguramente tú también sientes que hay personas que te desagradan, o con las cuales no sientes afinidad, y siendo así, por qué tendría que ser diferente contigo.

En tal sentido, es importante que fijes límites respecto a las opiniones externas. En primer lugar identifica el origen de esos comentarios; pues no es lo mismo recibir el comentario de tu pareja, que el mensaje proceda de un compañero de trabajo. En segundo lugar, plantéate si esos comentarios que recibes pueden ayudarte a mejorar en algún sentido, en caso contrario recházalos. Es muy importante que no dejes que las opiniones externas te hagan dudar sobre tu valía, o sobre el amor hacia ti mismo.

4. Identifica aquellas situaciones que te generan más vergüenza. Toma conciencia de aquellas circunstancias en las que puede aparecer la vergüenza, y toma nota de los pensamientos que aparecen en tu mente en ese momento. Posteriormente, revisa estos mensajes y plantéate las siguientes preguntas:

¿Aquello que te dices te aporta o te ayuda en algo?

¿Qué tono utilizas para hablarte a ti mismo?

¿En que experiencias pasadas te basas para emitir esos juicios sobre tu persona?

¿Cómo te limita el mensaje que te dices a ti mismo/a?

¿Qué le dirías a un amigo que se dice ese tipo de mensajes?

¿Sientes que te estás tratando con respeto cuando te hablas a ti mismo/a?

¿Sientes que eres realista con aquello que te exiges a ti mismo/a?

¿Puede ser que estés siendo demasiado duro/a con tu persona?

¿Aquello que te preocupa está bajo tu control?

¿Del 1 al 10, cómo de importante es el mensaje que te estás enviando en tu vida?

Una vez hayas contestado a estás preguntas, plantéate cambiar el sentido de tus pensamientos. Por ejemplo si te dices; “No puedo, no vale la pena intentarlo”, sustitúyelo por; “Yo puedo y voy a intentarlo”. Toma conciencia de cómo te sientes a nivel corporal y emocional después de decirte cada una de estas afirmaciones.

5. Evita la comparación. Cuando nos comparamos, normalmente es para sentirnos inferiores al resto. Por este motivo, evita hacer comparaciones, y si lo haces, pregúntate qué tiene esa persona que a ti te gustaría, y en este sentido qué puedes hacer tú para alcanzarlo. Utiliza la comparación como una forma de motivación, y no como una vía para castigarte y desvalorizarte.

6. No te avergüences de tu vergüenza. Todos en algún momento u otro sentimos vergüenza, de hecho es más común de lo que podrías pensar. Por este motivo no te avergüences de ella, incluso cuando la sientas, en vez de querer huir o esconderte, comparte como te sientes con otras personas, pues este acto te ayudará a perder el miedo a la vergüenza.

Por último, os dejo con una charla de Brené Brown, una escritora e investigadora estadounidense, especializada en emociones. En este video nos habla sobre la vergüenza.





 

Leslie Beebe

Psicoterapia Humanista


http://www.ansiedad.barcelona/

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Pautas para ayudar en el acompañamiento a la muerte

Pautas para ayudar en el acompañamiento a la muerte. Acercarse al momento de la muerte es una situación crítica para la persona que lo vive, y sin duda muy difícil de afrontar para los familiares y personas allegadas a ella. Multitud de emociones afloran ante esta expectativa tan terrible para el ser humano. Son sin lugar a duda los momentos más difíciles que el paciente debe enfrentar en su vida.

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No obstante, y dependiendo de la actitud del paciente, también puede ser un momento de claridad mental, una oportunidad para que el individuo que enfrenta una situación tan crítica, realice una revisión de su vida, y pueda hacer las paces consigo mismo y con las personas allegadas. Solo desde esta conexión interior, el paciente puede despedirse de la vida e irse en paz.

Como he comentado anteriormente, acercarnos a la muerte nos pone a todos en una posición de máxima vulnerabilidad, donde se produce una intensa actividad emocional. En estos momentos tan difíciles, facilita el camino contar con el apoyo de un psicoterapeuta o counsellor, que proporcione al paciente recursos para que sea capaz de gestionar el torrente de emociones que le invaden de una forma saludable, acompañándole así en este último tramo de su vida.

Es importante que como acompañantes, ayudemos al paciente, y a sus personas cercanas a que aprendan a gestionar sus emociones, en estos momentos tan tristes.

Hablar de la muerte no es un tema fácil en la sociedad actual, principalmente por la educación que recibimos, la cual trata a la muerte como un tema tabú. Nos educan con la idea de que debemos aprovechar la vida al máximo, obviando el momento de la muerte. Desafortunadamente, en la sociedad occidental actual hemos pasado de venerar y escuchar a nuestros ancianos en épocas pasadas, a una sociedad donde el anciano es visto como un elemento caduco y disfuncional dentro de nuestro sistema de valores, por lo que un en gran número de situaciones de la vida se les margina. Una prueba de nuestra resistencia a mirar a la muerte, es el cambio en las ceremonias funerarias, pasando de ceremonias de veneración y respeto, cuando se velaba al difunto en el pasado, a una realidad presente en que se intenta realizar estos rituales funerarios de la forma más rápida posible.

Nadie quiere mencionar la muerte, los adultos protegemos a los niños de su presencia, no deseamos hablar de ella para no sobresaltarles, haciéndoles creer que viven en un mundo en que no hay dolor, evitando así que contacten con la fragilidad y la vulnerabilidad propia de esos duros momentos.

Como adultos nos posicionamos ante la muerte desde una posición infantil, para no reconocer lo obvio, y es que todos tenemos un final. La sociedad tecnológica y avanzada en la que vivimos nos estimula a no pensar en la muerte, como si existiese una fórmula para evitarla.

El mercado de consumo nos vende multitud de productos con el mensaje que lo deseable es vivir eternamente jóvenes. Los valores que parecen prevalecer en nuestra sociedad actual son la juventud eterna y la inmediatez para marginar el último periodo de vida.

Esta forma de concebir la muerte, desde el pensamiento de “si no la miro, ni hablo de ella, la evito” provoca que la resistencia a morir sea muy intensa en la mayoría de nosotros, al no haber sido normalizada en nuestra cultura como una parte de nuestra vida; un factor inseparable al hecho de estar vivos.

Según la psiquiatra Elisabeth Klüber Ross en el proceso de aceptación de la muerte se pasan por 5 fases: rechazo, rabia, regateo, depresión y aceptación. Obviamente estas fases son muy personales, y no siguen el mismo orden para todo el mundo. Sin embargo, independientemente de las fases, es importante que el paciente cuente con un acompañamiento de sus familiares y amigos (y si es posible también de un acompañante profesional), que le ayude a transitar estos momentos tan complicados.

La persona que se enfrenta al momento de morir, aparte de vivenciar un cúmulo de emociones, muchas veces también se siente muy solo e incomprendido. Debido al comportamiento de familiares y amigos, es habitual que el paciente se sienta desplazado por el resto, cuando su deseo es sentirse escuchado, comprendido y acompañado. Este comportamiento de frialdad y distanciamiento por parte de los familiares, suele proceder del propio desconocimiento sobre cómo lidiar con estos duros momentos, no sabiendo qué decir ni cómo actuar ante el paciente.

Es habitual que debido a esta falta de conocimiento, las actuaciones de las personas cercanas no resultan las más adecuadas para el enfermo. Algunos ejemplos de esta falta de gestión emocional son:

Situaciones en que los familiares se niegan a dejar ir y despedirse del paciente, pues sienten que si aceptan su marcha, eso sería síntoma de que no lo aman suficiente. 

Situaciones en que no se acepta la realidad, queriendo restar importancia a este momento. Ante esta negación de la realidad, los familiares pueden actuar erróneamente restándole importancia a la situación. Desde esta negación, la familia intenta animar al paciente a ser positivo, y a darle falsas esperanzas.

En otras ocasiones, y con la intención de proteger al paciente, los familiares se niegan a decirle la verdad sobre su situación, aunque éste ya intuya que su final está cerca. Actuando así, solo consiguen que el paciente se sienta más solo y menos comprendido por sus seres cercanos.

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Ante una inminente despedida, y con la finalidad que el paciente pueda morir en paz y en serenidad, los familiares deberían comunicarle dos ideas importantes al moribundo;

La primera es que le deben dan permiso para partir en paz, y en segundo lugar deberían asegurarle que ellos saldrán adelante por sí mismos, y que en consecuencia, el paciente no debe preocuparse por ellos.

Para asegurar que el paciente pueda alcanzar la paz y la entereza necesaria para morir, también es aconsejable que los familiares garanticen un entorno tranquilo en el momento de su muerte; morir en casa es preferible a un hospital, y si no es posible, se puede aclimatar la habitación del hospital con fotos, dibujos, objetos personales.. para favorecer un clima cálido y tranquilo para el paciente.

En caso de estar en un hospital, es aconsejable reducir la medicación y los tratamientos paliativos en los últimos momentos de la vida, pues eso solo resulta en un estrés mayor para el paciente. Lamentablemente, muchas veces retirar el tratamiento al paciente no es una opción, al ser patologías que van acompañadas de un intenso dolor, por lo que la medicación debe mantenerse hasta el momento final.

En aquellas situaciones que lo consideremos oportuno, y con la finalidad de que la persona se sienta acompañada, podemos utilizar el contacto físico, siempre de forma respetuosa y consentida, y si intuimos que es el momento adecuado. Coger la mano del paciente, depositar nuestra mano en el hombro del paciente, o un abrazo, pueden ser de gran ayuda para el paciente en determinados momentos, dándole el calor y el apoyo necesario para que se sienta escuchado y acompañado.

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A continuación voy a exponer los principios que deberían ser la base del acompañamiento a personas que se acercan al momento de la muerte. Estos principios pueden ayudar tanto a los familiares, como a los psicoterapeutas y counsellors que acompañan al paciente en la última fase de su vida.

Autenticidad: debemos mostrarnos al moribundo de una forma auténtica, manteniendo una comunicación sincera con él. Contrariamente a lo que creemos, abrirnos emocionalmente al paciente, expresándole nuestros propios miedos, le ayudarán a vernos como un ser humano más. Cuando nos abrimos al otro desde esa autenticidad, estamos ayudando al paciente a sentirse en confianza para abrirse a nosotros, y hablar sobre sus sentimientos y sus emociones.

Sinceridad: la autenticidad con uno mismo conlleva la sinceridad con el paciente. Esto significa que no se debería engañar al paciente sobre su estado, explicándole en todo momento su situación de forma sensible y hábil, aunque la noticia sea poco esperanzadora. De esta forma la persona tendrá tiempo de preparar su despedida.

No directividad:  es importante dejar que el paciente exprese lo que siente sin censura, como acompañantes no debemos restar importancia a su discurso, ni tampoco debemos dirigirle en una dirección determinada. También debemos evitar predicar, querer influir al paciente con discursos morales, o bien darle consejos espirituales. Es común que el paciente lleve ya un tiempo enfermo, y esté muy cansado de que otros le digan qué debe hacer y qué no. Por este motivo, agradecerá recibir nuestro acompañamiento, desde la autenticidad, simplemente estando a su lado y atendiendo a sus necesidades.

Escucha: es fundamental mirar a los ojos al paciente, haciéndole sentir nuestra presencia a su lado desde una actitud de escucha. También es muy importante no interrumpir al paciente en aquello que dice; no debemos censurarle, ni tampoco menospreciar la importancia de sus palabras. Asimismo debemos respetar los silencios, quedándonos callados, para así darle espacio al paciente para que exprese lo que siente.

No juicio: tenemos que atender al paciente desde una actitud de no juicio. Es común que en estos momentos tan complicados para la persona, se produzcan reacciones emocionales por parte del paciente; por ejemplo dirigiendo la ira o la culpa hacia el acompañante. En estos casos no debemos tomarnos ninguno de estos ataques de una forma personal.

Sin expectativa: como acompañantes no debemos esperar grandes cambios, ni tremendos resultados en nuestro acompañamiento. Tampoco deberíamos realizar el acompañamiento desde la idea de que vamos a salvar al otro, pues esa no es nuestra tarea, ni tampoco nuestra responsabilidad. Lo importante para el acompañamiento es estar presente, siendo autentico con uno mismo; desde una actitud relajada y libre de juicios se ha de ayudar al paciente a transitar esos duros momentos, adoptando también una postura de respeto y aceptación hacia él.

Sentido del humor: utilizar el sentido del humor, siempre desde una posición de respeto y haciéndolo con sentido común, es una herramienta que los acompañantes podemos utilizar para poner en perspectiva el hecho de morir, aligerando así la seriedad del momento.

Ecuanimidad: no debemos posicionarnos ante el paciente como un sabio, sino como una persona sencilla, con los mismos problemas y emociones que cualquier otro ser humano. Esta demostración de naturalidad, mostrándonos tal y como somos, ayudará al cliente a abrirse a sus emociones.

Empatía: tanto si somos acompañantes como familiares, deberíamos adoptar una actitud de empatía con el moribundo. En ocasiones existen tensiones entre familiares, procedentes de una historia familiar complicada. En estos casos aceptar al otro desde el amor es complicado, al aparecer emociones como el resentimiento y el rencor que están muy presentes.

Si éste es el caso, podemos dar este ejercicio a los familiares en disputa. El ejercicio consta de 2 pasos: el primero es mirar al paciente y pensar que es un ser humano igual que nosotros; con necesidades similares, con miedos compartidos; como el miedo a la muerte y el miedo a lo desconocido. Ambos compartiendo un mismo deseo de ir hacia el sosiego y huir del sufrimiento. El segundo paso es ponerse en el lugar del paciente, y a partir de aquí hacerse las siguientes preguntas; ¿Qué necesitaría yo en su lugar?, ¿Qué desearía del amigo que viene a verme?.

Aceptación: Como acompañantes es muy importante asegurar un entorno en que la persona se sienta enteramente aceptada para expresar libremente sus emociones; ya sea rabia, tristeza, frustración, miedo, ansiedad…. El acompañamiento se fundamenta en mantenerse presente junto al paciente, sin sentirse en la obligación de tener que decir, ni hacer nada en especial.

Desde esta actitud de aceptación incondicional por parte del acompañante, deriva una actitud de no juicio ante el otro, sabiendo que si le dejamos espacio, será la propia persona quien irá encontrando sus respuestas.

Mirar a la muerte: ver al paciente en una situación tan crítica nos pone a nosotros en la tesitura de tener que enfrentar nuestro propio miedo a morir. En ese sentido, y para poder realizar el mejor acompañamiento posible, es importante llegar a aceptar ese miedo en nosotros. Poder contemplar a la muerte de frente, reflexionar sobre ella y aceptar que la muerte es parte inherente de estar vivos, son ideas que debemos integrar en nosotros para atender y acompañar de la mejor forma posible a los pacientes. Desde la aceptación de nuestro miedo, podremos empatizar mejor con aquello que está sintiendo el paciente, ayudándolo en su camino de aceptación a la muerte.

El acompañamiento de los pacientes es una tarea muy dura para el acompañante, al tener que lidiar con situaciones de elevada carga emocional. Por este motivo es recomendable que como profesionales también recibamos apoyo terapéutico, por lo que es aconsejable la asistencia a sesiones de supervisión de casos entre profesionales, y seguir con los procesos de psicoterapia personal.

Acompañamiento final: las enseñanzas budistas manifiestan la importancia de morir en paz, lo que significa morir libre de apego y aferramientos. Siguiendo estos principios, sería importante que el paciente pudiese cerrar aquellos asuntos que sienta como inacabados en su vida. No obstante, en la realidad esto no siempre resulta así, pues hay personas que mueren como han vivido, acompañados de sentimientos como el rencor o la rabia, sin ningún tipo de toma de conciencia por su parte, y eso como acompañantes, también debemos respetarlo y aceptarlo.

En nuestra labor de acompañamiento, también podemos aportar al paciente aquellos recursos que estén en nuestra mano para facilitarle una despedida en paz, siempre que éste nos lo pida. También sería importante comunicarle que nunca es tarde para cerrar aquello que considere oportuno, para que su marcha sea lo más pacífica posible.

A veces como acompañantes, el paciente puede pedirnos si podemos contactar con alguna persona, con la cual siente que hay un tema abierto y desearía cerrar antes de marcharse. Aunque podemos acceder a ello, y encontremos a esa persona, es probable que ésta no desee contactar con el paciente,  y mucho menos hablar de perdonarlo. En estos casos, lo mejor es comunicar al paciente que no nos ha sido imposible localizar a esa persona, y no darle la negativa mostrada por la ésta.

Como acompañantes, es importante informar a los familiares del paciente sobre nuestra labor de acompañamiento. En consecuencia, sería recomendable mantener una reunión con ellos, no solo para comunicarles en qué consiste nuestro trabajo, sino también para conocer otros aspectos relacionados con el entorno familiar, los cuales nos pueden ayudar a entender mejor la situación del paciente. En estos casos podemos informarnos sobre la situación de las relaciones familiares, así como averiguar la forma como están lidiando ellos con estos duros momentos. También es un buen momento para ofrecerles algunas pautas de actuación, que les ayude a gestionar esta situación.

Lamentablemente, en un gran número de ocasiones, nos encontramos que una vez se ha marchado el paciente, la familia se resiste a aceptar la nueva realidad. En estos casos es importante que sean los propios familiares quienes reciban apoyo terapéutico para transitar el proceso de duelo que se abre a partir la marcha del ser querido.

Leslie Beebe

Psicoterapia Humanista

Articulo elaborado con la colaboración del Doctor Ion Corcuera Llorente, discípulo de Carl Rogers y Natalie Rogers



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