10 hábitos para conseguir el equilibrio emocional


10 hábitos para conseguir el equilibrio emocional. La mayoría de nosotros empezamos el año con toda una serie de buenos propósitos que tienen como objetivo ayudarnos a estar mejor, tanto mental como físicamente; algunos de ellos son: hacer dieta, apuntarse al gimnasio, aprender un idioma, etc…

En este breve artículo voy a comentar algunos hábitos que pueden ayudarnos a conseguir ese objetivo, sentirnos mejor. Creo importante remarcar un par de puntos; el primero es que el hábito se forma a partir de paciencia, esfuerzo y constancia, por lo que los resultados que buscamos necesitan siempre de un tiempo de elaboración. No existen las fórmulas mágicas ni los beneficios inmediatos. Como todo buen guiso necesita su tiempo de cocción.

10 habitos para el equilibrio emocional

El segundo punto a destacar es que mente y cuerpo se encuentran conectados. Cuando nuestra mente está llena de preocupaciones, pensamientos limitantes e ideas desvalorizadoras sobre nuestra persona, el cuerpo se resiente. Desequilibrios como la ansiedad se manifiestan en el cuerpo a través de diferentes síntomas como pueden ser dolores de estómago, jaquecas, opresión en el pecho e incluso tensión elevada. Es por este motivo que es aconsejable cuidarnos no solo físicamente, sino también mentalmente.

A continuación paso a comentarte 10 hábitos que pueden a ayudarte a sentirte mejor contigo mismo/a. Como he comentado, son acciones que deben realizarse de forma continuada, por lo que debes incluirlas en tus rutinas diarias.

1. Resérvate 10 minutos al levantarte y al acostarte. Puedes dedicar 10 minutos al levantarte no solo a despertar tu mente, sino también tu cuerpo. En este sentido prueba a realizar algunos estiramientos para que tu cuerpo vaya despertando. Por la noche, antes de ir a dormir, dedica esos 10 minutos a estar a solas contigo mismo, en contacto con tu cuerpo y tu respiración. Si quieres puedes acompañarte de música relajante que te ayude con este ejercicio.

2. Cuida tu descanso y tu alimentación. Es importante que duermas las horas necesarias para asegurarte un buen descanso; por norma general suelen ser entre 7 y 8 horas diarias. El cerebro, como nuestro cuerpo, necesita de un tiempo de desconexión y relax.

Así mismo, también es importante mantener una dieta sana y equilibrada, limitando el consumo de excitantes como el café y el alcohol, y evitando las comidas copiosas por la noche, pues todo ello te ayudará a descansar mejor.

3. Realiza ejercicio físico de forma habitual. Es aconsejable practicar deporte o algún ejercicio físico al menos tres días por semana. El ejercicio físico tiene multitud de beneficios; a nivel psicológico nos ayuda a rebajar nuestra tensión, liberándose endorfinas, unas hormonas que nos hace sentir bien, así como contribuyendo también a aumentar nuestra autoestima y autoimagen.

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4. Haz algo por otras personas. Las acciones que hacemos de forma desinteresada hacia otras personas nos ayudan a sentirnos mejor. No hace falta que sean grandes tareas, ni tampoco debe estar relacionado con el dinero, simplemente se trata de invertir un poco de tu tiempo en hacer algo que beneficie a otra persona, colectividad o ser vivo.

5. Reserva un espacio /tiempo para tu persona. Es importante que si no es de forma diaria, sí habitualmente, te reserves un espacio para tu persona. Esto significa invertir algo de tu tiempo en una actividad con la que disfrutes, en contraposición a la multitud de obligaciones y responsabilidades a los que todos nos tenemos que enfrentar en nuestra vida diaria. Seguramente al leer esto te dirás que no tienes tiempo para nada, y posiblemente es verdad, pero debes entender que reservarte un tiempo para ti no debe ser algo complicado, ni que te ocupe mucho tiempo. Por ejemplo el simple hecho de reservarte un espacio para tomarte ese café que tanto te gusta, leyendo 10 minutos el periódico sin que nadie te moleste, puede ser un buen ejemplo de ello.

6. Ábrete y expresa a otras personas. Muchos de nosotros tenemos problemas que nos llevan a sufrir malestar como ansiedad, depresión, estrés… Por este motivo es importante que no te guardes todas tus emociones y sentimientos para ti mismo/a, y en la medida de lo posible los compartas con una o dos personas de tu confianza. Hablar de nuestros problemas con otras personas nos ayuda a reducir la tensión, y nos puede dar un punto de vista diferente sobre como enfrentarnos a aquello que nos preocupa.

Si sientes que no dispones de nadie para compartir aquello que te pasa, también puedes acudir a un profesional de la terapia que te acompañe y te oriente en tu camino. La terapia es una herramienta ideal en estos casos, la cual cuenta con múltiples beneficios, algunos de ellos son: facilitar el autoconocimiento, ayudarnos en el aprendizaje de nuestra gestión emocional, y superar estados como la ansiedad y la depresión.

7. Cada día durante unas semanas piensa y escribe en una libreta una sola cosa por la que debes estar agradecido/a. A medida que pasen los días ves leyendo los puntos anotados en tu lista. Nuestra mente tiene la tendencia a focalizarse en aquello que nos falta o nos disgusta, atrayendo pensamientos limitantes y pesimistas, lo que conduce a sentir malestar.

Cuando nuestra mente se focaliza en ideas negativas y limitantes, nuestra salud física y emocional se resiente. Por este motivo, y para conseguir un equilibrio emocional, es también importante tomar conciencia de aquello que sí tenemos, y que muchas veces olvidamos y no apreciamos. El simple hecho de escribirlo, te ayudará a darte cuenta de ello, y en consecuencia te permitirá recordar aquello que debes valorar en tu vida.

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8. Prueba a focalizarte en una sola cosa. Uno de los síntomas más típicos de la ansiedad es la incapacidad para concentrarse y poder focalizar la energía en un tema determinado. Tenemos la sensación que multitud de tareas aparecen ante nosotros para ser resueltas, y nos sentimos desbordados/as, incapaces de solucionarlas, pues vamos saltando de una tarea a otra, perdiendo la energía y no terminado ninguna de ellas. En consecuencia es importante planificarse la faena, no agobiarse y pensar que una vez hayamos acabado con una tarea, empezaremos con la siguiente. Aspectos como delegar, priorizar y posponer deben tenerse en cuenta para no alimentar más el bucle de ansiedad en el que nos encontramos.

9. Cada día al mirarte en el espejo por la mañana dite algo positivo. Presta unos instantes a mirarte en el espejo antes de salir para el trabajo y dite a ti mismo/a algo positivo de tu persona; puede ser un logro conseguido, una aptitud personal que tengas, o una acción de la que te sientas orgulloso/a.

10. Date un capricho de vez en cuando. Relacionado con el punto anterior de reservar un espacio y un tiempo para nuestra persona, también es importante darse un regalo de vez en cuando, premiándose a uno/a mismo/a. Los regalos pueden ser de múltiples tipos como un alimento que te guste mucho, un buen vino, un masaje, etc…

Para terminar, solamente comentarte que nosotros somos responsables de nuestro estado emocional. Aprender a gestionar nuestras emociones y pensamientos nos puede ser de gran ayuda para sentirnos mejor, tanto a nivel físico como mental

Si quieres conocer como la terapia puede ayudarte a sentirte mejor, y a superar estados como el estrés, la ansiedad o la depresión, puedes seguir ESTE ENLACE o bien llamar o whatsapp al 645 368 714 y te informaré sin compromiso.

Leslie Beebe
Terapia y Coaching Personal Barcelona
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¿Tristeza o depresión?


¿Tristeza o depresión?. En ocasiones, la vida nos pone en situaciones difíciles, que nos generan malestar. Ante estas circunstancias muchas veces decimos que estamos deprimidos, cuando la realidad es que simplemente nos sentimos tristes. La tristeza es una emoción, y como tal su función es informarnos de qué nos sucede ante una determinada situación que estamos viviendo. Algunos de los principales motivos por los que podemos sentir tristeza pueden ser haber sufrido una pérdida en nuestra vida, o bien por alguna decepción fruto de expectativas que teníamos y que no se han cumplido.

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Cuando hablamos de depresión la cosa cambia. La tristeza no es el único elemento integrante de un trastorno depresivo, pues se le suman otros como son: la ausencia de motivación, una baja energía en general, una pérdida de vitalidad, una falta de interés por actividades que antes proporcionaban placer, y una sensación de sentirse desbordado/a ante el mínimo contratiempo que se presenta en la vida.

Así como el polo opuesto a la tristeza sería la alegría, en el caso de la depresión es la vitalidad. Cuando perdemos la sensación de vitalidad que nos habilita para tirar adelante en nuestra vida, podemos estar sufriendo de algún trastorno depresivo. Si sentimos que llevamos unas semanas tristes sin poder identificar aquello que lo provoca, acompañado de una sensación de apatía y hastío vital, entonces seria aconsejable acudir al médico para que realice el diagnóstico pertinente.

Según los profesionales médicos, podemos estar padeciendo de depresión si se cumplen cinco o más de estas señales en un periodo que supere los 15 días.

Estado depresivo la mayor parte del tiempo, donde aparecen las ganas de llorar, la apatía, el cansancio y la tristeza.

Anhedonia. Es la incapacidad para disfrutar de aquellas actividades que antes nos gustaban o nos interesaban.

Abulia. Hace referencia a una falta de motivación extrema, la cual se manifiesta a través de no querer hacer nada, debido a una sensación de falta de energía e iniciativa.

Cambio de peso. La depresión puede ocasionar una pérdida o una ganancia de peso en un tiempo reducido.

Pensamientos negativos recurrentes. Aparecen sentimientos de desvalorización personal y culpabilidad constante. Se puede incluso llegar a pensar en el suicidio.

Fobia social. La depresión conduce a la persona a querer estar sola, encerrada en si misma, para así mantenerse aislada del resto del mundo.

Falta de concentración. Es habitual que aparezca una dificultad para centrarse en una tarea determinada, así como olvidarse de cosas.

El motivo que origina la depresión es diferente según cada persona, podríamos decir que suele ser una combinación de factores genéticos, factores psicológicos y  condicionantes del entorno o sociales.

Existen factores genéticos que pueden favorecer la aparición de este trastorno, así como también físicos, como puede ser un descenso de los niveles de serotonina en el cerebro. No obstante, los factores psicológicos, relacionados con nuestra personalidad y la forma como nos enfrentamos a aquello que nos pasa en nuestra vida, tienen una gran relevancia en el desarrollo de un trastorno depresivo.

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Durante los primeros años de vida se nos enseña una determinada forma de interactuar con el mundo, así como un modo específico de relacionarnos con nosotros mismos. El entorno en el que crecimos, y las experiencias personales vividas, han ido configurando lo que hoy en día es nuestra personalidad. No obstante estos aprendizajes no siempre son saludables, y muchas veces nos acaban generando malestar. Ante estos casos la terapia puede ser de gran ayuda para cambiar estos patrones de funcionamiento caducos, que conducen al sufrimiento, por otros de más saludables.

La depresión es un trastorno serio que no debe ser tomado a la ligera; por lo tanto si crees que puedes estar sufriendo de ello es importante que acudas a tu médico, el cual te indicará los pasos a seguir.
En la actualidad los trastornos depresivos son tratados con medicación (antidepresivos principalmente, y a veces en una primera etapa también con ansiolíticos), así como con psicoterapia

La terapia es el acompañamiento emocional adecuado para estas situaciones, y es fundamental para recuperar la vitalidad perdida y la autoestima, así como también para corregir aquellos pensamientos y patrones de conducta limitantes que alimentan el trastorno.

Respecto a la medicación es importante saber que sus efectos no empiezan a hacer efecto hasta pasadas tres o cuatro semanas, siendo necesario que el tratamiento se alargue durante algunos meses. Parar la medicación de forma drástica, o bien dejarla antes de tiempo puede conducir a recaídas y complicaciones, provocando que sea mucho más difícil superar este trastorno. La medicación debe estar prescrita por el profesional médico, indicando las pautas a seguir en su toma, por lo que siempre debe evitarse la auto medicación. Así mismo la medicación sin un acompañamiento terapéutico tampoco es la solución, pues este trastorno requiere de un trabajo con las causas que la motivan, y no solo con los síntomas físicos que lleva asociado.

A continuación voy a comentar algunas pautas que pueden ayudarte si sufres de depresión, la cual como hemos comentado debe ser tratada con psicoterapia, y en un gran número de casos también debe ir acompañada por medicación.

1. Encuentra apoyo en tus familiares y amigos más cercanos. Toma conciencia que no estás solo/a ante la depresión, y que por tanto abrirte a expresar aquello que te pasa y como te sientes, puede ayudarte.

2. Realiza ejercicio físico. La actividad física aporta grandes beneficios como liberar endorfinas, aumentar el flujo sanguíneo cerebral, así como regular los niveles de serotonina y otros neurotransmisores. Cualquier actividad física, realizada con mesura, puede ayudarte a salir de la depresión.

3. No te culpabilices ni te presiones. Nadie es culpable de sufrir depresión. No obstante eso no significa que no sea tu responsabilidad trabajar para superarla. Es importante que comprendas que no se trata de forzarte a hacer muchas cosas, o a tener que disfrutar de las actividades que realizas, pues ahora aún no es el momento. Tampoco es bueno que te presiones en querer estar bien ya mismo, pues debes recordar que superar la depresión es un proceso que lleva su tiempo. Procura no encerrarte en ti mismo/a, para así ir dando pequeños pasos que te permitan salir del estado de apatía y la desgana en la que te encuentras.

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4. Cuida tu alimentación. Aquello que comemos tiene una incidencia directa en nuestro estado emocional. Evita en la medida posible los alimentos procesados, los azúcares y las grasas saturadas. Incluye en tu dieta un mayor número de frutas, verduras, frutos secos y legumbres. También puedes añadir a tu dieta alimentos ricos en triptófano y magnesio, los cuales facilitan la creación de serotonina y te ayudarán a subir tu estado de ánimo; algunos de ellos son la levadura de cerveza, el chocolate negro y el pescado azul, entre otros.

5. Busca ayuda terapéutica. Por mucho que creamos conocernos, cuando pasamos por un trastorno depresivo debemos admitir que no vamos a poder superarlo solos. Por este motivo deja de lado a tu ego y pide ayuda. La terapia es fundamental para ayudarte a recuperar tu equilibrio emocional.

6. Toma conciencia de aquello con lo que no estás a gusto en tu vida. Tanto la ansiedad como la depresión pueden ser expresiones de que algo no acaba de funcionar bien en nuestra vida. Tomar conciencia de aquello que nos genera incomodidad, y que deseamos cambiar, o bien eliminar de nuestra vida, es fundamental para recuperar el bienestar perdido.

Si quieres más información sobre el trastorno depresivo, también puedes leer los siguientes artículos:



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Leslie Beebe
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Como superar la disfunción eréctil

Como superar la disfunción eréctil. Cada vez un mayor número de hombres, y a edades más tempranas, sufren de problemas sexuales como la disfunción eréctil. La disfunción eréctil, también conocida como impotencia sexual masculina, es la incapacidad para conseguir o mantener una erección que permita lograr una relación sexual satisfactoria. El miedo asociado a esta incapacidad suele estar relacionado con la imposibilidad de conseguir una erección suficiente, y durante el tiempo necesario para realizar la penetración.

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Aunque existen causas físicas que pueden explicar esta disfunción, como pueden ser diabetes, hipertensión, lesiones en la médula espinal, enfermedades cardíacas, problemas hormonales, o incluso ser el efecto secundario de un medicamento, la verdad es que la mayoría de casos de disfunción eréctil que se diagnostican en personas menores de 55 años, son debidos a causas psicológicas. No obstante, si quieres salir de dudas, siempre puedes consultar al urólogo y él realizará las pruebas pertinentes que confirmarán o descartarán el origen físico de la disfunción eréctil.

Si has sufrido o sufres de disfunción eréctil es importante que no te automediques, ni tampoco creas toda la información que circula por internet. Mucha de la información que se presenta en internet sobre la disfunción eréctil no es totalmente cierta, pues pone el acento en las causas físicas como principal origen de este trastorno, cuando realmente en la gran mayoría de casos, la explicación se encuentra en algún desequilibrio emocional.  

La somatización, es decir la respuesta física que surge ante un problema psicológico, suele ser la causa más probable de la impotencia sexual. El estrés, la ansiedad o los problemas emocionales pueden manifestarse de múltiples formas como son; tensiones musculares, dolores de cabeza, dolores menstruales en las mujeres, y también en forma de disfunciones sexuales en el hombre como la eyaculación precoz o la impotencia.

En estos casos, y para solucionar el problema de la disfunción eréctil en terapia se trabaja a dos niveles; el primer nivel seria averiguar las causas que sustentan esta disfunción sexual. Los motivos que originan y mantienen la disfunción eréctil pueden estar relacionados con el estrés, la ansiedad, los problemas de pareja, los problemas emocionales, etc…

El segundo nivel de trabajo estaría relacionado con trabajar con el trastorno de la disfunción eréctil en sí mismo, encontrando vías de solución para recuperar el placer y el disfrute en las relaciones sexuales.

La disfunción eréctil es vivida por el hombre como un problema grave, en que su masculinidad y autoestima quedan cuestionadas. Culturalmente para el hombre no poder mantener una erección es un momento muy humillante y denigrante, donde el papel de macho que la sociedad nos vende queda en entredicho, insultando así la idea de masculinidad que todo hombre debe cumplir.

Cuando esto sucede, es muy probable que si no se presta atención a las causas que pueden estar motivando esta situación, la propia disfunción pase a ser un verdadero problema para el hombre que la sufre, pues es fácil que éste pueda llegar a obsesionarse con el tema. En estos casos es habitual que se produzca el denominado efecto bola de nieve.

El efecto de bola de nieve consiste en lo siguiente: una vez se produce un episodio de disfunción eréctil, lo que popularmente se conoce como “gatillazo”, se genera una tensión y un miedo inconsciente en el hombre a que ese episodio vuelva a repetirse en el futuro. Ante este miedo, el hombre se dice que no pasa nada, y que en la próxima relación demostrará a su pareja su potencia sexual. De esta forma el individuo llega a su próximo encuentro sexual con un miedo inconsciente a que vuelva a repetirse el gatillazo, sumado a la tensión por tener que cumplir y demostrar a su pareja que es un campeón en la cama. Estos dos factores, miedo y autoexigencia son los que alimentan el efecto bola de nieve y mantienen la disfunción eréctil en el tiempo.

Cuando se entra en este bucle, el hombre empieza a vivir sus relaciones sexuales desde la mente, intentando controlar algo que es incontrolable, pues la erección es una respuesta espontánea e instintiva a unos estímulos eróticos y de placer. El hombre pasa a estar más pendiente de la respuesta de su pene que de la propia pareja en la relación sexual. En consecuencia, el hombre experimenta las relaciones sexuales desde la tensión, el control y la autoexigencia, aspectos que derivan en que sus peores miedos se acaben haciendo realidad, y por tanto que el gatillazo vuelva a repetirse. De esta forma, el hombre acaba creyendo que sufre de algún problema de salud, lo que aún agrava más los pensamientos negativos y la tensión a tener que enfrentarse a una nueva relación sexual.

El efecto bola de nieve genera en el hombre toda una serie de pensamientos negativos y limitantes que van en aumento del tipo: “Debo espabilar y solucionar el tema”, “No puedo volver a fallar”, “Me juego mi relación, el sexo (penetración) es muy importante”, “Si no le doy placer a mi pareja me abandonará y se buscará otro que le de placer”, “no soy un tio, no valgo”, “nunca más voy a poder tener sexo”, etc…

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Todos estos pensamientos generan en el hombre un estado de ansiedad a la hora de tener que enfrentarse a su próxima relación íntima, lo que afectará a su rendimiento sexual. En estos casos el hombre pasa a concebir el sexo como un examen que debe superar, y no como un momento de intimidad, placer y diversión con la pareja. Es por este motivo que muchos hombres que sufren de disfunción eréctil hablan de una falta de apetito sexual, cuando en realidad lo que pasa es que no quieren enfrentarse a una situación que les provoca incomodidad y malestar.

Por otro lado, el problema de disfunción eréctil también afecta a la mujer, cuestionándose ésta si aún sigue siendo deseada por el hombre, así como despertando inseguridades relacionadas con su físico o con su forma de ser. En estos casos aparecen en la mujer múltiples preguntas del tipo; “¿Y si ya no le gusto?”, “¿Y si le gusta otra?”,”¿Y si ya no le pongo sexualmente?”, “¿Y si aún piensa en su ex?”, etc… Este factor se agrava cuando el hombre empieza a evitar encuentros sexuales por miedo a fallar, pues entonces la mujer ve en esa actitud una confirmación de sus hipótesis.

Existen múltiples motivos que pueden originar una disfunción eréctil, algunos tienen que ver con la propia pareja, pero muchos otros no. La actitud de la mujer ante este trastorno debería ser de apoyo y acompañamiento al hombre, asegurando un entorno de tranquilidad y calma en el momento de la relación sexual. Adoptar una actitud demandante, acusatoria o recriminatoria hacia el hombre es contraproducente para solucionar el problema. Así mismo, si la mujer percibe este tipo de disfunción en el hombre, sería aconsejable que recomendase a su pareja pedir ayuda psicológica para solucionar el problema. La terapia resulta de gran ayuda en estos casos, y muchas veces se requiere también de la presencia de la mujer para poder obtener los mejores resultados.

Si eres hombre, a continuación voy a comentar algunas pautas que pueden ayudarte a superar la disfunción eréctil, no obstante, y como he dicho anteriormente, la mejor solución ante estos casos es recibir ayuda terapéutica. La terapia te permitirá conocer los motivos que originan este trastorno, así como la mejor vía para solucionarlo.

1. Habla con tu pareja abiertamente de aquello que te está pasando; de tus miedos, dudas e inseguridades ante la relación sexual. Abrirnos emocionalmente al otro permitirá que los miedos, tanto del hombre como de la mujer ante la disfunción eréctil se reduzcan.

2. Debes tener claro que la erección es una respuesta instintiva y no mental. Intentar controlar la erección del pene desde la mente lo único que provoca es frustración, pues al no conseguirse lo que conduce es a mantener y agravar el problema. Por este motivo, durante la relación procura centrarte en los estímulos sexuales del momento, alejando tu atención del estado en que se encuentre tu pene.

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3. Relacionado con el punto anterior, si eres hombre evita planificar el encuentro sexual, simplemente déjate llevar por el momento. El control es uno de los principales motivos que hacen que el problema de la disfunción eréctil se mantenga. Aflojando el control mental conseguirás una conducta más espontánea y natural.

4. Reorienta con tu pareja las relaciones sexuales. Los encuentros sexuales van más allá de la penetración, de hecho no siempre se ha de producir ésta para conseguir placer. Es importante no centrarse tanto en el coito y abrirse a otras formas de relación como el masaje erótico, el sexo oral, etc…  Como hombre no tener que cumplir con la penetración te ayudará a reducir la presión por tener que mantener una erección.

5. Centráte en tu cuerpo y en aquello que estás sintiendo durante la relación sexual; déjate llevar y aléjate de los pensamientos de tener que dar placer al otro, o tener que cumplir con el requisito de la penetración.

6. Introduce el juego en tus relaciones sexuales. Jugar durante las relaciones sexuales es positivo para reducir la tensión y así salir de nuestra mente. En el juego no deben existir expectativas ni obligaciones, simplemente es un momento para divertirse y reír. El juego nos conecta con la espontaneidad y la diversión, y en consecuencia nos desconecta del control mental.

7. Cuida la intimidad con tu pareja; los besos y caricias no deben ser siempre el preámbulo del coito. Hay muchas formas de lograr la conexión íntima y el placer, sin tener siempre que llegar a la penetración.

8. Cambia tu percepción del encuentro sexual. El sexo debe ser vivido como un momento de disfrute, juego y diversión, donde no existan objetivos ni expectativas. El sexo debe ser un placer, y no un deber.

9. Aprende a reírte de la situación. Las bromas y las risas deben estar presentes en el acto sexual. La risa es una respuesta natural e instintiva que aparece en momentos de diversión, confianza y complicidad. Poder llegar a reírse de forma sincera de la propia disfunción, no dándole importancia al tema, es un claro indicador que el problema está prácticamente resuelto.

Si actualmente tú o tu pareja sufre de disfunción eréctil, no esperes más y pide ayuda. La disfunción eréctil es un problema que debe tratarse con la mayor brevedad posible, pues a medida que pasa el tiempo sus efectos son más perjudiciales, y pueden llegar a limitar considerablemente la vida de la persona que la sufre.

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Leslie Beebe
Terapia Gestalt en Barcelona




El Trastorno de Pánico con Agorafobia


El trastorno de pánico con agorafobia. El denominado trastorno de pánico con agorafobia es un trastorno realmente molesto y limitante para la persona que lo sufre. Sin embargo es importante decir que no es un trastorno que suponga un problema grave, médicamente hablando, sino que su nivel de molestia recae en la interpretación de la situación que la persona hace, a partir de los síntomas que está sintiendo.

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Existen tres componentes o grupos de síntomas claves que se asocian al trastorno de pánico con agorafobia, los cuales aparecen con una cronología concreta.

El primer grupo, y que aparece primero en el tiempo, corresponde a la crisis de ansiedad, o ataque de pánico. Las crisis de ansiedad se caracterizan por un inicio brusco e inesperado de diversos síntomas corporales como son: palpitaciones, temblores, sudoración, sensación de falta de aire, mareos, hormigueos en las extremidades, etc… Estos síntomas se acompañan de pensamientos en que la persona cree que su vida está realmente en peligro.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, los ataques de pánico no aparecen ante situaciones de ansiedad elevada. De hecho, la mayoría de estas crisis aparecen en momentos en que la persona admite no tener motivo para estar ansiosa, incluso puede estar durmiendo o descansando. Por este motivo, cuando surge el ataque de ansiedad, la persona se asusta, pues es incapaz de relacionar aquello que está sucediendo en su cuerpo con un estímulo externo que lo explique. En estos momentos, la persona piensa que su cuerpo está fallando, viviéndolo como una enfermedad grave que puede poner en riesgo su vida. Una de las ideas más comunes que aparece ante un ataque de pánico es pensar que se está sufriendo de un ataque al corazón.

El segundo componente de este trastorno es lo que denominamos como ansiedad anticipatoria. Una vez la persona ha pasado por una crisis de ansiedad, aparece en ella un miedo a pensar que esta situación puede repetirse en el futuro, angustiándose por no saber ni cuando, ni donde puede volver a surgir una crisis de estas características. En consecuencia la persona empieza a vivir de forma tensa y angustiada, queriendo controlar un gran número de aspectos en su vida que le aseguren no volver a pasar por esta desagradable experiencia. Esta tensión afecta de forma negativa la vida diaria de la persona que lo sufre, perjudicando aspectos como la concentración, el rendimiento laboral o las relaciones sociales y de pareja.

El tercero de los componentes es la agorafobia. Aunque etimológicamente agorafobia significa miedo a los espacios abiertos, en psicología denominamos agorafobia al miedo que aparece ante situaciones que la persona cree son susceptibles de que aparezca una crisis de ansiedad. La ansiedad anticipatoria conduce a la persona a buscar espacios seguros, mientras evita todas aquellas situaciones en las que cree se puede volver a repetir una crisis de ansiedad. Es común que como consecuencia de este miedo la persona evite lugares concurridos, como pueden ser grandes almacenes o estadios deportivos, o bien espacios cerrados como un cine, el tren, el avión, etc…

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Si la agorafobia no es tratada conduce a una limitación progresiva de la libertad personal, pues cada vez son más espacios los que la persona cree susceptibles de que se produzca de nuevo una crisis de ansiedad.

En ocasiones las personas que sufren de ansiedad anticipatoria, e incluso de agorafobia, no recuerdan haber pasado por una crisis de ansiedad. A veces esto es posible, sin embargo si analizamos la historia personal, seguramente nos encontraremos con alguna situación del pasado en que se vivió una experiencia traumática, donde los niveles de ansiedad fueron elevados, y que por tanto explican el resto de componentes.

Es importante señalar que no hay personas más proclives a sufrir de ataques de pánico, todos estamos expuestos a ellos. La opinión de que las personas inseguras, nerviosas o miedosas tienen una mayor probabilidad de sufrir estos ataques es errónea.

Respecto al tratamiento que los profesionales médicos aconsejan para este tipo de trastorno, podemos destacar dos grandes vías; la farmacológica (utilizando antidepresivos y benzodiacepinas) y la psicológica (acompañamiento terapéutico del proceso).

Las benzodiacepinas son medicaciones que funcionan muy bien para reducir de forma rápida los síntomas asociados a una crisis de ansiedad, frenando en seco estos episodios. Son medicaciones que empiezan a hacer efecto de forma muy rápida, a los 15-20 minutos de haberse ingerido. No obstante no se consideran medicaciones tan efectivas para el tratamiento de la ansiedad anticipatoria y menos aún para la agorafobia. Si quieres saber más sobre las benzodiacepinas, puedes leer este artículo.

La antidepresivos (principalmente los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) se han comprobado como la mejor de las medicaciones para la ansiedad anticipatoria y la agorafobia, no siendo tan eficaces cuando la persona está viviendo una crisis de ansiedad, pues son medicaciones que tardan de dos a tres semanas en empezar a hacer efecto.

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La vía psicológica permite trabajar muy bien con los tres aspectos, sobre todo con la ansiedad anticipatoria y la agorafobia. Quizás en menor medida con las crisis de ansiedad, y más cuando éstas están en pleno desarrollo o son fuertes. No obstante, la ayuda psicológica es fundamental para poder superar este trastorno.

La mayoría de personas que han sufrido de una crisis de ansiedad tienen una elevada probabilidad de volver a sufrir otra en el futuro. La terapia nos permite conocer mejor qué motiva estas crisis y nos aporta herramientas de gestión y manejo para la ansiedad, por tanto en caso de que la persona vuelva a pasar por una crisis, los síntomas y los efectos van a ser vividos de una forma mucho más leve en el futuro.

La terapia permite a la persona interpretar de una forma diferente los síntomas que está viviendo durante una crisis de ansiedad, para así reducir sus efectos. Así mismo la terapia enseña a la persona recursos para enfrentar de una forma más eficiente este tipo de situaciones, lo que le puede ayudar a largo plazo. Mientras que el efecto de las medicaciones desaparece cuando dejamos de tomarlas, el efecto de la psicoterapia se mantiene en el tiempo.

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Si actualmente sufres de crisis de ansiedad, o de algún trastorno relacionado con la ansiedad o la depresión, la terapia puede ayudarte. Si quieres más información sigue ESTE ENLACE o bien llama o whatsapp al 645 368 714 y te informaré sin compromiso.

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Como conseguir sentirse bien


Como conseguir sentirse bien. Ya en el siglo I d.c. el filósofo romano Epicteto dijo una frase que podríamos definir como una de las bases de la psicología moderna: “no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”. En otras palabras podríamos decir que aquello que pensamos afecta directamente a como nos sentimos, y en consecuencia, para estar sanos deberíamos cambiar los hábitos de pensamiento que nos perjudican.

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Existe una controversia en el mundo de la psicología sobre si las emociones afectan a los pensamientos, o si es a la inversa, es decir que los pensamientos son capaces de regular nuestras emociones. Yo personalmente soy más partidario de la segunda opción, es decir que los pensamientos afectan a nuestras emociones, con el matiz que para mí los pensamientos afectan a la forma como nos sentimos, y en ese caso, no siempre estaríamos hablando de emociones, sino también de sentimientos y afectos.

Voy a poner un ejemplo para explicarme. Si en la habitación donde nos encontramos ahora entrase alguien con un cuchillo y nos amenazase, la emoción del miedo dispararía todas las alertas de nuestro organismo, poniéndonos en guardia para huir o enfrentar dicha amenaza. En este caso el pensamiento no está influenciando las emociones, pues no hay tiempo material para que nuestro cerebro procese dicha información. Pongamos otro ejemplo; el miedo que sentimos ante un examen. Seguramente este es un miedo que ya se empieza a gestar horas (o incluso días) antes del examen; por lo que aquí no estaríamos hablando de una emoción del momento como la anterior, sino más bien de un estado de miedo (o estrés) que nos pone en alerta. En este caso todo aquello que pensamos horas antes de la prueba, tendrá una gran repercusión en el nivel de estrés con el que llegamos al examen, es decir que aquí el pensamiento sí afectaría a nuestras emociones.

Como la mayoría de nosotros no vivimos en ambientes donde nuestra vida peligre, podemos decir que la segunda de las opciones suele ser la más común, en consecuencia un gran porcentaje de pensamientos que tenemos durante el día sí que inciden en la forma como nos sentimos.

La clave para poder cambiar nuestros hábitos de pensamiento es lo que en terapia Gestalt se ha denominado el darse cuenta, o en otras palabras la toma de conciencia. Desde que recibimos un estímulo del exterior hasta que reaccionamos, existe un intervalo en el que tenemos la capacidad de decidir la forma como respondemos. Tomar conciencia de aquello que pasa en ese intervalo es fundamental para una correcta gestión emocional. De esta forma evitamos responder de manera impulsiva y reactiva ante las circunstancias, desde el piloto automático al que estamos conectados la mayoría de nosotros, y que muchas veces solo nos conduce a hacernos sentir mal posteriormente.

La toma de conciencia nos permite revisar patrones de funcionamiento, sistema de valores y creencias que son automáticos en nosotros y que puedan estar dañándonos, permitiendo que los sustituyamos por otros de más saludables a través de nuestros pensamientos.

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La mayoría de nosotros mantenemos pensamientos negativos y limitantes, que no hacen más que restringir nuestras posibilidades y alterarnos emocionalmente. A continuación voy a mencionar algunas de las formas más comunes que toman este tipo de pensamientos, para así poder cambiarlos por otros de más saludables.

1. Las quejas. Es habitual quejarse cuando las cosas no salen según nuestras expectativas. No obstante no debemos habituarnos a la queja y quedarnos anclados en la frustración o el resentimiento que ésta produce. Para avanzar es clave centrarse en aquello que está en nuestra mano hacer para salir de la negatividad (si es que podemos hacer algo), así como también preguntarnos qué es necesario mejorar o cambiar para obtener un resultado diferente en el futuro. Ante la queja también es importante valorar aquello que sí tenemos, y que muchas veces no le damos importancia.

2. Los miedos. Uno de los principales limitadores en nuestra vida son los miedos. Aquí no estamos hablando del miedo como una emoción básica que nos advierte de un peligro o amenaza, sino de aquellos miedos autolimitantes que nos paralizan y que habitualmente nacen de frases del tipo: “¿Y si…?”, “no voy a saber”, “no puedo”… Estos miedos nos llevan a la futurización catastrófica, perjudicando nuestra autoestima y limitando nuestras acciones. Es normal que las situaciones nuevas nos generen miedo, sin embargo si optamos por focalizarnos en todo aquello que podemos descubrir y aprender, será más fácil dar el paso.

3. Los juicios. Los juicios, ya sea hacia otras personas o hacia nosotros mismos, nos generan una pesada carga emocional. Es importante trabajar desde la máxima objetividad posible, tanto con nosotros mismos como con el mundo, transformando nuestros juicios en observaciones. Muchas veces nos auto boicoteamos o nos juzgamos muy duramente porque hemos fallado, o no hemos conseguido aquello que queríamos, cuando la realidad es que todas las experiencias nos ayudan a crecer. En la mayoría de casos nuestros errores no son atribuibles a una inaptitud personal, sino que en el proceso de aprendizaje es inherente el hecho de cometer errores. Aceptar esa premisa y no personalizar nuestros errores, manteniendo una actitud objetiva y realista, nos puede alejar de los juicios a través de los cuales nos culpabilizamos y castigamos.

4. Los problemas. Muchas veces las palabras que utilizamos inciden directamente en la forma como nos sentimos; no es lo mismo hablar de problemas que de retos. La palabra problema nos predispone a una actitud negativa, de pasividad ante las circunstancias. En cambio si hablamos de retos conectamos con una energía que nos impulsa a ir hacia delante, para así superar los obstáculos que se nos presentan en el futuro.

5. Las exigencias. Dentro de nuestro dialogo interior tenemos una entidad que es el juez interno, el cual como su nombre indica juzga todos nuestros actos, justificándose en un supuesto código moral y ético que debemos mantener ante el mundo y ante nosotros mismos. Esta entidad se manifiesta a través de frases del tipo; “debes hacer/ser”, “no debes”, “no puedes”, etc…. Es sin duda una entidad muy estricta e inflexible, que basa su poder en mecanismos como la culpa y el autocastigo. 

Personalmente me gusta llamarlo como “El Ojo de Sauron”, en alusión a la película de El Señor de los Anillos”, es decir, aquel que todo lo ve y que no nos deja pasar ni una. Su actitud aparte de controladora es crítica, e incluso déspota con nosotros mismos, haciéndonos ver que no lo hacemos bien, o que no somos suficiente ante el resto del mundo. Cuando nos posicionamos desde esa voz interna nos maltratamos y menospreciamos a nosotros mismos, perjudicando nuestra autoestima y nuestro autoconcepto.
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El juez interno se alimenta de estructuras mentales y creencias que muchas veces no se corresponden con nuestra genuina forma de ser; son herencias de sistemas aprendidos, pero que han dejado de ser funcionales para nosotros, y que se han vuelto tóxicos en la actualidad. No obstante su poder en nosotros es muy grande, y ese es el motivo por el cual estas estructuras suelen ser fuente de problemas de estrés y ansiedad.

El primer paso para liberarnos del poder opresor de nuestro juez interno es poner en duda sus exigencias, planteándonos si realmente estamos de acuerdo con ellas, para así poder contradecir esos mandatos. El segundo paso es cambiar las exigencias (aquello que tengo que hacer), por preferencias (aquello que yo quiero hacer). Cambiar el “tengo que”, por el “quiero” nos habilitará a vivir la experiencia de una forma diferente. En el “quiero” tenemos la facultad de elegir, nos libera y empodera, en cambio en el “tengo que” nos posicionamos bajo una actitud sumisa, estando a merced de nuestro juez interno.

6. La ira. No es fácil lidiar con la ira. Cuando la ira se expresa como emoción básica nos ayuda a posicionarnos y a poner límites. Sin embargo cuando la ira es producto de la frustración porque las cosas no son como nosotros queremos, quedándonos anclados en el rencor y el resentimiento, es cuando esta emoción se convierte en tóxica. En estos casos es fundamental trabajar con el perdón, pues nos aporta liberación al dejar ir ese estado de ira interna.

7. La culpa. Cuando la culpa está enfocada en la mejora personal, podemos hablar de una culpa sanadora o adaptativa. No obstante cuando utilizamos la culpa como un mecanismo de crítica y desvalorización personal, entonces hablamos de una culpa desadaptativa. La culpa nos ayuda en nuestro proceso de aprendizaje, al decirnos aquello que hemos hecho mal y cómo podemos mejorar en un futuro. Sin embargo cuando la culpa nos conduce a mantener un estado de crítica y boicot hacia nuestra persona, es cuando este sentimiento se vuelve insano. Para huir de la culpa desadaptativa no debemos personalizar nuestros errores; es importante preguntarnos aquello que podemos aprender de la experiencia y seguir adelante, diciéndonos a nosotros mismos que pasase lo que pasase en el pasado, ya no lo podemos cambiar. Así mismo es importante no solo focalizarnos en nuestros errores, sino también en los logros conseguidos, que seguramente también están presentes, pero que muchas veces obviamos.

Estas son algunas de las formas más habituales que toman nuestros pensamientos y que afectan a nuestro estado físico y emocional. Aprender a regular este tipo de pensamientos es fundamental para recuperar nuestro bienestar.

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La terapia es una oportunidad única para conocernos y aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea de una forma beneficiosa, aprendiendo así a gestionar nuestros pensamientos y emociones

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Leslie Beebe
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