Tipos de apego y relaciones de pareja

Tipos de apego y relaciones de pareja. La personalidad, los patrones de relación, la forma de gestionar nuestras emociones e incluso la pareja que elegimos, están íntimamente relacionados con el tipo de apego que desarrollamos en la infancia.

tipos de apego


Denominamos como apego el vínculo afectivo que se establece desde los primeros años de vida entre la madre y el recién nacido. El tipo de apego guarda relación con la sensación de seguridad y protección que siente el niño ante potenciales situaciones de amenaza. En casos en que se ha desarrollado un apego seguro, el infante ha podido explorar, conocer el mundo y relacionarse desde una base de seguridad, sabiendo que existe una figura parental que está presente y lo sostiene. En casos en que las figuras parentales están ausentes, o mantienen una actitud ambivalente en el cuidado de las necesidades emocionales del infante, se desarrollan otros tipos de apego más inestables, como puede ser el apego ansioso, el evasivo o el desorganizado.

En la edad adulta, una de las vinculaciones más fuertes es la que mantenemos con la pareja, la cual vendrá condicionada por el entorno familiar en el que crecimos y el tipo de apego que se formó en esos primeros años de vida.

Conocer qué tipo de apego vivimos en la infancia es fundamental para poder involucrarnos en relaciones saludables, evitando así entrar en dinámicas tóxicas y de dependencia con la pareja.

A continuación voy a exponer los principales tipos de apego y sus características, focalizándome en las relaciones adultas de pareja

Podemos clasificar el tipo de apego en 4 grandes grupos; ansioso, evitativo, desorganizado y seguro. Obviamente hablamos de un mapa de referencia, considerando dentro de cada tipo diferentes niveles de intensidad y características particulares según cada persona.

Apego Ansioso

Las personas que han vivido un apego ansioso son individuos que dan una gran importancia a las relaciones de pareja en su vida. Suelen ser personas que se vinculan rápidamente, y con frecuencia no son ellas las que escogen a su pareja, sino que son las escogidas. Son personas que basan su felicidad en las relaciones de pareja, por este motivo también llegan a sufrir mucho por ellas.

La herida principal del apego ansioso es la del abandono, por este motivo son personas muy sensibles al rechazo, presentando un profundo miedo a ser dejadas por la pareja. Debido a este intenso miedo al abandono, suelen vivir la relación desde un estado de tensión, analizando e interpretando todo lo que hace o dice la pareja. En la relación son individuos que están muy atentos ante cualquier indicio que pueda indicarles que el otro se aleja, o pierde interés en ellos.

Como consecuencia de este profundo miedo a perder al otro, suelen necesitar de la presencia constante de la pareja. Cuando la pareja no se encuentra presente, sufren y se sienten frágiles e inestables. Con frecuencia son personas que cuando se encuentran alejadas de la pareja le dan muchas vueltas a la cabeza; son bastante paranóicas, haciéndose preguntas constantes sobre el nivel de compromiso de la pareja con la relación.

Curiosamente, los individuos con apego ansioso son personas que suelen aparentar que son independientes y seguras cuando están sin pareja. No obstante, cuando entran en una relación se vuelcan completamente en el otro, dedicándole todo su tiempo y energía. De esta forma es habitual que pierdan completamente su centro y se olviden fácilmente de sus necesidades, pasando a mantener una actitud servicial y de confluencia con el otro.

Dentro de este tipo de apego encontramos sobre todo a mujeres (aunque también hay hombres) que adoptan un rol de salvadoras, escogiendo parejas que no suelen estar del todo disponibles, adaptándose a éstas y a su situación complicada. Suelen ser mujeres con baja autoestima, las cuales sienten que no tienen valor sino dan a su pareja. 

Si miramos con más detalle, vemos que suelen ser personas que no se sienten merecedoras de ser amadas tal y como son; si en algún momento del pasado una figura parental (como pudo ser el padre) las abandonó, debía ser por algo defectuoso de ellas mismas, por lo que esa imperfección puede hacer que la pareja también les abandone en el presente. Es por este motivo que se muestran tan serviciales, deseando probar su valía con el otro a cada instante, para así evitar ser abandonadas.

En terapia me he encontrado con personas con este tipo de apego que me manifiestan que sienten que la pareja no les ama como debería hacerlo. Una sensación de vacío y carencia que intentan llenar con la pareja, producto de la profunda herida de abandono que vivieron en la infancia.

Apego evitativo

A diferencia del apego ansioso, las personas que manifiestan un apego evitativo son individuos que no se preocupan en exceso por las relaciones de pareja. En apariencia, no les resulta complicado entrar y salir de las relaciones. Suelen ser personas distantes y frías que les cuesta el tema del compromiso con otra persona. Se protegen mucho, dan lo justo a la pareja y les gusta marcar el ritmo de la relación.

A menudo, y sobre todo si son personas que no han trabajado el tema en terapia, suelen ser individuos que tienen tendencia a cerrarse emocionalmente a medida que la relación avanza, y el nivel de compromiso con el otro aumenta. Si en algún punto de la relación se sienten presionados, no les costará desaparecer y huir del lado del otro.

Con frecuencia son personas que dan demasiado valor a la independencia y a la autonomía personal, y presentan un profundo miedo a ser invadidas por la pareja. La herida principal del apego evitativo es la del rechazo. Un rechazo hacia el otro que parte de un profundo sentimiento de no aceptación de sí mismos.

A menudo son individuos que mantienen relaciones superficiales, con unos límites bien definidos, donde no hay una entrega verdadera por su parte, pues sienten terror al compromiso. Este profundo miedo a comprometerse con el otro, parte de su gran temor a poder ser heridos si se abren y exponen emocionalmente. 

Su pensamiento es del tipo; “Si al final no va bien la relación, no sufriré tanto”, y aunque en un sentido eso es verdad, por otro lado nunca acaban de vivir plenamente la relación, ni tampoco disfrutan enteramente de ella. En tal sentido, al no darse ni entregarse al otro, resulta muy complicado que el amor crezca, pues no abren su corazón.

A diferencia del apego ansioso, son individuos que eligen a sus parejas, pues necesitan estar en control de la situación. Con frecuencia, este control y la dificultad para vincularse con el otro, provocan que la pasión y el deseo que pueda sentir la pareja por ellos acabe desapareciendo.

En terapia las personas que desarrollaron este tipo de apego me comentan que suelen estar constantemente buscando defectos e imperfecciones en la pareja, como una forma de justificarse por su decisión de no comprometerse. Suelen también ser personas que viven el amor más desde la mente, idealizando en gran medida la pareja perfecta, o bien entrando en un estado de melancolía romántica, recordando amores pasados idealizados, que no abrirse a la experiencia de amor que les brinda la pareja actual.

También suelen ser personas que viven los momentos vitales de la relación con mucho miedo; por ejemplo dar el paso para vivir juntos, casarse o tener hijos en común suelen ser circunstancias de crisis para este tipo de personas.

apego y relaciones de pareja


Apego desorganizado

Las personas que han desarrollado este tipo de apego se caracterizan por vivir relaciones de amor-odio, con actitudes pasivo-agresivas ante la pareja. En consecuencia suelen establecer relaciones conflictivas y dramáticas, donde hay muchos altos y bajos emocionales con la pareja. Son individuos muy inseguros y con baja autoestima, por lo que son los principales candidatos a vivir relaciones de maltrato (ya sea en su rol de víctima o de abusador).

En el apego desorganizado la herida de base es la traición, por ello en la edad adulta son personas que les cuesta mucho confiar en su pareja. De niños pudieron vivir en ambientes hostiles e incluso de maltrato, por lo que de adultos suelen ser personas impulsivas, inestables y poco predecibles, como también lo fueron sus figuras parentales.

Son personas que presentan un gran miedo a la mentira, y por ello suelen mostrarse controladores y celosos con sus parejas. Asimismo, suelen ser individuos que presentan una elevada incoherencia entre aquello que sienten, piensan, dicen y hacen.

Como consecuencia de su miedo, suelen ser personas que temen ser abandonadas y por ello se aferran a la pareja, pero por otro lado les cuesta tener intimidad y abrirse emocionalmente al otro, pues no acaban de confiar plenamente en su pareja.

Apego seguro

Las personas que desarrollaron un apego seguro disfrutan de la intimidad y cercanía de la relación de pareja. Para ellos la pareja no suele ser un área problemática en sus vidas. Son personas que tienen claro lo que buscan en una relación y son coherentes consigo mismas. Suelen ser individuos que expresan abiertamente que esperan de la relación al otro.

Con frecuencia son personas con las que es fácil mantener una relación, pues suele fluir con facilidad, al ser individuos que no viven con el miedo de que el otro vaya a abandonarlos. A diferencia de otros tipos de apego, en el apego seguro la persona se vincula con el otro desde la confianza y el amor, con la intención de mantener una relación que perdure en el tiempo. En este sentido no les cuesta el compromiso con el otro. Suelen ser personas que se sienten correspondidas en el amor y en la relación.

Son individuos que les gusta compartir tiempo con su pareja, pero también saben de la importancia de darle su propio espacio, así como de asegurarse el suyo propio. Son personas que no les cuesta poner límites ni expresar sus necesidades a la pareja.

Estos son los tipos de apego principales, aunque como ya os comenté, es solo un mapa que nos permite guiarnos, pero no es el territorio. Para conocer el territorio es necesario responsabilizarnos y conocer cúal fue el tipo de apego que desarrollamos cada uno de nosotros en la infancia, trabajando para poder sanar nuestras heridas, y así formar relaciones de pareja que nos nutran y nos permitan crecer.


Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

Terapia Gestalt en Barcelona




Claves para Encontrar Pareja

Claves para encontrar pareja. En este artículo voy a dar algunas pautas a tener en cuenta cuando deseamos encontrar pareja. Antes de empezar quiero comentar que como todo en la vida, no existen recetas mágicas, que nos aseguren que una relación va a perdurar en el tiempo y de forma satisfactoria. Toda relación es un proceso que para nada resulta en una línea recta, segura y previsible, como a la gran mayoría de nosotros nos gusta pensar. Más bien la relación es un camino de subidas y bajadas, lleno de cambios y aprendizajes personales. Un proceso impredecible y con un horizonte temporal desconocido.

Claves para encontrar pareja


Asimismo, quiero decir que este artículo parte de mis vivencias personales, así como la experiencia terapéutica con mis consultantes, por lo que todo lo comentado en este artículo (y en todos los que escribo) nunca debe ser tomado como verdades universales. En este sentido, aconsejo que cada uno tome aquello que crea que puede ser de utilidad para su persona.

Cuando estamos abiertos a encontrar pareja, es importante tener en cuenta una serie de aspectos, que aunque no aseguran el éxito de la pareja, sí que aumentan la probabilidad de empezar con buen pie la relación. Estas pautas son las siguientes:

¿Desde dónde busco mi pareja? 

Este es una de las primeras preguntas que deberíamos hacernos cuando buscamos iniciar una relación. Con frecuencia empezamos a buscar pareja desde la carencia, y no desde la abundancia, siendo este último estado una limitación para cimentar un buen inicio de la relación. En mi labor terapéutica me he encontrado con distintos casos de estado de carencia, a continuación os planteo algunos:

-          Cuando se busca pareja para huir del tan temido estado de soledad (o en otras palabras del miedo a estar con uno mismo).

-          En aquellos casos en que existe un condicionamiento social o familiar para encontrar pareja. Pienso en aquellos casos en que la familia ejerce presión sobre una hija (ya en los 40) para que se case y tenga hijos.

-          Después de haber pasado por una ruptura sentimental, en que para evitar el proceso de duelo, se busca inmediatamente a un/a sustituto/a para no contactar con el dolor de la pérdida.

-          Cuando la persona presenta una baja autoestima y un miedo extremo a la soledad.

-          En aquellas situaciones en que la persona confunde términos, que aunque parecidos, no son idénticos. Algunos de estos términos son la diferencia entre deseo y amor, o bien entre enamoramiento y amor.

Como denominador común, la mayoría de casos que acabo de mencionar se caracterizan porque la persona busca a su posible pareja desde un estado neurótico y de ansiedad, en vez de hacerlo de una forma natural y fluida. En tal sentido, desde donde inicio mi búsqueda de pareja es un factor fundamental para iniciar con buen pie una relación. Por último quiero comentar que aunque es importante estar abierto y predispuesto a encontrar pareja, esto no significa que esa búsqueda deba convertirse en nuestra única motivación. Cuando eso sucede, es habitual que vivamos la búsqueda de pareja de una forma obsesiva, derivando en relaciones con una base muy frágil y con una elevada probabilidad de sufrir de dependencia emocional.

¿Cómo soy yo?

Relacionado con el punto anterior, no solo es importante ser consciente del punto en que inicio mi búsqueda, sino también plantearnos qué tipo de persona estamos buscando. Para ello es básico conocernos a nosotros mismos, tomando conciencia de aspectos tan importantes como son: la forma como gestionamos nuestras emociones, los patrones de relación aprendidos, las experiencias de pareja vividas en el pasado, la influencia del entorno vivido en la infancia, o bien las posibles cargas que puedo llevar en mi mochila emocional.

Respecto a este último punto, cuando arrastramos asuntos no resueltos a nivel emocional, es muy posible que proyectemos esas cargas en la nueva pareja, reduciendo así las posibilidades de éxito de la relación. Un ejemplo lo tenemos en aquellas personas que mantienen profundos conflictos con sus figuras parentales, los cuales restan irresueltos y siguen generando malestar. Otro ejemplo, que con frecuencia aparece en terapia, y como resultado de patrones de relación no saludables, son aquellas personas que siempre acaban inmersas en relaciones tóxicas de dependencia.

Por todo ello, pararse y dedicar un tiempo a conocernos es fundamental para vivir la relación de pareja de una forma saludable. Para conseguirlo, la terapia es la mejor de las opciones. La terapia nos ayuda a aumentar el grado de conciencia sobre nosotros mismos, resolver conflictos no cerrados, y mejorar la forma como nos relacionamos con nosotros mismos y con otras personas, aumentando así las probabilidades de éxito de la pareja.

¿Cúales son mis creencias respecto al amor?

Socialmente se han promovido e instaurado en nosotros toda una serie de creencias erróneas sobre el amor y la pareja. Estas ideas únicamente contribuyen a vivir la relación más desde un estado ilusorio, que no lo que realmente significa la vida en pareja. Mantenerse apegado a este tipo de ideas, sin ningún criterio por nuestra parte, acaba generando grandes dosis de desilusión y frustración respecto a la pareja, al descubrir que esas ideas no se corresponden con la realidad. Algunas de estas ideas son:

“El amor todo lo puede”, “Si aguantas y luchas, el amor triunfará”, “Quien bien te quiere te hará llorar”, “En el amor hay que darlo todo”, “Sin él/ella no soy nada”, “Si te quiere volverá”, “Los polos opuestos se atraen”, “El amor a primera vista es el verdadero”…

Estas son algunas de las creencias irracionales que circulan sobre el amor de pareja, pero existen muchas más. Puedes buscar cuales son las tuyas, y tomar conciencia de cómo éstas acaban influyendo en la búsqueda de pareja.

¿Qué entiendo yo por amor de pareja?

Tradicionalmente ha existido en la sociedad una tendencia a edulcorar el concepto de amor, creando una idea de amor romántico que poco tiene que ver con lo que significa el amor en pareja. Con frecuencia suele confundirse amor con enamoramiento, en este sentido, las películas de Hollywood han contribuido a difundir el mito de “fueron felices y comieron perdices”, un visión naif y muy alejada de lo que acaba siendo el día a día con la pareja. Es común confundir enamoramiento con amor, cuando el enamoramiento es solo una primera fase dentro de la relación. Esta confusión deriva en grandes dosis de frustración, al acabar descubriendo que el otro no cumple con las expectativas que teníamos sobre la pareja al iniciarse la relación.

La realidad es que en la fase de enamoramiento no conocemos al otro, estamos en el proceso, por lo que la imagen de la pareja se fundamenta más en aquello que imaginamos o fantaseamos desde nuestro ideal de pareja, que no una visión clara y realista sobre cómo es la otra persona.

Si a este hecho le añadimos la baja autoestima que afecta a un gran número de la población (desde la cual buscamos llenar el vacío emocional con la compañía del otro), el golpe de realidad con el que nos topamos, al desaparecer la proyección en el otro, suele ser de órdago.

Otra de las tendencias habituales, y que genera grandes decepciones, suele ser la confusión entre deseo y amor. El deseo surge del instinto, de la atracción hacia el otro, el cual alcanza niveles muy elevados cuando conocemos a alguien. Aspectos como lo nuevo, lo desconocido y lo diferente son alimento para ese deseo. En el enamoramiento el deseo está en un punto álgido, sin embargo el error consiste en mantener la creencia que ese deseo va a perdurar en esos niveles a lo largo del tiempo. La realidad es que a medida que avanza la relación, el  deseo va reduciendo su intensidad (aquello que veíamos como nuevo, desconocido y excitante en el otro ya no lo es tanto), mientras otros aspectos como la confianza, el compromiso, la comunicación abierta, o el apoyo mutuo van ganado peso en la relación.

De la misma forma, la aparición del deseo se encuentra estrechamente relacionada con querer obtener aquello que no tengo. Cuando la relación se afianza, el deseo reduce su intensidad al perderse el interés, pues el objeto ansiado (persona en este caso) ya es “nuestro”. En esta línea, muchas personas relacionan erróneamente la reducción del deseo, con el hecho de haber dejado de querer a su pareja, cuando en un gran número de casos esta suposición no se corresponde con la realidad, al estar confundiendo deseo con amor.

Otra forma de confusión entre deseo y amor es cuando la persona no distingue entre la excitación propia de los primeros meses de relación, y el amor de pareja. El amor necesita de su tiempo para ir asentándose entre ambos miembros de la relación, a diferencia del deseo que aparece de una forma más explosiva.

Para terminar, otro de los conceptos que con frecuencia surge cuando hablamos de relaciones de pareja, y que suele llevar a confusión, es el ideal sobre la media naranja. Se entiende como media naranja aquella persona que supuestamente encaja con nosotros a la perfección, y que al encontrarla, nos permitirá alcanzar un estado permanente de felicidad. Un individuo entre los millones de personas que viven en este planeta, y que teóricamente solo al verlo quedaremos instantáneamente enamorados (al igual que esa persona quedará totalmente prendada de nosotros). En cierto sentido me recuerda al concepto de imprimación de los hombres lobo utilizado en el universo de las películas de “Crepúsculo”. (Recordemos que aunque Hollywood recrea historias de forma muy realista, es todo una fantasía del cine).

De nuevo una creencia errónea, la de la media naranja, que aunque ampliamente extendida entre la sociedad, provoca grandes dosis de frustración y decepción cuando pasado el enamoramiento, uno descubre que la pareja no deja de ser un mortal más, con sus aptitudes y sus defectos.

El mito de la media naranja pone encima de la mesa la creencia falsa de que el otro va a traer a mi vida la felicidad, liberándome de todos los problemas y llenando mi vacío emocional. Una presunción muy egocéntrica de lo que es la relación de pareja, y desde allí, solo viéndonos a nosotros, difícilmente podremos establecer una relación de pareja sana y equilibrada con el otro.

terapia de pareja


¿Estoy siendo sincero conmigo mismo/a?

Otra pregunta que puedes hacerte a la hora de buscar pareja es si estás siendo sincero/a contigo mismo/a (y con el otro) sobre aquello que sientes hacia la otra persona. Si estás en la búsqueda de pareja, y has empezado a conocer a alguien, lo primero (y lo más importante) que debes detectar es si la relación con esa persona es fácil y fluida por ambas partes. Si es así, enhorabuena, estás en el buen camino.  No obstante no siempre es así, por ello voy a comentar algunos indicios que pueden indicarte que quizás esa persona no es la adecuada para ti:

-          Cuando sientes que debes hacer grandes esfuerzos para que la relación vaya adelante. Por ejemplo; que el aspirante a pareja adopte una actitud pasiva, sin iniciativa para quedar y seguir conociéndose, mientras que tú muestras una actitud mucho más activa, mostrando iniciativa.

-          Cuando percibes que las actitudes o las acciones de la otra persona te molestan o te irritan.

-          Cuando te das cuenta que adoptas una actitud de querer cambiar la forma de ser de la posible pareja (o bien ves en la otra persona esa actitud, al juzgarte, recriminarte por ser como eres y exigirte que cambies).

-          Cuando percibes que el aspirante a pareja muestra actitudes de falta de respeto hacia ti, o bien cuando aparecen tendencias controladoras respecto a la vida de la otra persona.

-          Cuando las discusiones y desencuentros pasan a ser la forma habitual de comunicación entre los dos, en vez de ser la excepción.

-          Cuando notas en esa persona indicios que puede existir algún trastorno psicológico o emocional, o bien cuando sientes que no existe por su parte una coherencia entre pensamientos, palabras y actos. Por ejemplo me he encontrado en terapia con mujeres que han sido manipuladas por hombres, los cuales “les prometían la luna”, y acababan actuando de una forma totalmente opuesta a sus palabras.

-          Cuando adviertes que no compartes valores de vida, ni intereses comunes con esa persona.

-          Cuando sientes que no existe ninguna atracción física ni sexual por esa persona, o bien percibes algún aspecto de ella que te genera rechazo. Por ejemplo: que sea una persona con falta de higiene, o bien alguien que presenta problemas de adicción.

-          Cuando te das cuenta que estás remando a contracorriente, forzando una relación que en el fondo sabes que no tiene futuro. En más ocasiones de las deseadas nos entestamos en que una determinada relación funcione, realizando grandes esfuerzos para que así sea. La explicación de esa resistencia a admitir que esa persona no es la adecuada, suele partir de la evitación a no querer enfrentarse a sensaciones desagradables, o a ciertos momentos complicados. Algunos ejemplos que explican esta actitud evitativa son: 

-          Vivir la experiencia como un fracaso personal, culpabilizándonos y castigándonos por creer que algo defectuoso debe haber en nosotros, para que la relación no haya tenido éxito.

-          El miedo a que si decimos No a esa persona, nos quedaremos solos y no encontraremos a nadie más en el futuro.

-          El miedo al conflicto, o a la reacción del otro al tener que darle una negativa, comunicándole que no es la persona que buscamos.

Si en el proceso de conocer a alguien has percibido alguna de las situaciones que comentamos anteriormente, seguramente es indicativo de que esa persona no es adecuada para ti.

Para terminar, solo comentaros que aunque nada nos asegura una relación satisfactoria, en la que crecer y sentirnos satisfechos, tener en cuenta todos los puntos que hemos comentado en este artículo puede ayudarnos, al menos, a iniciar una relación de pareja con buen pie.

Si quieres saber más sobre la temática de la pareja, seguidamente te dejo otros artículos sobre el tema:

Como hacer que la relación de pareja funciones

Como superar una ruptura de pareja

Los celos en pareja


Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

Terapia Gestalt Barcelona


Orientación emocional

 ¿Tienes miedo de expresar tu opinión cuando estás con otras personas?

¿Sientes que te tratas mal y te desvalorizas con frecuencia?

¿Te cuesta tener pareja porque siempre te encuentras con personas tóxicas?

¿Sientes que dependes emocionalmente de tu pareja?

¿Te cuesta tomar decisiones y dudas sobre tus capacidades?

¿Sientes que te enfadas o te pones triste con frecuencia?

gestión emocional


Si has contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, las sesiones de aprendizaje en gestión emocional te pueden ayudar para que recuperes el bienestar en tu vida. Actualmente te ofrezco un paquete de 5 sesiones para que puedas revisar estos temas que te preocupan y generan inquietud. Juntos encontraremos vías de solución a tu malestar.

Las sesiones se fundamentan en un trabajo terapéutico utilizando diferentes orientaciones como la Terapia Gestalt y el Coaching Emocional. No es un proceso de psicoterapia, es simplemente un trabajo de orientación emocional que te permitirá aprender técnicas de gestión de tus emociones, recuperando así tu bienestar.

Con estas sesiones aprenderás a identificar tus bloqueos emocionales, así como posibles patrones relacionales y de conducta que te generan malestar. A partir de esta identificación, trabajaremos para superar tus bloqueos, aprendiendo así nuevas formas de relación con tus emociones.

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Ansiedad y Psicofármacos

Ansiedad y Psicofármacos. El malestar producido por la ansiedad suele ser uno de los principales motivos de consulta médica. En los últimos tiempos, debido al clima de incertidumbre y miedo que hemos vivido como consecuencia de la pandemia del Covid (y sus innumerables efectos en la sociedad), así como el conflicto bélico que se está desarrollando actualmente en Ucrania, han favorecido ambos que los síntomas de ansiedad se hayan extendido a un gran porcentaje de la población. Este creciente aumento de la ansiedad requiere que la persona que sufre de síntomas ansiosos pida ayuda profesional.



Podemos entender la ansiedad como un mecanismo de alerta de nuestro organismo, el cual nos permite enfrentar posibles amenazas. Sin embargo cuando este detector de peligros se activa sin un motivo aparente, o bien cuando existe una desproporción entre el estímulo percibido y nuestra respuesta ante éste, entonces la ansiedad se convierte en una seria limitación para nuestra vida.

La ansiedad es uno de los principales motivos de bajas laborales, así como el origen de un gran número de malestares psicosomáticos. Si a esto le añadimos que según datos del 2020, España es el primer país del mundo en el consumo de benzodiacepinas (psicofármacos para tratar los síntomas ansiosos), en sus modalidades principales; ansiolíticos, sedantes e hipnóticos; podemos concluir que la mayoría de la población que consume estos fármacos lo hace porque no dispone de otras alternativas para superar los síntomas ansiosos, como por ejemplo sería contar con técnicas de gestión emocional.

Aunque los psicofármacos son recomendables en casos concretos, en que la sintomatología ansiosa es realmente limitante para la persona, o bien en momentos críticos puntuales, la realidad es que en la mayoría de circunstancias no sería necesaria si contásemos con recursos de gestión emocional.

Aunque hay factores sociales externos que pueden influir en una mayor presencia de casos de ansiedad (como los que he mencionado anteriormente), en mi opinión existen tres factores principales que explican el elevado consumo de ansiolíticos en nuestra sociedad. Estos factores son los siguientes: 

El primero de estos factores es la presencia de una baja tolerancia al sufrimiento en nuestra vida. Esta baja tolerancia se refiere a la incapacidad de sostener emociones desagradables como el miedo, la angustia, la tristeza o la melancolía. En nuestra sociedad existe la falsa creencia que la felicidad se consigue a partir de un estado en que no exista sufrimiento emocional, siendo esta afirmación una utopía, pues sufrir es un estado inherente al hecho de estar vivos. En realidad, y ante experiencias dolorosas, lo recomendable sería contar con herramientas de gestión emocional, que nos ayudasen a lidiar con estos duros momentos.

El segundo de los factores es un desconocimiento generalizado sobre la gestión de nuestras emociones, herencia de la prácticamente nula educación emocional recibida en nuestra infancia. Este bajo conocimiento sobre nuestras emociones provoca que cuando pasamos por crisis en nuestra vida, nos sintamos sobrepasados, y ante ese dolor nuestra primera reacción sea ir al médico para que nos recete algo para eliminar el malestar.

El tercero de los factores es el valor de la inmediatez que nos vende esta sociedad consumista, a partir del cual no podemos esperar para satisfacer nuestros deseos y necesidades. En consecuencia, cuando sentimos malestar, deseamos liberarnos de él de forma rápida y fácil, pues no sostenemos sentir emociones desagradables. En este sentido, los ansiolíticos son una medicación perfecta para anestesiarnos del malestar de una forma muy eficaz (aunque no sin pagar una factura emocional por ello).

Cuando optamos por el consumo de este tipo de medicación, podemos alterar el curso natural de diferentes procesos emocionales; por ejemplo bloquear el proceso de duelo por la muerte de un ser querido. En el duelo, la vivencia de la pérdida requiere que la persona afectada pase por diferentes estados emocionales que le permitan sanar la herida. El peligro de desconectarnos de nuestras emociones a través de la toma de ansiolíticos, nos puede conducir a un mayor sufrimiento en el futuro; por ejemplo que acabemos padeciendo algún trastorno depresivo.

Asimismo cuando elegimos consumir ansiolíticos, también nos privamos del aprendizaje que la experiencia nos puede aportar en nuestra vida; por ejemplo transitar el dolor (en vez de evitarlo) nos puede enseñar a resolver conflictos, conocer mejor nuestros puntos débiles, o superar miedos que nos limitan en nuestra vida. Os pongo un ejemplo de un paciente que tuve en terapia; se ha modificado la información personal para preservar el principio de confidencialidad de la terapia.



Alberto era un chico de 32 años que cuando llegó a terapia acababa de conseguir un nuevo empleo en una importante multinacional. Su nuevo cargo requería que diese presentaciones a posibles clientes sobre los productos que vendía su empresa. Alberto siempre había sido un chico muy introvertido y muy perfeccionista, y recuerda que ya en la universidad se había visto obligado a tomarse ansiolíticos para enfrentarse a las presentaciones que debía hacer ante sus compañeros y profesores. Alberto me confesó que le daba pánico cualquier situación en que se viese obligado a hablar en público.

La terapia permitió a Alberto tomar conciencia de como los ansiolíticos le ayudaban a insensibilizarse ante su miedo, y a corto plazo le permitían superar aquella situación que tanto le aterraba. Sin embargo la toma de esta medicación también le suponía toda una serie de efectos no tan beneficiosos para su persona, como eran:

1.      Anestesiarse y desconectarse del mensaje que su miedo le transmitía, lo que imposibilitaba que Alberto aprendiese de la experiencia. Esta actitud le impedía tomar conciencia de los recursos personales de los que disponía para enfrentarse a ese tipo de situaciones de una forma saludable, sin verse obligado a huir de la experiencia, o bien a tener que recurrir a los ansiolíticos para enfrentarse a ella.

2.      Tomar ansiolíticos incrementaba el miedo de Alberto a lidiar con este tipo de situaciones; asimismo aumentaba su sensación de incapacidad para enfrentarse a futuras presentaciones por sí mismo, sin la ayuda de la medicación. Alberto se encontraba inmerso en una dinámica tóxica, en la cual cómo más evitaba las situaciones que le atemorizaban, más limitante era su miedo y mayor la dependencia de la medicación para poder superar la situación temida.

La terapia ayudó a Alberto a tomar conciencia del mensaje que su miedo le comunicaba, perdiendo así su temor a enfrentarse a las presentaciones en público. Alberto entendió el origen de su miedo, y cómo esta emoción funcionaba en él, aprendiendo también técnicas de gestión emocional que le permitieron gestionar el miedo de una forma saludable. A partir de este trabajo terapéutico, el miedo a hablar en público dejó de ser una circunstancia limitante para él.

Todo este aprendizaje emocional permitió a Alberto no solo superar estas situaciones difíciles que le provocaban angustia, sino también aumentar su autoestima y la confianza en sí mismo, siendo capaz de reducir progresivamente el consumo de ansiolíticos, hasta finalmente abandonarlos por completo.

Por último quiero comentar que el consumo de psicofármacos en general, entre ellos las benzodiacepinas, debe hacerse siempre bajo supervisión médica; nunca se debe recurrir a la automedicación, ni cambiar o interrumpir las dosis prescritas sin el consentimiento del profesional médico, pues son medicaciones fuertes que tomadas sin control médico pueden derivar en problemas de adicción, u otros trastornos psicológicos.

Si quieres conocer más sobre las benzodiacepinas, aquí te dejo otro de mis artículos:

Sobre las benzodiacepinas

Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

Terapia Gestalt Barcelona









Las Creencias Limitantes

Las creencias limitantes. Quiero iniciar este artículo con una frase procedente de la PNL, la cual se relaciona directamente con el tema que trataré hoy; las creencias limitantes. La frase es la siguiente: “El mapa no es el territorio”. Esta frase hace referencia a que cada uno de nosotros percibimos la realidad de una forma distinta, subjetiva y personal. Podemos afirmar que cada persona vivimos el mundo a través de unas lentes diferentes y únicas; lo que supone que ante un mismo estímulo externo, las reacciones sean muy diferentes, según las lentes que procesan esa realidad.

creencias limitantes


Esta interpretación de la realidad tan variada parte de diferentes factores como son; el entorno familiar en el que crecimos, nuestra herencia genética, el tipo de educación que recibimos, o la cultura en la que nos criamos, entre los principales. Los primeros siete años de vida aproximadamente, cuando se forma el carácter, son vitales en la configuración del tipo de lentes que utilizaremos para percibir nuestra realidad.

Desde esta interpretación, única y singular, surgen las creencias y los valores que configuran nuestra persona, y que influyen en la forma como nos relacionamos con el mundo y con nosotros mismos. Las creencias tienen una función adaptiva en el entorno al que llegamos; en un primer momento los niños adoptan las creencias que les transmiten las figuras parentales y de autoridad. El niño, como una esponja, absorbe dichas ideas, adoptándolas como propias, pero sin ningún tipo de filtro por su parte. Con el paso de los años, las creencias influyen en nuestra forma de ser y de comportarnos de una forma totalmente automática, pues nos sentimos totalmente identificadas con ellas.

Aunque un gran número de las creencias que aprendemos en la infancia tienen una función adaptativa, y en este sentido nos habilitan para vivir en sociedad, e incluso nos potencian en determinadas áreas de nuestra vida; la realidad es que también existen creencias limitantes, las cuales funcionan como saboteadoras internas que nos impiden alcanzar nuestras metas.

Llega un momento en nuestra vida que estas creencias limitantes empiezan a manifestarse en nuestra psique como lo haría un virus en un ordenador, afectando nuestro normal funcionamiento y generándonos malestar.  Se produce así un conflicto interno entre una parte de nosotros que desea aferrarse a las creencias conocidas, aunque sean limitantes, y otra parte que empieza a rebelarse ante esas ideas. Se genera así un enfrentamiento donde uno empieza a preguntarse si esas creencias limitantes son realmente propias, y si tienen algún tipo de funcionalidad en el presente.

En el proceso de psicoterapia el trabajo con las creencias limitantes suele ser común en prácticamente todos los casos que acuden a consulta. En esta labor terapéutica el primer paso es  identificar estas ideas limitantes, para que así la persona descubra los efectos que estas creencias ejercen en su vida. Una vez identificadas, empieza el trabajo de suavizar las creencias limitantes, haciéndolas más flexibles, y más acorde a la esencia personal de cada uno. Este proceso suele requerir su tiempo, y siempre debe hacerse de una forma muy respetuosa con el paciente, revisando las ideas que le limitan, e identificando el peso que éstas tienen en su vida. El trabajo con las creencias limitantes permite desvelar patrones de relación y de conducta no saludables, que el paciente sigue repitiendo en su vida, para así cambiarlos por otros de más saludables. Asimismo, la terapia posibilita a la persona abrirse a nuevas creencias, que puedan estar más en la línea de su esencia, y de la forma como ella quiere vivir su vida.

Dentro de lo que denominamos como creencias limitantes podemos encontrar tres tipos básicos:

El primer tipo son aquellas creencias que hacen referencia a las aptitudes y capacidades personales; éstas están relacionadas con la autovaloración y el autoconcepto que cada uno de nosotros mantenemos sobre nuestra persona. Algunas de las creencias más comunes dentro de este tipo son: “soy inútil”, “soy lento”, “soy torpe”, “no soy suficiente”, “no valgo”, “no voy a estar a la altura”, etc….

El segundo tipo de creencias son aquellas relacionadas con el mundo que nos rodea y la sociedad en la que vivimos, así como el tipo de relación que mantenemos con nuestro entorno. Dentro de este tipo de ideas encontramos mensajes como; “sin sufrimiento no se consigue nada en la vida”, “quien algo quiere algo le cuesta”, “aquellos con estudios son los que triunfan en la vida”,quien calla otorga”, “querer es poder”, “se te va a pasar el arroz”, etc…

El tercer tipo son las creencias relacionadas con la idea de falta de merecimiento, su mensaje es que no merecemos que nos pasen cosas buenas en la vida. Un ejemplo de este tipo de creencias son aquellas relacionadas con la sensación de falta de merecimiento, como consecuencia de la ausencia de sufrimiento para conseguir algo en la vida. Por ejemplo; “no merezco que me suban el sueldo”, “no merezco estos halagos”, “no merezco que alguien me ame”, “no merezco este dinero que gané”… a todas estas creencias se le podría añadir la idea generalizada de;“no sufrí (o no lo suficiente) para merecer lo bueno que llega a mi vida”.

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Estos serían tres tipos básicos de creencias limitantes, aunque obviamente no están todas, pues las creencias adoptan formas muy diferentes dependiendo de cada persona y situación. Sin embargo, el efecto de estas ideas suele ser común en la mayoría de casos, al ser un ataque en toda regla a nuestra autoestima, limitándonos para alcanzar aquellas metas que nos proponemos en nuestra vida.

Por último quiero decir que tampoco debemos demonizar las creencias limitantes. Aunque en la actualidad pueden ser creencias que claramente nos restringen para alcanzar nuestros objetivos, la realidad es que muchas de ellas seguramente nos han permitido la supervivencia emocional en el pasado. Por este motivo, y al trabajar este tema en terapia, es importante que el paciente tome conciencia de la utilidad que han tenido estos condicionantes en su vida. En un gran número de casos, la persona se da cuenta que las creencias limitantes han desempeñado una función de protección, o bien han sido un elemento disuasorio, o de alerta ante posibles peligros. Entender la intención positiva de este tipo de creencias suele ayudar a la persona a cuestionarlas, para así poderlas flexibilizar, o cambiar según sea el caso.


Leslie Beebe

Acompañamiento terapéutico y emocional

Terapia Gestalt Barcelona




El miedo al fracaso

El miedo a fracaso. Una de las principales dificultades que nos encontramos los seres humanos es la gestión eficiente de nuestras emociones. Esta dificultad parte de la prácticamente nula formación emocional que recibimos desde pequeños. Suele ser ya en la edad adulta, y cuando este desconocimiento deriva en sufrimiento, que buscamos aprender a manejar nuestras emociones de una forma saludable.

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Por mi vivencia personal, y desde mi experiencia como psicoterapeuta, me doy cuenta que uno de los principales efectos de esta pobre educación emocional es el desconocimiento sobre cómo lidiar con aquellas emociones que tradicionalmente han sido consideradas como negativas, como el miedo o la tristeza. 

En este artículo nos centraremos en la emoción del miedo, y en particular en el miedo al fracaso. La mayoría de nosotros vivimos con multitud de miedos en nuestra mente; el miedo al fracaso, el miedo a no estar a la altura, el miedo al conflicto, el miedo al rechazo, el miedo al abandono….son algunos de ellos. No es nada raro que estos miedos convivan con nosotros, pues nuestro cerebro está diseñado para asegurar nuestra supervivencia, convirtiéndose en un eficiente detector de amenazas. Si embargo, en una realidad como la nuestra, la mayoría de peligros ante los cuales se activa el miedo han pasado de ser reales, como enfrentarse a un animal salvaje, a ser proyecciones futuras de nuestra mente; por ejemplo cuando recibimos una llamada de nuestro jefe, e imaginamos que vamos a ser amonestados.

Dejar que estos miedos nos controlen supone una seria limitación en nuestra vida, así como un perjuicio para nuestra autoestima. Muchos de estos miedos parten de creencias erróneas y limitantes sobre nosotros mismos y sobre nuestras capacidades, las cuales toman forma a través de nuestro juez interno. El juez interno es aquella voz interior que nos persigue a todas horas diciéndonos que no somos adecuados, o que no somos lo suficientemente buenos para alcanzar nuestras metas. Para el juez interno nada de lo que hacemos parece suficiente, pues su actuación se fundamenta en un ideal del yo que a la práctica nadie puede alcanzar. Este juez emite un juicio implacable y sin piedad sobre nosotros, que sin duda perjudica nuestra autoestima sino sabemos como manejarlo.

Uno de los miedos que con frecuencia aparece en las sesiones de terapia es el miedo al fracaso. En este miedo, el principal temor es el de decepcionar las expectativas personales. Este miedo suele manifestarse de forma dual; por un lado a partir de la incertidumbre sobre si seremos capaces de alcanzar una determinada meta. Por otro lado, en muchos casos también resulta complicado definir esa meta y la forma como alcanzarla.

El origen del miedo al fracaso también difiere según cada persona. En ocasiones el miedo proviene de la infancia y de un entorno familiar muy estricto. En estos ambientes el niño recibía el mensaje que nunca estaba a la altura de las expectativas parentales. A veces estas expectativas estaban claramente definidas, sin embargo en otros casos el niño simplemente sentía que no era suficiente a ojos de sus padres, sin saber dónde tenía que llegar y como hacerlo, para lograr el tan ansiado reconocimiento parental.

En otras ocasiones el miedo al fracaso surge a raíz de un acontecimiento traumático en la vida de la persona, como puede ser un despido laboral o un abandono de pareja. A partir de esta vivencia traumática la persona adopta la creencia de que no es suficiente, o bien que hay algo inadecuado en sí misma que ha provocado esa situación. Un  ejemplo de lo que acabamos de comentar es culpabilizarse por haber sido abandonos por la pareja. A partir de ese abandono, la persona mantiene la creencia que como consecuencia de sus imperfecciones, le va a ser imposible encontrar una nueva pareja. En estos casos el miedo a fracasar en la relación, se consolida mediante múltiples mecanismos reactivos ante la idea de tener pareja de nuevo. Un ejemplo de ello son aquellas personas que siempre encuentran defectos en los posibles pretendientes a ser pareja, justificando así su soltería. 

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Por último nos encontramos con la creencia errónea que muchas personas mantienen que el mundo debe ser justo. El término justicia varia de una persona a otra, pero el autoengaño parte de la creencia de no concebir que otras personas puedan mantener valores y creencias diferentes a los nuestros. Asimismo ese autoengaño surge de la creencia que podemos controlar todo aquello que nos sucede, cuando en realidad siempre existen factores externos que escapan de nuestro control, pero que indudablemente condicionan nuestra vida.

Cuando la realidad nos enseña que el mundo sí puede ser injusto con nosotros, la respuesta suele ser culpabilizarnos por no haber hecho las cosas mejor. Un ejemplo de ello es aquella persona que ante un despido laboral empieza a darle vueltas a todas las cosas que cree que ha hecho mal, culpabilizándose por el despido. Estas personas vinculan erróneamente su capacidad y aptitudes personales con el despido, cuando en la mayoría de ocasiones no es así. 

En palabras de una paciente mía que había sido despedida de su trabajo; “me han despedido porque soy una inútil, no valgo para nada”. En este caso mi paciente cuestionaba su valor como persona y su identidad personal, en relación a la experiencia traumática que había vivido, cuando en realidad esa relación de causa-efecto que ella establecía solo existía en su mente.

El despido no solo generaba en mi paciente un dolor por lo que ella consideraba un fracaso, sino también por la aparición del temor a volver a fallar en su próximo trabajo. Esta creencia puede llegar a convertirse en una autoprofecia que se acaba cumpliendo, si la persona se deja llevar por el mensaje de su miedo.

Las principales acciones que toma la persona que vive sometida al miedo al fracaso suelen ser las siguientes:

1)      Mantener una actitud pasiva y de evitación. La persona se siente muy poco válida y con escasos recursos personales, por lo que limita seriamente sus expectativas y metas, pues no se cree capaz de alcanzarlas. La evitación suele ser un mecanismo utilizado por estas personas. Aunque en un primer momento la evitación puede generar cierto alivio en la persona, la realidad es que se convierte en una autotrampa. Esta trampa resulta en que a medida que pasa el tiempo, el número de situaciones y circunstancias a evitar son cada vez mayores, pues la persona no se siente capaz de salir triunfadora de ellas. La evitación mantenida en el tiempo perjudica seriamente la autoestima y la autoconfianza.

2)      Pedir ayuda y delegar tareas. Como el individuo se siente incapaz de alcanzar sus metas, y ante el miedo a fracasar, la persona reacciona pidiendo ayuda a alguien para que actúe en su lugar. Como en la evitación, esta actitud alimenta la creencia de inaptitud propia y en consecuencia aumenta el miedo al fracaso.

3)      Renunciar. Ante la creencia errónea de fracaso, la cual llega a vivenciarse como una certeza indiscutible, la persona acaba renunciando a muchas de sus ambiciones. De esta forma, el individuo deja de luchar para alcanzar sus metas. Dicha renuncia puede empezar en un área determinada de la persona, y con el tiempo extenderse al resto de sectores de su vida.

4)      Sobrecompensación. El miedo al fracaso puede llevar a la persona a desarrollar una actitud contrafóbica, a partir de la cual el individuo se sobreesfuerza para evitar aquello que más teme. Un ejemplo lo tenemos en aquel trabajador que por miedo a fracasar, empieza a obsesionarse con su trabajo, abandonando el resto de áreas de su vida y descuidando su salud. Curiosamente, la actitud contrafóbica que toma la persona, en vez de alejarla de la probabilidad que su peor fantasía se haga realidad, lo que acaba provocando es todo lo contrario.

"Es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que vivas tan cuidadosamente que dé lo mismo que estés viviendo. Y en ese caso habrás fracasado por defecto". J.K. Rowling


Leslie Beebe

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Como manejar la ansiedad ante el conflicto entre Rusia y Ucraina

Como manejar la ansiedad ante el conflicto entre Rusia y Ucraina. Actualmente estamos viviendo tiempos muy convulsos; después de dos años de pandemia, y cuando parecía que la situación mejoraba, ahora nos enfrentamos ante un conflicto bélico en nuestras puertas, con una amenaza nuclear pendiente de un hilo. La agresión bélica de Rusia a Ucraina es en primer lugar una catástrofe humanitaria, pero también va a provocar unos efectos devastadores en la sociedad rusa, y seguramente un fuerte impacto en la mayoría de las economías europeas. Tristemente, las decisiones de una sola persona están provocando un genocidio en toda regla, llevando a miles de personas a la muerte.

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No es nada nuevo que existen conflictos armados en el mundo, sin embargo, la proximidad geográfica de Ucraina, el cansancio generalizado por la pandemia y la exposición casi continua a las noticias e imágenes que nos llegan de la guerra, son factores que hacen que en esta ocasión, la ansiedad y el miedo estén tomando protagonismo en nuestra vida.

El objetivo de este artículo es aportar algunas ideas prácticas, que nos ayuden a lidiar emocionalmente con la compleja situación que estamos viviendo. 

La confrontación bélica está suponiendo un impacto brutal en la población que experimenta el conflicto en primera línea: hombres que se ven obligados a luchar en una guerra que no desean, niños/as forzados/as a separarse de sus padres, familias rotas por el conflicto, soldados que se ven coaccionados a luchar por las ideas de un presidente al que nadie osa contradecir, experiencias de muerte y devastación… Sin duda, las vivencias aterradoras que estas personas están padeciendo en primera persona son inimaginables, e indescriptibles para todos aquellos que hemos vivido siempre en un clima de paz.

Asimismo, los efectos que este tipo de traumas generan en la población son diversos, afectando a distintas facetas de la vida de la persona, incluida la salud mental. Con toda seguridad, a raíz de este conflicto, van a aumentar considerablemente los trastornos psicológicos, como el trastorno de estrés postraumático, no solo entre los adultos, sino también en los  niños. De la misma forma, la herida tan profunda que se está ejerciendo en la sociedad ucrainesa por parte de Rusia va a tardar años, sino décadas en cerrarse.

Desde la distancia, el conflicto se vive muy diferente, a un nivel muy alejado del trauma emocional que está viviendo la población de Ucraina, y los soldados que luchan en esta guerra. No obstante, el miedo y la ansiedad van en aumento en nuestra sociedad, ante la incertidumbre sobre las posibles consecuencias que este conflicto pueda generar en nuestras vidas.

Para lidiar mejor con el miedo y la ansiedad que estamos sintiendo ante este clima de guerra, a continuación te dejo algunas pautas útiles que pueden ayudarte a llevar mejor esta situación.

1.   Acepta tu miedo. Es normal que ante la incertidumbre generada por el conflicto bélico aparezca el miedo. El miedo es una emoción que nos pone en alerta ante un posible peligro, y en este sentido está haciendo su trabajo de forma correcta. No obstante, el miedo también es una de las emociones más penalizadas, por las sensaciones desagradables que nos provoca. Debido a esta mala prensa, y unido a la incomodidad que el miedo nos genera, es común querer reprimirlo, o bien disimular, como sino existiese.

 

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photo by Emilio Morenatti

En otras ocasiones, dejamos que el miedo nos paralice, entrando en un bucle de pensamientos catastrofistas y limitantes que van acrecentando nuestros niveles de ansiedad. En este sentido, lo recomendable sería que mirases a tu miedo, no luches ni intentes escapar de él. Escucha únicamente su mensaje. Para ello, puedes optar por poner en práctica técnicas de conciencia plena y de respiración. Estas prácticas consisten en dar un espacio al miedo en nuestro interior, sin resistirnos a él. Para ello es importante focalizar nuestra atención en las sensaciones corporales, regulando asimismo nuestra respiración. Cuando somos capaces de adoptar una actitud de aceptación y escucha con aquello que sentimos, nuestros síntomas ansiosos también se reducen. A continuación te dejo un par de ejemplos de estas técnicas: 

Técnica 1

Técnica 2

2.    Focalízate en el presente y evita dar rienda suelta a tu imaginación. Cuando utilizamos la imaginación para prever desastres futuros, sobre los cuales no tenemos ningún tipo de control, corremos el riesgo que la ansiedad se apodere de nuestra vida. En tal sentido, plantéate aquello que te genera ansiedad, y pregúntate si puedes influir de alguna manera sobre ello. Si el estímulo que te genera ansiedad escapa de tu control, acepta que debes sostener la incertidumbre respecto aquello que no podemos controlar. Las técnicas de respiración propuestas en el punto anterior, también te ayudarán a que tu atención se focalice de nuevo en el presente, y por lo tanto no se pierda en visiones pesimistas sobre el futuro.

3.  Date un tiempo de conexión contigo mismo/a. Procura guardar un tiempo diario para conectar con tus emociones y sentimientos. Para ello busca un momento y un lugar donde puedas estar solo/a y no seas molestado/a. Este conflicto está generando en nosotros multitud de emociones y sentimientos; rabia, tristeza, desesperanza… Aprovecha estos momentos de conexión para contactar con estas emociones y expresarlas; si te sientes triste por la situación que estamos viviendo, no reprimas tu tristeza, llora. Si te sientes enfadado/a con lo que está pasando, saca tu rabia (hazlo de forma que no te hagas daño ni dañes a otros). Si eres religioso/a o mantienes alguna creencia espiritual, dedica un tiempo a la oración.

4.   Ocúpate y no te preocupes. Si sientes que la ansiedad aparece en estos momentos como consecuencia del conflicto que se está viviendo en Ucraina, procura ocuparte y no preocuparte. Esto significa que mires en qué medida puedes actuar y ayudar para aliviar el dolor y el sufrimiento que este conflicto está generando. Puedes plantearte distintas formas de apoyo como pueden ser: asistir a las diferentes manifestaciones contra el conflicto bélico, ofrecer ayuda a las personas refugiadas que escapan de la guerra, o bien dar alguna aportación de tipo económico a entidades de ayuda a Ucrania.

5.  Reduce y limita el consumo de noticias que recibes de la guerra. Existe la falsa creencia de que como más informados estemos de la situación, más control vamos a poder ejercer sobre ella. La realidad nos dice todo lo contrario, pues como más información nos llega sobre el conflicto, más ansiedad sentimos al percibir nuestra falta de control sobre lo que está sucediendo.

Asimismo, cuando te informes es importante que elijas fuentes de información contrastadas y fiables. Finalmente, procura consultar los medios de comunicación una o máximo dos veces al día, evitando estar todo el día conectado/a con las noticias que nos llegan. En tal sentido, limita también las conversaciones sobre este tema con las personas de tu entorno. Aunque es saludable expresar a otros como nos sentimos ante el escenario de guerra, estar la mayor parte del día hablando de ello, puede derivar en un efecto contrario al esperado, provocando que nuestra ansiedad aumente.

6.  Busca formas para cortocircuitar la ansiedad. Cuando sientas que tu pensamiento entra en bucle, imaginándote las terribles consecuencias que nos esperan en el futuro, y apareciendo los síntomas ansiosos en tu cuerpo, busca alguna practica que te ayude a romper con ese bucle. Algunas de las opciones que te propongo son; practicar ejercicio físico, llamar a un amigo/a, cocinar, tocar un instrumento, pintar….  Todas estas prácticas te ayudarán a rebajar tus niveles de ansiedad, focalizando tu atención de nuevo en el presente.

Si aun habiendo practicado estas pautas, sientes que la ansiedad te desborda, y te limita en tus actividades diarias, lo recomendable sería que pidieses ayuda profesional. La terapia puede ayudarte. 

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Leslie Beebe

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