Comprende tu ansiedad


Comprende tu ansiedad. El Consejo General de Psicología de España estima que nueve de cada diez españoles sufrieron de estrés y ansiedad en el año 2017.

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La ansiedad sigue siendo una de las asignaturas pendientes para la mayoría de la población; mientras que nos cuidamos a nivel físico y de alimentación, nos queda mucho por aprender a nivel de gestión emocional, y este es uno de los principales motivos que explican que los problemas de ansiedad se encuentren tan generalizados en nuestra sociedad. A continuación expondré algunos factores que favorecen a que los trastornos de ansiedad sean tan comunes entre nosotros.

1. Los medios de comunicación. Un elevado número de noticias e información que captamos durante el día se fundamentan en un concepto; el miedo. La ansiedad es un mecanismo natural que se activa cuando sentimos miedo ante una posible amenaza, la cual creemos que nos puede dañar. La finalidad de la ansiedad es anticiparse a ese peligro, con el fin de evitarlo. Estar rodeados de estímulos que promueven el miedo supone que nuestro estado de alerta se encuentre activado con frecuencia, por lo que los niveles de ansiedad aumentan y permanecen en el tiempo, perjudicando nuestra salud y bienestar.

2. La educación. Vivimos en una sociedad en que desde pequeños se nos enseña a mirar un paso más allá, focalizándonos en lo que está por venir y obviando la vivencia presente. Aprendemos a vivir más preocupados por lo que vendrá, que ocupándonos de aquello que nos pasa aquí y ahora. En esta tendencia a la futurización, también entra en juego el sistema capitalista en el que nos encontramos inmersos, el cual nos vende la idea que para ser felices debemos estar en constante movimiento, consumiendo bienes y servicios para alcanzar una utópica felicidad, una carrera que no tiene meta alcanzable y que nos sitúa en una insatisfacción constante con la vida y con nuestra persona.

Asimismo el sistema educativo se ha regido durante décadas bajo la idea que educar es únicamente acumular conocimientos. Este tipo de educación favorece al desarrollo de nuestro centro mental, sin embargo ¿Qué pasa con los otros centros de nuestro ser, como son el emocional y el instintivo?.  Este descuido en el sistema educativo contribuye a que en la vida adulta sigamos siendo unos grandes desconocedores de nuestras emociones y necesidades, lo que provoca graves problemas a nivel de gestión emocional

Igualmente, la educación más importante, la de los padres, también suele ser deficitaria en este sentido, no intencionadamente por supuesto, sino por un total desconocimiento, ya que los padres tampoco hemos sido instruidos en el campo emocional.

Ambos factores; el mantenernos en una carrera constante, focalizados en lo que está por venir, para así alcanzar una supuesta felicidad, y la inadecuada forma de manejarnos con nuestras emociones, son aspectos que favorecen a un aumento de los estados de ansiedad.

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3. La sociedad. En la actualidad vivimos en una sociedad en que cada vez debemos esperar menos para obtener aquello que deseamos, y en parte con el desarrollo de las nuevas tecnologías, eso es una realidad. Sin embargo aún existe una gran cantidad de aspectos en nuestra vida en los que la rapidez no tiene cabida, por lo que debemos recurrir a valores tradicionales como son el esfuerzo, la constancia y la paciencia para obtener lo que deseamos. Lamentablemente, una elevado porcentaje de la población ha ido olvidando estos valores, decantándose por la vía fácil de querer obtener resultados en el menor tiempo posible; en resumen, la ley del mínimo esfuerzo. 

Esta actitud genera una gran frustración e insatisfacción en la vida de muchas personas, al ver que no obtienen los resultados esperados cuando ellos quieren. Es irónico pensar que aunque todos damos por supuesto que si plantamos una semilla para que germine, ésta necesita su tiempo para dar su fruto, no entendamos lo mismo para muchos proyectos de nuestra vida.

Esta tendencia a la inmediatez nos hace ser cada vez menos resilientes ante la incertidumbre y el descontrol propios de la vida misma. Nuestros esfuerzos por querer mantener bajo control una vida incierta, así como una baja tolerancia a la frustración, es decir que en la mayoría de ocasiones la vida y las personas no son como a nosotros nos gustaría que fuesen, favorecen al aumento de los estados de ansiedad.
Como consecuencia de todos estos factores, es lógico que nuestros niveles de ansiedad sean elevados. 

4. Nuestro diálogo interno. La gran mayoría de nosotros tenemos un juez interno que siempre está vigilante, y que a la mínima que nos equivocamos nos inunda con expresiones nada amables ni comprensivas hacia nosotros mismos. Son comunes expresiones del tipo: “Ya te has vuelto a equivocar”, “No sirves para nada”, “No vales para esto”, y tantos otros mensajes que nos generan malestar y hacen tambalear el autoconcepto que tenemos sobre nosotros mismos. La presión que ejerce este juez interno, sin duda resulta en un aumento de nuestros niveles de ansiedad.

Por último es importante tener en cuenta que las reacciones que se producen en nuestro cuerpo durante los estados de estrés y ansiedad están diseñadas para funcionar de forma temporal, pero no permanente en nuestro sistema biológico. 
La secreción de adrenalina, noradrenalina y cortisol, propias de la respuesta ante el estrés de nuestro organismo, pueden ser perjudiciales si perduran en el tiempo, afectando negativamente a otros sistemas de nuestro cuerpo como son el sistema inmunitario, digestivo y cardiovascular, entre otros. Asimismo mantener activados estos estados de estrés, también puede derivar en otras patologías como el trastorno de ansiedad generalizada y los trastornos fóbicos, entre otros.

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Si sientes que el estrés y la ansiedad te limitan en tu vida, la terapia puede ayudarte a recuperar la estabilidad, así como darte las herramientas de gestión emocional necesarias para superar estos estados.

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La Resiliencia


La resiliencia. En mayor o menor medida, todos pasamos por situaciones difíciles en la vida, las cuales nos provocan dolor y malestar. No obstante la forma como lidiamos con estas situaciones, el aprendizaje que obtenemos de ellas, así como el tiempo de recuperación, dependen de cada persona. En este proceso, es determinante un factor denominado como resiliencia.

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La resiliencia se define como la capacidad del ser humano de asumir situaciones límite y de profundo dolor emocional, para así sobreponerse a ellas y salir fortalecido de la experiencia. El término de resiliencia surgió con el trabajo del psicoanalista John Bowlby, y su famosa teoría del apego. Bowlby argumentó que aquellas personas que en la infancia habían establecido un apego seguro con los padres, eran los que presentaban una mayor facilidad para desarrollar capacidades resilientes en el futuro.

Según esta teoría, un apego seguro permite al niño desarrollar unos pilares estables a nivel emocional, lo que favorece a que se sienta con confianza y autonomía para explorar el mundo. Esta actitud contribuye a estimular una sana autoestima y a la formación de un autoconcepto saludable en el niño, lo que beneficiará a que de adulto pueda desarrollar una actitud resiliente ante las circunstancias difíciles de la vida.

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No obstante contar con un apego seguro no es el único aspecto que favorece la resiliencia, existen otros que podemos trabajar en nuestra vida para favorecer dicha capacidad.

1. La capacidad de vivir el momento presente. Las personas resilientes son capaces de vivir en el aquí y en el ahora, desconectando así de la actitud de futurización característica de nuestra sociedad occidental. Las personas resilientes no se quedan enganchadas a culpas del pasado, ni tampoco viven con ansiedad el futuro, simplemente aprenden a disfrutar del momento presente. Una de las formas con las que podemos entrenar la toma de conciencia presente es el denominado Mindfulness.

2. El autoconocimiento. Las personas resilientes conocen sus fortalezas y debilidades, lo que les permite trazar metas objetivas y realistas de conseguir. Así de esta forma evitan grandes frustraciones, pues sus expectativas suelen corresponderse con lo objetivamente alcanzable. También suelen ser personas con un propósito significativo en su vida, y son constantes a la hora de ir a por ello, no obstante no se obsesionan con su meta, ni son inflexibles si en un momento dado deben cambiar de rumbo en su camino. Así mismo son individuos que tienen clara su escala de valores, siendo conscientes de aquello que es importante en su vida.

3. Una red de amistades. Las personas resilientes suelen establecer buenos lazos afectivos, por tanto saben cultivar y valorar sus amistades. También son personas que dan mucha importancia al apoyo de los amigos, por lo que no dudan en pedir ayuda si así lo consideran oportuno; de esta forma suelen mantener una red social que les permite recibir ayuda en los momentos difíciles.

4. Un conocimiento de la inteligencia emocional. Existe una relación directa entre la resiliencia y la inteligencia emocional. Reconocer y comprender las emociones, tanto las propias como las de los demás, es fundamental para desarrollar la resiliencia. Las personas resilientes presentan una óptima regulación emocional, así como una alta capacidad de empatía frente a las emociones de los demás.

5. Tolerancia a la frustración. Mucho del sufrimiento que experimentamos es producto de no aceptar que las cosas y las personas son como son, y no como a nosotros nos gustaría. Aceptar que la realidad no siempre es como nosotros queremos, es fundamental para desarrollar nuestra resiliencia.

6. No obsesionarse con el control.  Otro de los aspectos que más sufrimiento nos genera es nuestro intento de querer controlar todos los aspectos de nuestra vida, pues no soportamos la incertidumbre de no saber qué nos espera un paso más allá. Este es uno de los motivos por los que la ansiedad se ha convertido en un trastorno tan común en nuestros días, pues focalizamos nuestra mente en querer controlar algo que no está en nuestro presente. Las personas resilientes tienen una mayor facilidad para reducir sus ansias de control, dando un mayor espacio a la incertidumbre en sus vidas.

7. No culpabilizarse. Las personas resilientes entienden que el pasado no puede ser cambiado, por tanto es inútil castigarse por ello. La actitud resiliente lleva consigo la responsabilidad, la aceptación y el perdón; una persona resiliente se enfoca en qué puede aprender de la experiencia pasada, en vez de estar culpabilizándose por los errores cometidos.

8. El sentido del humor. Las personas resilientes suelen gozar de un buen sentido del humor, saben reírse de si mismos y sacar el aprendizaje de una mala experiencia.

9. La autoestima. La resiliencia está directamente relacionada con una autoestima saludable y una confianza en las propias aptitudes personales. Este tipo de personas confían en que sabrán lidiar con el conflicto que se les presente, encontrando la mejor vía posible para solucionar el problema.

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Todos estos aspectos relacionados con la resiliencia, a excepción del originado por el apego, pueden ser desarrollados en nuestro día a día hasta convertirlos en hábitos propios. Estas aptitudes que favorecen la resiliencia pueden trabajarse y desarrollarse en la medida que seamos conscientes y adoptemos una actitud de compromiso con ellas. Si mantenemos el trabajo y la constancia para ir implementando estas aptitudes, en el futuro podremos enfrentarnos a la adversidad con herramientas que favorecerán nuestra capacidad de adaptación y superación ante este tipo de situaciones. En el supuesto que no nos veamos capaces de adoptar este compromiso solos, la terapia puede ser la muleta que nos ayude a desarrollar estas aptitudes, fomentando así nuestra capacidad de resiliencia.

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La desconfianza en la pareja


La desconfianza en la pareja. Uno de los principales enemigos de las relaciones de pareja es la desconfianza. Tanto si somos nosotros quien desconfiamos, como si es nuestra pareja quien se muestra desconfiada, es un tema que no es fácil resolver. Uno de los ejemplos más claros que muestra la desconfianza hacia el otro es espiar su móvil. Si alguna vez nos hemos sentido tentados a ello, sería un buen momento para preguntarnos que está pasando en nuestra relación que nos lleva a plantearnos este tipo de actos.

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Personalmente, distingo entre tres tipos de desconfianza, aunque ninguna de ellas justifica el realizar un acto ilegal y no ético, como es invadir la privacidad del otro, espiando su móvil.

El primer tipo de desconfianza es aquella que tiene una base real, es decir que podemos corroborar con hechos de la realidad. Algunos ejemplos pueden ser; que nuestra pareja cambie súbitamente de actitud con nosotros, mentiras que acaban saliendo a la luz, o bien infidelidades descubiertas, entre otros.

El segundo tipo de desconfianza es la que no está sustentada por actos de la realidad que puedan explicarla, sino que surgen de la mente de la propia persona. En estos casos existe una predisposición en la persona a percibir la realidad a través de unas lentes que magnifican la sospecha y la desconfianza hacia el otro. Los motivos de esta desconfianza pueden ser múltiples como malas experiencias vividas en relaciones anteriores y que no se han sanado, o bien carencias emocionales vividas en el pasado, entre otras. No obstante el denominador común en todos estos casos suele ser una baja autoestima y una inseguridad personal de la persona que desconfía. Esta inseguridad personal suele manifestarse en un gran miedo a perder a la otra persona y en consecuencia la activación de toda una serie de mecanismos de control respecto a la pareja. Un claro ejemplo de este tipo de desconfianza serían los celos.

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El tercer tipo de desconfianza es aquella que surge como resultado de una idealización de la pareja. Cuando iniciamos una relación ponemos grandes expectativas en el otro, no vemos a esa persona con sus defectos y aptitudes, sino que solemos proyectar en el otro aquel ideal que nosotros tenemos de pareja. En este estado de enamoramiento solemos exaltar lo positivo de aquella persona, mientras obviamos lo negativo, de esta forma le añadimos más cualidades de las que realmente posee. Este es un proceso común en una primera época de enamoramiento, sin embargo es importante que seamos conscientes de ello, y que por tanto, a medida que pase el tiempo, y la relación avance, deberíamos poder percibir a esa persona en su totalidad, y en consecuencia dejar de lado esa primera imagen que habíamos proyectado en ella. Solo así seremos capaces de ver a la otra persona tal y como es, con sus defectos y sus virtudes, pues este es el tipo de amor que perdurará en el tiempo.

No obstante muchas personas no salen de esa proyección, poniendo en el otro expectativas que nada tienen que ver con la pareja. De esta forma idealizan a la pareja, viéndola como quieren verla, y no como realmente es. Con el tiempo y la estabilización de la relación, estas personas afirman que el otro ha cambiado, que no es la misma persona que conocieron en el pasado, o incluso que se sienten engañadas porque dicen no conocer el verdadero yo de la otra persona. En estos casos las dudas y la desconfianza respecto al otro también son habituales.

La confianza es uno de los pilares básicos del buen funcionamiento de una relación, por este motivo cuando la desconfianza aparece no debemos dejar pasar la oportunidad de ver qué está sucediendo en la relación, así como qué nos está pasando a nosotros con ella. También es verdad que sanar la desconfianza, y volver a confiar en la relación suele requerir de tiempo, así como  de una constancia y un esfuerzo por parte de ambos miembros de la pareja, y eso no siempre es posible.

Como hemos dicho anteriormente el origen de la desconfianza puede ser muy variable. En caso que la desconfianza proceda de uno mismo, es decir en aquellas situaciones en que no existe una base real que explique los motivos para desconfiar, sería importante que la persona admitiese a su pareja y a sí mismo que tiene un problema. Una vez aceptada la problemática, lo recomendable sería que iniciase un proceso de terapia para así superar las inseguridades que le llevan a desconfiar de su pareja.

En el resto de casos en que aparece la desconfianza en la pareja, la comunicación entre ambos miembros es fundamental.
Sentarnos a dialogar es básico si queremos resolver los problemas de pareja que ha ocasionado la desconfianza. El diálogo permitirá a cada parte expresar los sentimientos respecto a lo sucedido, para así o bien dar una nueva oportunidad a la relación, o bien decidir dar por terminado el vínculo.

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El diálogo que se establezca entre la pareja debería contar con las siguientes características:

1. Debe realizarse en un entorno tranquilo, así como en un momento en que ninguno de los dos miembros esté pendiente de otros temas.

2. Dialogar no se trata de acusar a la pareja, o a otras personas, es básico centrarnos en nosotros mismos y en cómo nos sentimos por lo sucedido, dejando de lado el señalamiento de las acciones del otro.

3. Debemos evitar juzgar a la pareja por sus acciones, simplemente debemos comunicarle como nos ha hecho sentir su actuación. Una vez hemos expresado nuestras emociones y sentimientos al respecto, también es importante comunicar aquello que necesitamos de la otra persona a partir de ahora.

4. El diálogo requiere también de una dosis importante de empatía, para así entender los sentimientos de la otra persona. En la mayoría de casos aunque las acciones del otro nos hayan dolido, debemos tener en cuenta que seguramente no fueron hechas con la intención de hacernos daño. Esto no significa que la pareja no deba responsabilizarse por el daño causado. Asimismo responsabilizarse de los actos no solo significa pedir perdón al otro, sino también escuchar qué necesita la pareja, para así realizar los cambios oportunos que posibiliten la recuperación de la confianza entre ambos lo antes posible.

5. El diálogo también requiere de escucha, no solo de expresión. Es normal, y más cuando estamos dolidos, querer comunicar al otro todo nuestro sufrimiento, sin embargo también es importante dejar el espacio necesario para que la pareja se exprese. La escucha también demanda no reaccionar impulsivamente a las palabras del otro, dándonos el tiempo para digerir aquello que nos dice y evitando juzgar sus palabras. En este sentido también es aconsejable no actuar de forma precipitada, lo que conlleva no tomar decisiones importantes en estos momentos.

Por último es importante tener en cuenta que la voluntad de diálogo debe surgir por ambas partes, en caso contrario es muy difícil poder llegar a puntos de acuerdo que faciliten una toma de decisión conjunta. En otras ocasiones, aunque existe voluntad de diálogo por ambas partes, la comunicación resulta imposible entre la pareja, por lo que en estos casos sería recomendable una terapia conjunta para clarificar y resolver dichos obstáculos.

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El síndrome del cuidador quemado


El síndrome del cuidador quemado.Es una realidad, la población de este país está envejeciendo. Según datos de INE (Instituto Nacional de Estadística) España contaba en 1960 con un 8,2% de su población mayor de 65 años. En la actualidad el porcentaje ha aumentado hasta cerca del 19%, mientras que para el 2031 se estima que esta cifra ascienda hasta el 26%. Vivimos más y los índices de natalidad se mantienen muy bajos (un 1,33 hijos por mujer).

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Una de las consecuencias de este envejecimiento de la población es que cada vez hay más personas mayores que necesitan de cuidados. La falta de recursos por parte de las administraciones provoca que muchas veces sean los propios familiares los que tengan que  hacerse cargo de la persona enferma.  En casos como el Alzheimer, esta tarea se vuelve realmente pesada; junto al agotamiento físico que provoca el estar pendiente de una persona la mayor parte de horas del día, se le suma el agravante emocional, al ver como la vida del familiar se va apagando lentamente.

Un elevado porcentaje de enfermos de Alzheimer viven con un único familiar como cuidador, esto significa una media de 15 horas diarias 7 días por semana de cuidados, que recaen en una sola persona, una tarea realmente desgastante y agotadora para cualquier ser humano. Sin la ayuda y el apoyo necesario, esta tarea se vuelve insufrible, por lo que el cuidador puede caer en el denominado síndrome del cuidador quemado. Se estima que un 85% de los cuidadores sufren en alguna medida este síndrome.

La psicóloga estadounidense Christina Maslach definió  en 1977 este trastorno como “un profundo desgaste emocional y físico que experimenta la persona que convive y cuida de un familiar dependiente, como consecuencia de la exposición continuada a situaciones de estrés (estado de sobreesfuerzo) al que está sometido”.

El cuidador siente que la persona que está a su cargo (y que en la mayoría de casos vive bajo el mismo techo) depende totalmente de él. Tener que lidiar con esa presión, junto con otras responsabilidades familiares y laborales que tiene la persona, pueden fácilmente provocar la aparición de este trastorno.

Algunos de los síntomas asociados al síndrome del cuidador quemado son: agotamiento, insomnio, consumo excesivo de bebidas con cafeína, alcohol o tabaco, abandono del cuidado personal, irritabilidad, desinterés por actividades sociales, aislamiento social y sentimientos de culpa, entre otros.

En caso que te encuentres en una situación de estas características, a continuación te dejo algunas pautas que pueden ayudarte:

1) Pide ayuda. Si te encuentras solo/a cuidando de un enfermo es necesario que alivies la carga de trabajo lo más pronto posible. Por este motivo debes buscar y pedir ayuda; puede ser a familiares, a profesionales, amigos, asociaciones… Si no lo haces, los síntomas derivados de este duro trabajo pronto repercutirán en tu salud física y emocional. En este sentido debes entender que no pasa nada porque admitas que has llegado a tu límite y necesitas ayuda; no te sientas culpable por ello, pues eso no significa que seas débil, que no quieras a la otra persona lo suficiente, o bien que seas un mal cuidador, todo lo contrario. Aunque al principio no te lo parezca, delegar en otras personas la responsabilidad del cuidado del enfermo durante ciertas horas del día, te reportará beneficios al cabo de muy poco tiempo.

2) Planifica el trabajo. Organízate las tareas, planifica las actividades y el tiempo, estableciendo prioridades. Una mejor planificación te proporcionará una mayor sensación de control, y en consecuencia te ayudará a reducir tu ansiedad.

3) Guarda un tiempo diario para ti. Esta es una de las sugerencias que doy a los clientes que vienen a consulta, y que están viviendo este tipo de situaciones. Es importante que cada día dediquen al menos una hora a sí mismos. No hace falta hacer nada en especial, simplemente aquello que les apetezca, por ejemplo ir a tomar un café y leer el periódico. Lo más importante es que sientan esa hora como exclusivamente suya, sin interferencias de ningún tipo.

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4) Busca expresar tus emociones y sentimientos. Los casos de síndrome del cuidador quemado llevan asociados una gran represión de sentimientos y emociones, lo que aumenta aún más la angustia que estas personas sufren en su vida. Es por tanto importante buscar una salida a la expresión emocional. Una de las vías para poder hablar y expresar es la terapia individual, donde la persona puede abrirse a sus emociones y sentimientos sin temor a ser juzgado por ello. Otro de las sugerencias que suelo dar a las personas que acuden a mi consulta, es que paralelamente a la terapia, busquen alguna asociación o grupo de apoyo donde conocer a personas en su misma situación, para así compartir experiencias y sentimientos. Intercambiar vivencias permite romper con la idea que uno está solo/a ante la situación, para así entender que existen otras personas que están pasando por lo mismo. Estos grupos  también suelen dar formación sobre la enfermedad y los cuidados necesarios para el enfermo, información muy valiosa para el cuidador. Una de las asociaciones que se dedica a dar apoyo a las familias con Alzheimer en Barcelona es la siguiente:


5) Cuidar no significa el sacrificio total. Dedicar todas las horas del día al enfermo es un sacrificio que no tiene sentido, pues más pronto o más tarde esta actitud nos llevará a descuidar nuestro cuidado personal. A parte de reservar un tiempo diario para nosotros, como hemos dicho anteriormente, es importante ocuparse de aspectos de gran relevancia como llevar una buena alimentación, dormir las horas necesarias y realizar un cierto grado de ejercicio físico.

6) No te olvides de tu vida. A parte de ser el cuidador principal de un enfermo, nosotros debemos disponer de una vida propia, pues tristemente, llegará un momento en que el enfermo ya no estará con nosotros. Si nos hemos dedicado en exclusiva a cuidarlo, sentiremos nuestra vida carente de sentido cuando esta persona ya no esté, por lo que el duelo puede resultar aún más difícil en estos casos. Por este motivo, y dentro de las posibilidades de tiempo de cada uno, debemos organizarnos la vida, esto supone esforzarnos por mantener un cierto grado de relación social  y disponer de unos proyectos de vida propios. Mantener una parcela propia nos ayudará en el futuro a conectar con ilusiones y metas personales, una vez nuestro rol de cuidador finalice.

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7) No te auto mediques. El síndrome del cuidador quemado suele conducir a la toma de medicación como antidepresivos y ansiolíticos que alivien los síntomas de depresión y angustia que suelen aparecer en estos casos. En este sentido es importante que no tomes medicación por tu cuenta, siempre consulta a tu médico antes de tomar ésta u otro tipo de medicación. El profesional sanitario te recetará la medicación necesaria en cada caso.

8) Aprende a poner límites. En ocasiones las demandas del enfermo son excesivas, y el cuidador, mayoritariamente por un sentimiento de culpa, lo que hace es acceder a todas sus peticiones. En estos casos debemos aprender a decir no y poner límites, así como también fomentar la autonomía del enfermo. Es importante incentivar al enfermo para que realice todas aquellas actividades que pueda hacer por sí mismo, aunque esto suponga un mayor tiempo en su realización o incluso que se equivoque en su ejecución.

Espero que estas pautas te ayuden en la difícil situación que estás atravesando. Sin embargo, y como ya hemos comentado, es importante que no afrontes esta ardua tarea tu solo/a, por este motivo es importante que pidas ayuda y busques el apoyo necesario.

Recuerda que para poder cuidar, es necesario cuidarse primero.

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Vergüenza y Culpa


Vergüenza y culpa suelen ser dos aspectos que aparecen con mucha frecuencia en las sesiones de terapia. Ambos son un tipo de emoción secundaria, pues no nacen del centro instintivo de la persona, sino de la cultura y sociedad en la que vivimos. Nadie nace con culpa ni vergüenza, son ambos fenómenos culturales y sociales.


vergüenza y culpa


Desde pequeños se nos enseña a ser de una forma determinada, según aquello que se considera socialmente correcto. Como niños, percibimos que si no nos comportamos y actuamos de una forma determinada, nuestros padres no nos van a querer. De esta forma vamos creando toda una serie de máscaras, para así aprender a sobrevivir en nuestro mundo emocional, es lo que denominamos como ego.

El ego se estructura bajo la creencia que existe una única forma de ser y hacer las cosas, lo que significa que todo lo que se salga de este patrón va a ser rechazado por nuestro ego. Ante esta creencia no actuamos desde una esencia propia, desde una libertad de dejarnos ser, sino desde un presión por tener que alcanzar unas expectativas que suponemos debemos cumplir si queremos ser aceptados y amados por el mundo.Sin embargo el precio que pagamos con esta actitud es muy alto, pues conlleva una progresiva pérdida de nuestra esencia personal. 

En este proceso de desvinculación de aquello que somos, la culpa y la vergüenza juegan un papel importante. No obstante, no debemos confundir ambos términos, pues mientras la vergüenza tiene que ver con el ser, la culpa tiene que ver con el hacer. A continuación vamos a ver estas emociones con más detalle.

La vergüenza se expresa como una sensación de no tener derecho a ser, de no ser digno de pertenecer a un grupo o a un ámbito determinado. La vergüenza nos hace sentir que de alguna forma estamos fracasando como personas; bajo su influencia llegamos a creer que existe algo malo en nosotros, algo que no se adecua a los estándares que establece nuestro ego. Si esta emoción se mantiene en el tiempo, sus efectos son devastadores para la autoestima de la persona, conduciendo al estancamiento y en casos más graves a la depresión.


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La vergüenza suele conllevar una actitud de castigo desde la creencia “debo ser castigado porque hay algo deficiente en mi”. Esta creencia supone que la persona sienta miedo al abandono de las otras personas, por sentirse inadecuado. Asimismo este abandono también se expresa hacía sí mismo desde diferentes vertientes como puede ser el alejamiento del mundo y las relaciones, el estancamiento y la limitación de acción e incluso la dejadez en el cuidado personal.
Un ejemplo extremo de los efectos de la vergüenza los tenemos en los denominados johatsu de japón, personas que por vergüenza se aíslan completamente de la sociedad, aquí tenéis un artículo que lo explica:


https://magnet.xataka.com/preguntas-no-tan-frecuentes/johatsu-japoneses-cuando-vida-insoportable-que-borras-tu-rastro-tierra

La sanación de los efectos que la vergüenza provoca en la persona suele requerir de un proceso largo. No es fácil cambiar a corto plazo el autoconcepto que uno tiene de sí mismo, pues eso significa cuestionarse la propia identidad y replantearse toda una serie de creencias y valores que llevan muchos años instaurados en la propia persona. El trabajo terapéutico con la vergüenza pasa por no evitarla, para así experimentarla y asumir la responsabilidad que uno tiene sobre ella. En esta labor es importante distinguir si la vergüenza está motivada por algún aspecto del presente, o bien su origen se encuentra en algún hecho pasado. 

Mayoritariamente la vergüenza suele originarse en creencias y mandatos procedentes de la infancia. Cuando somos niños, y con el objetivo de  ser queridos por los mayores, pagamos el precio de aceptar algo que no nos es propio. Aprendemos a comportamos de una forma determinada, para así recibir el amor de nuestros padres. Con el paso de los años, y llegados a la edad adulta, es el momento de aceptar la responsabilidad de romper con esta dinámica y conectar con nuestra esencia. Cuantas veces nos ponemos en el rol de ese niño cuando somos adultos, buscando desde esa posición el reconocimiento y el amor de las otras personas, pero a la vez traicionando aquello que verdaderamente somos.

El camino de sanación de la vergüenza pasa por conseguir aceptarse y respetarse como uno es, en este sentido debemos plantearnos nuestro sistema de valores, teniendo claro que nadie vale más que nadie en nuestra vida. Otro aspecto a trabajar con la vergüenza es aceptar el error como una parte intrínseca de estar vivo, solo a través del error podemos aprender. Por último, el camino de sanación de la vergüenza pasa por aprender a creer en las propias posibilidades, recuperando de esta forma los niveles de autoestima perdidos.

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La culpa es una emoción diferente a la vergüenza, focalizada más en un fallo en el hacer que en el ser. Por norma general sentimos culpa cuando creemos que hemos roto alguna norma o código, o bien cuando sentimos que hemos hecho daño a alguien. También puede aparecer la culpa ante el miedo a ser castigado por haber infringido alguna norma. Las personas que se sienten culpables se focalizan en el error que han cometido, no como una vía de aprendizaje como sería lo saludable, sino como una forma de autocastigo. La persona culpable teme el castigo, sin embargo al mismo tiempo también lo espera, como una forma de redención; sienten que es el precio que deben pagar por el error cometido. En este sentido sería aconsejable cambiar términos como culpa y castigo, por otros más saludables como responsabilidad y reparación.

El trabajo en terapia con la culpa pasa por asumirla, no como una vía de castigo, sino como la aceptación de la responsabilidad sobre el acto cometido. El primer paso, en aquellos casos que sea posible, sería pedir perdón e intentar reparar el daño cometido. Una vez realizado este primer paso, la siguiente acción sería evitar martirizarnos con lo sucedido, aceptando aspectos como que somos humanos y como tal tenemos derecho a equivocarnos. Una vez se produce esta aceptación en nuestro interior, podemos plantearnos qué lectura extraemos de lo sucedido; una reflexión que nos debe servir como una forma de aprendizaje, para así actuar de forma diferente en el futuro.

Es fácil que vergüenza y culpa se mezclen entre sí, siendo a veces difícil distinguirlas, la vergüenza puede llevar a la culpa, y viceversa. Como hemos dicho anteriormente, es una dinámica en la que el ego y los mecanismos de defensa de la psique juegan un papel fundamental. Desde pequeños vamos formando un ego y unos mecanismos de defensa, los cuales nos ayudan a sobrevivir en nuestro mundo emocional. El objetivo es construir una apariencia, formar una identidad para ser queridos y aceptados, primero por nuestros padres, y posteriormente por el resto de personas. A medida que pasa el tiempo, la carga de mostrarse al mundo a través de esta apariencia se hace cada vez más pesada, lo que nos provoca sufrimiento. 

Cuando nos mostramos como aquello que no somos, estamos engañando al resto del mundo, pero lo más importante  también a nosotros mismos. Mantener este engaño supone una gran inversión de tiempo y energía, un desgaste que acaba por pasarnos factura, no solo a nivel emocional, sino también físico, somatizando ese malestar en el cuerpo. Este esfuerzo por mantener la apariencia y el engaño es en gran medida el responsable de que aparezcan sentimientos de vergüenza y culpa.


“La vergüenza no es culpa, la vergüenza está centrada en uno mismo, la culpa está centrada en el comportamiento. Es la diferencia de pensar “soy malo” vs. “he hecho algo malo”. Brené Brown

La terapia nos permite tomar conciencia de la forma de funcionar de nuestro ego, a la vez que conectamos progresivamente con nuestra esencia, con aquella forma de ser y hacer que quedó enterrada bajo esas máscaras de apariencia.

Es un proceso de autoconocimiento que va a permitir sentirnos y actuar de una forma más libre, más en consonancia con aquello que somos, dejando atrás máscaras y apariencias. Esta libertad de ser nos permitirá liberarnos de la vergüenza y de la culpa que van asociadas a las dinámicas de funcionar de nuestro ego.

Si quieres conocer más, a continuación te dejo otro de mis artículos sobre el tema:

La culpa

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Como Superar una Infidelidad


Como superar una infidelidad. Según datos del 2016 de la Vanguardia, en España se producen una media de 7 rupturas por cada 10 matrimonios. Uno de los principales motivos que explica esta elevada estadística es la infidelidad. En uno de mis anteriores artículos os comentaba la posibilidad de perdonar una infidelidad (CLICA AQUÍ para leerlo); hoy os hablaré sobre si una infidelidad debería ser causa determinante para finalizar una relación, y comentaré aspectos importantes a tener en cuenta en estos casos.

como superar una infidelidad

Existen múltiples causas que motivan la infidelidad en una pareja; factores neurológicos, de personalidad, de deseo sexual… sin embargo en la mayoría de casos la infidelidad se produce debido a una insatisfacción, ya sea originada por un problema personal, o bien por la propia dinámica de la relación.

Etimológicamente hablando, la palabra infiel se compone de 2 partes “in” y “fiel”. “In” significa no, y “fiel” hace referencia a la fe, tiene que ver con creer. Por tanto, al igual que en el ámbito de la religión, donde se llama infieles a aquellos que no creen en una determinada doctrina, el que es infiel en la pareja ha dejado de creer en la otra persona. Pero, ¿qué significa no creer en la pareja?, principalmente quiere decir que el infiel siente que no puede encontrar en la otra persona aquello que necesita o desea de la relación, por este motivo busca satisfacer ese deseo fuera.

No obstante nada es tan sencillo ni tan homogéneo como parece; en primer lugar muchas veces la persona infiel no tiene conciencia de aquello que le está pasando, simplemente ante un malestar o agobio que está sintiendo en su vida actúa de forma irresponsable, y busca la solución fuera de la relación. En estos momentos de incertidumbre, el infiel no se para a reflexionar qué le sucede y tampoco tiene en cuenta las consecuencias que sus actos pueden ocasionar en la pareja. Otras veces el infiel, aun siendo consciente que algo le falta en la relación, no se lo comunica a la otra parte. Los motivos de este silencio pueden ser diversos como la vergüenza, el miedo o la culpa, entre otros. En estos casos la persona infiel prefiere no enfrentar el problema con su pareja, y en consecuencia desvía su atención, buscando una solución alternativa fuera de la relación.

Sin embargo, no todo está perdido cuando se produce una infidelidad, muchas parejas retoman su relación, aun habiendo existido un episodio de este tipo.Obviamente cada caso es único y diferente, sin embargo antes de dar por terminada una relación por causa de una infidelidad, deberíamos tener en cuenta un par de factores; el primero es que no es aconsejable tomar decisiones en caliente. Esto significa que una vez la persona se entera de la infidelidad de su pareja debería dejarse un espacio para amortiguar el impacto de la noticia. Es importante que antes de actuar y tomar decisiones respecto a la relación, se deje un tiempo para que las aguas vuelvan a su cauce, y así poder hablar con la pareja en un ambiente relajado sobre lo sucedido. En segundo lugar, es recomendable no dejarnos influenciar por amigos, familiares e incluso por la propia pareja, respecto a qué camino seguir. Debemos tener claro que es una decisión difícil, no obstante es un paso que uno mismo debe tomar, sin influencias ni coacciones externas.

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Por último, quiero destacar toda una serie de creencias sobre la infidelidad, que a veces se confunden o malinterpretan. Tenerlas en cuenta nos puede ayudar a decidir qué camino tomar ante esta difícil situación.

La primera creencia es que la persona infiel lo es porque es una mala persona. Sin duda la infidelidad es un acto que genera un profundo dolor en la pareja, sin embargo en la mayoría de casos (salvo excepciones), la motivación inicial del infiel no es ser malvado/a con la pareja. En este caso podríamos decir que el dolor causado por la infidelidad es más una consecuencia, que no un motivo. Con ello no quiero decir que el infiel no sea responsable de sus actos, lo es plenamente, sin embargo no debemos juzgarlo como una persona maligna por ello. En caso que nuestra pareja nos haya sido infiel, deberíamos plantearnos si ha existido una intención inicial de hacernos daño por su parte, o más bien es una consecuencia de sus actos. Esta distinción nos puede ayudar a ver la infidelidad como un error cometido por el otro, y no como un acto de agresión intencionado contra nuestra persona.

La segunda creencia es aquella que nos dice que la persona infiel lo es porque ya no ama a su pareja. Aunque esta circunstancia puede ser cierta en algún caso, en la mayoría de situaciones no suele ser así. La mayoría de infidelidades no son motivadas por el desamor, sino que son producto de una falta de comunicación en la pareja, donde con frecuencia el infiel no ha expresado ni pedido aquello que necesitaba del otro. En otras ocasiones, la infidelidad es producto de una ineficiente gestión emocional por parte de la persona infiel. Independientemente del caso, cuando no hay amor en la pareja es más común que se produzca un abandono o una terminación de la relación, que no un acto de infidelidad.

La tercera creencia hace referencia a lo que podríamos denominar como opinión pública, la cual se manifiesta a través de diferentes discursos; un mensaje que seguro más de uno hemos oído es que si la infidelidad se ha producido es porque la persona traicionada no le estaba dando a su pareja aquello que necesitaba. Es frecuente oir este tipo de comentarios en entornos machistas, donde el infiel ha sido el hombre, y la mujer ha sido la perjudicada, haciendo sobretodo referencia al ámbito sexual. Curiosamente en estas situaciones no se explica la otra versión de la historia, donde se supone que la mujer debería tener telepatía, u algún otro don que le permitiese ver lo que piensa la pareja, pues en la mayoría de casos el hombre, ya sea por miedo, vergüenza u algún otro tipo de limitación, no expresa su necesidad a la mujer. Otras veces las opiniones se centran en que si se ha producido la infidelidad, es porque la pareja debía de carecer de algún tipo de aptitud o conocimiento que le impedía satisfacer a su pareja. Esta última creencia hace que muchas personas que han sido traicionadas se sientan culpables, porque sienten que hay algo deficiente en su interior que justifica el acto de infidelidad por parte de su pareja. Respecto a esta creencia me gustaría comentar un par de aspectos:

a)  En primer lugar decir que nada justifica una infidelidad, es decir que el infiel es totalmente responsable de sus actos, y por tanto no puede poner la responsabilidad de dicha acción en su pareja.

b) En segundo lugar, que la infidelidad nunca puede justificarse por deficiencias o carencias que el infiel pudiese sentir en la relación, o bien por formas de ser y proceder del otro, pues eso significaría pasar la responsabilidad de los actos propios a la pareja. Asimismo, la persona agraviada no debe tomar responsabilidad por el acto de infidelidad de su pareja, y por tanto tampoco debe sentirse culpable por ello.

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La cuarta creencia está relacionada con el ego de la persona agraviada. Cuando se produce una infidelidad se genera un intenso dolor en la pareja, una herida que, independientemente de cual sea el desenlace futuro, tardará en cicatrizar. La persona agraviada sentirá todo tipo de emociones y sentimientos; dolor, rabia, tristeza, abandono, traición… siendo una de estas heridas aquella que toca el ego. Cuando estamos en pareja nuestro ego siente que somos los únicos depositarios del amor de la pareja, entendemos el amor del otro como exclusivo y por tanto equiparamos amor con un cierto tipo de posesividad respecto al otro. Entendemos así que uno es único para el otro (de aquí surgen los tan problemáticos celos). En el momento que se produce la infidelidad tomamos conciencia de que ese amor no es exclusivo como nosotros creíamos, aunque de hecho nunca lo fue, lo que sucede es que hasta este momento no teníamos conciencia de ello. El darse cuenta de la pérdida de exclusividad del amor del otro supone un duro golpe para el ego.

Recuperarse de una infidelidad no es tarea fácil para ninguno de los miembros de la pareja, pero sobre todo para el que la ha recibido. En estos casos una de las bases de la relación; la confianza, se ha visto seriamente dañada, por lo que ambos miembros deberán de poner de su parte si quieren darse una nueva oportunidad. Sin embargo, como en toda crisis, pueden surgir nuevas oportunidades, si es que ambas personas se comprometen con ello. La infidelidad puede abrir nuevas vías de comunicación en la pareja, por ejemplo puede facilitar que la pareja hable de temas que hasta ahora no se habían tocado, o bien favorecer una comunicación más sincera entre ambos.

En los casos de infidelidad es importante trabajar de forma terapéutica en dos sentidos; el primero sería resolver los problemas de comunicación en la pareja (ya hemos dicho que la falta de comunicación es uno de los principales motivos por los que se produce la infidelidad). Por tanto, ambos miembros de la pareja deberían reunirse y hablar con calma de lo sucedido, permitiéndose expresar libremente y de forma sincera cómo se sienten respecto a la relación. La segunda tarea a desarrollar sería que la persona infiel realizase un trabajo personal, para así tomar conciencia de cuales son los motivos que le han llevado a actuar de forma irresponsable con su pareja.

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En ambos trabajos la terapia puede ser el espacio de escucha, comprensión y expresión necesario para que los miembros de la pareja puedan resolver este conflicto. El espacio terapéutico permite un ambiente objetivo y de no juicio para la pareja, en el cual encontrar soluciones constructivas ante una crisis de esta magnitud.

Si acabas de vivir una infidelidad, o bien necesitas un espacio de mediación para resolver problemas con tu pareja, la terapia puede ayudarte. Puedes pedir más información en el siguiente enlace,  CLICA AQUÍ o bien en el teléfono 645 368 714.

Leslie Beebe

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